sábado, octubre 21, 2017
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La lucha por la hegemonía durante el primer gobierno de Felipe González en España (1982-1986): un análisis discursivo

Sólo hay una cosa en este mundo peor que tener una identidad, y es no tener ninguna. (Terry Eagleton)

Fede se sabe de memoria, a su pesar, este artículo, las reflexiones, interrogantes y minutos que están detrás de este trabajo. Diría que tiene el inigualable mérito de haberme aguantado en los tiempos de zozobra, y, quizá más aún, en los del buen viento. Sin embargo, eso sucede en el transcurso de compartir los días a puñados, pero de a miles, como las ganas, la guerra y las manos. Y eso sí me sería insustituible.

Pablo Iglesias ha sido y es maestro y mi secretario general. Le dedico la revista porque me ha enseñado a pensar y combatir. A él le debo mi formación, el respeto por los libros y el amor por l@s nuestr@s. También la capacidad de esfuerzo. Todo eso, sin darse cuenta, lo ha conseguido siendo mi principal referencia intelectual, política y vital. Y convirtiendo su orgullo en mi mejor recompensa.

Objetivos de la investigación
En este artículo se intentará pensar sobre la construcción orgánica de la España democrática y la manera en que se constituye cómo comunidad política y social en la etapa postfranquista.

Una articulación mediada principalmente desde el discurso y con el núcleo político en el Partido Socialista Obrero Español, entendido como El Príncipe de un régimen que se construye en tanto que hegemonía desde la llegada del agente Felipe a la Moncloa.

Un área particularmente estudiada es el momento constituyente y la transición hacia la democracia. Aquí, sin embargo, se estudiará el proceso de consolidación de la Monarquía Parlamentaria. Se revisará, pues, la centralidad del PSOE en la construcción del Régimen como síntesis de los diversos intereses sociales y la capacidad de redefinir el marco político y el orden social, así como los sectores subalternos. Es decir, se tratará de ver la importancia de la primera legislatura socialista en la articulación, sino sutura, del bloque histórico que generó consenso de los subordinados al status quo y que (re)unió estructura y superestructura.

Se podría decir que se hablará desde el momento constituido, es decir, no se analizará el proceso de redacción y las causas que explican el texto constitucional. Se aceptará, pues, el Estado de Derecho y se pensará la construcción simbólica de una hegemonía que vinculó la sociedad. No será útil pensar el proceso como traición o como pacto entre élites.

Se entenderá el proceso como articulación de la nueva totalidad que configuró un sistema histórico: el Régimen del 78, que lo vamos a nombrar Regencia de Felipe, período en que Felipe asume las funciones que corresponden al príncipe maquiavélico hasta que Felipe es nombrado Rey de España. O de la enésima restauración borbónica.

Metodología de análisis. Decisiones epistemológicas previas: hegemonía, discurso y constructivismo
Voy a aclarar algunos conceptos centrales del análisis para facilitar el texto y evitar malentendidos. El concepto de hegemonía suele entenderse como el dominio o la superioridad de un sector por encima de otros. Aquí se le da un uso distinto y concreto, en el sentido expuesto por Laclau y Mouffe cuando abandonan el último reducto de esencialismo en el pensamiento del marxismo en general y en concreto de Gramsci. Una lectura postmarxista y heterodoxa de la propuesta de hegemonía gramsciana estudiando el discurso y la ideología como núcleo central de la lucha política, centrada en el ámbito de la cultura.

Por tanto, la hegemonía es un tipo de ordenación de un campo político marcado por el conflicto y la contingencia. Los mecanismos que operan en la construcción del orden y del marco político, y de la propia identificación social, son mecanismos discursivos. Entendiendo el discurso en tanto que práctica de construcción e institución de sentido y significado político.

Desde ésta perspectiva la práctica política consiste en la pugna permanente entre sectores que quieren atribuir una explicación concreta a los fenómenos. Esto es, la nominación como trascendencia de los intereses sectoriales y la lucha hegemónica como batalla para construir identidades y significados.

En términos “históricos”, si Lenin entendía la hegemonía como una respuesta excepcional a una situación excepcional “la necesidad de que el proletariado tomase en sus manos en Rusia las transformaciones históricas “burguesas” provocada por un “desarrollo desigual y combinado” que solapa etapas históricas desordenando su sucesión, para Gramsci la hegemonía es la forma normal de la política en las sociedades democráticas de masas caracterizadas por sociedades civiles desarrolladas y complejas, y por una legitimidad mayor del status quo por la promesa de ascenso social individual y de incorporación de las demandas de los gobernados en los planes de los gobernantes” (Laclau y Mouffe, 1985: 60).

El concepto de bloque histórico de Gramsci es probablemente el más importante de su teoría. Hace referencia a un sujeto o formación que hace inteligible la totalidad social en un momento histórico determinado. Es vital entender que el sujeto no viene constituido por un fundamento prediscursivo, es decir, que no es necesario y determinado. El bloque histórico siempre es una construcción o articulación sobre unas condiciones materiales, fijadas en el terreno económico, que siempre abren la posibilidad de formarlo. Es decir, el sujeto no viene determinado por las relaciones de producción de manera inmediata y natural, sino que éstas abren la contingencia de actuar en distintos sentidos para intentar darle forma, desde el discurso, al sujeto.

Para la articulación del bloque histórico y de los sujetos Gramsci decía que es imprescindible la presencia de los “intelectuales orgánicos”, una suerte de líderes culturales que cohesionan los sujetos. El papel más importante que juegan los intelectuales orgánicos es el de instituir un “sentido común de época”. Por tanto las clases sociales y los sujetos políticos colectivos necesitan tener tal figura. La formación de una intelectualidad propia es un factor determinante en la capacidad hegemónica de todo grupo social, una condición fundamental de la agencia política: “una masa no se “distingue” y no se vuelve independiente “por sí misma” sin organizarse (…) y no hay organización sin intelectuales o sea sin organizadores y dirigentes (Gramsci, Cuadernos, IV, p. 253).

Los intelectuales tienen, para éste enfoque gramsciano, un rol político fundamental: instituir o contestar una concepción del mundo difundida en una época histórica en la masa popular (Gramsci, Cuadernos III, p. 327), el “sentido común de época”, que es una construcción móvil que mezcla de forma desordenada nociones de muy diferentes procedencias arraigadas en las costumbres (Gramsci, Cuadernos I p. 140).

Por tanto se entiende por sentido común la construcción cultural (y política) que naturaliza el orden existente, presentándolo como natural, indudable, inmutable e infinito. Es toda una estructura que se interioriza desde los inicios de la socialización del individuo en la sociedad, de tal manera que es un terreno muy arraigado y que legitima con mucha eficacia las relaciones sociales y la naturaleza del orden. Los intelectuales orgánicos y los sectores alternativos tienen la dura tarea de transformar éste sentido común, enfrentarse a él para lograr presentarlo como algo que no es necesario y que podría ser diferente. Siempre es una tarea muy larga, dura y costosa. Por tanto Gramsci ve de vital importancia la batalla en el terreno de la cultura, en una suerte de “reforma intelectual y moral” de la sociedad, contraponiendo ésta tesis a la de conquista inmediata del estado. Ésta reflexión la hace el comunista italiano al pensar sobre lo que llamó “estados occidentales”, que tienen más desarrolladas las estructuras de la sociedad civil y que disfrutan de una relación entre los gobernantes y los gobernados muy distinta de los “estados orientales”, una relación mediada más por el consenso que por el dominio coercitivo.

Este combate ideológico es el aspecto central de la lucha por la hegemonía, una tarea cultural prolongada y que exige grandes capacidades de organización, orientada a: hacer intelectualmente independientes a los gobernados de los gobernantes, para destruir una hegemonía y construir otra (Gramsci, Cuadernos, IV, p. 201).

Ésta manera de interpretar la lucha política la denomina “guerra de posiciones”. No hay que entenderla como una suerte de acumulación de fuerzas sino como una articulación de sujetos colectivos nuevos en torno a discursos determinados que representan en un sentido o en otro las relaciones sociales existentes, que encarnen la figura de nacional-popular. El moderno Príncipe debe y no puede dejar de ser el pregonero y organizador de una reforma intelectual y moral, lo que además significa crear el terreno para un ulterior desarrollo de la voluntad colectiva nacional popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de civilización moderna (Gramsci, Cuadernos V, p. 17).

Es importante entender que ésta voluntad nacional popular nunca será completa, es decir, que todo régimen siempre dejará algo fuera. Una voluntad popular colectiva nunca puede ser completa porque siempre hay fuerzas excluidas o marginadas que constituyen una reserva permanente de resistencia y un potencial permanente para el desarrollo de contrahegemonía en diferentes escalas y sitios (Jessop y Sum, 2006: 173)

Para concluir hay que revisar cuatro componentes esenciales:

La “dislocación” en el sentido de la diversidad heterogénea de elementos dispersos y sectores sociales segregados. Éste momento es insuperable, es inherente a la comunidad política. Está ligada a la idea de antagonismo de Laclau, que habla sobre la división eterna de la sociedad, ya sea en clases o en otras identidades. Esta tensión permanente por superar el conflicto que está en su razón de ser es constitutiva de la hegemonía (Errejón, I. 2012:141). La capacidad de un actor para determinar el núcleo social entorno al que se agrupará la mayoría es la posibilidad de hegemonizar el espacio.

La “articulación” entendida como lo que Gramsci llamaba el paso de la fase “económico-corporativa” a la “ético-política”. Es decir, la apropiación y representación del universal por el particular. Es el proceso fundamental de la construcción “nacional popular”.

La “integración parcial” de una parte de los subalternos al proyecto del actor principal y la delimitación siempre necesaria de un afuera, en tanto que grupos subalternos aislados en forma de antagonistas (Mouffe, C. 1998).

Las “condiciones de posibilidad” determinan la probabilidad de éxito del proceso hegemónico. Es parte fundamental para evitar caer en un idealismo según el cual todo es posible.

Para Íñigo la actividad hegemónica es aquella por la cual un grupo social con la capacidad material y simbólica necesaria interviene en un contexto de dislocación y heterogeneidad articulando diferentes sectores en una nueva voluntad colectiva que, representando sus intereses de grupo, integra en forma subordinada los intereses de grupos subalternos y es capaz de presentarse de forma plausible como un progreso universal de la sociedad (Errejón, I. 2012: 143.

Para Laclau y Mouffe el discurso es una práctica articuladora que instituye puntos nodales que anclan parcialmente el significado de lo social en un sistema organizado de diferencias. El sistema discursivo articulado por un proyecto hegemónico está delimitado por fronteras políticas específicas resultantes de la expansión de cadenas de equivalencia [el afuera constitutivo] (Laclau y Mouffe, 1985: 137).

La Regencia de Felipe (o régimen del 78) se ha convertido, con especial intensidad desde el 15M, en objeto de estudio y análisis de muchos científicos para intentar explicar y comprender el momento actual del país. Se suele simplificar el régimen como una suerte de democracia light basada en un turno de partidos orgánicos que se reparten el poder y la influencia, fruto de una transición, entendida como maquillaje del totalitarismo franquista.

Para analizar cómo se construye el régimen y cómo se asienta durante el primer gobierno del PSOE es necesario pensar en qué situación se encontraba la sociedad y el Estado. El proceso de “revolución pasiva” que pretendió restaurar la hegemonía de las viejas élites heredadas del régimen anterior no fue demasiado exitoso, es decir, el proceso de transformismo en tanto que expropiación de las demandas subalternas y cooptación de los intelectuales orgánicos de los nuevos sectores no pudo refundar los ejes centrales del anterior orden y el proyecto se tuvo que abrir demasiado. La estrategia de apertura del régimen tradicional no bastó para mantener la estructura intacta y tuvo que ceder en demasiadas demandas. La tensión entre los dos polos no tenía solución y al final fue inevitable la reordenación de la sociedad. No se podía ni regresar al pasado ni iniciar una ruptura total.

La “revolución pasiva” no fue nunca suficiente, actuó solamente como una suerte de dique restaurador. Esto abrió el margen e hizo necesario un proceso de “hegemonía expansiva” que, como escribe Mouffe, tiene más que ver con un momento “antipasivo”. Se trata de la agrupación de diferentes demandas en un solo proyecto que las satisfaga o amortigüe las contradicciones entre ellas, generando así una nueva voluntad colectiva (Mouffe, C. 1979).

El actor que logró articular éste proyecto fue el Partido Socialista de Felipe González, que demostró ser capaz de interactuar tanto con los sectores más rupturistas como de presentarse de manera aceptable a los sectores moderados. Es decir, el PSOE fue capaz de ocupar la posición central entorno a la que se construiría el régimen español. Digamos, pues, que fue capaz de formar la “hegemonía expansiva”, en tanto que operación discursiva metonímica por la que la parte pasa a representar al todo (Laclau. E y Mouffe, C. 1985: 141).

El anclaje cultural que empezaba a asentarse giraba alrededor de un discurso del consenso y de la estabilidad, partiendo de una cierta contigüidad pero siendo capaz de desplazar los significados. Es decir, empezaba a ser mal visto mostrar afinidad al régimen franquista pero no era necesario explicitar qué estabas en contra. Todo el mundo estaba contento de la consolidación de la democracia pero no hacía falta condenar los años oscuros que se habían vivido anteriormente. El PSOE, un partido históricamente antifascista, hegemonizó su centralidad justo cuando desarticuló y rearticuló las demandas que lo habían definido como partido. Un ejemplo claro: un partido republicano pasó a ser el partido más borbónico.

La erosión de los dos bloques abrió el espacio que el agente Felipe usó para actuar, siendo capaz de reordenar las posiciones políticas y de abrir una nueva etapa histórica en el país, con un constante escape del conflicto. Por tanto, la sociedad que se dividió en la Guerra Nacional Revolucionaria parecía reconciliarse, llegando al punto en que los alineamientos políticos no se decidían siguiendo este eje. La prueba está en que los otros países que habían sufrido regímenes autoritarios se habían constituido desde un antifascismo explícito y radical, mientras que en España la cosa fue muy distinta.

En 1982 la oposición se niega a apoyar la entrada de España a la OTAN. El gobierno de UCD tiene que anticipar las elecciones. El PSOE aprovecha que las fuerzas políticas están en declive y, con su firme discurso de reformas sociales y estabilidad, y, con su No a la OTAN, consigue la victoria. Era la primera vez que un partido fundado por Pablo Iglesias ganaba. Era la primera vez que un partido fundado por Pablo Iglesias estaba de acuerdo en que España estuviera en la OTAN, a pesar de haber defendido lo contrario poco antes.

En aquél momento se estaba viviendo una crisis económica a nivel global. El Estado del Bienestar se recortaba en toda Europa, había empezado una contrarrevolución burguesa que abría la etapa neoliberal. España llegó tarde al sistema de Estado de Bienestar y esto complicó las cosas al PSOE, que tuvo que cambiar mucho su discurso.

El regente Felipe, una vez presidente, y asumiendo que el Estado es la principal herramienta reproductora de hegemonía, sabe que la construcción del bloque histórico necesita cohesionar los distintos sectores subalternos logrando un consenso y una voluntad social que vea en el horizonte un futuro esperanzador. Su plan de estabilización económica fue el pilar que consiguió vertebrar el régimen. Empezó un reajuste del sistema productivo que se centró fundamentalmente en la integración del neoliberalismo a España. Es decir, desmantelación del aparato industrial y transición hacia un capitalismo financiero, de tal manera que el modelo económico pasó a ser principalmente deuda, burbujas, especulación, turismo y construcción. España entró en la CEE y pasó a jugar el papel de país periférico. Dinero fácil, crecimiento sin productividad, burbuja como modo de ascenso individual.

La integración parcial de las clases populares al orden se explicaba con el discurso de las clases medias. Todo el mundo pasaba a ser propietario, deudor, de una casa, un coche, etc. España entraba de pleno en la lógica neoliberal. Las funciones típicas del estado de bienestar, como la sanidad pública, la educación, las pensiones, los subsidios, etc. fueron impulsadas por el PSOE, el gasto del Estado aumentaba cada año. Pero no lo hacía con la lógica keynesiana, es decir, no era un modelo redistributivo, con alta progresión impositiva, sino que lo hacía con el dinero de Europa y con la deuda. El negocio era completo, Europa gana prestando dinero y España disfruta del dinero. La desigualdad subía cada año, pero de a miles, pasa que era aceptado por la mayoría, ya que su bienestar también aumentaba.

El problema trivial de tal modelo es que se crece con constantes burbujas. El Partido Socialista fue abandonando paulatinamente el discurso obrero y su ruptura con los sindicatos se ve claramente con la huelga general del 88. Cada vez se consolidaba más el auge de las clases medias y del desarrollo de la economía de la construcción y turismo. El consumo de crédito aseguraba el ascenso individual sin límites y el bienestar. España ya era un país “rico”. La socialdemocracia española, siguiendo el ejemplo de la europea, abandonó sus principios y abrazó el modelo liberal. Vimos cómo se privatizaron distintas empresas estatales, entre ellas Telefónica, Endesa y Repsol.

La consolidación del régimen viene acompañada de la despolitización de la sociedad. Los partidos se parecían cada vez más, se entra en una etapa postpolítica, producto del neoliberalismo. El conflicto y la democracia popular no tienen cabida en el régimen, el poder político está en manos de los “expertos” y la gente tiene que retirarse, vivir su vida. El sentido común y la cultura dominante te dice que te preocupes de tus problemas, que ya somos europeos y que el conflicto es siempre cosa del pasado.

Otro de los elementos centrales que explican la consolidación hegemónica y la construcción del bloque histórico es el afuera constitutivo, el enemigo que une. Y este no era otro que el terrorismo. España vivió una guerra interna durante muchos años y el agente Felipe puso en marcha un mecanismo de terrorismo de Estado para combatirlo. España se unía contra ETA. El enemigo sirvió de legitimador del orden.

Entendiendo que la hegemonía se basa en el continuo formarse y superarse de equilibrios inestables (…) entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados, equilibrios en los que los intereses del grupo dominante prevalecen pero hasta cierto punto, o sea no hasta el burdo interés económico corporativo (Gramsci, Cuadernos V, p. 37), el partido del régimen comprendió que una de las claves para encarnar el proyecto nacional-popular era articular a su favor las demandas de las comunidades autónomas con identidad nacional propia. En la primera legislatura del Agente González España pasó de ser el Estado más centralista de Europa a uno de los más descentralizados. El propio partido socialista contó con el apoyo de Don Jordi Pujol para formar gobierno en el 93, poco después del caso “Banca Catalana”. El PSC tuvo mucha fuerza en Cataluña al saber situarse en el catalanismo político, sobre todo cuando Maragall se convirtió en alcalde de la ciudad condal.

Muchos fueron también los intelectuales orgánicos que mostraban su apoyo abierto al proyecto socialista, cantantes, escritores, periodistas, etc. La cultura era un ámbito copado centralmente por el PSOE. Se vivía un momento de anestesia colectiva, todo era maravilloso, el país era ya moderno, se habían superado los problemas y la política tenía que ser gestión y administración mecánica. El relato cultural que impregnaba la sociedad era: nosotros hicimos la historia, y fue el momento de las grandes epopeyas y la épica. Esa ya está hecha, váyanse a casa. Estudien mucho, háganse ricos y diviértanse los fines de semana, pero el momento de las hazañas colectivas ya fue” (Errejón, I. 2015: 28). Las cunetas siguen llenas de cuerpos, pero remover el pasado es peligroso.

Jordi Romano
Un bon nano

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