miércoles, octubre 18, 2017
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Pensamiento universal

Aprovechando mi visionado de una de las últimas superproducciones del cine, Interestellar, me gustaría indagar en un tema que ha sido centro de mis inquietudes durante mucho tiempo: el universo.

 

Galaxia Andrómeda

 

El planteamiento de la película es simple: los recursos de la tierra se acaban y hay que buscar un nuevo hogar para mudarse. Con buena base científica, una excelente realización artística y una carga emocional algo simplona y agotadora se disponen a llevar a cabo la misión, explorando el espacio, las paradojas de la física cuántica y los dilemas éticos y filosóficos de la raza humana. A pesar de unos cuantos pases de toreo a la física (permitidos, pues qué sería si no de la ciencia ficción) la película me dejó pensando, una vez más, en lo poco que somos y la estupidez de nuestras preocupaciones.

El supuesto que plantea Cristopher Nolan es algo que inevitablemente pasará, los recursos se acabarán o el planeta se volverá más hostil y a la larga (pero que muy larga) se abrasará a medida que nuestro Sol vaya engordando en su proceso de muerte por gula y nuestro redondo hogar volverá a ser polvo de estrellas, como lo fue en origen.

Siempre me ha fascinado esta poética tragedia. Este es el tono que mantiene el universo y todos sus acontecimientos, a veces también aderezado con unas pizcas de misterio y elucubraciones que hacen del estudio del universo un tema apasionante.

La tierra explorada, la humanidad y las naciones acompasando sus culturas y pensamientos; poco queda aquí; sí evidentemente, lograr que todos disfrutemos de vidas dignas, conseguir que todo ser humano tenga la potencia de disfrutar de las experiencias mundanas…

Pero como ente vivo que somos, llevamos cosido el instinto de supervivencia, y además como seres humanos se nos pegó la cualidad de la curiosidad, de búsqueda del saber, el deseo de explorar y de descubrir. El problema es nuestra corta vida, nuestros pocos medios. En relación a la inmensidad del universo y del conocimiento que se puede conseguir, vivimos en una época bastante primitiva.

La angustia de pensar que somos criaturas como cualquier otro ser vivo, colonizando la tierra como el moho coloniza una naranja… un poco de química juguetona dentro de un cóctel de rocas, gases y espacio vacío; muy vacío, y muy extenso. Es físicamente imposible viajar a otra galaxia con un sistema solar donde hayamos visto indicios de vida; estadísticamente no estarán en la más cercana, y por tanto el viaje tardaría tanto que nuestro propio sistema o el suyo podría desaparecer en el tiempo transcurrido.

Llegar a comunicarnos con otras formas de vida inteligente sería un placer. Compartir inquietudes con una civilización extraterrestre, desorientada también sobre su papel en el cosmos. Llorar en hombro amigo, emborracharse con ellos sabiendo que cada vida inteligente, creadora de ideas, emociones y llena de preguntas, como Roy Batty decía, se perderá como lágrimas en la lluvia.

Sí, lo sé, agobiarse por estas cuestiones tan inabarcables, e inalterables no tiene sentido: disfruta de lo que tienes, de lo que conoces. Y que probablemente no estemos preparados aún para conocer, y que probablemente seamos criaturas demasiado básicas para hacerlo alguna vez. Estoy de acuerdo, pero de vez en cuando me imagino que el disco de oro de la Voyager, que ya salió de nuestro sistema solar, conteniendo sonidos e imágines de la tierra y la humanidad, llegase a buen puerto.

Físicos como Stephen Hawking, Michio Kaku o Carl Sagan , en trabajos de divulgación hablaban de que probablemente en una o dos décadas (desde ahora) pudiésemos captar frecuencias de onda de civilizaciones pasadas; eso también sería extraordinario. Aunque comunicarnos sería el no va más, saber de su existencia sería no menos impresionante.

Pero en fin, aún tenemos que alargar bastante nuestra esperanza de vida, automatizar y racionalizar la obtención de recursos terrestres y finalmente educar y despertar un mayor interés en la población sobre lo que hay ahí fuera, por intentar averiguar su historia, su futuro y sus razones. Al fin y al cabo, este ha sido siempre el objeto del pensamiento en todas las culturas, conocer si hay algún sentido, si hay algo real. Mientras indagamos en ello, podríamos colonizar mundos dispares, como se lo imaginaron Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick, George Lucas, James Cameron o Cristopher Nolan ahora.

 

Atardecer en Marte capatado por un rover de la Nasa

 

Yo ya asumí que no seré testigo de este tipo de aventuras; me hubiese encantado nacer un par de milenios más adelante. Aunque a veces también dudo de la humanidad en sí misma, de si llegará tan lejos, o es una forma de vida que cortó su proceso de evolución demasiado pronto y morirá no habiendo visto más que su propio ombligo. Quizá solo sean restos de una civilización y un planeta devastado lo que encuentren de nosotros.

El 5 de febrero de 2008, a las 00:00 UTC, la NASA envió desde una potente antena en Madrid la canción “Across The Universe” de los Beatles en dirección a la estrella Polaris, que se encuentra a 431 años luz de la Tierra. Imaginen que captasen eso cuando nuestra civilización ya no exista. Qué final poético tan brutal.

Y es que el universo es así, frío pero con enormes estrellas de una ardiente hermosura; con todo ordenado por dentro, pero con leyes cuánticas que desafían la lógica clásica; con todo en constante movimiento pero dirigiéndose a una muerte por parálisis.

Y hasta los que más entienden, no tienen al final otra opción que mirar boquiabiertos y desorientados la bella y aterradora esencia de la existencia.

Across the Universe – The Beatles.

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