Sábado, Agosto 19, 2017
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UN ROMANCE DE MANUAL

El hombre que nos ocupa no ha aprendido a ser discreto, aunque parece que tampoco lo ha intentado demasiado. Es un fachendoso elemento con una voz enfática, catalanesca y apayasada, siempre a propósito. Es alto, corpulento y fornido; tiene algo de porte espartano. Sus ojos alquitranados parecen dilatarse a voluntad con cada silaba tónica que pronuncia. Un dicharachero impertinente, que a veces es simpático, pero tantas otras, es muy pesado. Tiene una idea genial de sí mismo y carece por completo de humildad, hecho que relaciona con el magnánimo desinterés por las sardanas. Se dice que podía haber sido un notable y fastuoso director de una ludoteca o un divertido hombre-bala de algún circo ambulante de segunda. Normalmente, cuando pasea por la calle, se oye a sus entregados fans gritar: ”¡Baja modesto, que sube David!”

La anécdota que se narrará a continuación puede dejar a nuestro personaje ficticio con su imagen un poco dañada a pesar de que nosotros sabemos que lleva dos semanas insensatamente enamorado de una mujer de ojos basálticos y saltones con tendencia al éxtasis, cabello pajizo y lacio, piel tostada sin llegar a quemada y labios discretos con pocas aristas. Lo mejor que puede decirse acerca del aspecto físico de ella, y ello sin riesgo de faltar a la verdad, es que es indiscutible. Anda siempre a una velocidad considerable, lo que le da un halo de ingravidez beatífica. En su conversación, las palabras nunca caen al suelo después de ser pronunciadas; tiene un dialogo cuyas frases flotan con la ayuda de dos o tres significados que raras veces se excluyen entre sí. La dureza mineral y el pronto troglodítico de David se estampan contra el nimbo de elegancia que desprende aquella mujer de dos pechos minúsculos. Una señorita en propiedad de una lengua embelesadora y una voluntad granítica expresadas en una aureola de elegancia que te apretuja con su disposición. Comentaba el alcalde de la ciudad (recientemente elegido por una coalición inédita de partidos poco afines entre sí en materia económica) que David le había confesado que adoraba como aquella mujer lo banalizaba y que, una vez, no pudo evitar suspirar mujerilmente cuando lo redujo a un estereotipo cultural.

Los análisis más lúcidos de los politólogos, sociólogos y echadoras de cartas prevén que se volverán a ver el viernes, sin embargo, un nada desdeñable número de carniceros y panaderos de la ciudad están apostando grandes sumas de costillas y mendrugos(de pan seco, se entiende) al desenlace negativo del romance, que los filólogos llaman “de manual”. En la última rueda de prensa David declaró: ”No la he vuelto a ver desde el lunes, pero sé de ella. Gracias al sosegado placer de una correspondencia a la antigua, sin prisas, tratándonos de usted, simulando que los correos electrónicos los transporta el tren de los hermanos Marx(en el oeste). De hecho, en medio de nuestras cartas se intercalan, de vez en cuando, exotéricos: “¡Más madera esto es la guerra!”. Asimismo, un paparazzi, de matriz “hackeriana”, desveló a la prensa rosa una frase pescada en un correo: “La fealdad es el único pecado capital y espero que tenga a bien aceptar mi proposición al papa para que sea canonizada”. Automáticamente la comunidad de geólogos optaron por apartarse del caso y la mayoría abandonó la ciudad para analizarlo desde la distancia. Pusieron tierra de por medio.

Era jueves por la tarde. David había tomado un baño en extremo agradable. Su prolífica habilidad para disfrutar de la vida no carecía de una cierta cualidad cáustica. Como era tan charlatán le caía mal a mucha gente o como él decía: ”Su aterciopelado sentido del humor podía hacerlo parecer frío como el alabastrino mármol de los museos cerrados.” Su mayordomo, quien tenia que aguantar todas su excentricidades de un modo divertidamente estoico, se quedó realmente sorprendido con el último arrebato de locura de David.

—¿Está usted seguro que debe perseguir a esa jovencita, que por cierto conoce desde hace menos de una semana, con la inusual intención de proponerle matrimonio? —sin cambiar la expresión de la cara pero mirando a David.

Delante de tal cuestión, nuestro esperpéntico personaje no puede más que volver a sumergir la cabeza en el níveo cojín de la siesta.

—¿Cree usted que debería volver a verla? Esta semana sin hablar con ella me ha parecido una eternidad.

—Hace 3 días que no la inoportuna, señor —añade galantemente el mayordomo agradablemente ocupado.

—¡Peor aún! Una eternidad escrita en trilogía. No hay nada más banal que la soledad y sin esa mujer me encuentro sin brújula en la vida —esta vez con un tono melodramático de mal teatro.

El sirviente carraspea mientras deja el café en la mesilla.

—Su concepción de la soledad me sorprende sobremanera. Ha dormido con tres mujeres diferentes esta semana y ninguna de ellas se ha quedado a desayunar. ¿Está usted tomando pastillas de esas de colores cuando sale por las noches? —ya yéndose de la estancia— Se ha despertado gracioso de la siesta.

Los oftalmólogos no lo veían claro. El romance parecía estancado en aquel punto en el que la tensión reservaba un papel decisorio a la espontaneidad y la casualidad. Sin embargo, se había oído a algún físico comentar que “la verdadera duda era si se trataba del impulso centrífugo, que llamamos amor, o, por el contrario, del centrípeto deseo”. Eso era crucial porque lo definiría todo. Un sociólogo, que estaba dando conferencias esa semana en la ciudad, destacaba que el deseo es el impulso a despojar la alteridad de su otredad, y por lo tanto, de su poder. En cambio el amor implica dejar en suspenso la respuesta, o abstenerse de formular la pregunta. ¿Será uno de los secretos placeres de la vida el juego de ponerse límites a sí mismo? Convertir a otro en alguien definido significa convertir en indefinido el futuro. Significa estar de acuerdo con la indefinición del futuro. Aceptar vivir una vida, desde la concepción hasta la muerte, en el único sitio asignado a los humanos: el vacío que se extiende entre la finitud de sus acciones y la infinitud de sus propósitos y consecuencias. Un borracho, que se alimentaba mayoritariamente a base de lentejas con chorizo(incluso había escrito una oda a ese plato), se postulaba firmemente en la defensa de que “el amor es la supervivencia del yo a través de la alteridad del yo”.

—¿Va usted a cenar con ella esta noche?

—No se si debería, el compromiso siempre me da la sensación de estarme perdiendo algo en la vida —David parece que habla en serio.

—Veo que ha estado leyendo estos días —bromeando inexpresivamente— Si me disculpa la brusquedad —pausa retórica— usted no ha tenido un compromiso en su vida. ¿De donde ha sacado esa frase? ¿Madame Bovary? ¿Un anuncio de compañía de móvil?

David mira a su mayordomo sorprendido pero fluidamente esgrime una sonrisa. Con ademán vigoroso y entusiasta se levanta para vestirse.

—Podría acercarme el teléfono móvil, por favor.

—A las 9:30 en la pizzería de los italianos incomprensibles. Ya la he llamado yo —con una cadencia de palabras totalmente acertada.

—¡Caray! Está usted alerta. ¿Qué le ha dicho ella? —la cara de David se había aniñado.

—Se ha sorprendido que se acordara de su nombre y, entre usted y yo, estaba contenta.

—Esté tranquilo, creo que, paulatinamente, desde que la he conocido he cambiado radicalmente. Todas mis intenciones de querer eliminar el horizonte personal de eternidad han sido remodeladas por la influencia duradera de esta diosa. Antes imaginaba mi vida como algo estrictamente limitado a mis años biológicos, pretendía vivir lo que viviese mi cuerpo. Sin horizonte de eternidad, confundiendo amor con deseo —vistiéndose un poco nervioso.

El mayordomo le desea suerte y sale de la estancia por segunda vez.

—Por cierto, cuando he llamado a la chica he visto que había cambiado la compañía de móvil. —hablando ya desde el pasillo.

—¡Sea clemente conmigo!

Las agencias de rating le daban una buena calificación de riesgos. Hay historiadores, que incluso, después de larvados estudios archivísticos han empezado a dar un papel preponderante, en la concatenación de los gloriosos hechos, a tales agencias y sus valoraciones. De hecho, un periodista sugerente (y vaticanista, por cierto) ya está empezando a llamar a los hechos en cuestión en un modo académico. Analizando los cables que algunos de los periodistas mandan por ahí, se está hablando ya del “romance de las agencias”.

Roc Solà
Història a la Autònoma de Barcelona. L'Enric Parellada em va obligar a crear un blog i des de llavors porto La Trivial al cor.
https://rocsola.wordpress.com

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