domingo, noviembre 19, 2017
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LA INFORMACIÓN HOOLIGAN: DESCONFIEMOS DEL DISCURSO DE LOS MEDIOS

Por Ot Burgaya Balaguer

George Orwell tenía una frase que me sirve para romper el hielo, “si libertad significa algo, será el hecho de poder decir a la gente lo que no quiere oír”.

Éste pretende ser un breve escrito que permita echar un vistazo crítico al actual estado del sistema comunicativo catalán. El actual descredito del periodismo, tanto en el ámbito de la prensa como el de la televisión, a medida que los medios se han ido acercando al poder (y viceversa) ha empezado a sonar la alarma de la tan exhibida independencia periodística.

Aceptando la premisa que las noticias que nos llegan conforman nuestro mundo político, creo que a nivel local es importante resaltar las consecuencias nefastas que ha provocado el enfoque de dos puntos de vista aparentemente antagónicos en el momento de informar sobre la actualidad política y social catalana. Los últimos años hemos ido viendo en los medios de comunicación como si solamente existieran dos miradas posibles sobre el futuro político de Cataluña. Cada cual se ha ido haciendo fuerte en su trinchera, sin ánimo de convencer, solamente conservar sus partidarios. ¿Cuál es el papel que han tenido los medios en todo esto? Félix de Azúa tiene una muy buena frase que ilustra lo que está pasando en las tertulias e informativos que vemos diariamente: “Manifestar grandiosamente ante los colegas lo que están deseando oír, o bien atacar el adversario ante un público exclusivamente compuesto por los nuestros, no es practicar la libertad”.

Empecemos por el principio, ¿cómo se ha llegado a posiciones aparentemente tan irreconciliables? En 2010 finalizó el proceso de implantación del sistema TDT a todos los hogares del país. Aparentemente fue un cambio tecnológico de poca importancia, pero si analizamos lo que ha ocurrido después veremos que no solo significó una mejora en la recepción del señal de televisión. Sin ir más lejos, en nombre de la diversificación de canales se privatizó buena parte del espectro radioeléctrico para poder tener más canales. Pero no nos engañemos, la fragmentación del espectro no ha mejorado la pluralidad de los contenidos, lo que nos vendieron como “la democratización de la televisión”. Al contrario, esto provocó la aparición de nuevas cadenas privadas, que posteriormente serían abducidas por los peces gordos. A las grandes corporaciones de la comunicación les faltó tiempo para absorber las nuevas propuestas televisivas (recordemos el caso de Cuatro, propiedad de Grupo Mediaset desde 2011; y LaSexta, absorbida por el grupo A3 Media en 2012), cosa que ha reducido a pocas manos el mercado de la comunicación en España. Esto tiene un nombre y se llama oligopolio.

De esta forma la independencia política de los medios se ha visto fuertemente cuestionada en un estudio del Centro para el Pluralismo y la Libertad en los Medios del Instituto Universitario Europeo, que hace unos meses publicaba en el portal Mèdia.cat. Ese estudio identificaba cuatro grandes problemas; una excesiva concentración de medios en pocas manos; poca diversidad de puntos de vista en las noticias; falta de transparencia de los intereses empresariales; y la susceptibilidad a las influencias políticas (un caso flagrante ocurrido recientemente sería el del nombramiento de Vicent Sanchis como nuevo director de TV3 el pasado mes de marzo, curiosamente después de unas semanas de cobertura impecable sobre el Caso Palau, tal y como apuntaba Monica Planas). Por lo tanto, podríamos decir que el descenso de la audiencia de las televisiones públicas, ya sea TVE o las autonómicas como podría ser TV3, ha relativizado su rol de “servicio público”. Estamos frente a una redefinición del concepto.

Tal y como apunta Ramón Zallo en su libro “Estructuras de la comunicación y la cultura”, las televisiones públicas han bajado en audiencia y se deberán acostumbrar a porcentajes de audiencia más bajos frente el brutal crecimiento de la oferta y “a buscar altos impactos solo con determinados tipos de programas”. En el caso de TV3, la fuerte deriva nacionalista de los últimos años se podría explicar, en parte, para querer asegurar una parte de la audiencia aunque sea a cuesta de perder la otra.

Dónde quiero ira a parar. Uno de los motivos por los cuales la confrontación de opiniones sobre la cuestión catalana sea únicamente dual ha venido provocada, también en parte, porqué las televisiones han querido asegurar como mínimo una parte de su audiencia. En el caso de TV3, aumentando el tono del discurso y haciendo de servicio público solo para los catalanes con una determinada orientación política; o apelando a la indivisibilidad de la nación española, en el caso de TVE (un recurso que parece excitar siempre una parte importante de la audiencia). A todo esto, cabría añadir que no sería posible si no fuera tan fácil nombrar directivos afines al color del gobierno.

Pensábamos que la fuerte competencia conllevaría una mejor calidad de la producción televisiva. No ha sido el caso. Los medios de comunicación han convertido la cultura en mercancía. Es como quien va al supermercado y compra la marca de un producto, pues lo mismo ocurre con los periódicos, los informativos o los programas de entretenimiento. No vamos con la intención de dejarnos informar, los medios ya han aplicado su poder “moralizante” a priori para constituirnos como “público fiel”. Y así nos convirtieron en hooligans de un medio de comunicación y por ende de una ideología que puede acercarse más o menos a un partido político concreto.

Como decía Theodor Adorno, puede que sea verdad que no estamos en un momento dramático por lo que respecta a la incultura generalizada, pero si que es verdad que el conocimiento ha pasado a un segundo plano por detrás de la sobreinformación. En una época de tantos estímulos, necesitamos agarrarnos a algo inmutable, que perdure y que no esté en movimiento. Es por eso que en vez de hablar de “sociedad del conocimiento” es preferible utilizar el concepto de “sociedad de la información”, ya que el mero hecho de recibirla no implica su asimilación. En el fondo, la mayor parte de la información y ocio que consumimos forman parte de una midcult (aparentemente productos de una cultura media, pero que no son nada más que una parodia al servicio de fines comerciales/ideológicos), y como satisface nuestras aspiraciones, todo se resuelve con la adhesión acrítica a unos valores impuestos. Ramón Zallo ya nos indicaba que “el ecosistema cultural se reproduce y desarrolla conforme a las pautas del sistema económico en el que se inscribe y que distribuye social y desigualmente los conocimientos”. Es una lástima que el poder económico y financiero no se pueda votar.

Los medios han tenido un papel importantísimo en la globalización, ellos han ayudado a difuminar el paso de un sistema a otro. Pero en los noventa el cambio ya era irrevocable. Las empresas se habían internacionalizado y la concentración empresarial se convirtió en el deporte preferido de las élites económicas. Mientras tanto la estandarización de los contenidos de los medios de comunicación empezaba a ser una realidad, ya que eran inevitables los cambios en los modelos productivos, la externalización masiva de la producción en las televisiones públicas y, por si no había suficiente, los nuevos hábitos de consumo de la gente acentuados por el inicio de la digitalización.

Todos estos acontecimientos han provocado una reacción directa de los estados-nación que se traduce en una (re)centralización territorial, un modo para intentar recuperar (posiblemente en vano) parte del poder perdido frente a la anarquía económica generalizada de las clases altas. Como era posible de prever, la recentralización territorial ha comportado problemas dentro de los estados plurinacionales. “Las identidades culturales minoritarias corren riesgos crecientes habida cuenta que la globalización capitalista y de los mercados culturales sustituye al discurso ilustrado del universalismo” y esto provoca lo que Zallo nombra como “repliegues civilizatorios”. Me suena.

El trepidante ritmo de la actualidad se convierte en una insufrible paliza para nuestros cerebros. Dicho de forma aún más banal, estamos dopando nuestras neuronas en vano, porqué nos llega todo pero no nos enteramos de nada.

Las posiciones se confrontan cada vez más y queda poco espacio para los grises y los puntos de vista intermedios o que ofrecen soluciones fuera del marco informativo oficial: está de moda la información hooligan. Más allá que algunos periodistas intenten elevar el tuit al nivel de la noticia, puede que sea necesario poner un poco el freno y mirar el mundo con cierta calma. En definitiva, lo que sería dedicar más tiempo a la reflexión y menos a la construcción de discursos nacionales incendiarios. La televisión y los periódicos no son inofensivos. Los medios, para bien o para mal, son creadores de mitos y nosotros “nos informamos” en base a estos moldes. Compramos ideología.

Aunque la audiencia se haya fragmentado y creemos que tenemos un abanico más amplio para elegir, la información y el ocio sigue pasando por el filtro de los grandes grupos mediáticos. Al final, las “diferencias” son artificiales.

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