viernes, noviembre 17, 2017
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La promesa socialdemócrata cabalga de nuevo

La promesa socialdemócrata cabalga de nuevo

Puede que la sensación que mejor recuerdo acerca del 15 M fue la del desmoronamiento de una mentira, la de la irrupción de una verdad compartida por las muchas que no participamos de privilegios ni de parcelas de poder, las que sufrimos la historia, las que nos vemos asediadas por políticas y por legislaciones que siempre nos prohíben, nos multan, nos restringen, mientras que en la mal llamada esfera pública, unos señores colgados de un limbo de irrealidad decían representarnos.  Digo señores, mejor que señorías, porque la casta tiene género y quienes de ella participan lo son en masculino o se masculinizan para integrarse mejor.

Y vino el 15 M como el estallido de una burbuja que, después de la inmobiliaria, reventaba una ficción que ya nadie se creía. Fue gritar la verdad en las calles, fue repetirla y multiplicarla por internet, fue compartir la opinión de que el rey estaba desnudo y no había ninguna ignorancia en el sentido común que gritaba que no nos representan. Y después, con un peso de lobbys y grandes entidades financieras, el sistema democrático inventado por los de arriba, el traje ya viejo del rey, se nos impuso de nuevo con la alegría de la supuesta voluntad popular. Lo que el 15 M reventó fue la ficción de que la política era eso. Fue quemar el caucho para dejar a la vista la estructura de alambre que lo estaba sustentando.

Algo se sabía o se intuía, hace ya cinco años, de que un hipotético triunfo de la política de los de abajo no iba a ser tolerado dentro del marco democrático instituido o prostituido durante décadas por el aguachirle socialdemócrata y su contrapeso imprescindible, la derecha liberal.  Ocurría que cuando los representados no votaban lo que correctamente deberían votar, el sistema lo invalidaba. En Euskal Herría fue muy evidente cuando se ilegalizó Bildu ante la amenaza de una victoria electoral. La ficción de que la democracia era el gobierno que expresaba la voluntad popular debía mantenerse intacta, para frenar cualquier intento de cambiar las cosas. En 2016, la opción de la ilegalización ha resultado imposible. Las continuas demandas no han dado frutos, pero se nos intenta demostrar que hemos votado equivocado, que nuestro voto (y esa es nuestra grandeza) está fuera del marco democrático que ellos habían construido. El destierro al gallinero fue la imagen de esa mayoría periférica, de decirnos que no pertenecemos a ese medio, que la democracia no es eso sino el pacto en comedores más que en pasillos, las conversaciones entre banqueros, expolíticos  y altos ejecutivos, a las que nunca tiene acceso la prensa. El masculino genérico es intencional, es el que sirve a la política puesta al servicio de la ganancia privada, y no al servicio del bien común.

Que no haya sido posible establecer un pacto de izquierdas después del 20 D con las autodenominadas fuerzas del cambio debe leerse como ese último esfuerzo por mantener al muerto de pie en su caballo. Mantener la ficción de que toda la política es igual, de que no se van a cerrar las puertas giratorias y no vamos a ser gobernados por los consejos de administración de las empresas del IBEX 35. No es un fracaso: hemos conseguido que el IBEX 35 gobierne ya sólo en funciones, no han servido los dinerales invertidos en medios y en demandas que siempre se archivan, porque estamos ahí, participando en sesiones de investidura ficticias, en números que no dan, testigos del empeño de la casta en repetir que puede seguir siendo todo como era hasta ahora. Y no es posible, los hemos dejado en la desesperada misión de convencer a la gente de que todavía pueden salir de esta situación de bloqueo, estamos diciendo que terminó la ficción que los alimentaba.

Las sesiones parlamentarias ya no son un juego en el que unos dicen gobernar para todas. Las todas estamos ahí, y queremos que se represente el papel que las urnas han dado al cambio. Queremos que se entienda que ese es el lugar de la verdadera confrontación democrática, la arena donde hay que entender que ha terminado el gobierno de los intereses frente al gobierno de la gente. Cuando somos muchas, el partido del dinero no puede defenderse. Quizá vayamos a unas terceras elecciones. Lo que es seguro es que no vamos a poder volver fácilmente al gobierno de alternancia de los partidos del dinero, que la gente ha abierto la grieta de la masa crítica que crece y que resiste la embestida del viejo ejército.  Necesitamos firmeza para insistir en desnudar las mentiras. En deshacer la ilusión de la democracia que no lo es, en la democracia del dinero que permite sólo gobernar a quien le rinde pleitesía.  No es imposible vencerlo, es sólo que la hidra se retuerce antes de morir y muestra sus cabezas fieras como si pertenecieran a un cuerpo entero. Es una victoria que no pueda levantarse, aunque tenga cabezas de cuellos largos que parezcan inmortales.

Estamos mostrando que los viejos partidos, e incluso alguno nuevo  que se nutre del culto al dinero, no hacen lo que dicen que hacen. El Partido Socialista es el Cid cabalgando muerto en su caballo, repitiendo a sus votantes que quiere un cambio, negando esta posibilidad en los despachos de los equipos negociadores. La ficción socialdemócrata quiere convencernos de que está viva, de que no pertenece al reino de los zombis que en las cortes generales obedecen los poco democráticos intereses de las corporaciones del IBEX 35. No sabemos si en alguna gesta llegará el tufo a podrido, si se le notará el rigor mortis o si sus huestes, comenzando a sospechar lo que realmente ocurre, no querrán seguir a tal líder. Lo que sí sabemos es que no está en disposición de ganar ninguna batalla, aunque la autoestima de sus generales esté por las nubes.

Estamos desmontando la mentira, es un paso de gigante.

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