lunes, diciembre 18, 2017
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La psicología del fascismo

La psicología del fascismo

En este artículo hablaremos sobre las razones psicológicas que hicieron posible el fascismo y cualquier otro totalitarismo, comentando “El miedo a la libertad”, de Erich Fromm, uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX.

La primera autoridad que conocemos en la vida es la de nuestra madre. Al cortar el cordón umbilical nos separamos físicamente de ella, pero seguimos atados por otros lazos más fuertes. Ella nos protege, nos alimenta, nos lleva siempre consigo; el hijo no se diferencia de ella misma. Poco a poco éste va fortaleciéndose y busca ganar independencia sobre la madre, pues el deseo de libertad es consecuencia y condición necesaria de todo crecimiento individual.

El niño se vuelve más libre para expresar y desarrollar su propio ser, pero al mismo tiempo, también se libera de un mundo de controles que le otorgaban seguridad y confianza. Acaba separándose de los demás y del mundo en el que vive; alcanza a comprender que es un individuo separado del todo y que a su puerta llamarán tarde o temprano la muerte, la vejez y la enfermedad. Se siente algo débil e insignificante en relación al universo y su aislamiento le llena de angustia existencial.

Por eso mismo no sólo vivimos en sociedad para satisfacer nuestras necesidades materiales, sino que también necesitamos pertenecer a algo y encontrar un sentido en nuestra vida. Si no conectamos con símbolos, normas o valores sentimos una soledad moral insoportable para la mente. Buscamos el sentido de pertenencia a algo mayor en la religión, el nacionalismo, las ideologías, las costumbres o hasta en equipos de fútbol o géneros de música. La diferencia reside en si anulamos nuestra individualidad para sumergirnos completamente en ello o no.

El proceso de separación del mundo o individuación ocurre automáticamente cuando crecemos, pero no así el de construcción de nuestra propia personalidad y fuerza interior, que se ve limitado hasta donde la sociedad y las circunstancias personales lo permitan. Cuándo esta seguridad no se desarrolla lo suficiente en una persona, la libertad genera un sentimiento insoportable de aislamiento y debilidad; no sabe qué hacer con ella y tiene miedo, lo que explica su elección de huir de ella sumergiéndose de nuevo en el todo, eliminando su propia individualidad y sometiéndose a una autoridad exterior.

Esto les permite superar el trauma y seguir viviendo, al menos durante un tiempo, porque de la misma forma que el niño no puede volver al vientre de la madre, la individualidad no puede ser revertida. La sumisión respecto a la madre es diferente de la aquella que existe entre individuos que se han separado realmente el uno del otro. A la larga, la autoridad entorpece su desarrollo, le genera una mayor dependencia, aumentando su sentimiento de impotencia e inferioridad, y genera un sentimiento de rebeldía, pues inconscientemente sabe que el precio a pagar es el abandono de su propia individualidad.

Fromm denomina el carácter de este tipo de personas como autoritario. En la base de todos sus comportamientos reside el fatalismo: la creencia en la impotencia del hombre para cambiar las cosas, fruto de su propia debilidad, y en el desengaño que sufrirán aquellos que se dejen engañar por utopías. Sufrir nuestro destino sin lamentaciones es la virtud más elevada para las personas autoritarias, y no lo es, en cambio, el valor necesario para solucionar los males que nos afectan. La fatalidad recibe nombres como “ley de la naturaleza”, “destino”, “la voluntad de Dios” o “deber”.  En todos los casos, se trata de un poder superior, exterior al individuo y respecto al cual éste debe subordinarse.

El carácter autoritario tiene dos grandes manifestaciones psicológicas, aparentemente contradictorias, pero que en el fondo son las dos caras de la misma moneda y se dan ambas a la vez. Entiéndanse estos conceptos como tendencias psíquicas que sólo en algunos casos se expresan a través del sexo.

La primera de ellas es el sadismo, cuya plasmación más evidente es el deseo de poder. Busca someter a otros individuos a su propia voluntad, para sentirse más fuerte y reforzar la confianza en uno mismo. Como hemos visto al hablar del carácter autoritario, esta voluntad de poder no tiene su origen en la propia fortaleza, sino en la debilidad del yo, en su incapacidad de mantenerse solo e independiente.

La segunda gran manifestación es el masoquismo, que busca entregar su libertad e individualidad uniéndose a un poder mayor, satisfaciendo así las necesidades psicológicas que le angustian. A menudo, esta relación se concibe como amor o lealtad. Tanto en el caso del masoquismo como del sadismo, la persona busca unirse a otro ser o poder exterior, del cual pasará a depender completamente, sea como dominante o como dominado.

El sistema capitalista es en sí mismo un gran generador de la angustia e impotencia que necesita el fascismo para crecer. Una vez finalizada su primera etapa, las grandes empresas se hicieron con el control de los mercados, reduciendo el papel de la iniciativa individual. Sus dueños no son elegidos ni rinden cuentas a nadie, pero tienen un poder inmenso sobre nuestras vidas. “Las leyes del mercado” se ha convertido en el recurso fatalista de nuestra época para imponer cualquier sacrificio a individuos y Estados. La crisis parece caer del cielo, sin ninguna causa ni responsables; con ella llegan la pobreza y el paro.

Les sigue la competitividad laboral, que obliga a elegir entre la explotación o el hambre. Vidas grises en ciudades enormes; apenas le importamos a alguien, y menos cuando envejecemos. Los partidos políticos son organizaciones enormes y alejadas de nuestras vidas, leviatanes a las cuales les hemos cedido el derecho de hacer política por nosotros, exactamente lo mismo que los sindicatos. Observamos en los televisores guerras y masacres, el terrorismo mata en casa y tenemos miedo. Pero no podemos actuar ante problemas tan inmensos. No podemos hacer nada. Sólo soportarlo y continuar. ¿Cómo alguien puede pensar en cambiar el mundo? Lo único que se atreve la mayoría de la gente a pedirle a la vida es tener un trabajo. Es de esta impotencia de donde surge el carácter autoritario.

 

En la Alemania de la postguerra se reunieron las condiciones necesarias para acentuar esta clase de sentimientos hasta extremos insoportables. La clase media vio al todopoderoso Estado derrotado y humillado, cómo la inflación acababa con los ahorros de toda una vida de esfuerzos y a los obreros, a quién tanto despreciaban, adquirían mayor fuerza y prestigio social. En vez de relacionar su situación con la de su clase social, lo hicieron con la de la nación y el Tratado de Versalles se convirtió en un símbolo de la gloria perdida.

Justo en el momento adecuado apareció Hitler, apoyado por los grandes capitalistas, prometiendo a la clase media acabar con la dominación económica que estos mismos magnates ejercían sobre ella y devolver a Alemania la fortaleza perdida: en el fondo, no se trataba más que de una promesa de acabar con los sentimientos de impotencia e insignificancia que sufría la clase media, fundiéndose con un todo mayor y poderoso que le aportara seguridad, de ahí los símbolos, banderas y desfiles característicos. No importo romper todas las promesas una vez que los nazis llegaron al poder y podían mantenerse en él por la fuerza; ya eran libres de trabajar a favor de la clase alta en perjuicio de las demás.

El carácter sádico de Hitler y sus secuaces, su anhelo de poder, resulta claro. Igualmente lo hace el instinto masoquista y de sumisión de las masas. Pero recordemos que son dos partes de un todo. Las masas también deseaban dominar, instinto que saciaron con las naciones conquistadas y con ciertos sectores de la propia nación. ¿Pero a quién se sometió Hitler? Como todo carácter autoritario, necesitaba rendirse ante alguna fuerza mayor que el mismo. Fue la ley de la naturaleza, según su propia interpretación del darwinismo; la lucha del fuerte por sobrevivir. Por muy cruel que fueran sus actos, él solo estaba cumpliendo con el mandato de la naturaleza.

El resto es historia. Pero por mucho que lo digan los libros, el fascismo no ha sido derrotado; para comprobarlo sólo hay que ver el panorama político europeo. Éste no morirá hasta que acabemos con aquellas causas que lo hicieron posible: Un sistema económico y político que genera sentimientos de impotencia, inseguridad e insignificancia en los individuos. Y por supuesto, la división de la sociedad en clases sociales, que siempre hará que el fascismo permanezca como último medio de defensa de los intereses de los privilegiados.

Mientras la bestia sigue dormida, la mayoría de individuos elimina su propia personalidad, limitándose a ser copias unos de otros y viviendo la misma vida. Millones de autómatas manipulados constantemente por los medios de comunicación, actuando como instrumentos de poderes ajenos, aunque siempre bajo la ilusión de ser libres. Una sociedad perfecta para el resurgir del fascismo por su disposición a aceptar cualquier cambio, siempre que prometa una excitación emocional y sea capaz de ofrecer símbolos de orden y significado para la vida de los individuos.

En el próximo artículo, “La psicología del hombre libre”, veremos una posible alternativa al sistema actual, tanto en términos políticos como psicológicos. Espero encontrarte allí, junto a todos los soñadores que estén dispuestos a confiar en sí mismos y en la posibilidad de cambiar las injusticias de este mundo.

 

 

Blog de R. G. Celma: http://laplumadeprometeo.blogspot.com.es/

 

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