viernes, noviembre 24, 2017
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Súplica a la Locura

Súplica a la Locura

Por José de la Sierra

Locura lleva su nombre, tiene la sonrisa más bonita del mundo y un blanco nevado que cubre  su piel. Casi parecía hielo y a veces, junto a la niebla, cuando iba a la plaza del pueblo, podía verse, tras su piel, el dulce brillo de su alma.

Ella es egoísta. Quiere que el viento lleve su aroma, que la luna refleje su mirada, que las nubes representen su figura indefinida, que los sueños creen realidades y su realidad deje de ser poco más que una pesadilla. Desea firmemente, como si fuese el guardián de su propio castillo, que los meses vayan desordenados, la noche atormente a sus miedos y la vida dé tantas vueltas que acabe mareada de sentirla.

Locura engullía emociones, necesitaba tantas que acabó siendo una bomba de relojería, con el reloj parado en las siete en punto.

Odió al tiempo por pasar demasiado rápido, y a la tristeza por visitarla cada noche.
Lloró a la vida por ser tan efímera, e ignoró a la felicidad por serle tan esquiva.
Envidió a la comisura de sus labios por pertenecerle, por no poder besarla.
Y destrozó, desesperada, al destino, pues era tan cruel como para arrancarle las entrañas.

Aquél momento la marcó.
Se sintió rota durante eones sin que nadie supiese decirle si su cuerpo se deshizo en fichas de dominó o sencillamente llegó el momento de explotar.
Necesitó una sobredosis para recomponerse. No una cualquiera, de las suyas, de esas llenas de sensaciones y envueltas en compases rotos a base de amor sufrido.
La última, se dijo a sí misma, antes de ser fiel adicta.
Cada risa, cada llanto y lágrima, cada cosa imaginada, soñada y odiada. Cada todo. Se volvió adicta hasta a la impaciencia.
Ni siquiera la luz era demasiado rápida. Ni el océano demasiado grande.
Era un todo o nada.

Aquella se convirtió en su forma de vivir, de sentirse conectada a las personas.
A esas que tanto detestaba. A esas que, por dentro, la desgarraron hasta dejarla sin alma.

Llamó al verano y conversó con él. Le dijo que la primavera nunca le cayó bien y el otoño se sentía celoso.
Le contó que el invierno le coagulaba la sangre. Y que si se metía en una nevera, acabaría siendo de hielo, eterna.

Se sintió valiente, y colgó.

Hizo el equipaje, lo justo para no arrepentirse, y trece horas después estaba en el aeropuerto más desconocido y familiar que jamás hubiese visto.
A veces olía a almizcle en el aire. Otras, sin embargo, los olores de las especias y contraste del pescado le hacían dudar.

¿Se había equivocado de destino o aquella ciudad siempre fue tan bonita?
Pasó años sin regresar.
¿Para qué? Su vida se había hilado en España.
¿Qué sentido tenía entonces estar allí?
Ansiaba viajar y ser fiel a su nombre, hacer locuras, destruir corazones y recomponer personas. Necesitaba, quería, ser imprescindible, e imparable.

Quiso que todas las adivinanzas acabasen en su piel. Que cada momento fuese eterno. Que el cuento se titulase Un nunca acabar.

Se pintó los labios, de cada color imaginable, y se propuso llenar las paredes de besos. Pero no de los serios, de esos que no se olvidan, de los que quitan el aliento.
Se preguntó, algo ridícula, si las personas podíamos comernos a besos ¿Qué es lo que le impedía llenar las paredes de ellos?
Nadie se los reclamaba, así que les dio un buen uso. Ahora disimulaban su soledad, a la que aborrecía.

Vació la mochila sobre la cama esperando encontrar algo interesante. Y se encontró con la mayor sorpresa de su vida. Aquél anillo, sin brillantes, sin oro, sin dedicatorias, como cualquier otro, pero igualmente perfecto, había sido un terrorista y amenazaba con volver a traer su cordura de vuelta.

No la queremos aquí. Que se marche, que no la queremos.
Seamos locos, que de cuerdos el mundo ya está lleno.
¿Qué hacía allí? ¿Qué se iba a llevar esta vez? Si su corazón estaba exhausto y su sonrisa quebrada.

Cogió el pasamontañas y frente al espejo se repitió así misma, una y otra vez, “Atraquemos a Murphy. Las cosas deben de empezar a ir bien”

Cogió un folio en blanco y un bolígrafo rojo. Y pensó en una nota por si algo le pasaba.
Nadie la esperaría, Locura tuvo una época rebelde. Nadie la echaría de menos, todos eran ya demasiado cuerdos.

Siempre fue una mujer de extremos. Que le den a los grises, que su pelo es muy negro.

 

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