Reseña de “Fuego Amigo” de Juan Federico von Zeschau (Maipue, 2016)

Por David Sánchez Piñeiro

El peronismo es irracionalidad, pura emoción, porque la política es eso. No son las instituciones ni las reglas de juego, eso déjaselo al radicalismo. No son los veinticinco mil tomos del Capital de Marx, con todas sus teorías y manual de pasos revolucionarios (…) La política es pasión, es animalidad, es mística. La razón la ponen después los intelectuales falopas, los que se pajean leyéndose a sí mismos porque lo que escriben no le interesa a nadie.  

Argentina, marzo de 2008. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner se tiene que enfrentar por primera vez durante su mandato al “peso de lo real”: las grandes empresas agropecuarias del país se rebelan contra la Resolución 125 de su gobierno, que busca establecer un nuevo sistema de retenciones impositivas a la exportación de cereales como la soja, el trigo y el maíz. Después de varios meses de paro patronal y cortes de carreteras, la Resolución fue finalmente tumbada por el voto de calidad de su propio vicepresidente, Julio Cobos, tras haber pasado por la Cámara de Diputados, donde fue aprobada, y por el Senado, en cuyo seno la votación terminó en empate.

La trama de Fuego amigo (Maipue, 2016) coincide con el conflicto con el campo en Argentina. Los protagonistas de la novela de Juan Federico von Zeschau (Buenos Aires, 1982), sin embargo, viven más pendientes de la interna de su agrupación peronista que del “quilombo del campo”. El Tano, Fede, la Rusa, Orellana, Turbi, Soto o El Cordobés, todos ellos personajes literarios pero inspirados por personas de carne y hueso con las que von Zeschau llegó a relacionarse o compartió militancia en la Ciudad de Buenos Aires, dedican una parte sustancial de sus esfuerzos y de su actividad política a “rosquear”, es decir, a aparatear, es decir, a intentar colocarse a sí mismos y a los suyos en los puestos más altos de la agrupación y, por extensión, de los aparatos estatales y del Gobierno de la Nación. 

Von Zeschau, que llegó a ocupar un puesto de asesor en el Ministerio del Interior, reconoce que escribió la novela en un momento de desilusión con un activismo político que había iniciado ya en su etapa en la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, Fuego amigo está lejos de ser un alegato moralista en clave pesimista sobre las dinámicas corruptas y poco edificantes que acompañan a toda disputa descarnada por el poder. La novela posee una mirada coral cuya complejidad es mucho mayor que la que denota esa caricatura pseudo-humanista tan recurrente en algunos ambientes literarios. Los protagonistas huyen de la dicotomía simplificadora que identifica de forma reduccionista poder con amoralidad. Para ellos (porque ellas están relegadas a los márgenes) los principios y los valores cuentan mucho, pero tampoco se engañan respecto a la verdadera naturaleza rugosa y ambivalente de la política. Lo resume bien Fede, uno de los miembros de la agrupación universitaria y una de las voces más lúcidas del relato: “como si fuera incompatible militar, estar convencido y querer hacer una carrera política. Muy moralista lo tuyo. Yo quiero la felicidad del pueblo y para conseguir eso voy a rosquear, operar, militar y hacer todo lo que sea necesario”. El Tano, hijo de un histórico sindicalista y director nacional, profundiza en la misma idea: ““no necesitamos un contrato para militar, eso es para mercenarios o arribistas, nosotros no hacemos política de cargos. Los usamos, por supuesto, eso lo sabemos los dos, pero son instrumentos de construcción como cualquier otro”.

Los protagonistas huyen de la dicotomía simplificadora que identifica de forma reduccionista poder con amoralidad. Para ellos los principios y los valores cuentan mucho, pero tampoco se engañan respecto a la verdadera naturaleza rugosa y ambivalente de la política

El movimiento peronista no concibe la política sin pasión y los protagonistas de la novela trasladan esa intensidad emocional a todos los ámbitos de su vida. Festejan siempre que pueden, van al fútbol (y discuten sobre si Perón era de Boca o de Racing), beben, se drogan e incluso se lían a golpes entre ellos en una marcha peronista, canalizando así los odios viscerales derivados de la disputa interna. No desprecian la teoría pero no la conciben como una especulación abstracta ni como un discurso universalista, sino algo estrechamente conectado con su práctica política nacional-popular. Durante una discusión un militante lanza un reproche a sus compañeros y exterioriza sin mesura y con orgullo su compromiso con la patria y con sus tradiciones intelectuales: “nos sirve para sacudirles un poco esas cabezas llenas de libros de Marx, Gramsci y Weber. Yo siempre les digo que si viviéramos en Europa y nos gobernara la socialdemocracia esos autores nos serían vitales. Pero resulta que no somos ciudadanos noruegos (…) Es la intelligentzia en su versión más chabacana y antipatria, la fascinación chupamedias por la cultura europea, como si todo lo nuestro fuera una anomia de baja calidad”.

No es difícil deducir cuál es uno de los efectos secundarios derivados de la ‘animalidad’ desatada de los jóvenes protagonistas: el machismo. La relación de los militantes con las mujeres se da fundamentalmente en términos de objetificación y cosificación sexual. (“El Tano se pregunta si hay algo más, debajo de esa camisa, de esos anteojos blancos, si hay una concha húmeda, si hay calentura ahí adentro, deseo de hembra, ganas de que se la cojan, y la toquen como si fuera una puta y le dejen una acabada chorreando por esa cara de muñeca”). Von Zeschau explicó en una entrevista que la cultura patriarcal impregnaba en 2008 prácticamente todos los espacios de militancia juvenil en Buenos Aires (por eso la denuncia implícita del libro), pero durante los últimos años la irrupción organizada del movimiento feminista en toda Argentina está empezando a revertir lentamente las dinámicas machistas y a transformar en un sentido igualitario los comportamientos de los hombres dentro de esos espacios.

A pesar de los claroscuros psicológicos y sociológicos que refleja (machismo, falta de escrúpulos, egos desmesurados, etc.), Fuego amigo es una suerte de imán literario que dibuja una imagen intensa, atractiva e incluso fascinante del activismo social juvenil. Esos muchachos peronistas impetuosos y excesivos que se organizan en la Facultad, en el sindicato, en las cooperativas y en el Estado, forman parte de un proyecto político que tiene como objetivo mejorar las vidas de las clases populares del país, a pesar de que algunos de ellos se exceden haciendo “la rosca”. Von Zeschau coloca la siguiente reflexión en los pensamientos de El Tano: “es una guerra amarga, como lo son todas las disputas entre hermanos, un paréntesis oscuro en la militancia y la construcción política, el barro, la pelea sin cuartel entre los propios, pasional y cruel, porque se conocen las heridas sin cicatrizar, los puntos flacos, las debilidades. El idioma cambia, ya no se discute el fondo, las ideas, las estrategias, sino las minucias más bajas, desaparece la política, se transforma en un tironeo de contratos, plata, alquileres de básicas, programas sociales. Va a salir lo peor de cada compañero, su parte más cobarde, porque es inevitable, es la lucha por la supervivencia”. Fede es consciente de la necesidad de poner fin inmediatamente a esas prácticas fratricidas: “hay que parar de pegarnos entre nosotros, vamos a romper el juguete”. 

A pesar de los claroscuros psicológicos y sociológicos que refleja (machismo, falta de escrúpulos, egos desmesurados, etc.), Fuego amigo es una suerte de imán literario que dibuja una imagen intensa, atractiva e incluso fascinante del activismo social juvenil

Una de las enseñanzas más valiosas de la historia real que ficciona la novela es la “cooperación virtuosa” que se da entre dos ámbitos que, en ocasiones, son concebidos como compartimentos estancos defensores de intereses contrapuestos: la sociedad civil y el Estado. En Fuego amigo experimentamos de primera mano los efectos positivos de una colaboración activa y voluntariosa, aunque no exenta de fricciones, entre, por un lado, unos aparatos estatales que contribuyen a financiar y facilitan la labor de los espacios comunitarios y barriales y, por otro, una sociedad civil que provee de cuadros militantes y empuje popular a unos estamentos institucionales que se enfrentan a enemigos muy poderosos, como en el caso del conflicto con el campo que transcurre paralelamente a los acontecimientos de la novela.

Fuego amigo puede leerse como una invitación realista a la militancia. Hacia el final de la novela La Rusa, Secretaria de Estado y jefa de la agrupación, sentencia (siempre a través del testimonio de un tercero): “la política es una maratón, no una carrera de cien metros. Gana el que aguanta más. Así que aguantemos, muchachos”… y muchachas.