Viernes, Junio 23, 2017
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La cosa va de muletas

La cosa va de muletas

Por Enric Parellada Rius

El señor E era un hombre que sin necesidad andaba con la ayuda de muletas. Y la verdad, la gente no sabía ese pequeño detalle, además, debido a los estúpidos modales que todo el mundo tiene y que hacen creer que preguntar es de mala educación, nadie supo jamás por qué el señor E andaba con la ayuda de muletas. Nadie se cuestionaba si el señor E tenía alguna discapacidad de movilidad o no, pues las muletas ya la justificaban.

El señor E se sentía cómodo en esa situación, pues no le gustaba tener que dar explicaciones de sus actos. A decir verdad, el señor E andaba con la ayuda de muletas porque de este modo le parecía más complicado desplazarse y eso a él le hacía sentirse bien. Pero, en efecto, como de la práctica y la repetición nace la comodidad, estabilidad y en ocasiones el talento, pronto dejó de ser una carga para el señor E andar con la ayuda de muletas. Con el tiempo andar con la ayuda de muletas había perdido toda su funcionalidad, pues hay que recordar que él lo hacía porque de ese modo le parecía más costoso desplazarse; fue por eso que una noche decidió cortarse las piernas. Lo hospitalizaron debido a ello y delante los médicos él no tenía nada de lo que esconderse: me he cortado yo mismo las piernas, decía. Y claro, los médicos no tuvieron ningún tapujo a la hora de diagnosticarle una locura profunda a su paciente. Lo llevaron pues a un manicomio, en el que cada mañana a lo largo de seis meses le preguntaban cosas de su vida para comprender por qué un individuo podía hacer tal cosa. ¿Qué clase de individuo puede querer desplazarse con dificultad? ¿Qué clase de individuo podría cortarse las piernas y justificarlo con tanta naturalidad como lo hacía el señor E? Estas eran las preguntas de todos los psicólogos que trataban con él, pero la verdad es que el señor E era un hombre de razón, un hombre que regía todos sus actos desde la lógica. Pues jamás nadie supo detectar ningún tipo de locura en el señor E, a pesar de su extraña y compleja mentalidad. Asimismo, cuando se cansaron de no avanzar en sus investigaciones, al fin le dieron el alta del manicomio.

Al volver a frecuentar sus circuitos sociales, por supuesto, la gente no osaba preguntar al señor E que le había pasado a sus piernas. El señor E andaba sin piernas pero con muletas y entonces la gente se decía: ah, el pobre señor E siempre ha tenido problemas en las piernas hasta que se las han amputado.

Y bueno, aunque si se hablase sobre ello con el señor E él estaría radicalmente en contra de ser objeto de debate, o mucho peor, de juicios de valores populares, de nuevo, él continuaba a gusto al pasar desapercibido de la gente. Pasaba desapercibido de la gente, sí, pero no físicamente, pues todo el mundo lo miraba, pero sí existencialmente, pues nadie le preguntaba qué le había pasado a sus piernas. El señor E se reía como nadie cuando alguien lo paraba por la calle y le decía: hay que seguir para adelante, eres muy valiente señor E, eres todo un ejemplo para la humanidad. Y como la persona que le decía esto al señor E, satisfecha, pensaba que se reía porque lo que le acababa de decir le había hecho sentir bien, sonreía, y continuaba con lo que fuera que tuviese que hacer mientras que pensaba que el mundo necesitaba más buenas personas como el señor E.

Fue precisamente el día en el que se cumplía un año de que el señor E se cortó las piernas que al despertarse le habían crecido cuatro piernas. En efecto las cortó al instante. Esta vez no fue al médico y se fue a la cama de nuevo. Al volver a despertar le habían crecido ocho piernas. Maravillado por su extraño aspecto, fue a por sus muletas y se dio cuenta de que con ocho piernas le costaba mucho más andar con la ayuda de muletas que cuando no tenía piernas, pues esta vez no se cortó las piernas. Y tampoco tenía intención de cortárselas jamás.

Mientras que se miraba al espejo antes de empezar el primero de sus paseos con su más que aceptable cuerpo, comprendió que si la gente le veía, ahora sí que lo pararían para preguntar. Incluso pensó que quizás algún atrevido llamaría a la policía o a una ambulancia. De modo que sin perder las ganas de ir a pasear por primera vez y gozar de una buena caminada, antes de salir de casa para emprender la marcha, se cortó la lengua y las orejas.

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