viernes, noviembre 24, 2017
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Política desde la clínica

Política desde la clínica

por Miguel A. Ortuño

 

Ha pasado la época en la que el psicoanálisis era cuestionado por atentar contra la moral reinante. La teoría sobre el Edipo y la sexualidad ya no escandalizan a nadie, y los intelectuales orgánicos del capitalismo actual diagraman un refinado aparato perverso de control social. La libido no exaspera hoy en día por su carácter sexual, sino porque es incuantificable. La libido como energía que no admite la medida es una metáfora grandiosa porque formulada por Freud como un oxímoron, es una incongruencia conceptual en la que se condensa toda la potencia subversiva del discurso analítico. Y el acto analítico mismo implica una práctica que escapa al control del aparato discursivo de la ideología dominante.

 

Si el nombre de Freud ha quedado en la memoria es porque ha sido el primero en sobrepasar los ideales del cientificismo que le había formado, y en reconocer, en términos si no científicos al menos compatibles con la ciencia, lo real singular e invisible que estaba presente en el sufrimiento de la histeria. En palabras del propio Freud, el análisis respeta la singularidad del paciente, no busca remodelarlo según sus ideales personales como médico, y se complace si puede ahorrar sus consejos y despertar por el contrario la iniciativa del analizado. A partir de ahora, el movimiento psicoanalítico tendrá que decidir cuáles serán los semblantes bajo los que habrá de representarse ante el Otro que existe, que ha existido y que seguirá existiendo.

 

¿Habrá de luchar para que se los admita como profesionales sanitarios? ¿Se presentarán como investigadores de la mente? Cualquiera sea la respuesta que encuentren en ningún caso podrá omitirse el hecho fundamental, innegociable, de la salvaguarda del acto analítico como una intimidad en la que tal vez sobreviva una de las últimas aspiraciones a la libertad de pensar y de gozar.

 

El psicoanálisis en la sociedad tardo-capitalista y los planes neoliberales en la etapa actual que invaden cualquier ámbito social. Si contamos la edad del psicoanálisis desde la publicación de la Ciencia ( o Interpretación) de los sueños por Freud en 1900 se podría afirmar que exactamente durante un siglo el movimiento psicoanalítico ha podido sobrevivir y desarrollarse disfrutando de un estatuto de extraterritorialidad, ejerciendo una práctica que se mantuvo alejada tanto de los intereses como de las preocupaciones del Estado. Ese magnífico aislamiento respecto de los poderes oficiales fue posible gracias a un modelo de estado capitalista que respetaba la distinción público/ privado que él mismo había teorizado y estipulado, dejando un cierto margen de libertad y autogestión a este segundo ámbito. Pero con el desarrollo de la nueva etapa del capitalismo (capitalismo toyotista, flexible, informacional, etc.) que implica la atomización y el aislamiento para las clases trabajadoras, desprotección, fragmentación, exclusión, desapego y cooperación superficial; un capitalismo que no deja nada fuera de su delirio poseedor; un capitalismo que borra la frontera entre lo público y lo privado, porque lo privado invade lo público.

 

Como se dice en algunos de los documentos emanados del movimiento «psi», un nuevo imperativo «¡todo a la vista!», crea un estilo de vida, de trabajo y de ocio, en el que el exhibicionismo y la obscenidad se convierten en las reglas favoritas del lazo social. Los intereses del mercado imponen, más allá de la derecha o de la izquierda, una ideología del cálculo y la medida que no sólo no se conforma con evaluar los rendimientos del trabajo y la producción, sino que pretende también administrar y cuantificar los recursos de la subjetividad, incluso en sus aspectos más íntimos. Según Miller, hay que saber que las prácticas de la escucha están destinadas a expandirse en toda la sociedad y de aquí en adelante estarán presentes tanto en la empresa como en la escuela, y cada uno puede constatar que inspiran el estilo mismo del discurso político contemporáneo. La escucha se ha convertido en un factor de la política y en una apuesta de civilización.

 

La enmienda Accoyer forma parte de la operación que de forma silenciosa se ha ido configurando en Francia para «higienizar» el campo de la salud mental y las prácticas de las diversas psicoterapias. Pero nos da también la medida de un plan de acción que tiene efectos en el conjunto de Europa y que ya se ha hecho sentir en España o en Italia. Lo que se designa como «La Banda Higienista» es la encarnación de la alianza, en términos de los discursos de Lacan, entre el Discurso de la Universidad y el Discurso del Amo en la política cientificista, que hace de la salud un mercado y de lo mental un orden policial sometido a la evaluación cuantificadora más reduccionista.

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