viernes, octubre 20, 2017
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La blaxploitation

Una de las grandes influencias para el cine hoy en día obviamente es Quentin Tarantino. Si quisiera explicar la posmodernidad quizás recurriría a simplemente proyectar una de sus películas pero tampoco cabe exagerar y decir que él es la posmodernidad. Es una parte de ella, que es precisamente él mismo. Su género es tan genuino que ha hecho de sus filmes verdaderas obras de arte inconfundibles. Una de las características de la posmodernidad es, quizás un poco antiromántica, la imitación y la parodia y aun así Tarantino sigue manteniéndose original. Considero que debería hacerse una segunda filmoteca en Barcelona que proyectase tan solo las influencias de Tarantino y posiblemente el catálogo conseguiría no repetirse hasta pasado un buen tiempo. ¿Y por qué en Barcelona? Porque es donde vivo, así que bueno, podría hacerse en cualquier sitio, la verdad.

Una de las influencias más interesantes del director es el cine conocido como la blaxploitation. Este tipo de cine nace de la mano de la posmodernidad. A finales de los años 60 y 70 la periferia ideológica, derrumbada la autoestima y el poderío del pensamiento occidental, básicamente porque había sido el responsable de 6 millones de muertes en campos de concentración y de la desolación en un instante de dos ciudades mediante el lanzamiento de dos bombas atómicas, se pone manos a la obra para reivindicar su identidad, su reconocimiento y su legitimación dentro de un mundo que había visto perderse la verdad y el metarrelato entre los párrafos de Françoise Lyotard o, mucho antes, Walter Benjamin, entre otros. La Justicia, la Historia, la Ley, Dios, etc. pasaban a verse como meros constructos, discursos fruto de una contingencia determinada y que por lo tanto podían ser puestos en cuestión. El problema se extendió por lo tanto a la comprensión del ser humano y del hombre blanco occidental como centro rector de la cultura y la sociedad, en general. A partir de ahí nacen los estudios de género, el feminismo, también el movimiento hippie o el punk, etc. Es precisamente en esos años en los que nace también el movimiento por los derechos de los negros que por aquel entonces, en Estados Unidos habían sido ciudadanos de segunda, tercera, cuarta y sigue…

Aquellos años son los de Martin Luther King, los de Malcolm X, los de Nina Simone arengando a los suyos a alzarse en la violencia (pero haciendo canciones tan maravillosas como Missisippi Goddam)  o los de Muhammad Alí aporreándole la cabeza a Ernie Terrell y reivindicando su identidad (”What’s my name?”). En aquellos apasionantes días una serie de cinéfilos se plantaron delante de la gran pantalla y se dieron cuenta de  que todos los personajes eran blancos, o al menos, los protagonistas y pensaron: ‘‘¿por qué no podemos hacer nosotros eso?”. Con presupuestos irrisorios pero memorables por su heroísmo, se lanzaron a hacer películas para reivindicar su identidad. Una de las más famosas es Blácula(1972) de William Crain donde aparece el otro Drácula, el negro. Así pues, con el referente de las películas de Hollywood la comunidad negra empezó a producir un cine donde mediante la parodia y la ironía se estaba realmente debatiendo sobre la identidad del negro. De hecho, Django, desencadenado podría considerarse una película blax como lo es Jackie Brown. Se conseguía extrañar así un papel que había sido jugado siempre por el blanco de modo que el público reía al ver al negro, pero a la vez esa risa era motivo de cuestión. ¿Por qué ríes ante eso? ¿Qué problema hay en que sea el negro el que ocupe el papel central del poder? De esa manera se conseguía concienciar al público de su posición dentro de la sociedad que durante tantos años había sido asumida como natural. Aquel arte se propuso derrumbar esa naturalidad, esa comodidad del blanco que ha conseguido amaestrar al negro.

Por otro lado me gustaría destacar por encima de todo una de las vertientes del género más originales y significativas: la pimpingfition. El término lo utiliza Justin Gifford en su estudio Pimpingfictions para describir la nueva literatura que estaba calando entre los lectores negros. El pistoletazo de salida lo da Robert Beck, más comúnmente conocido como Iceberg Slim. Obviamente no tan solo el cine tuvo una renovación sino la literatura en sí la cual se hizo eco de la pulpfiction, de un tipo de novelas muy baratas, populares entre las clases bajas, que narraban historias de amor, de violencia, eróticas, etc. Los barrios negros ansiosos de violencia y de realidad, ansiosos de sí mismos, recibieron Pimp: Story of my life como el verdadero reflejo que estaban esperando, aquella literatura que hizo posible al lector afroamericano analizarse, criticarse y reivindicarse. En la novela, en clave autobiográfica, se narran las peripecias de un chulo (pimp) que se usa de todo tipo de técnicas picarescas para sobrevivir en un mundo donde el negro no es nada más que nada. El ataque al sistema, el lenguaje rudo, la sátira, la ironía, el sexo, la violencia y a su vez la poesía conjugan un todo que conmocionaría a muchísimos artistas e influenciaría en una de las corrientes musicales más populares actualmente: el rap y el hip-hop (Ice Cube o  Ice-T adoptaron sus nombres por influencia del escritor).  El cine negro entonces pasó también a imitarse a sí mismo y nacieron joyas como The Mack o Willie Dynamite o derivando hacia la figura del camello como Superfly o la del estafador en Trick Baby (basada en la novela homónima de Iceberg Slim).

De esta manera se consiguió en aquel momento teorizar desde la narrativa sobre las posibilidades de ascenso del negro. Tan solo son aquellos que viven al margen de la ley los que pueden igualarse con el blanco por su dinero pero a su vez sienten el resentimiento de un mundo que no puede dejar de enjuiciarlos, de presuponer que su fortuna ha de estar basada en el crimen, en la violencia, en una especie de animalidad en la que los discursos racistas se basan para defender la superioridad de la raza. De esta manera se organiza toda una estética y un tratamiento que colocará en un pedestal a esos chulos, serán héroes, pero a la vez son irrisorios. Visten como payasos, una deformación extrema del zootsuit, su actitud frente al mundo es de chulería y gallardía para luego comportarse como niños delante de sus madres o para ser ridiculizados por la policía, etc. En aquel momento el cine fue un lugar de debate donde las distintas líneas discursivas se rebatían las unas a las otras en la misma película. Cuando el chulo llegaba a ser una estrella de Hollywood llegaba la realidad para derribarlo si no con la cárcel, con la muerte de un ser querido, con cualquier elemento que venía a avisar: ”Sí, muy bien, esto es muy bonito pero cuando salgas del cine te encontrarás con lo mismo que este chulo se ha encontrado. Con la cruda realidad”.  A su vez las relaciones de proxeneta-prostituta vienen a plasmar mediante una crudeza a veces sofocante, el problema de la ascensión social. El problema de que los negros han de luchar por sus derechos pero, ¿cómo hacerlo sin quitarle esos derechos a alguien? ¿Es justo conseguir el poder si el poder en sí significa someter a los demás? ¿No sería lo mismo? A su vez, servía para explicitar las relaciones del negro para con la sociedad, como el negro es la puta del blanco, es su esclava, pero a su vez la reflexión es mucho más ambiciosa si la relacionamos con la entrevista que le hicieron a Robert Beck en la que se le preguntaba si él era una puta a lo que respondió: ”We all are, if you live under capitalism”.

No está nada mal. La blaxploitation la verdad es que no es un género que plantee grandes cuestiones existenciales pero hay que tener en cuenta que se dirigía a un público popular y que el contexto de la época demandaba realidad y cine social, pese a ello considero que es un género entrañable y no me parece mal recordarlo de vez en cuando porque a su vez juega con interpretaciones en las que no está de más pensar hoy en día en algún que otro momento. Ahora que se ha estrenado Los odiosos ocho de Tarantino creo que no estaría nada mal una buena sesión de cine negro de los 70 como precalentamiento, un poco de ironía por allí un poco de metáfora por allá y una analogía y ¡Bam! ahí la tienes, la octava película de Tarantino. A la vez, recordar de donde viene Tarantino quizás no vaya tan mal para darle un soplo de vida a sus películas y comprender que no es justicia por justicia de donde viene el director, no es sangre por la sangre o violencia barata, sino que su cine en el fondo puede llevar por caminos más profundos e interesantes de lo que parece.

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