viernes, noviembre 17, 2017
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¿Políticos o estrellas mediáticas?

Laura Villaverde Rodríguez

En la sociedad española actual, dominada por los medios de comunicación de masas, los nuevos portavoces políticos deben moverse entre la exposición de sus ideas y la sobreexposición de su imagen. ¿Qué hay detrás de este equilibrio, y hasta qué punto podemos dejarnos llevar por la percepción mediática de nuestros líderes?

¿Políticos o estrellas mediáticas?

“Yo venía con una propuesta que quería hacer llegar a Íñigo Errejón. Cuando acabó su charla inaugural y me acerqué a él, vi que ya estaba rodeado de personas, y pensé que estarían todas esperando también para transmitirle ideas… hasta que de repente empecé a ver teléfonos y a la gente haciéndose selfies. Total, que al final Errejón se tuvo que marchar, no pude hablar con él y me quedé con cara de tonto mientras le devolvía a una señora el móvil con el que acababa de sacarles una foto”

Esta intervención de un asistente a la Universidad de Verano del Instituto 25M pone encima de la mesa un tema sobre el que debemos reflexionar de manera colectiva. ¿Están nuestros líderes y portavoces políticos convirtiéndose en estrellas mediáticas? ¿Es esto una estrategia y, si lo es, hasta qué punto es útil y hasta qué punto distrae de los verdaderos objetivos? ¿No deberíamos estar poniendo el foco en lo tangible, en las medidas y las acciones, en lugar de en la imagen?

No hay que olvidar que detrás de cada líder político hay un equipo de infocomunicación que tiene, entre otras tareas, la de crear el personaje político adecuado para cada individuo y su situación. El periodista José Vicente Barcia explicaba en la VI Universidad Anticapitalista algunos de los trazos que tienen (o deberían tener) estos personajes: las tres cuestiones básicas de las que se parte para generar estabilidad en la figura son su personalidad, la idea o el grupo social al que se quiere representar y el elemento contextual; y desde esa base se crea un discurso general que pretende mostrar la visión del mundo del político atendiendo a esos tres valores. Ese discurso se apoya con un mapa léxico lleno de eslóganes atrayentes y poetizables, que los medios y redes se encargarán de mover y difundir durante meses. Así, el producto es una versión sublimada de la propia persona, con algunas características potenciadas que pasan a ser los rasgos por los que la sociedad va a identificarla de ahí en adelante. Para ilustrar con algunos ejemplos estos procedimientos no tenemos más que pensar en personajes como el de Pedro Sánchez, el salvador puro e inmaculado que trae esperanza con su camisa remangada; el de Pablo iglesias como padre severo, riguroso e inflexible frente a las viejas políticas; o el de José María González Kichi, en quien la personalidad juega un papel casi tan importante en su discurso como el propio contenido de este.

Ya hemos mencionado que la cuestión de a quién se pretende representar es clave en la construcción de la imagen pública. En palabras de Ernesto Laclau,  «Si bien es cierto que la aglutinación de demandas depende un poco de la figura del líder, también es cierto que el ascenso de un líder (y no de otro) depende de las demandas que están en la base. Por un lado, los gobernantes se transforman en el símbolo de los gobernados, pero por otro lado los gobernados crean las bases para la constitución de este líder». Ahora bien, ¿qué sucede en un período convulso como el que estamos viviendo en el estado español, en el que los partidos han sacado su artillería pesada electoralista (el ya célebre “carril corto” de Errejón) y buscan aglutinar a la universalidad de las masas bajo sus estandartes?

Es importante señalar que en nuestra sociedad hipermediatizada es necesario que los portavoces políticos estén presentes de forma continua en los diferentes medios, poniendo un acento especial en la omnipotente televisión. De no someterse a todas las tertulias, entrevistas, ruedas de prensa y otras intervenciones, sencillamente no tendrían la capacidad ni la posibilidad de llegar a un público con una manifiesta falta de interés en lo político pero con un ávido consumo de la cultura popular más superficial. Pero esta asiduidad a los medios de comunicación entraña un riesgo: el de caer en lo que el profesor de comunicación política Gianpietro Mazzoleni llama “política pop”, también conocida como politainment. En otras palabras, se puede caer en la trivialización del discurso, en un cambio de perspectiva en el que el político abandona el plano del debate real y la pedagogía y se transforma en un producto más que podemos consumir dentro de la ya de por sí exagerada oferta de programación sensacionalista que nos mantiene pegados a nuestros sofás. José Enrique Ema, en la charla sobre liderazgos y nuevas políticas de la Universidad del Instituto 25M, abordó otro riesgo de esta situación: el riesgo de despolitización que corre la sociedad como espectadora; y no hablamos ya de esa parte de la sociedad más alejada de la política, sino de la fracción que, aun con disposición e interés, puede llegar a un grado tal de identificación con el líder que se despreocupa de su propia participación. Y este peligro puede y debe preocuparnos como comunidad, pues en el contexto actual la participación de las bases sociales en los procesos políticos es tan necesaria como inexcusable.

En contraposición con estos riesgos, existe la posibilidad, también planteada por Ema, de que los líderes utilicen su imagen para jugar un papel politizador: por ejemplo, vemos que gracias a Manuela Carmena o Ada Colau ahora hay problemas sociales ante los que se presentan posibilidades que antes no se veían de una forma tan clara. O, como dirían las propias Carmena o Colau: la ciudadanía es ahora consciente de que existe una nueva voluntad política.

Lo cierto es que, con sus riesgos y sus ventajas, esta hipermediatización de la imagen de nuestros líderes y portavoces que se nos muestra al conjunto de la ciudadanía es de momento inevitable. Por eso es conveniente que de vez en cuando paremos en seco, tengamos estos fenómenos en cuenta y sepamos ver a través de ellos.

En definitiva, sería aconsejable el hacer una reflexión sobre estas representaciones. El ser conscientes de este equilibrismo constante (entre tantos otros) al que están sometidos cada día; y el ser capaces de hacer nuestro propio equilibrismo como espectadores y consumidores y separar lo mediático de lo realmente político y, lo que es más importante, de lo humano. Y una vez que hemos hecho esta separación, hacer nosotros mismos un examen de conciencia de forma individual y ver hasta qué punto nuestra percepción ha caído en la cultura de los mass media. Por mi parte, empezaré por plantearme por qué mi foto con Juan Carlos Monedero es una de mis posesiones más estimadas desde la universidad de verano. Me quedo de momento con la explicación de que es normal que atesore cualquier recuerdo de esa experiencia inolvidable… pero en estos meses que vienen toca apelar a la cautela y no perder la identidad ante la avalancha mediática que se avecina. Porque habrá avalancha, eso no lo dudemos, y arrastrará a su paso todo lo que le dejemos arrastrar.

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