Miércoles, Agosto 23, 2017
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Islamofobia y terrorismo. La importancia de la identidad

Islamofobia y terrorismo. La importancia de la identidad

Europa se está viendo sacudida, en los últimos años, por atentados terroristas, cuya autoría se atribuye a grupos islámicos radicales. Rápidamente una ola de consternación recorre los rincones del viejo  continente, olvidando, muchas veces, que estos salvajes atentados ocurren casi a diario en algunos países árabes.

En los medios de comunicación desfilan especialistas, intentando explicar las causas: las invasiones de Afganistán e Irak, la guerra de Siria, la colaboración de países como Turquía o Arabia Saudí con estos grupos terroristas o la obsesión de Estados Unidos por el control del petróleo; todas son importantes, pero ninguna al alcance de ser solucionada por la ciudadanía. Puede que existan otras causas más sutiles  que deberíamos analizar y que requerirían la colaboración de toda la sociedad.

Nuevos términos se han hecho, desgraciadamente, familiares para nosotros y entre ellos  llaman especialmente mi atención el de “lobo solitario” y “radicalización exprés”. Dan a entender que estos sujetos que asesinan en nombre del odio y de una forma totalmente despiadada, han surgido de la noche a la mañana.

Los autores de estos atentados, actuando solos o bajo las órdenes de grupos organizados  son, muy a menudo, como se ha puesto de manifiesto en Francia y Bélgica, ciudadanos de esos países de origen árabe;  han nacido y crecido en Europa pero no sienten que pertenezcan a ella, es más la ven como una amenaza para su cultura y su identidad.

El término Islamofobia se acuña a finales de los 80 con la intención de describir y nombrar una realidad, si no nueva, al menos teñida de nuevas connotaciones generadas por nuevos contextos: la discriminación contra el Islam y los musulmanes. La Islamofobia definida como la manifestación del odio, la repugnancia y la hostilidad hacia los musulmanes, se traduce en términos prácticos, en una exclusión de éstos de la vida económica, social y pública de una nación, al tiempo que son víctimas de discriminación y persecución

Ya en 2004 la Comisión de  Derechos Humanos de Naciones Unidas, elaboró un informe,  “Le racisme, la discrimination raciale, la xénophobie et toutes les formes de discrimination”,  en el que se constata un importante aumento de la Islamofobia, que tiene, dicen los autores, dos características fundamentales: la legitimación intelectual de una hostilidad hacia el islam cada vez más abierta, por parte de personas influyentes del mundo de las artes, la literatura y los medios, así como la tolerancia respecto a esta hostilidad. Otra constatación importante es que el rechazo del islam y de los musulmanes cristaliza, en algunos países, en la cuestión de los símbolos de pertenencia religiosa. Lo interesante es que lanzan una llamada urgente para que los estados miembros reconozcan la Islamofobia y elaboren herramientas para registrarla y medirla, asimismo, la comisión recomienda la creación de un observatorio de fenómenos contemporáneos de racismo, antisemitismo e Islamofobia. Nuevamente, la Islamofobia aparece en un plano específico de discriminación, separada de  la xenofobia y a la altura del anti-semitismo.

En  España, en el Informe de SOS Racismo,  se menciona la palabra Islamofobia en relación con conflictos derivados del establecimiento de mezquitas en algunos lugares y advierte del deterioro de la imagen que en España se tiene de los musulmanes,  un 83% de los españoles consideró a los musulmanes como fanáticos.

Amin Maalouf en su libro “Identidades asesinas” define la identidad como un conjunto de pertenencias, la mayoría no innatas (lengua, etnia, religión, nacionalidad, sexo…) cuya combinación hace a cada persona distinta e insustituible, son los “genes del alma”, pero, a su vez, cada una de nuestras pertenencias nos vincula a grupos de personas en espacios comunes. La identidad no se nos da de una vez por todas, sino que se va construyendo y transformando a lo largo de nuestra existencia. Progresivamente se van forjando los comportamientos, prejuicios, temores, aspiraciones, junto a  sentimientos de pertenencia o no pertenencia.

En este proceso se producen heridas que determinan la actitud de los seres humanos respecto a sus pertenencias y a la jerarquía de éstas. Si alguien sufre una humillación por su lengua, origen,  religión o cualquier otro componente de su identidad, no lo olvidará jamás y esta pertenencia se impondrá sobre las otras, la persona suele tender a reconocerse en la pertenencia más atacada y ésta puede invadir  toda su identidad. En algunos momentos no se sentirán con fuerza para defenderla, pero buscará a otros como él y atacará cuando pueda, porque su identidad solo se reafirmará si ataca al de enfrente, al que considera responsable de ese ataque.

Existen, por tanto, identidades asesinas, reducen la identidad a una sola pertenencia, instalan a las personas en una posición sectaria, intolerante, a veces suicida que matan o son partidarios de los que lo hacen, se cometen atrocidades convencidos de que están en su derecho, convencidos de que ganan el cielo o la admiración de los suyos. Lo importante es impedir que se den las condiciones que convierten una aspiración legítima, como lo es la identidad en un instrumento de guerra.

Como cuenta Amin Maalouf es necesario elaborar una concepción de la identidad con múltiples pertenencias, con una actitud abierta entre las culturas. Toda práctica discriminatoria es peligrosa. Para reducir las desigualdades, las injusticias, las tensiones raciales, étnicas, religiosas… cada persona debe ser tratada como un ciudadano o ciudadana de pleno derecho, cualesquiera que sean sus pertenencias. La ley de la mayoría no siempre es sinónimo de democracia, por conceder el voto no se logra que una minoría oprimida deje de estarlo.

En España no existe una población árabe tan numerosa como en Francia o Bélgica pero sería hora de pensar y analizar, si las situaciones que se están dando en estos países las podríamos, en un futuro, ver aquí. Es hora de plantearnos un Plan integral para conseguir una sociedad en la que la interculturalidad sea una realidad, sobre todo con la población de origen árabe cuya lengua y religión son diferentes a las nuestras. En las escuelas y en los barrios necesitamos mediadores interculturales; la policía, el profesorado, el personal sanitario y todo el funcionariado, en general, deben ser formados para colaborar en la integración de las diversas culturas. Los medios de comunicación deberían tener normas que les impidiesen la difusión de comportamientos o actitudes discriminatorias, así como modelos de buenas prácticas. Se debe promover e incentivar  el aprendizaje de la lengua española, como lengua vehicular común, sin impedir ni menospreciar el derecho que tienen a utilizar su propia lengua, que también debería tener algún reconocimiento por nuestra parte. Y en cuanto a su religión debe recibir el mismo trato que la religión católica, la libertad religiosa en España debe ser real no solo  formal. Se trata  de que la persona que llegue, asimile una cultura sin perder la suya propia.

Deberíamos  revisar cómo funciona nuestra democracia e intentar buscar un espacio, sea el Congreso u otro órgano donde pudiera existir una representación de estas minorías, culturalmente diferentes, pero ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho, resultará difícil porque a lo largo de los años tampoco lo hicimos con la Comunidad gitana. Todas las minorías deberían tener voz  en nuestras instituciones.

Sería conveniente que en el pacto antiterrorista entre partidos políticos, surgido en España después de estos atentados, se planteara el análisis e implantación de planes y medidas de este tipo y no solo acuerdos en términos prebélicos o para mejorar la  seguridad de forma inmediata, que ponen de manifiesto una visión sectaria, también por nuestra parte, al no reconocer responsabilidad alguna.

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