Miércoles, Junio 28, 2017
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El concepto de hegemonía

No podemos caer en el error de entender qué cosa sea el discurso con la visión tradicional, esto es, entender el discurso cómo aquello que se dice sobre cosas ya existentes, verdades objetivas. Si se entiende así, la actividad política consistiría en posicionarse y relacionar actores y objetos que ya están constituidos previamente, de tal manera que lo único que podrías hacer seria recriminar algunas cosas, criticar a cierto actor, estar a favor de un fenómeno dado. Esta visión, que yo no comparto, es poco útil para entender los fenómenos políticos, es poco productiva. Si entiendes el discurso, y la política, de esta manera, no vas a comprender porqué cosas falsas se traducen en manifestaciones políticas que producen realidad. Tendrás que buscar explicaciones como la falsa consciencia y la manipulación ejercida por la superestructura, de tal manera que llegarás a la conclusión de que la práctica totalidad de seres humanos de la historia han sido engañados, y lo único que podrás hacer es juzgar moralmente las personas y decirles que son engañadas porqué no defienden los intereses que pertenecen a su clase, determinada por fuerzas exteriores, como la posición ocupada en el proceso de producción. Podrás justificarte, pero no vas a entender ni a analizar correctamente la situación. El problema de fondo aparece cuándo llegas a la conclusión de que no existe una verdad objetiva, una razón última, de tal manera que debemos abandonar la visión esencialista y entender que las posiciones no están dadas, no son necesariamente sujetos propios, son resultado de un proceso histórico que las ha constituido.

Es decir, no hay una realidad y el discurso habla sobre esta según unos intereses, es el propio discurso que genera la realidad. El discurso es todo el conjunto de actividades que producen un sentido. No hay que entender esto como una suerte de idealismo según el cuál todo es posible, de manera arbitraria. Es siempre contingente, la posibilidad siempre está inscrita en una coyuntura determinada, pero con las mismas condiciones materiales el discurso permite generar distintos sentidos. Esto nos lleva a la necesidad de pensar que no hay temas que son políticos y temas que no lo son, no existe una división entre lo social y lo político. Cualquier fenómeno puede politizare si se interpela con un discurso que cree un conflicto. Politizar implica siempre pensar desde el conflicto, y un actor puede cargar de sentido un hecho que tradicionalmente no se entendía como problema político. El tema de los desahucios nos explica este suceso de manera satisfactoria. Siempre ha habido desahucios, pero tradicionalmente se vivían de manera privada, casi con vergüenza, se sufrían de manera individual: la persona no había sido capaz de pagar lo que firmó y era culpa suya, y resignado se marchaba de su casa. Pero fruto de un discurso ahora la cosa es diferente, la cuestión ha entrado en el plano político, esto es, se lee desde el conflicto, y el dolor se socializa, de tal manera que ya no se vive de manera particular sino que adquiere forma colectiva. Ha habido un discurso que ha generado un sentido de injusticia y estafa, cuestionando quien es el culpable, si es posible que las cosas sean distintas, cual es la solución… es decir, se ha pensado el problema desde el conflicto. Todo resultado de avance democrático se logra siempre politizando los problemas, creando discusiones sobre cuestiones para lograr crear un sentido emancipatorio. La fuerzas conservadoras, para evitar el cambio, siempre quieren despolitizar, evitar el conflicto, individualizar los problemas para lograr presentar el régimen como indiscutible. Es muy importante pensar la política de esta manera, y entender que el conflicto y la disputa es consustancial a la política, se vive permanentemente en una pugna entre intereses.

Es necesario, pues, pensar el concepto de hegemonía, elemento principal de este enfoque teórico. Íñigo Errejón nos habla de tres niveles de definición: “la encarnación del universal por un particular, la capacidad de seducción y creación de consentimiento, y la construcción del propio terreno de disputa”. La esencia de la teoría de Podemos es la hegemonía, un concepto con mucha importancia en el análisis político, pero que a menudo lo confundimos y lo usamos para referirnos a cualquier liderazgo o dominio, y si se entiende así, lo desposeemos de toda carga explicativa. La hegemonía es ese tipo de poder político en la que un actor es capaz de generar un marco y un consenso en el que incluye a otros grupos y actores, que ocupan una posición subordinada. El actor hegemónico tiene un proyecto y unos intereses concretos, particulares, y es capaz de interpelar y presentar esos intereses como los universales, intereses de avance general. No es un ejercicio de poder por dominación y coerción, sino por consenso. La hegemonía tiene una gran capacidad de seducción y permanentemente tiene que mostrarse capaz de aceptar algunas de las razones de los subordinados, para evitar que empiecen a cuestionar el orden hegemónico, de tal manera que es un tipo de poder político constantemente en movimiento, donde el actor hegemónico no es el mismo después que durante la relación, es siempre un poder negociado e inestable, en pugna cultural y discursiva permanente por construir ese horizonte general que coincida con sus intereses particulares. El actor es hegemónico si, además de ser capaz de articular este bloque, construye el terreno y los términos sobre los que si alguien quiere discutir el poder no tiene más remedio que hacerlo dentro, de tal manera que si alguien quiere desafiar al régimen y combatirlo tendrá que aceptar el lenguaje, las ideas de legitimidad, las maneras y los tiempos que marca el actor hegemónico.

Por este motivo la contrahegemonía no es nunca un rechazo total y una renuncia a todo lo existente, siempre tiene una parte de herencia del orden anterior, como nos dice Íñigo, “siempre tiene un pie en el sentido común ya existente, y el otro pie en la posibilidad de cambio”. No es un choque de todo o nada, es un ejercicio de desarticulación-articulación, que pelea para establecer el campo y los términos de disputa y resignificar los significantes. Es lo que Gramsci llama la guerra de posición, una guerra de trincheras, para conseguir poco a poco asaltar el terreno. Por esto es importante pensar que la batalla se libra sobretodo en la cultura, y que es importante conquistar el sentido común y la idea de universal, conseguir interpelar tu interés particular como proyecto general de país, en una estrategia que Gramsci llamaría nacional-popular.

Por tanto la disputa será permanente, la hegemonía es un poder establemente inestable, donde la estabilidad es el resultado permanente de la negociación entre distintos grupos. Para cambiar la correlación de fuerzas a tu favor tienes que intentar articular y construir una nueva identidad colectiva que permita desafiar al régimen. Esta articulación, de tipo populista, se consigue gracias a la cadena de equivalencias, que permite una construcción plural y heterogénea de esta nueva identidad, creando un nuevo nosotros, con distintos grupos y sus diferencias, pero este bloque requiere la reformulación de una nueva identidad, nuevos mitos, símbolos, hitos, etc… que permitan construir un nuevo ideario. Es muy importante para la creación de sujetos colectivos establecer una frontera, para polarizar los sentidos y permitir crear un nosotros-ellos, ya que si no existe un exterior tampoco existirá un nosotros. La articulación de este nuevo bloque histórico necesita un grupo central que encarne la idea de universal, y que busque integrar de manera subordinada a otros actores que estén contra el régimen. Es un ejercicio de construcción de sentido, de articulación discursiva.

Esta lucha hegemónica se libra en todos los sitios de la sociedad, y es un proceso largo y complejo que no termina una vez ganada las elecciones; es necesario seguir articulando y transformando el sentido común, e ir recordando constantemente cuál es el sentido de avance universal, y aceptar que la disputa nunca termina. La hegemonía siempre redefine, reordena las relaciones, para que todos estén, subordinadamente, dentro del orden. Necesita inclusión y es inestable.

Por tanto la hegemonía no es una figura estática, sino que está en movimiento permanente, para crear el consenso de qué cosa sea el interes universal y buscar estabilidad. Es una máquina que en su interior no está quieta, tiene permanentemente un juego de fuerzas de cuyos equilibrios va a depender el producto de la máquina. Para que la producción de sentidos, certezas y relatos sea estable, es necesario que se integre de manera razonable las expectativas y demandas de los dominados, satisfaciendo buena parte de ellas, para poder reconfigurar el consenso y la ilusión, es un juego entre coerción y consenso que busca el equilibrio. Cómo dijo Errejón en un twit: La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados. Afirmación-Apertura.

El órden hegemónico quiebra cuando los dirigentes no son capaces de suscitar consentimiento, y su discurso no convence a la mayoría, de tal manera que este actor ya no construye entorno a sí la idea de avance general, ya no define cuál sea el bien común de la sociedad. Es el momento que Gramsci llama crisis orgánica, y la arquitectura institucional, dónde se sustenta la hegemonía, no puede rendir cuenta de las demandas de los subalternos, de tal manera que los actores tradicionales se ven incapaces de conducir la sociedad. Es un momento de fractura del orden, y se abre la posibilidad histórica de que un bloque contrahegemónico quiera, y pueda, cambiar las cosas. Pero sólo una visión antiesencialista y hegemónica de la política permite entender que hay ciertas condiciones que permiten la disputa. No son certezas determinadas, ni implican que la victoria sea inevitable, en todo caso son potencialidades para intervenir e intentar construir una mayoría popular nueva. Hay que abandonar el determinismo económico y el mecanicismo para entender que no existe lo social sin construir lo político y que la lucha política se basa en una serie de prácticas discursivas que intentan establecer un orden en un contexto de contingencia. Hay que entender que no existe un orden natural e inmutable, qué este, y el sentido común de época que lo protege, es resultado de prácticas hegemónicas cristalizadas y sedimentadas, nunca es una verdad objetiva, y siempre existe la posibilidad de expandir horizontalmente el descontento para intentar articular mayorías, pensando que la clave debe ser operar dentro y fuera a la vez, y que, las posiciones y el marco nunca están dados, son resultado de la disputa por el sentido. Por tanto siempre existe la oportunidad de reordenar y redibujar las posiciones fijando las fronteras de otra manera, redefiniendo quién ocupa qué posición. Entender que el estado es un terreno de disputa y de equilibrio de fuerzas, pero de un equilibrio que siempre se mueve. Al fin y al cabo, la izquierda viene de un largo suceso de derrotas históricas, pero quizás el problema ha sido hacer siempre las mismas preguntas, a las que se encontraban siempre respuestas insatisfactorias, seguramente lo necesario era replantearse las preguntas. Seguiremos luchando para construir pueblo, una voluntad general a partir de todos aquellos que sufrimos los dolores de los subalternos. Pensando la política como el maestro Íñigo: “Nunca es una labor de expresar o desvelar, siempre de tejer, dialogar, articular, interpelar”

Jordi Romano
Un bon nano

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