lunes, julio 16, 2018
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Y morir de miedo

Por Elisenda Romano

Había programado aquel viaje para estar con la persona a la que más quería. Sin embargo, y a pesar de mis ansias por llegar a aquel hotel rural, no podía sacarme de la cabeza aquella historia que me había contado mi amigo cuando le dije que iría a Trento de vacaciones.

«Parecía ser como cualquier hotel de alto standing —me comentó él—: lujoso, acogedor, con muchas actividades del tipo snowboard, paracaidismo… pero, al cabo de un par de días… no sé, me llamarás loco, pero… mejor no te lo cuento, no quiero hacer el ridículo de nuevo…»

Olvidé la conversación mientras el taxi nos llevaba hacia el hotel. Había un espeso silencio entre mi novio y yo, a pesar de que hacía un tiempo que estábamos cogidos de la mano mirando las Dolomitas. Le apreté la mano para que me mirase, pero solo continuó con su vista posada en el paisaje. Suspiré apartando mis ojos de él, para ver, a lo lejos, las cálidas luces de un hotel de madera pelada, que inundaba con su refulgencia los delgados pinos nevados extendidos por la ladera.

Nos dieron una suite con vistas a las montañas. Él contempló la habitación con desprecio y yo no pude evitar ponerme nerviosa ante la cornamenta que abrió la herida nunca cerrada y la hizo sangrar de nuevo hasta supurar. Él se fue a la terraza, sacó un cigarro, me lo tendió y ambos fumamos. Me dijo algo, pero un gato había maullado de fondo y no pude escucharle. Cuando terminé de fumar y me acosté a su lado, él había quitado la cornamenta.

«Bueno, si insistes, te lo tendré que contar, pero que mi experiencia no te afecte durante el viaje, ¿vale? La primera mañana bajé a desayunar tarde y nos sentamos junto a una pareja que, siempre que pasábamos a su lado, estaban igual. Ya, ya, no me mires así, pensarás que no es digno de asustar a un hombre adulto como yo, pero había algo en esas miradas perdidas y esas poses tan pausadas que me arrancaban escalofríos…»

Bajamos a desayunar juntos. Llegamos tarde, como siempre, y ya estaban comenzando a retirar el desayuno. Él parecía animado con la idea de hacer snowboard, pero yo solo pensaba en terminar de leer El Gato Negro de Poe.

Cuando discutíamos no podía coger aire con normalidad, luego se me pasaba y fingíamos que no me había puesto lívida. Aquello me sucedía desde que se lo conté.

Salí al hall y le esperé tras la puerta, desde ahí contemplé las cornamentas que adornaban la gran lámpara hasta que un camarero me obligó a volverme hacia la puerta doble del comedor, desde cuyas ventanas ovaladas, por un momento, advertí en las mesas del fondo a una pareja que se observaban, quietos.

Un escalofrío me azotó la columna.

Él interrumpió mis pensamientos, diciéndome que mañana no volvería a desayunar en el comedor.

 

«Sin ser eso, en las excursiones a las que iba, escuchaba a la gente hablar sobre un ruido, un murmullo inexplicable que siempre estaba ahí. Además, según investigué, el hotel tenía un alto porcentaje de abandonos laborales todavía cuando el contrato no se había extinto y aún cuando el sueldo no era escaso.»

Se me empezó a acelerar el pulso, me costaba respirar y había algo en mi pecho que me oprimía, como una mano desnuda y helada que me quemaba la carne desnuda.

«Pero, ahí no se acaba la historia, descubrí la última noche qué eran los ruidos. Se trataba del ronroneo de los gatos que por decenas vivían en el edificio. Todos eran de color azabache, con grandes ojos ámbar, titilantes, todos emitiendo al unísono ese runrún característico que los hacía ver tan dóciles, y, es verdad que eran dóciles, tanto que eran ellos las víctimas. Casi cada noche un huésped distinto era testigo de cómo el murmullo se convertía en lamento y a los pies de su cama amanecía un gato muerto.»

Me era imposible mover el cuerpo, lo sentía cada vez más rígido y frío. Junto a mí escuchaba movimientos rápidos y sigilosos recorriendo la estancia, rodeándome. Me negaba a abrir los ojos, no quería ver lo que estaba sucediendo a mí alrededor.

«Pero, ¿sabes por qué morían los pobres gatitos? ¿Lo sabes? Cada mañana un huésped encontraba un gato tieso, muerto de miedo, a sus pies. ¡De miedo! Los gatos morían de miedo.»

Cuando me desperté, lo primero que vi fue la luz blanca del amanecer entrar por la ventana. A medida que observaba las paredes, pasé del sobresaltado a la calma, pero mi tranquilidad se evaporó cuando noté que él no estaba acostado a mi lado.

Salté de la cama en su búsqueda, pero un rumor se empezó a escuchar desde el baño. Me adelanté para mirar, sin embargo, el sonido parecía mudar de lugar y ya no estaba en el baño, sino que revoloteaba en las esquinas oscuras de la habitación. Elevé la vista y repasé toda la habitación para buscarlo, pero no encontré nada. Retrocedí hacia la pared hasta que mi espalda se halló contra la puerta helada.

El corazón se me iba a salir del pecho, mis propios latidos me martilleaban las sienes y, sin embargo, no conseguían ocultar una letanía que se levantaba en lo más profundo de mi mente y me susurraba al oído: «morir de miedo, no quiero morir de miedo, no quiero morir de miedo, ¡no quiero morir de miedo! NO QUIERO MORIR DE MIEDO”.»

Cerré los ojos, sollozando, le llamé a gritos con la voz rota. Me costaba respirar hasta el punto de solo poder soltar jadeos, mientras miraba la habitación de cuya oscuridad emanaba el ronroneo.

Un dolor se comenzó a extender por mi brazo izquierdo.

El sonido procedía ahora de un lugar nítido. Me giré hacia la puerta entornada del baño donde una sombra se removía en el interior.

Como un rayo oscuro, salió una mancha negra que recorrió la habitación y se metió bajo la cama. Me temblaron tanto las piernas que acabé en al suelo, desde donde pude visualizar la cornamenta, en el mismo lugar que había ocupado la maleta de él.

Mi voz rasgó por última vez el silencio en un aullido de dolor al sentir como el corazón se me partía. Me llevé la mano derecha al pecho y grité entre lágrimas: ¡no quiero morir sola!

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