Sábado, Agosto 19, 2017

La tarea

Mercedes Martínez Modroño

Madrid, finales de Julio de 2015. La metáfora es un melón, y hace calor. Todo el mundo sabe de las virtudes refrescantes y nutritivas del melón. También las ideas son nutritivas y todo el mundo sabe que las ideas ayudan a digerir los tiempos. Cuestionar el Más Platón y menos Prozac de la angustia individual para llegar al “Más Laclau y menos austeridad”, o, menos sonoro pero más justo, “Más Mouffe-Laclau y menos austeridad” de la hegemonía emancipadora, o de cómo se nos olvida que la filosofía también es necesaria y nutritiva y que sin eso nos quedamos en casa y se nos olvida que somos pueblo y somos muchos y que las muchas que hacemos el pueblo tenemos ideas pero tenemos muchas más ideas cuando prenden en la escucha y vuelan al diálogo. Y así saber, y constatar, que cuando hace tanto calor que ya no podemos soportarlo, la gente es capaz de coger el melón y repartirlo, para con equidad y justicia apagar la sed y alimentarse.

Y luego acaba la Universidad, y se sale a la realidad, y en la realidad, que no suele ser dócil sino locuaz, pero que siempre es sorprendentemente real, aparece un mendigo en el metro, depauperado, arrastrando los pies lastimosamente, con un vaso de cartón de esos que no son reutilizables manoseado y arrugado, pidiendo limosna, y porta en su espalda sobre el polo de la Universidad San Pablo Ceu: “Cada historia de talento empieza con una ilusión. Haz realidad la tuya. Banco de talento”. Un polo que, en contraste con quien lo viste, está muy nuevo y muy blanco y permite deducir que a su primer dueño no le hicieron falta ni la prenda ni el lema porque tenía otros mecanismos y privilegios para hacer realidad sus ilusiones; y probablemente otros bancos no tan espurios como el banco de talento pero sí mucho más afines a la casta. Performance espontánea para ilustrar en concreto la ponencia de Jorge Moruno y Jorge Lago y en general las ideas que crecían en las aulas, síntesis de un calor asfixiante y una realidad que se impone a las mentiras talentosamente diseñadas por un relato que no es el nuestro y que después de la Universidad de Verano de Podemos sabemos ver.

Y, por primera vez y seguro que última, siento cierta empatía con el ex ministro Wert porque quizá era en el gobierno el visionario que supo ver las prioridades de su partido (visto que no funciona quitarse la corbata y bajar al pueblo con campechanía, casi con coleta), y la prioridad de este gobierno si quiere mantenerse es prohibir a los de abajo acceder a la educación, como entendió el incomprendido ex ministro, porque con la educación pensamos, y nos hacemos fuertes, sobre todo si los que han estudiado y ahora saben que sí se puede organizan una universidad de verano en Julio, que hace tanto calor, para que se genere pensamiento colectivo y la filosofía y el análisis agudo de los académicos nos ayude a entender los mecanismos de poder que nos están asfixiando, y que todas sepamos que el melón está ahí, al alcance de la mano, y hay que decírselo a la gente, que es urgente, que los melones los están acaparando unos pocos en secreto y que nos quieren quitar hasta la sombra.

Y ahora, el día después, hay que salir a la calle y empezar a cambiar los discursos con los que entendemos la realidad. Entender que podemos construir un discurso hegemónico con el ingrediente insustituible de la mayoría social, que ese discurso no nos lo va a dar nadie, porque precisamente porque todavía no existe llevamos décadas inmersas en la desmovilización y el derrotismo. Décadas que el poder financiero no ha desaprovechado en fortalecerse. Y gracias a la universidad entendemos mejor los mecanismos por los que este poder financiero es capaz, no sólo de drenar nuestras economías caseras, sino de imponer a los parlamentos, cada vez con más garantías, su perversa voluntad. Y sabemos que tenemos que reinventar una transición democrática que le dé de verdad el poder a la gente. Hemos destapado las mentiras trapaceras del poder, y hemos visto que son telones burdos que se caen al primer tirón. Hemos estado cuatro días destapando mentiras que se legitimaban por el sentido común neoliberal, ficciones culturales y ficciones técnicas que nos tenían inmersas en la confusión de lo que no puede entenderse. Nos han faltado todas las charlas a las que no pudimos ir porque había otra que parecía más interesante, hemos escogido sabiendo que en septiembre podremos escuchar las grabaciones de aquellas a las que no pudimos entrar, porque no quedaba sitio ni en el suelo. Aunque hiciera calor, teníamos que abrir el melón y tenía que ser entre todas. Hemos aprendido a hacer otro relato de lo que vemos, hemos visto las equivalencias entre un desahucio, una vida laboral precaria y errante, o una bancarrota porque ha bajado el precio de la leche y las vacas ya no dan para pagar los créditos. Y que unas elites a las que les preocupa, lógicamente, perder el poder, se han estado enriqueciendo durante estas décadas de desencanto político. Que había melón, pero que se lo comían cuatro mientras los del montón se deshidrataban. Y hemos aprendido tanto porque hemos escuchado no de sabios engolados, sino de gente. De gente como nosotros, porque aprendemos más de quien está abajo como nosotros estamos y entramos en esa zona de desarrollo próximo en el que las ideas nuevas encajan en lo que estábamos a punto de saber, en lo que intuíamos pero no sabíamos nombrar. Ahora le ponemos nombre a las cosas y sabemos tirar del telón de las ficciones del poder y hacernos sombra con él. Y además hemos comprendido que nuestra creatividad colectiva supera con creces la de un equipo de comunicación financiado por la banca, que no necesitamos cambiar el logotipo porque el arte que se hace en la calle es mucho más efectivo que los coches con megafonía ensuciando el aire de chorradas. Que la calle es nuestro medio natural, que la conocemos bien, que no tenemos que impostar para parecer gente normal porque nos sale de todos los poros. Hacía muchísimo calor en algunas aulas, a finales de Julio, en Madrid, pero todas nos quedábamos escuchando.

Seguir aprendiendo y compartir el conocimiento, seguir en un diálogo colectivo para la mayoría. Ese es el melón, esa es la tarea.

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