Ayer soñé que en mi pueblo se había organizado un juego de rol simulando un western. Yo era un pistolero retirado y me ofrecieron un último trabajo: traer la cabeza de dos hombres acusados de asesinar a una prostituta. Un grupo de indios Comanche me capturaron fácilmente. Cuándo me iban a matar desperté.

Hoy por la mañana, rumbo a la Universidad, he estado reflexionando y creo que sería una experiencia muy interesante. Convertir mi pueblo en un escenario inspirado en algún Estado del Sur de Norteamérica de antes de la Guerra de Secesión será la propuesta estrella del programa electoral que me llevará a la alcaldía.

Tomando el mal café de cada mañana en el bar del campus me he dado cuenta de que mi sueño no dista mucho del movimiento estudiantil. En una mesa cercana había cuatro o cinco militantes que estaban analizando el éxito de la huelga y de la manifestación de la semana pasada, en protesta contra el decreto 3+2. Decían que cada vez más estudiantes se movilizan y que, tras un tiempo de concentración de fuerzas, lograrían sus objetivos.
No es difícil darse cuenta de que las formas de lucha que utiliza el movimiento estudiantil son inútiles y obsoletas. Está muy bien pintar en las paredes que “la verdad es siempre revolucionaria” y símbolos comunistas, está muy bien pasarse infinitud de horas en asambleas y en reuniones. Está muy bien cantar canciones y llevar pancartas en memoria del mayo del 68. Pero se deja de lado una cuestión, que no es poca cosa: el 80% de los estudiantes no responde nada a la pregunta sobre el mayo del 68. Un 10% cree que es “lo de la generación de escritores”. Un 5% responde que es “lo de la independencia de Cuba”.

La mayoría de estudiantes se marchan a sus casas cuando termina la última clase, y no se quedan en asambleas para salvar el mundo. Prefieren jugar al LoL o mirar alguna serie.

Muchos de los alumnos que siguen las huelgas lo hacen para poder dormir y saltarse un día de clase.

La huelga de estudiantes es un fenómeno claro y simple de concebir: no sirve para nada.
Los sindicatos viven en un juego de rol eterno, anhelando un pasado que no existió. Siempre discutiendo sobre quien es más o menos trotsko. Escribiendo comunicados que sólo leen ellos mismos. Que si unos son estalinistas, que si otros revisionistas. Parece que quieren revivir la Kominform.

En definitiva, el movimiento estudiantil es un juego de rol minoritario y marginal, donde se cantan canciones, se pintan paredes, se cita a Lenin, se organizan fiestas, etc. Lo único que se consigue con esto es un alejamiento brutal entre los sindicatos y los estudiantes. El resultado es el de siempre, una minoría muy minoritaria de gente sobrerrepresentada que se concibe a si misma como la totalidad. Es importante repensar la estrategia y echarle imaginación, encontrar alguna manera de articular a los estudiantes entorno a un proyecto que viva en el presente, con nuevos símbolos y nuevos lideres. Hace falta construir el estudiantado como sujeto colectivo. O seguiremos como ahora, perdiendo todas las luchas, pero fumando buenos porros en asambleas inútiles.