miércoles, junio 20, 2018
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Arturo Pérez-Reverte, intelectuales y Cultura de la Transición

Ver la entrevista aquí: https://www.youtube.com/watch?v=1-tIJng4ACU

Arturo Pérez-Reverte fue condenado por haber plagiado el guion de la película, Gitano, habiendo tenido que desembolsar 212.528 euros al plagiado. También se ha tenido que disculpar con Verónica Murguía, escritora mexicana, por haber plagiado sus artículos. Sigue en la RAE.

Cuando escuché la entrevista a Arturo Pérez-Reverte en la Sexta un sábado por la noche, en horario de mucha audiencia, me cabreé. Escucharle me enervaba. Oía a un señor que básicamente estaba insultando a su pueblo, con pequeños elogios costumbristas, incapaz de hablar de los sentimientos, las pasiones o las frustraciones de la sociedad española de 2018. Lo vi como un predicador resentido en una torre de marfil en forma de librería magnánima. Lo vi como un arrogante que se atrevía a recomendar la lectura y el estudio para solucionar los grandes problemas de este país, como si los demás no fuéramos dignos de entender el nivel de sus ideas. Pero estaba en La Sexta y en prime time. Pensé que era injusto y me acordé del análisis que Antonio Gramsci, en sus cuadernos de la cárcel, hacía del papel de los intelectuales en la sociedad. Él entendía por intelectuales no sólo aquellas capas sociales comúnmente designadas con esta denominación, como por ejemplo los hombres de letras, sino en general toda la masa social que ejerce funciones organizativas en sentido amplio, tanto en el campo de la producción como en el campo de la cultura y en el campo político-administrativo. Así, Gramsci se pronunciaría contra los intelectuales supuestamente independientes (los supuestos librepensadores). Contra lo que podría parecer evidente, en una sociedad “todo el mundo es intelectual, pero no todo el mundo tiene la función de intelectual en la sociedad”. En otras palabras, Gramsci entendía que la cultura, el sentido común, “la filosofía de los no filósofos”, no es neutra. No solo tenía razón en eso Gramsci sino que, como diría Terry Eagleton, los valores e ideas más extendidas en la sociedad se cristalizan, en torno a objetos, rituales de interacción e instituciones. Un caso claro es el sesgo de la RAE y de Pérez-Reverte.

Así, el escritor de Falcó y Eva pronunció algunas frases en las que, a mi entender, subyacen muchos de los pilares de la Cultura de la Transición. La cultura oficial de España durante los últimos 35 años, cada vez más criticada y alejada de la ciudadanía. Como dice Amador Fernández-Savater, el término Cultura de la Transición no se refiere sólo al ámbito cultural en el sentido convencional (cine, música, arte, libros), sino a toda una organización de lo visible, lo decible y lo pensable. Es una interpretación del mundo. De este modo, he creído interesante destacar algunas de las frases de Pérez-Reverte y problematizarlas en relación con la Cultura de la Transición.

“La guerra civil fue la mayor tragedia del siglo XX en España sin duda” y “El problema es que leemos poca historia”

Cuando Pérez-Reverte decía estas frases tan suyas me vino automáticamente ese relato que hace del consenso en torno a una idea de la democracia (“representativa, liberal, moderada y laica”) como único antídoto posible contra el veneno de la polarización ideológica y social que habría devastado España durante el siglo XX. Cuando hablaba de la Guerra Civil decía que había que ser ecuánime no equidistante y hablaba de que en España no se habían sabido ver virtudes o legitimidad al rival. Bien, a mi entender la construcción de la Guerra Civil como una tragedia que habría sido fruto de una polarización extrema de la sociedad española de los años 30 se desmonta cuando uno se da cuenta que la Guerra Civil empezó como un golpe de estado militar contra un gobierno legítimo. Mi profesor Ferran Gallego decía que, así como en Italia y Alemania el fascismo pudo llegar al poder con el consentimiento de la vieja clase política, en España tuvo que dar un golpe de Estado debido a su debilidad. Por otro lado, cuando la Cultura de la Transición habla de la Guerra Civil no menciona nunca la represión franquista que Paul Preston considera que “no tiene equivalente en Europa respecto a la intensidad y duración de las atrocidades de Estado”. El genocidio que supuso la represión franquista no es ninguna tragedia, ni ningún “paréntesis moral” haciendo paráfrasis de Benedetto Croce, el franquismo combinó represión y convencimiento. La represión fue el exterminio y el convencimiento “se hizo con sutileza, erudición y potencia del discurso. Pero éste ha sido infravalorado para protegernos. El franquismo no era ignorante. No era mera retórica”, dice Ferran Gallego.

Y aquí me gustaría enlazarlo con la segunda consigna de Pérez-Reverte: “hay que leer más historia” y, por lo tanto, de allí se deduce que el conocimiento de la historia haría que se evitara la repetición de sus peores episodios. Me parece una absoluta falacia esta frase tan reiterada. No es verdad que quién conoce la historia no repite los mismos errores. ¿Acaso Hitler no conocía la historia de la Primera Guerra Mundial cuando decidió empezar la segunda? Al contrario, incluso participó en la Gran Guerra.

Pérez-Reverte habla también de que nos han quitado la memoria, y que por eso “en España no se ofrece a los jóvenes un discurso motivador”, como dice en la entrevista. Sin embargo, la memoria para Pérez-Reverte es que “la historia se repite” y él lo ejemplifica en su última novela sobre el llamado “Oro de Moscú”. Es decir, siempre ha habido corruptos en España, también en el bando republicano. Esa es la idea. “Siempre ha habido corruptos y la polarización política deriva en tragedia”. Cuidado con la polarización excesiva, nos recuerda constantemente el Régimen del 78, “mirad qué pasó con el franquismo”. “O el R78 o el caos”, viene a decir.

“Hay una izquierda joven muy inculta”.

De este enunciado se trasluce otro punto nodal de la Cultura de la Transición. La desconfianza en la gente. Puede ser con desprecio, como miedo o paternalismo. El pueblo sería demasiado inculto para saber lo que hay que hacer y, por lo tanto, lo mejor es ponernos en manos de los expertos o técnicos. La principal consecuencia de esto es la extinción de lo político a favor del derecho. Ya decía Gramsci que, a través del derecho, el Estado hace “homogéneo” al grupo dominante y tiende a crear un conformismo social útil a la línea de desarrollo del grupo dirigente. Además, el pensador sardo destaca que la actividad general del derecho es más amplia que la puramente estatal y gubernativa e incluye también la actividad directiva de la sociedad civil, en aquellas zonas que los técnicos del derecho llaman de indiferencia jurídica, o sea en la moralidad y las costumbres en general.

Así pues, esta indiferencia, ese “la política la hacen otros, me la suda”, sería visto por los portavoces oficiales de la CT como apatía política debido a la falta de madurez o de cultura democrática y nunca debido a la arquitectura anti-política del régimen. Asimismo, hay que recordar también, como lo hace Ignacio Sánchez-Cuenca en La desfachatez intelectual, que Pérez-Reverte fue el adalid de la retórica antipolítica ya en 2009 hasta el punto de referirse, en un artículo titulado “Esa gentuza”, a todos los políticos como una casta. Cabe destacar aquí que la principal diferencia con el uso que le dio Podemos del significante ‘casta’ es que, mientras que Pérez-Reverte anula lo político en un hartazgo hacia toda la clase política, Podemos generó un antagonismo entre ‘la gente’ y el Establishment económico-político devolviendo lo político al centro de la escena.

En cuanto a la “izquierda joven”, Pérez-Reverte adopta otra de las actitudes clásicas de la CT: el paternalismo. Acusa a las nuevas fuerzas políticas de incultas haciendo la comparación con los “viejos izquierdistas” que sí habrían sido doctos. Parece el clásico comentario de persona mayor que ya le ha perdido el pulso a los tiempos presentes, como la típica nostalgia del “todo tiempo pasado fue mejor”, pero en el fondo es un comentario de alguien ajeno a la realidad. En el caso concreto de Podemos, se les puede acusar de muchas cosas, de errores organizativos o de falta de experiencia en la política institucional, pero creo que cualquier persona que se haya molestado en ver de dónde salen se darán cuenta que la mayoría vienen de la universidad y con altísimos grados de formación. De hecho, haciendo referencia a los jóvenes, Ernesto Castro en la revista Ajoblanco, decía que los están buscando en los lugares equivocados. Creo que Pérez-Reverte ya no vive las preocupaciones, pasiones y frustraciones de sus conciudadanos y por eso busca en el lugar equivocado.

“Las redes han matada al periodismo”

En cuanto a esta frase que pronunció el escritor, se podría hablar de los varios líos en los que se ha metido en Twitter, pero hay otra cuestión de fondo que vale la pena destacar. Su frase es una reacción delante de la pérdida del monopolio de la verdad por parte del periodismo tradicional. Sin embargo, Pérez-Reverte mira en la dirección equivocada otra vez. En vez de analizar el motivo por el cual la credibilidad de los medios tradicionales está por los suelos, el miembro de la RAE culpa a las redes sociales por difundir “ruido” y a la gente por creerse los bulos. Así, en vez de hablar de la presencia de grupos de inversores vinculados a fuerzas políticas en los medios de comunicación, prefiere culpar a “lo nuevo”, en forma de redes sociales, y a la gente por inculta y no tener criterio. Algo parecido pasaría con el concepto de posverdad, “¡cuidado con las redes!”, pero obviando el motivo por el que “la verdad oficial” cada vez se la cree menos gente. Y es que no sería descabellado plantear que la culpabilización de las redes sociales puede leerse como el síntoma de la crisis de un preciso “régimen de verdad” en el justo sentido que le da Foucault[1].

Claro está que se pueden criticar las redes sociales, como ha hecho Juan Soto Ivars en su libro sobre la poscensura, claro que se debería reflexionar sobre el linchamiento digital, la censura horizontal o el acoso virtual, pero Pérez-Reverte encuentra el motivo a todo en una actitud típicamente conservadora donde toda innovación contendría en su interior un mal, como mínimo potencial, que amenazaría lo normalizado.  

Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

El análisis de las palabras de Pérez-Reverte podría continuar ad infinitum, pero me gustaría hacer una última reflexión con una perspectiva más alejada. Creo que la famosa frase de Gramsci da algunas claves para entender por qué el novelista de la RAE suena tan apartado de los sentires de la España del 2018. Y es que esta fusión entre cultura y política que llamamos Cultura de la Transición lleva agonizando (pero también reconfigurándose) desde el 15 de mayo de 2011. Cuando un orden gobierna, los horrores y las monstruosidades se normalizan, pero en el proceso de cambio, cuando el antiguo orden muere y el nuevo orden no ha llegado aún, los horrores se hacen visibles como tales, se desnormalizan y, en estos momentos de esperanza, se hacen posibles grandes actos (o grandes recesiones).

 

En referencia a estos momentos, Gramsci escribió que los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad sienten que les falta el terreno bajo los pies, advierten que sus “prédicas” se han convertido precisamente en eso, “prédicas”, o sea, cosas extrañas a la realidad, pura forma sin contenido, larva sin espíritu; de ahí su desesperación y sus tendencias reaccionarias y conservadoras: puesto que la forma particular de civilización, de cultura, de moral que ellos han representado, se descompone, gritan la muerte de toda civilización, de toda cultura, de toda moral y piden medidas represivas al Estado, o se constituyen en grupos de resistencia apartados del proceso histórico real, aumentando de tal modo la duración de la crisis, puesto que la desaparición de un modo de vivir y pensar no puede producirse sin crisis[2].

 

[1] “Lo importante, creo, es que la verdad no está fuera del poder (no es a pesar de un mito del que habría que recoger la historia y funciones, la recompensa de los espíritus libres, el hijo de largas soledades, el privilegio de los que han sabido liberarse). La verdad es de este mundo; se produce en él gracias a múltiples coacciones. Y ostenta efectos regulados de poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad: es decir, los tipos de discurso que acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos, el modo como se sancionan unos y otros; las técnicas y los procedimientos que están valorizados para la obtención de la verdad; el estatuto de quienes están a cargo de decir lo que funciona como verdadero”.

FOUCAULT, Michel, Un diálogo sobre el poder, Madrid, Alianza, 1981, p. 143.

[2] Antonio Gramsci, Cuadernos, IV, p. 154.

 

Roc Solà
Historiador por la Universitat Autònoma de Barcelona. Pesimismo de la inteligencia en https://rocsola23.tumblr.com, optimismo de la literatura en https://rocsola.wordpress.com.

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