Sábado, Agosto 19, 2017
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¿Welcome refugees?

Publicado en: https://mundosobreunaviondepapel.wordpress.com/

¿Welcome refugees?

El mundo entero está al tanto. Todos lo escuchan, lo ven, lo leen en las noticias. Es ya parte del día a día, tanto por activa como por pasiva. Los países lo gritan, las personas lo callan, lo observan, lo juzgan. Otros lo viven. La gente se está moviendo desde los países donde la guerra asoma, huyendo desesperadamente de aquello de lo que sólo los que lo viven conocen su magnitud.

2014 fue el año en el que las alarmas comenzaron a sonar, aunque era obviedad que tras largos meses de conflicto en Oriente Próximo la población huiría en masa desde los lugares donde ya no quedaba esperanza alguna a aquellos donde comenzar una nueva y segura vida. Según fuentes de ACNUR y reflejado en diversos periódicos, de los 59,5 millones de desplazados a la fuerza en el mundo durante aquél año 19,5 provenían de Siria, Afganistán, Irak o países cercanos con perfiles similares. Pero 2015 sin duda fue el punto de inflexión, año en el que los problemas comenzaron a ser evidencia: De 200 refugiados de media que normalmente llegaban al día a fronteras italianas o griegas, la cifra se disparó a los 1000. Y es que ni Arabia Saudí, ni Qatar ni algunos de los demás países vecinos aceptaban su acogida, por lo que la opción más segura a largo plazo sería Europa, pese a la dificultad del recorrido sumado a la incertidumbre que supone llegar con las manos vacías a un nuevo territorio.

Mientras tanto, Europa invirtió en el refuerzo de la seguridad de sus fronteras, otorgando más dinero a esta tarea que al aprovisionamiento de lugares donde, en el caso de ser necesario, los emigrantes solicitantes de asilo pudieran encontrar ayuda. En este punto cabe decir, por un lado, que tal vez ni siquiera las estadísticas estaban preparadas para tal crisis migratoria en Europa, pero por otro lado, un reparto más, al menos, equitativo del dinero, hubiera quizá hasta resuelto posibles situaciones difíciles. A esto cabe añadir la grave crisis financiera que tenía, y tiene lugar en los países del sur a los que llegan siempre y como primer paso todas y cada una de esas personas que han dejado todo atrás, y que imposibilita, por tanto, una óptima acogida tanto en tema de recursos como en integración social.

Entre estas personas que dejaron todo para arriesgarse a un futuro incierto en Europa fue Maissara M.Saeed. Nos trasladamos con él al campo de protesta de refugiados en Hannover. Es mediados de Enero de 2016 y fuera del edificio, rehabilitado como centro cultural y de integración, cae la tarde. Maissara se prepara en frente de un grupo de veinte voluntarios europeos (entre los que me encuentro personalmente) para contar su propia experiencia. Y es que hay mucho más detrás de la simple noticia de la llegada a Europa que vemos a través de nuestra televisión al terminar la comida. Y mucho más después de que la apaguemos.

Por supuesto y como el mismo relata, todo comienza con miedo, con violencia y un cambio radical en el día a día. Maissara era médico auxiliar en una universidad en Sudan del Norte, pero la discriminación, persecución y arrestos por parte del gobierno le apartó de su trabajo y la vida que llevaba hasta ahora. Pasó de ser un ciudadano con una vida corriente a sentirse un hombre sin derechos en su propio país. Un hombre sin derechos. ¿Y cuán grande tiene que ser esa sensación para no poder ser afrontada y decidir huir? Tan sólo los que lo han vivido lo saben, pero tiene que ser un sentimiento muy difícil de sobrellevar. Entender que si no huyes, mueres. ¿Cuántos se han parado realmente a reflexionar sobre ello?

“Crucé en coche el desierto en Egipto, con todos los problemas que podía suponer, desde que el coche fallase a encontrarnos con personas peligrosas. Desde allí viajé con una visa válida a Austria, donde pedí asilo pero fui detenido y, sin saber mi destino, llegué finalmente a Alemania, donde comenzó otro nuevo y largo capítulo.” Cuenta.

Pero esto ya lo hemos escuchado muchas veces. Todos los días llega gente a Grecia, Turquía, Italia, Malta, Alemania… con una historia propia, aunque la verdad es que una vez pisan una tierra más segura, ésta no ha hecho más que comenzar. Y es que como cuenta Maissara, los centros de acogida a los que llegan están siempre repletos, y su única opción es la espera, tanto como para registrar su nombre y poder continuar el viaje, como para conseguir comida. Largas y largas colas con lo puesto, comunicando a través de su equipaje esencial, un teléfono móvil, que están bien.

Sin embargo, allí todos los refugiados se quedan con la parte buena, y hablan de lo generosa que es la gente que allí habita cuando los ven llegar, así como los voluntarios o trabajadores de ONG’s que los acompañan. Para ellos, todas esas personas son la verdadera Europa que contrarresta a todas aquellas que en aquél momento sólo piensan en leyes. Como parte negativa y de la que dicen, no se habla tanto, suele destacarse no sólo el cansancio físico, si no también la carga psicológica con la que llegan estas personas: “Creo que nadie es consciente de lo que es tener que dejar todo, absolutamente todo, tu casa, tus amigos, tu vida. Eso sin contar con la frustración que supone encontrar una frontera cerrada y sólo poder acampar hasta que abra, durmiendo al raso junto a tu teléfono móvil.”

Ese aparatejo se convierte sin duda en su mejor amigo. Y es que a diferencia de lo que algunas personas piensan, ellos provienen de una vida con smartphones y tecnología tan parecida como la nuestra. A través de internet y gracias principalmente a Facebook o Whatsapp pueden compartir entre ellos cuál es la mejor ruta para alcanzar un destino, así como recomendaciones, momentos tristes o momentos felices. ¿Es eso tan diferente a los Europeos, Estadounidenses, o el resto del mundo?

Cuando por fin y tras idas y venidas entre lugar y lugar les asignan una estancia fija, comienza de nuevo otro capítulo no menos fácil, como Maissara describe: “Finalmente y tras haber estado en varias ciudades alemanas llegué a Hannover, donde tenía una ayuda que al principio consistía en vales y luego en una cantidad de dinero. Yo no estaba de acuerdo con recibir esta ayuda, pero la necesitaba. Lo que yo quería en el fondo era trabajar, volver a tener una vida activa como la que llevaba en Sudán, no estar sentado todo el día sin nada que hacer.” Tanto él como muchos refugiados cuando llegan finalmente a un destino se ven de nuevo en situaciones frustrantes, ya que por ejemplo, en Alemania, tienen que esperar dos años hasta poder recibir los papeles que les permitan lograr un trabajo. Además, para conseguir dichos papeles y mostrar que son realmente refugiados, deben contar una y otra vez la historia de cómo llegaron a Europa, imposibilitando esto la oportunidad de cerrar la herida de haber dejado atrás todo lo que tenían, o recordar que allí eran profesionales en sus campos y ahora deberán enfrentarse a trabajos que no valoran lo más mínimo sus habilidades y conocimientos anteriores. Pasar de mantenerte por ti mismo a ser mantenido, a los que se suma la posible discriminación debido a la raza, procedencia o religión.

Frente a esto, y sin ninguna intención de rendirse, Maissara puso en marcha junto con otros compañeros y voluntarios alemanes una propuesta que esperemos, en el futuro pueda ser realizada en otros puntos del país, o incluso de Europa: “Estaba cansado de estar sin hacer nada todo el día. Sabía que conseguir un trabajo sería difícil, así que tras intentar lo imposible decidí inventar mi propio trabajo. El mundo funciona de una manera cerrada, capitalista, en la que todas las tareas que puedes realizar están ya fijadas, tu meta es sólo dedicarte a alguna de ellas… ¿Pero qué pasa sí desde lo que nos gusta y desde aquello en lo que tenemos habilidad pudiéramos construir nuestro propio negocio, nuestro propio trabajo?’. Y en su caso, no necesitó a penas dinero para ello, pues descubrió que había grandes problemas de negociación entre algunas empresas europeas y sus proveedoras en África u Oriente Próximo. Al conocer dicho lugar desde su nacimiento, y por tanto cómo funcionan allí los negocios, Maissara se convirtió en intermediario, ayudando así a lograr acuerdos entre ambas.

Y sí, muchas personas piensan que los refugiados vienen aquí a robar el trabajo, a delinquir o a poblar Europa con sus descendientes, pero están equivocados, pues en primer lugar ellos serán los que más difícil tendrán encontrar un trabajo, primero por el idioma, y más tarde por la adaptación y la equivocación de menospreciarlos por el color de su piel. Y es triste, pero es así. En cuanto a su intención de delinquir, me remito a un bonito artículo escrito por una pareja alemana que calificó como ‘decepción‘ el haber alojado a refugiados. También vuelvo al caso de Colonia en el que sólo tres de los refugiados participaron en los abusos sexuales de Fin de Año, intentando así mostrar que los refugiados no son malas personas tan sólo por el hecho de provenir de países generalmente (y erróneamente) asociados a una mayoría de población violenta, si no que, por el contrario, son como tú, como yo, como todos. Algunos tímidos o tímidas, activos o activas, vagos o llenas de energía, con metas o sin metas. Y por supuesto, una minoría, como en nuestra sociedad, centrada en hacer daño, pero otra, más grande y más real, pendiente de tan sólo llevar una vida normal, ser bondadoso. Y más cuando has vivido tanto miedo.

Por último, pero no menos importante, cabe destacar la falta de población europea. En muchos países 2015 fue un año de cambio en lo habitual hasta ahora en nacimientos y defunciones, produciéndose más muertes que nacimientos a causa del nivel de vida y la preferencia de otras elecciones antes que tener un hijo, así como de la crisis financiera tan conocida por todos en el sur del continente. Si esto continúa, Europa sufrirá un descenso en la población activa que llevará, entre otros efectos, a falta de pensiones para las personas que hoy en día ocupan los puestos de trabajo. La llegada de inmigrantes que en un futuro pudieran asentarse en Europa y debido a influencias religiosas o culturales dar a luz a más hijos equilibraría de nuevo esta situación, evitando así problemas como el nombrado antes.

Mirar por el otro es lo único que realmente hace falta en este puzzle. Menos fronteras y más empatía. Pues quizá el problema no esté en una valla, en la espera de una larga fila o en tener que dejar todo lo que conocías. Eso lo leemos, oímos, vemos todos los días y ya comienza a hacerse tan común que se ignora, pero quizá porque tan sólo sea la esquina final del problema, y a lo que realmente nos deberíamos enfrentar es a lo que hay más allá. Enfrentarnos a la integración, a empatizar, a mirar por el otro no sólo en las relaciones personales con hermanos, amigos o conocidos, si no también con el mundo que nos rodea. Dejar de ser una sociedad que busca lo mejor tan sólo para uno mismo para convertirnos en una sociedad en la que todos nos apoyemos más en todos. Quizá a Europa tan sólo le haga falta ponerse más en la situación del otro para entender lo que todas esas personas están viviendo y cómo dado el caso nosotros también podríamos necesitar ayuda. Decimos ser un lugar de derechos, ¡Pues demostrémoslo y démosles lo mismo que nosotros tenemos, lo que nosotros querríamos, lo que nosotros creamos!

Y es que nadie es más que nadie, todos somos humanos, y aunque en muchas culturas esté integrado que eres mejor cuanto más tengas, tal vez seas mejor cuanto más des.

 

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