miércoles, noviembre 22, 2017
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¿Podemos vivir solo de palabras?

Marina Betés

Desde hace unos meses, me persigue la costumbre de releer con vicio y sin cesar fragmentos que me han marcado de las grandes obras de escritores magnánimos. Siempre encuentro alivio en ello, sea cual sea la emoción o la situación que me inflija en ese momento, un torrente de paz y tranquilidad se apodera de mis frustraciones, anhelos, protestas y desesperaciones, de la misma manera que una fuerza clarificadora arroja luz e inspiración a los proyectos o decisiones que habitan en los mil candados de mi alma. No importa quién escriba ni qué género literario practique, no importa la cultura del lector ni sus creencias y costumbres, no importa el formato en el que se lea ni las manos y los ojos por los que esas ideas hayan serpenteado; he aquí la magia de la literatura. Esa magia disfrazada de palabras que obra milagros en las mentes más diversas: dota de alivio al angustiado, de carácter al conformista, de coraje al cobarde, de empatía al egoísta, de rebeldía al reprimido… dota de vida a la vida.

Es cierto que muchos escritos no consiguen en absoluto todos estos regalos que he mencionado. ¿De qué depende el éxito y el fracaso? Las palabras por sí solas no garantizan la victoria, por mucha sonoridad o fuerza que desprendan. Su triunfo tiene que ver con la funcionalidad en relación con las demás palabras y en relación con lo que se quiere expresar. Para ello no existe un manual de instrucciones, por lo que no es fácil encontrar el estilo y el orden más adecuados y eficaces que aseguren la calidad. Ese pegamento mágico que por ejemplo, anima a los personajes, les da vida y hace que exijan respeto por sí mismos. Mi profesora de literatura del instituto solía decir que para ella muchos de los personajes de las novelas estaban más vivos y habían marcado su vida más notablemente que algunos familiares. Ya lo dijo Oscar Wilde sobre un personaje de Balzac: “The death of Lucien de Rubempré is the great drama of my life”. Y es que en la literatura encontramos los amigos y las respuestas que ansiamos, las lecciones que necesitamos; la literatura nos hace crecer y encontrarnos a nosotros mismos.

Porque, ¿quién no valora y entiende mejor la amistadcuando habla con el Principito y lo ve tan orgulloso de su flor, de la Flor? ¿Quién no se ha visto a sí mismo siendo Bartleby, el escribiente, contestando a todo un “preferiría no hacerlo”? ¿Quién no ha sentido terror al explorar los abismos del género humano de la mano de los protagonistas de los cuentos de Poe?

Entiendes qué es el erotismo cuando intuyes, entre enumeraciones de calles y lugares, que Madame Bovary se está entregando por primera vez a Léon en la parte trasera de un coche de alquiler. Precisamente gracias al material oculto, a la ausencia de alusiones al cuerpo y palabras de amor, Flaubert consigue potenciar la inflamación y la sensualidad de la situación de los amantes.

De la misma manera, nunca podré olvidar las lecciones del gran maestro lord Henry Wotton, llenas de lógica aplastante y retórica impecable, capaces de aliviar hasta las culpas más intensas de Dorian Gray y, en definitiva, de todos.

O la elegancia de Armanda al enamorar al lobo estepario Harry, dedicándose a ser niña, al pequeño juego de la vida del momento. Esa maravillosa mujer, esa artista de la vida que consigue que Harry, a orillas de la desesperación, con su personalidad densa y sus pies de plomo que le impiden avanzar por el río de la vida, pueda disfrutar pequeños instantes de placer sencillo. Nos sentimos unidos a ellos, al todo, en esa fiesta llena de voluptuosidades y goces especialísimos; somos uno más, participamos en esa unio mystica de la alegría.

Así podría seguir ad infinitum con escenas que me han marcado, que me han permitido jugar a tener muchas vidas, que me han mirado seductoras entre las letras de una página, que han aliviado la embriaguez de mis ojos y han hecho desaparecer los libros de mis manos.

Me llaman la atención las personas que aún se preguntan por la practicidad de la literatura. En palabras de Mario Vargas Llosa: “Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes.”

Y es que aún resulta un misterio el poder de las palabras, de las metáforas, las paradojas y las ironías, y la importancia de las historias. Ya desde la Edad Media, con el Decamerón o Las mil y una noches, se dieron cuenta de ello. Como apuntó Eduardo Galeano: “Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias.” He aquí la respuesta al título que encabeza el escrito.

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