viernes, noviembre 17, 2017
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Reflexiones sobre el populismo. Acerca de los contenidos ónticos y la política progresista

De Rajoy a los socialistas, de “constitucionalistas” a independentistas, desde politólogos, economistas, periodistas, instituciones europeas y personalidades del Viejo Continente, hasta el mismísimo Papa, todos se han coaligado para designar un mismo (y único) rival de la inmaculada democracia: los populismos. Sólo faltaría decir que hay un fantasma asustando a una ya atemorizada Europa, y tendríamos una versión renovada del curtido Manifiesto; pero no es así. En todo caso, si alguien considera que el populismo es otra entidad fantasmagórica que aparece en las arenas de la historia, debiera saber que ese fantasma no sabe, como tal, ni lo que quiere, y que no hay un solo espectro, sino varios. Y algunos son, según teóricos de esta lógica política, necesarios para salvaguardar esa misma democracia (o lo que haya de ella).

En su breve libro Islam y modernidad: reflexiones blasfemas, Žižek afirma lo siguiente:

Así pues, ¿qué pasa con los valores nucleares del liberalismo: libertad, igualdad, etc…? La paradoja es que el liberalismo no es lo suficientemente fuerte para salvarlos de la acometida fundamentalista. […] Abandonado a sí mismo, este (el liberalismo) se hundirá lentamente; lo único que puede salvar sus valores nucleares es una izquierda renovada. Para que ese legado clave sobreviva, el liberalismo necesita la ayuda fraternal de la izquierda radical. Esta es la única manera de derrotar al fundamentalismo, mover el suelo bajo sus pies. (P. 20 – 21)

Para Žižek, pues, contrarrestar las amenazas del fundamentalismo (y, para el presente artículo, también podemos incluir a la extrema derecha como una amenaza similar), significa tener una izquierda a la vanguardia de la defensa de los derechos humanos y de la ética liberal, del liberalismo. Pero, ¿izquierda radical y populismo?, ¿no son acaso elementos incompatibles? Lo veremos. Recordemos de paso que “democracia liberal” es un paradigma (impuesto) contingente, no necesario, ya que ambos, democracia y liberalismo, se sustentan en pilares distintos: mientras que a la primera le corresponde la soberanía popular o la igualdad e identidad entre gobernantes y gobernados, al último le corresponden los derechos humanos o el gobierno de la ley. Un ejemplo que ilumine esta distinción podría ser el de algunos países latinoamericanos entre el siglo XIX y la primera mitad del XX, en los que existían gobiernos de corte liberal pero con poderes oligárquicos y clientelistas, por tanto, no democráticos.

¿Qué significa que el populismo “no sabe ni lo que quiere”? Con respecto a eso, hacía referencia a que como lógica política que es, como articulador de un “pueblo” (siempre nuevo), como modo de construir lo político, no aspira a un proyecto más allá de una situación eventual en la que se van generando unas “demandas” (así lo conceptualiza Laclau, en contra del concepto de “grupo” o de “clase”). El populismo, como tal, no tiene ideología alguna. Laclau señaló en una entrevista del 2010 hecha en el canal Encuentro: “Puede haber un populismo de derecha o un populismo de izquierda, pero siempre he insistido que el populismo no es en sí mismo ni bueno ni malo, y no tiene un contenido ideológico preciso. Para mí el fascismo italiano fue una forma de populismo; pero el maoísmo también lo fue”. Un movimiento populista aspirará a constituir y construir un pueblo; la forma, los significantes y la frontera que se establezcan es algo totalmente ajeno al concepto de populismo (significantes que podrán ser de izquierdas, de derechas, de ambos…), aunque la política populista se realice, en verdad, mediante aquéllos.

Žižek, sin embargo, señala en su artículo La tentación populista que el populismo:

[…] aunque efectivamente no es más que un marco o matriz de lógica política que puede aparecer dados determinados avatares políticos (nacionalismo reaccionario, nacionalismo progresista, etc.), no obstante, en la medida en que en su auténtico sentido transforma el antagonismo social intrínseco en el antagonismo entre «el pueblo» como unidad y su enemigo externo, esconde, «en última instancia», una tendencia protofascista a largo plazo.

Considero aquí que la crítica de Žižek es precipitada. Volviendo a la famosa tesis de Benjamin, que el mismo Žižek comenta así en su libro Viviendo en el final de los tiempos: “[…] el fascismo reemplaza literalmente a la revolución izquierdista: su ascenso es el fracaso de la izquierda, pero simultáneamente una prueba de que había un potencial revolucionario, una insatisfacción que la izquierda no pudo movilizar”. Es cierto que el esloveno lo vincula al hecho de que el populismo considera al “enemigo” como una anomalía que interrumpe un orden o bienestar (para los nazis, la imagen del judío rico, lascivo, etc.) que supuestamente se ha perdido, pero no se trata tanto de que el populismo sea o pueda ser fascista (que, si seguimos lo que dice el argentino, es cierto que el fascismo ha sido populista), sino de qué significantes y qué fronteras se establecen en cada populismo, y de quién las establece.

Por el contrario, Jorge Alemán en un artículo publicado en el diario Público (Trump: ¿existe un populismo de derechas?), dice:

[…] En esto discrepo de mis compañeros y compañeras “posmarxistas” que aceptan, al ser el populismo un modo de ser de lo “político” mismo, que el mismo se reparta a izquierda y derecha.

Comparto con los llamados posmarxistas la crítica a la metafísica de la izquierda que desea que la “lucha de clases” sea un motor objetivo de la Historia que funciona como una ley ineluctable de la misma, sin embargo, pienso que el populismo es el modo radical de pensar los antagonismos que instituyen políticamente lo social frente al orden dominante del neoliberalismo. Entre los cuales, sin duda, tiene un lugar destacado pero no el único, la explotación de la fuerza de trabajo en la forma mercancía. Por eso considero que podríamos caracterizar al “fenómeno Trump” como neofascismo neoliberal, a sabiendas del carácter en principio antinómico de los términos.

Para Alemán no hay pues un populismo “de derechas”, sino un populismo que necesariamente debe ser emancipador y que tiene el propósito de enfrentarse al poder, a la oligarquía, a la burguesía, a “los de arriba”.  Creo que se equivoca, y que en todo caso se trata de una postura partidista, en pos de adjudicar el populismo, en tanto que concepto que designa unos procesos históricos y políticos, a unos “contenidos ónticos” determinados, en su caso, progresistas (contenidos con los que yo seguramente coincida). Sin embargo, lo mismo podría decir un fascista para intentar adjudicarse el populismo como un elemento genuino de su ideología, señalando como enemigos de “su pueblo” al “marxismo cultural”, a un estado que beneficia a los inmigrantes, etc. Si atendemos a Laclau, ser populista como tal no es nada, detrás de esa lógica, de esa forma de articular un pueblo, el proyecto podrá ser progresista o reaccionario, de izquierdas o de derechas, anticapitalista o neoliberal, y otros tantos posibles.

Introduzcamos unos términos para iluminar el asunto. En La razón populista de Laclau encontramos la diferencia entre la “función ontológica” (lo que está ausente en la sociedad) y el contenido óntico (la ideología, los significantes) que puede jugar el rol de aquélla. Según Laclau (y lamento lo extenso de la cita, pero creo es de suma importancia):

El punto importante es que, a cierta altura, el contenido óntico puede agotar su capacidad para jugar tal rol, en tanto que permanece, sin embargo, la necesidad del rol como tal, y que -dada la indeterminación de la relación entre contenido óntico y función ontológica- la función puede ser desempeñada por significantes de signo político completamente opuesto. Ésta es la razón por la cual entre el populismo de izquierda y el de derecha existe una nebulosa tierra de nadie que puede ser cruzada -y ha sido cruzada- en muchas direcciones. Veamos un ejemplo. Tradicionalmente ha habido en Francia un voto de protesta de izquierda, principalmente encauzado a través del Partido Comunista. Éste cumplía lo que Georges Lavau ha denominado una “función tribunicia”, ser la voz de los excluidos del sistema. Se daba así, claramente, el intento de crear un “peuple de gauche”, basado en la construcción de una frontera política. Con el colapso del comunismo y la formación de un establishment de centro en el cual el Partido Socialista y sus asociados eran poco diferentes de los gaullistas, la división entre izquierda y derecha se desdibujó cada vez más. Sin embargo, la necesidad de un voto radical de protesta permaneció, y como los significantes de la izquierda habían abandonado el campo de la división social, este campo fue ocupado por significantes de la derecha. La necesidad ontológica de expresar la división social fue más fuerte que su adhesión óntica a un discurso de izquierda. Esto se tradujo en un movimiento considerable de quienes fueran votantes comunistas hacia el Frente Nacional. En palabras de Mény y Surel:

En el caso del Frente Nacional Francés, muchos trabajos han intentado mostrar que la transferencia de votos a favor del partido de la extrema derecha ha seguido lógicas profundamente atípicas. Así, las nociones de “lepenismo de izquierda” (gaucho-lepénisme) y “lepenismo obrero” (ouvrier-lepénisme) se derivan de comprobar que una proporción considerable de los votos del Frente Nacional provienen de votantes que “pertenecieron” antes al electorado de la izquierda clásica, especialmente del Partido Comunista. (P. 115 – 116)

Y sigue el argentino en referencia a ese (re) surgimiento del populismo de (extrema) derecha en Europa:

[…] cuando la gente se enfrenta a una situación de anomia radical, la necesidad de alguna clase de orden se vuelve más importante que el orden óntico que permita superarla. El universo hobbesiano constituye la versión extrema de este vacío: como la sociedad se enfrenta a una situación de desorden total (el estado de naturaleza), cualquier cosa que haga el Leviatán es legítima -sin importar su contenido-, siempre que el orden sea su resultado. (P. 116)

Tendríamos, pues, diversos contenidos ónticos, que, durante el transcurso de la historia y en las diversas luchas hegemónicas que se dan en la sociedad, pueden quedar superados o integrados en discursos respectivamente opuestos, como el caso de Le Pen apelando a la clase trabajadora, a los “olvidados”, con esa rosa azul como símbolo, o llegando incluso a citar a Marx; o a Donald Trump, con su retórica obrerista, y que junto con la victoria de Clinton sobre Sanders en el Partido Demócrata, no hizo más que recoger votos de la clase trabajadora estadounidense.

Pero la función ontológica que encarna un pueblo:

[…] nunca puede ser reducida a su contenido óntico. Sin embargo, como esta función ontológica sólo puede estar presente cuando está vinculada a un contenido óntico, éste se convierte en el horizonte de todo lo que existe: el punto en el cual lo óntico y lo ontológico se funden en una unidad contingente y, sin embargo, inescindible. Volviendo a un ejemplo previo: los símbolos de Solidaridad se convirtieron en Polonia, en cierto momento, en los símbolos de la plenitud ausente de la sociedad. Sin embargo, en tanto la sociedad como plenitud no tiene un verdadero significado más allá de los contenidos ónticos que en cierto punto la encarnan, esos contenidos son, para los sujetos ligados a ellos, todo lo que hay. Por lo tanto, ellos no constituyen un second best empíricamente alcanzable frente a una plenitud inalcanzable por la que esperaríamos en vano. Ésta, como hemos visto, es la lógica del objeto a y de la hegemonía. (P. 269 – 270)

Es decir, aunque la función ontológica (encarnada por un pueblo y unos significantes) se despliegue y realice (como ya se ha dicho) mediante los contenidos ónticos, sea su fundante y deje a estos últimos como meros transmisores de la búsqueda de la plenitud ausente, de la función ontológica, son precisamente los contenidos ónticos los que ocupan la centralidad en la lucha política, los que encarnan la totalidad buscada por ese pueblo que se constituye, los que son investidos radicalmente como la parte que aspira a ser universal. Y como ya hemos citado: “[…] el contenido óntico puede agotar su capacidad para jugar tal rol, en tanto que permanece, sin embargo, la necesidad del rol como tal”.

Laclau, afirma también en la misma obra que “la democracia sólo puede fundamentarse en la existencia de un sujeto democrático, cuya emergencia depende de la articulación vertical entre demandas equivalenciales”. ¿Por qué? Porque aunque no vivamos ya en la época de los absolutismos predemocráticos (y ya se hayan dado, justamente, revoluciones democráticas), no significa esto que la figura del príncipe o rey, que daba cuerpo y unidad a la comunidad, que tenía como individuo todo el poder, haya desaparecido: sigue habiendo particulares que ocupan posiciones de poder, que se postulan y asientan como cuerpos hegemónicos universales, que gobiernan en el supuesto vacío de poder de los sistemas liberales.

Dichos sujetos democráticos, dichas demandas (democráticas en un principio) surgen en momentos de crisis institucionales (o de régimen) o, por resumirlo en general, en momentos donde se manifiestan las plenitudes ausentes, situaciones en las que hay una serie de carencias no satisfechas por las autoridades e instituciones. Ante dichas carencias podrá constituirse un pueblo si las demandas quedan enlazadas de manera equivalencial, transformándose en demandas populares. La lógica política que establece el populismo se basa en la emergencia de un plebs (excluidos) que se presenta ante el cuerpo social como populus (conjunto de la ciudadanía), en una “guerra de posiciones”, por el cual ese pueblo que se constituye, mediante significantes vacíos, forma una frontera y se enfrenta a un enemigo determinado (sea la oligarquía, “los de arriba”, etc) con el fin de satisfacer y alcanzar esa plenitud (que puede ir desarrollándose progresivamente).

El problema con el populismo, tal y como deja ver Laclau en la entrevista de canal Encuentro, es que esa frontera que establece el plebs puede dirigirse también hacia abajo, es decir, situando, por ejemplo, a los inmigrantes como el colectivo que impide alcanzar la plenitud social que busca el pueblo. No será un “pueblo democrático”, pero seguirá siendo un pueblo, unos excluidos que establecen una frontera (contra otros excluidos…) y que cuentan con una lógica equivalencial definida. Es justamente, paradigmático, el caso de Francia, en el que tenemos dos populismos que pretenden constituir dos pueblos distintos: uno, el Frente Nacional, que establece una frontera entre “los franceses” y los “inmigrantes”; otro, el movimiento de la Francia Insumisa, con Jean-Luc Mélenchon, sitúa al enemigo como “la oligarquía”, intentando articular un pueblo de abajo a arriba.

Esto dice Raquel Garrido, portavoz de Francia Insumisa, en una entrevista en Jacobin (France Rebels):

No apelamos al patriotismo identitario de quienes piensan que tenemos que “salvar a la izquierda” o “ser izquierdistas”. Es demasiado minoritario. Queremos ganar. Creo que somos similares a Bernie Sanders en este sentido, que rara vez hablaba de “la izquierda”, sino de la gente contra el 1% o la clase multimillonaria. Todo el mundo sabe quién es Jean-Luc Mélenchon, de dónde viene, desde qué posición habla. Pero no pedimos a la gente que primero se proclamen izquierdistas antes de que puedan tener una preocupación por la democracia.

¿Qué ocurre con la izquierda, o con el marxismo como apuesta emancipadora? Como proyecto político lleva ya décadas en un letargo sin final aparente, y hoy día los Partidos Comunistas siguen en completa desconexión con las masas, no por falta de voluntad, sino precisamente por lo que nos explica Laclau, por esa progresiva desvinculación de unos contenidos ónticos determinados con el posible plebs y con la encarnación de la función ontológica. Haya sido la caída de la URSS, el Eurocomunismo o el papel de la socialdemocracia, lo cierto es que la clase trabajadora y los excluidos no se ven identificados con la identidad que sería clásica del comunismo revolucionario. Insisto, no por la falta de verdad que tengan los diversos destacamentos marxistas (tanto en España como en Europa), o porque la clase o la economía no sean relevantes en una política revolucionaria (Laclau: ‘“la economía” […] y su centralidad es el resultado del hecho obvio de que la reproducción material de la sociedad tiene más repercusiones en los procesos sociales que lo que ocurre en otras esferas’.), sino por una serie de factores que bloquean la emergencia de un pueblo bajo una guía y unos significantes eminentemente comunistas.

Retornando a un fragmento de una cita previamente expuesta de Laclau: “Con el colapso del comunismo y la formación de un establishment de centro en el cual el Partido Socialista y sus asociados eran poco diferentes de los gaullistas, la división entre izquierda y derecha se desdibujó cada vez más”. En el caso francés, tanto la función ontológica como los contenidos ónticos progresistas, están siendo representados (de una forma oportunista) y encarnados por el Frente Nacional de Le Pen.

Volvamos, por fin, a la cuestión que quedó planteada al principio, la de la relación entre la izquierda y el populismo.  Como dije, el caso actual de la república gala es pertinente por mostrar un momento de doble populismo, es decir, dos proyectos populistas que se enfrentan por la constitución mayoritaria de un pueblo, distintos respectivamente. Mélenchon, que procedía de un partido similar a Izquierda Unida, obtuvo 8 puntos más de votos en estas pasadas elecciones con Francia Insumisa; y  Podemos aquí en España, capitalizando un 15M que Izquierda Unida (o cualquier otro movimiento izquierdista) no supo (o en realidad, no pudo) aglutinar, obteniendo 5 millones de votos. Justamente, la palabra “izquierda” (y también derecha) pasó desapercibida en el conjunto de las movilizaciones del 15M, por ser una distinción que formaba parte del propio sistema parlamentario “antipopular”, ajeno a las demandas democráticas, y perpetrador de la injusticia. Pueblo, democracia, “los de abajo”… eran los términos que se acuñaban a la hora de situar a los excluidos en una frontera con los “políticos y banqueros”, o “el régimen”, en definitiva, con el “ellos” que constituye precisamente el “nosotros”.

Así pues, y como se ha ido repitiendo durante el artículo, los contenidos ónticos característicos y tradicionales de la izquierda se van diluyendo entre las olas de la ideología, y de la historia. No se trata de que elementos que son genuinos de la tradición obrera, de clase, se extingan (por ejemplo, el 1 de Mayo), sino de que ante las condiciones actuales, ante esa fortuna de la que habla Maquiavelo, los significantes de cariz marxista no interpelan de manera efectiva a las masas, no han constituido pueblo ni parece que vayan a servir, por lo menos a corto plazo, para crear un proyecto emancipador hegemónico. Recuperando la vieja consigna de Mao:

[…] “de las masas, a las masas”. Esto significa recoger las ideas (dispersas y no sistemáticas) de las masas y sintetizarlas (transformarlas, mediante el estudio, en ideas sintetizadas y sistematizadas) para luego llevarlas a las masas, difundirlas y explicarlas, de modo que las masas las hagan suyas, perseveren en ellas y las traduzcan en acción, y comprobar en la acción de las masas la justeza de esas ideas.

El 15M supuso un momento de estallido, de ruptura, dónde comenzaba a formarse una frontera y se empezaba a constituir un pueblo, y dónde se puso de manifiesto la obsolescencia de la izquierda. Sin embargo, y al contrario de lo que opina Errejón en su artículo We the People El 15-M: ¿Un populismo indignado?, no considero que las movilizaciones del 15 de Mayo tuvieran algo que podamos caracterizar esencialmente de populista. Señalar al enemigo, o tener unos significantes que vinculen las diversas demandas, no convierte a dicho proceso en populista. Si siguiéramos su argumentación, entonces, por poner un ejemplo, el ludismo habría sido también una suerte populismo por el simple hecho de atacar máquinas industriales o por tener de significante vacío al Capitán Ludd. Algo que se le olvida a Errejón en ese artículo es la parte fundamental de la articulación social de un plebs. Dice Laclau:

El punto esencial es que, como la dislocación que existe en la raíz de la experiencia populista requiere una inscripción equivalencial, cualquier “pueblo” emergente, cualquiera sea su carácter, va a presentar dos caras: una de ruptura con un orden existente; la otra introduciendo “ordenamiento” allí donde existía una dislocación básica. (P. 155)

El 15M no supuso en absoluto un proyecto que pretendiera reordenar la sociedad y que se dirigiera como pueblo constituido a ser ese universal y a reorganizar un orden dislocado. En efecto, tenía una parte de la caracterización que hace Laclau, la de la ruptura, pero carecía en absoluto de un proyecto de ordenamiento, de un proyecto político claro, de una nueva visión de sociedad y de particular para sí. Ahí, se supone, entra Podemos, y, la tesis leninista de que la “ideología socialdemócrata llega a la clase desde el exterior”, se cumple: per se el 15M no trasciende en movimiento con una dirección a las instituciones, sino que su constitución supone un momento distinto, y una nueva investidura que se organiza a posteriori.

En todo caso, y para concluir, lo que la izquierda y los militantes progresistas deben hacer es seguir hoy más que nunca la consigna maoísta, “de las masas, a las masas”, es decir, recoger la chispa que inició el 15M, recoger el nuevo paradigma que se establece, desechando tradiciones que lastren un posible proyecto emancipador, con capacidad de disputar la hegemonía y el poder al establishment. Y, si es posible, incendiar la pradera.

Para finalizar, me gustaría dejar dos preguntas que inviten a la reflexión y a una indagación mayor con respecto al populismo:

  1. ¿Qué queda del populismo cuando no hay “etapas calientes”, cuando el sistema es capaz de sostener la embestida de demandas?, ¿no sería necesario, pues, un horizonte que supere el simple tacticismo?
  2. Y, si el plebs se hace con las instituciones y se cumple la práctica populista, ¿qué? Sin duda la política es indeterminación, ¿pero cuál es la aspiración, cuál es el proyecto, qué llena el proyecto populista moderno más allá de las demandas?

 

 

Bibliografía:

  • Žižek, Slavoj. Islam y modernidad: reflexiones blasfemas. Trad: María Tabuyo y Agustín López. Barcelona: Herder Editorial, 2015.
  • Žižek, Slavoj. Against the populist temptation. Web: ww.lacan.com/zizpopulism.htm
  • Alemán, Jorge. “Trump: ¿existe un populismo de derechas?”. Público. 25 oct. 2016. Web.
  • Laclau, Ernesto. La razón populista. Trad: Soledad Laclau. Buenos Aires: Fondo de cultura económica, 2005.
  • Garrido, Raquel. “France Rebels”. Cole Strangler. Jacobin Magazine. 12 abril 2017. Web.

Zedong, Mao. “Algunas cuestiones sobre los métodos de dirección”. Obras Escogidas de Mao Tse-tung. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín, 1972. Esta edición: Marxists Internet Archive, 2001.

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