Domingo, Agosto 20, 2017
La trivial > Poemas > RIMA XXXIX

RIMA XXXIX

 

 

 

RIMA XXXIX

La maté.

Hoy ya puedo decirlo sin flaquear;

pero reconozco que aquel primer crimen,

pese a haber sido justo,

me costó más de una noche de puro insomnio.

Ya me ves; hipocondríaco cuarentón, desesperado,

asqueado por los avatares y las pasiones que

amenazaban arrebatarme la vida misma.

El asunto era crudo, y no era para menos;

aquella melenuda

me seducía continuamente; en la oficina,

al salir, al entrar, en el descanso;

pero sobretodo por las noches; llamadas telefónicas,

cartas, canciones, botellas y otros tantos…

Y no le importaban mis negativas (ni mi esposa),

ella se las daba –me decía- de ganadora carnal y eterna.

Y claro estaba; yo era hombre casado;

amaba a mi señora por encima de todo,

y no podía quedarme de brazos cruzados

delante de aquel desmoronamiento.

Provisto de ello, una noche que dormía con mi mujer,

el descaro más pecaminoso

volvió a sonar en la puerta.

            -Es la mía –me dije-

Y dispuesto a poner fin a aquel vicio venenoso,

fui corriendo al despacho, cerré los ojos,

y cogí el abre cartas de plata.

Abrí la puerta de la calle y, mirándola a los ojos,

le asesté veinticinco puñaladas. Veinticinco.

La maté.

Acabé con ella;

y pese al sacrificio,

logré conservar una pizca de amor propio.

Cerca de allá, pasaba un tipo que, en verme

con el cadáver, me dijo:

            -¿Va a tirarla?

            -Toda suya, pibe –le contesté- eso sí, si me permite dos palabras,

            no se encariñe demasiado con ella; la soledad no fue

            nunca buena compañera de viaje; ni lo será jamás.

            Ramón Giménez Gutiérrez                                              31-5-2016

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *