domingo, noviembre 19, 2017
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Las rosas de Lodz

 

Por Iago Moreno

Por las calles del barrio judío de Lodz, los cristales rotos siembran el suelo de rosas de cristal. Sus espinas se clavan en los pies descalzos de quienes ya no tienen casa. Es plena madrugada, pero el oscuro de la noche se rompe. Las llamas devoran una de las casas más viejas del barrio. En un desván, una luz tintinea. El acordeón de Abraham silba con fuerza. La muerte le espera. Lo sabe. Hace 2 meses ya que se llevaron a la mayoría de los miembros de la Rote Kapelle, la mayor red de espionaje en el corazón del III Reich. Parecía increíble que hubiesen llegado tan lejos, pero aun así no fue suficiente. Él había sobrevivido a la redada, pero pronto se encontraría con ellos. El ejército Nazi ya había tomado la mitad de Polonia. Abraham cerraba los ojos, conteniendo con la curva de sus pestañas sus ganas de llorar. Con nostalgia, se abraza al recuerdo de noches mejores. ¿Donde estaría Trepper ahora? ¿Le habrían llevado también a él? Un cerebro tan inteligente, una inteligencia tan capaz, también podría ser descubierta, pensó. Pero Trepper era demasiado astuto, llevaba meses filtrando a Moscú todas, absolutamente todas, las decisiones del Estado Mayor sólo con una diferencia de 9 horas. Era probable que al caer toda la red también le pillasen a él. Abraham vió a Trepper por última vez en un café a las orillas del Vístula, cerca de Wyszogród. Por entonces, la vida aún no parecía un sueño apagado en las cenizas. Había esperanza, había razones para creer. Aquel día una bomba había volado la oficina de la comisaría local y se rumoreaba que la resistencia nacionalista estaba detrás. Trepper le contó a Abraham sus planes inmediatos, los mensajes que llegaban desde Berlín y Moscú. La resistencia florecía su orgullo plantando cara. La propaganda por los hechos y el sabotaje se habían convertido en la única salida, pero al menos existía alguna. Había una ilusión pueril en que todo acabaría antes de lo que se pensaba. Y hasta Abraham llegó a pensar que el lazo con el que ahogan la vida de esta tierra pronto se haría jirones. Qué diferente era todo ahora. ¿Por qué Trepper tuvo que elegirle a él de confesor? Le contó demasiado. Si le torturan lo contará todo.  ¿Pero quién iba a pensar que allí, en Lodz, habría uno de los contactos más cercanos del más ágil de los pocos espías que se atrevían a entrar en boca del lobo?

 

La casa de Abraham tenía las ventanas rotas y las paredes pintadas. El barrio llevaba ya 2 semanas completamente destrozado. La lluvia había empapado el suelo y volado casi todos los papeles de la mesa. Aquello era un desastre. Se escuchó de pronto a un segundo camión llegar. El motor tosía un humo negro, pegajoso, que se batía en duelo con el de las llamas de la casa de enfrente. Cara a cara con la muerte, cada segundo se alargaba como una sombra negra. El incendio encogía el brillo de las pocas farolas que aún no estaban rotas o tumbadas en el suelo. El barrio era ya un esqueleto de lo que un día fue, pero solo las llamas iban a enterrarlo. Abraham apretaba con fuerza las teclas con sus dedos gruesos. Nació en sus ojos la primera lágrima de miedo: los hombres no lloran, decía su padre. Pero él había visto llorar a tantos camaradas… es imposible encerrar la ternura en un cajón en lucha por la vida. Se oyó un estruendo. La cerradura de la puerta del salón había estallado. Y portando la muerte, 4 soldados alemanes, con sus cascos grises, con su poca vergüenza, con su falta de valor, entraron en la casa. Pegaban patadas, arrancaban cajones, rompían todo a su paso. Buscaban joyas que robar, libros, banderas que quemar, y como si de objetos se tratasen, los cuerpos asustados de aquellas mujeres a las que ya ni consideraban personas; si es que alguna vez consideraron tal cosa a alguna. Abraham recordó a Agatha por un instante, pero la fuerza del corazón se le escapó entre los dedos. Su pecho se deshinchaba en un suspiro frágil y entrecortado. Jamás volvería a besar esos pequeños hoyuelos tímidos que le salían cuando reía. Volvió a tocar. Tan solo esperaba poder vencer el sonido del gatillo con la fuerza de sus dedos.

 

Los muebles saltaban por los aires o caían rendidos  a su paso. Abraham recordaba aquello que contaba su padre antes de que se lo llevasen en aquella manifestación contra la anexión de Teschen. Hacía ya años que el aquelarre de las bestias arrancaba más que grietas en los mapas.. En Ucrania, la penturia fascista había hecho lo mismo hace casi 20 años antes. Cualquier cosa era mejor para esos burgueses que una revolución fuerte. Allí, en L’Viv, pero también aquí, en Polonia. Por eso los mismos que agacharon la cabeza ante aquellos asesinos, hoy dejan que un ejército extranjero ocupe nuestras tierras y secuestren la voz de nuestros pueblos, decía siempre Korchaguin a Abraham. Esos “panis” no tienen patria, ni razón, ni amor por los suyos, repetía siempre. La última vez que quedaron le habló de un tal Stephan Bandera; al parecer en Ucrania el fascismo había vuelto a tronar como entonces, pero bajo una nueva bandera roja y negra. Abraham nunca tuvo claro qué llevaba a alguien a guardar el corazón en su garganta y tragarse el orgullo, siempre temió la idea de morir como un cobarde. Pero cuando escuchó las voces de aquellos soldados reir por las escaleras, pensó en arrepentirse. Un portazo cerró la puerta del salón. Los soldados reían a carcajadas. “Estamos en la casa de un comunista, chicos”; “ Genial, Siempre he querido follarme a la hermana de un traidor delante de sus ojos” se oyó entre las tablas de madera. Aquella gente no eran hombres, eran bestias. Pero sólo la historia iba a juzgarlos. Las notas salían de los dedos de Abraham, sus brazos temblaban frágiles, su voz se desgarraba en el miedo. “¿Oye, eso es un acordeón? No me fastidies, ¿está ahí arriba y cantando? Otto, sube conmigo, no me fío absolutamente nada de estas ratas miserables, el otro día encontraron armas a 3 cuadras de aquí, como sea una trampa…” “Que pasa mariquita, no tienes cojones para subir tu sólo? Es judío, comunista y músico, ¿ahora tienes miedo de esas nenazas?” A Abraham le gustaba creer que siempre lo tenían. Debajo de esa masculinidad, sólo podía haber miedo, terror. Terror a encontrarse, a ser dueño de sus actos. Por eso les daba tanta rabia que hubiese quien le cuestionara. Habrían matado a quien fuera sólo por tener razón, y llenarían de muerte su vida con tal de no encontrarse con ella en el lado del otro. Era ya tarde para pensar en eso, demasiado tarde. Cada peldaño que separaba el desván del salón hizo gritar la madera seca. La muerte se acercaba. Pero Abraham seguía tocando, llorando, pensando, como si los minutos fuesen horas, mientras un sudor frío se deslizaba por las paredes de su cuello. Era demasiado tarde para todo.  Aprendió aquella canción una de esas tardes, con los compañeros de la juventud comunista. El miedo marchitaba su voz, pero un corazón valiente siempre muere gritando.

 

Tres balas arrancaron su vida de las teclas de aquel acordeón justo al acabar la última estrofa. Abraham tan solo tuvo un segundo para mirar a su público. Deseó haber seguido tocando, nunca haber visto la cara de ese hombre. Pero era tarde, demasiado tarde. Un puñetazo en la barbilla reventó contra su cara. Su cuerpo se desplomó sobre las tablas de madera. El acordeón, cayó segundos antes, cuando se abrió la puerta. Huérfano, se retorció en el suelo en un estruendo de notas estridentes. Resonaba en todo el barrio el eco del final de su cancion “Kwiat ten należy, do partyzanta, Co życie swe za wolność dał.”; “Esta es la flor del partisano que murió por nuestra libertad”. Pero la sangre regaba el suelo no hizo crecer ninguna rosa en aquella ciudad cadáver, de madera enmohecida y tejas rotas. Polonia tardaría años en ser liberada por el Ejército Rojo. Años de muerte y de hiel, años que hacen a una dudar si vale la pena luchar por algo. 

 

Sobre la mesa quedaron vario libros y el esqueleto de una manzana. Bajo el último de los libros, una carta arrugada asomaba una de sus afiladas esquinas. Era la última carta del enlace Rotte Kapelle, que acababa con una cita de Ovstrovski.

 

“Lo más preciado que posee el hombre es la vida. Se le otorga una sola vez, y hay que saber vivirla de modo que al final de los días no se sienta pesar por los años pasados en vano, para que no exista una angustia por el tiempo perdido y para que al morir se pueda exclamar : «toda mi vida y todas mis fuerzas han sido entregadas a la causa más noble en de todas, la lucha por la liberación de los pueblos del mundo».”

 

Pero aquella noche la muerte nublaba los pechos de cada uno de los revolucionarios más valientes de todo Polonia. Cara a cara con la muerte, de frente a la bestia, el terror hace a uno dudar si la gloria depende del honor o de la bajeza. La valentía se encoge, y se redoblan las ideas en pliegues estrechos y encorvados. Es invierno en todo el calendario. Pero el frío templa el acero y fragua el coraje desde el corazón de la rabia y la ternura. Ya habían perdido demasiado, ahora sólo podían vencer.

 

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