domingo, diciembre 17, 2017
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Sin peros en la ciudad de las puertas

Sin peros en la ciudad de las puertas

Tiempo ha existía una ciudad en la que la gente daba portazos a los morros de los demás; una ciudad en la que nadie vigilaba si había alguien o no detrás de las puertas. Hecho que ocasionaba muchos golpes entre las personas con las puertas. Ahora bien, dichos golpes no se producían intencionadamente. Tampoco se producían porque en las cabezas de la gente no hubiese la percepción de que alguien pudiera estar detrás de una puerta, alguien que podría recibir un golpe. Y aunque no siempre dichos golpes fuesen demasiado fuertes, es cierto que a veces habían ocasionado cierto desastre: algunas narices rotas, algunos dientes caídos, algunas brechas en las frentes, algunos hematomas en el cuerpo.

Pero la gente de esa ciudad estaba acostumbrada a recibir golpes a lo largo del día y precisamente por esa razón cuando padecían alguna pequeña lesión por culpa de algún portazo, no había enfados. Se podría pensar que eso era algo bonito, algo que apreciar: ostras, alguien ha recibido un portazo, alguien ha sufrido cierto dolor debido a un portazo, pero no sé queja. Ahora bien, no era que no se enfadasen por empatía (los mismos que sufrían lesiones, en efecto, también las ocasionaban); como tampoco era que no se enfadasen por su elevada tolerancia a sus vecinos (o lo que se puede entender por perdonar). No. La gente no se enfadaba porque ni por asomo les pasaba por la cabeza que una persona les podía haber dado el portazo en los morros. En la percepción de la gente de dicha ciudad creían que no había nadie más que ellos mismos en el mundo. Pues en la concepción de esta soledad individual e imaginaria nadie podía recibir un golpe de alguien ajeno porque no existía.

De la noche por la mañana las puertas de la ciudad de la gente que daba portazos a los demás desaparecieron para siempre. Y de repente el imaginario del colectivo cambió por completo. Algo a destacar, aparte de que habían desaparecido por completo las lesiones eventuales, lo que hizo cambiar verdaderamente a la gente de esa ciudad fue el hecho de no haber de recibir a diario pequeños golpes insignificantes, pero incesantes y molestos. Desde entonces la gente se sentía más aliviada y sin darse muy bien cuenta del porqué, la gente empezó a tratar más a menudo con sus vecinos.

En lugar de los porrazos con las puertas a la gente que había detrás, había un saludo o una despedida. En lugar de los hospitales en los que ir a curar las lesiones, había más tiempo libre del que gozar. Y, no menos importante, desde la desaparición de las puertas para siempre, en aquella ciudad en que antaño se creían individuos únicos, si en alguna ocasión alguna persona se daba un pequeño golpecito con otra persona, ambas se decían: perdón; o bien: disculpe.

Al poco tiempo la gente hacía muchas más cosas en común y para la comunidad. De la disculpa después de los golpecitos, a veces surgían conversaciones, y de aquí el inicio de un vínculo entre las gentes. Sin duda la gente empezaba a sentirse mejor y nadie sabía por qué. Sin embargo era algo a lo que no se le daba importancia. Cosa muy comprensible pues a quién le importa saber por qué se siente bien si se siente bien. ¿Pero cuál era la diferencia entre los golpecitos entre cuerpos y los portazos? Básicamente el contacto físico; quizás el contacto visual. En el imaginario de la gente ya nadie vivía en la soledad sino en colectivo.

Fue curioso el día en el que la gente empezó a reclamar intimidad. La gente se sentía bien tal y como entonces vivía, pero, según decían: a veces se necesitan momentos para uno mismo. Momentos en los que gozar de la tranquilidad, en los que descansar de la compañía. Hasta que un sabio, que creía haber inventado las puertas, convenció al pueblo de que las puertas eran lo que necesitaban las habitaciones de esa ciudad para tener espacios cerrados en los que estar más tranquilos.

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