domingo, diciembre 17, 2017
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Historias de personas

Historias de personas

Mediados de 2014. Párate un momento a pensar. ¿Qué estabas haciendo? ¿Cómo se desarrollaba tu vida? ¿Qué pensabas, qué sentías, qué rondaba tu cabeza? ¿Podías dormir?¿Estabas enamorada o enamorado?¿Te sentías solo, sola, perdido o perdida?

Imagina por un momento que por esas fechas los acontecimientos de tu existencia fueran diferentes. Que pudieras transportarte a una realidad distinta y los hechos de los que estuvieras formado fueran los que ahora mismo empiezo a relatarte.

Plena luz del día. Eres un joven de veinte años estudiando política y a la vez trabajando en el ejército. Tu vida está completa. No tienes pareja pero vives con tu familia, tienes una madre y un padre que te quieren con locura. Cuatro hermanas, dos pequeñas, y dos mayores. Una casa a las afueras de la ciudad. Te gustan los idiomas y cocinar. No te desvives por nadie pero tampoco eres alguien que piense sólo en sí mismo. Una vida normal.

Desde pequeño has ido a la escuela, y hoy tu padre, también militar de medio-alto rango, ha ido a recogerte de la universidad. Mientras el coche avanza por las calles de la ciudad, tu padre habla de lo rápido que pasa el tiempo, de qué podríais cenar esa noche o de si comienza a haber alguna mujer en tu vida. Cosas normales, cosas triviales. Todo transcurre con normalidad, un día más. Quizá no eres rico y no tienes una vida, a tu parecer, muy especial, pero estás tranquilo.

Las ruedas del coche continúan deslizándose entre un laberinto de calles, hasta que os dais cuenta de que el coche de atrás, de azul brillante, lleva realizando el mismo camino que vosotros durante gran parte del trayecto. Sabéis que vuestra ciudad no es una ciudad segura, pero también que no tiene sentido ponerse paranoico. Continuáis camino siempre con un ojo puesto en la parte de atrás, aunque pronto estaréis en casa. Los edificios altos característicos de la ciudad comienzan a quedarse lejos, y un campo seco junto a un día soleado  se abre ante vosotros. El coche continúa detrás, pero al haber más personas circulando alrededor sabéis que no tiene sentido preocuparse.

Último semáforo. Tu padre para el coche. Todo cambia en un segundo. Explosiones, explosiones en la parte derecha, muy cerca del coche. Parecen granadas, granadas que hacen que resuenen todos los cristales. Ocurre muy rápido, tú no tienes a penas tiempo para reaccionar. Tu padre parece estar herido en la pierna, pero para cuando intentas ayudarle, un brazo aparece en la ventanilla del coche. No puedes ver de quién se trata. Sólo una pistola que asoma desde una chaqueta azul vieja que en un rápido segundo dispara en la cabeza de tu padre, dejándote a ti en shock, parado, atónito. Simplemente no puedes creerlo, tu corazón late deprisa y parece que el mundo se para mientras no tienes tiempo ni para llorar.

Miras al frente y ves, entre restos de llamas de coches que circulaban delante, como el coche que teníais detrás se abre paso entre el caos, y tú, sin recuperarte del shock pero con las herramientas necesarias para mantener la calma gracias a tu formación en el ejército y algunos trucos de tu padre, buscas, con manos temblorosas, un teléfono para pedir ayuda. Para pedir ayuda y, después de haberte ofrecido a los servicios de emergencia como podías, comunicar a tu madre todo lo ocurrido.

Llegas a casa entrada la noche, y ambos estáis rotos. Tus hermanas también lloran. ¿Cómo ha cambiado todo tan deprisa? ¿Qué ha ocurrido? Sólo hay espacio para el silencio, una mirada baja que escuece y un corazón que duele a cada latido que intenta acompasar para asegurarse de que sigue con vida.

Tu madre cambia. Durante los días siguientes no habla, no levanta cabeza, no deja de llorar. Tiene miedo, no come, no duerme. Mira a la vida dubitativa, apática, sin expresión. A ti ver eso te duele, pero sorprendentemente, a los seis días es ella quien da el primer paso de la que será la charla más dolorosa de vuestra vida.

“Cariño, sé que sabes por qué ha ocurrido todo esto. Sé que sabes lo que era tu padre.”

Claro que lo sabes. Siempre habías estado orgulloso de él por ello. Desde pequeño le habías admirado, viendo en él un súper héroe, como muchos hijos con sus padres. Habías seguido hasta sus pasos, pasos de un militar que sólo buscaba la paz… Pero, por desgracia, que buscaba la paz en el país equivocado, donde ésta quedaba lejos. Y que debido a sus relaciones de trabajo con lugares odiados por el resto, había sido asesinado injustamente. Sí, lo sabías.

“He perdido a tu padre, pero me niego a perderte a ti. Estoy segura de que te han visto, de que ya saben que eres su hijo. Así que necesito que corras, que corras por mí y que escapes de esta locura. Ve allí donde todo esté tranquilo, pues aunque sea difícil, allí podré estar segura de que estás bien”.

Las palabras de tu madre te hieren. No quieres dejarla, no quieres huir. Temes que ellas se queden solas, pero sabes que lleva toda la razón. Te vieron con tu padre y tuviste suerte de que en aquél momento, bien porque no estaba en sus planes o bien por pura coincidencia, no te mataran, pero tú también corres el mismo riesgo, llevas la misma vida. Tú también tienes amigos en Estados Unidos, Inglaterra, Australia o Francia. Tú también has participado en reuniones. Tú también luchas. Tú también estás arriesgando tu vida al quedarte allí.

Así que a la semana, y casi con lo puesto, decides partir. Llevar mucho equipaje no tiene sentido cuando no conoces ni tu ruta. Vendes tu coche para tener más dinero. En eso tienes suerte, el dinero no será a penas un problema en tu viaje. Un compañero en parecidas situaciones decide acompañarte, pues también, como muchos, teme que su futuro no tenga muchas páginas si se queda allí.

Y así partís. Con cierta ventaja respecto al resto dada vuestra formación, pero con ninguna visión clara de cuál será vuestra situación en los próximos días, aunque sí sabéis cómo empezar, pues en casos anteriores os ha llegado la noticia de cómo salir de ese primer país, y, aunque no es fácil, acabáis cruzando la frontera en la parte de atrás de un coche, al igual que el resto de los tres primeros trayectos, compartiendo el habitáculo trasero de un maletero, sólo porque sabes que no hay otra manera. Que te persiguen por algo que puede costarte la muerte.

En el camino os reunís con más personas. Algunos huyen por hambre, otros porque una bomba cayó de lleno en su edificio. Los demás allá vieron cómo el ISIS cortaba las cabezas de sus vecinos, y un grupo de mujeres cuenta cómo ha escapado de un campamento en el que no tendrían otra vida más que ser esclavas sexuales. Siempre por caminos sin camino, y a través de la espesura de un bosque, os unís en el silencio de la noche, cada uno extrañando lo que más quiere y preguntándose por qué motivo alguien quiso que emprendierais un viaje tan duro, en el que pocos lo saben, pero arriesgas tu vida cada segundo que pasa.

Y arriesgas tu vida porque no todas las fronteras son tan fáciles, y menos cuando el territorio se vuelve complicado, cuando la guerra se deja oír mientras tus pasos avanzan. Oís disparos a lo lejos, y en el grupo de siete que sois, los dos niños pequeños comienzan a llorar. Estáis cerca de pasar a un nuevo territorio, y por las noticias que os llegan a través de Facebook, esta frontera no será fácil de cruzar, pese a que habéis encontrado el lugar donde no la forma una valla, pero sí grandes árboles entre los que tendréis que intentar deslizaros.

Los cuerpos muertos comienzan a aparecerse. Prefieres no mirar al suelo, pero te preocupas, te preocupas porque eso significa que ellos saben que utilizáis ese camino. Disparos. Uno de los niños muertos. Corres, corres y dejas atrás todo, incluso a tu amigo. Sabes que esto será cuestión de vida o muerte. Mientras avanzas recuerdas a tu padre y eso te da energía. Corres, corres, ves los árboles, cruzas dando un salto y… Pum.

Estás vivo, pero no paras de correr, quizá por la euforia, quizá por el miedo. Está oscuro y no encuentras a ninguno de tus acompañantes. Será una larga noche al raso, durmiendo en el suelo, en plena oscuridad.

La mañana despierta más tranquila, nadie cruza de día. Además, para tu sorpresa, algo bueno ocurre: un quilómetro más allá ves a tu amigo, durmiendo, descansando, vivo. La euforia entre ambos es enorme. Sonreís, os abrazáis y os felicitáis. Desde aquí todo lo que pueda ocurrir será más fácil.

Y así es, a base de caminatas, barcos y campamentos llegáis… Llegáis a una frontera que está cerrada. Os retienen, dormís en tiendas de campaña y veis los días pasar. Os sentís tan cerca pero tan lejos a la vez… Extrañáis vuestro hogar. Ya es un mes y medio de viaje, y vuestras fuerzas comienzan a escasear. Vuestro teléfono móvil es vuestro mejor amigo, y cada vez que tenéis oportunidad os escribís con vuestras familias para contarles que estáis cerca…

Pero un día entiendes que esas fronteras no se van a abrir, que no tiene sentido seguir esperando más, por lo que huyes. Tu amigo prefiere seguir esperando, mientras que tú ya estás decidido, no te queda nada, no quieres correr el riesgo de ser deportado a una muerte casi segura, no quieres volver a encontrarte con el peligro ni que maten a tu familia como mataron a tu padre… No quieres perder tu vida… Así que huyes, huyes hacia un terreno abrupto donde la frontera esté menos controlada, y pasas gracias a un camión que no revisaron bien. Nunca más volverás a ver a tu amigo.

Desde allí, y gracias a taxistas a los que no les importaba cobrar más a cambio de guardar silencio, tú y un grupo nuevo de amigos llegáis al país deseado, y, por fin, grabas tu huella y das todos tus datos en Hamburgo, donde tu felicidad dura poco, pues tienes noticias de que tu amigo fue deportado y asesinado a los diez días de estar de nuevo en su país de origen.

Y no, tampoco te sientes a salvo. No te sientes un ciudadano. Te sientes alguien a quien le dan un dinero por mes, tiene que aprender un idioma y no podrá continuar su vida durante al menos dos años. Extrañas a tu familia, y yo he visto como tu cara cambia cuando haces Skype con ellos. Y sí, Haroon, sé que tu historia fue dura, pero aquí estoy yo para contarla.

Contarla, pues este es el trayecto real realizado gracias a varias entrevistas con Haroon Jurat, quien amablemente me concedió el permiso de contar su por qué, su historia de tantas, su sufrimiento, el camino de una persona como cualquier otra. Como nosotros, sí, como nosotros. Persona.

A partir de aquí, me gustaría hacer ciertas consideraciones sobre las que he estado reflexionando desde que ayudo a personas como Haroon y que, si no son remediadas, dudo que realmente se acabe con los prejuicios que muchas personas sienten aún hacia este colectivo.

En primer lugar, se ha podido observar que durante el texto han sido escasas las ocasiones en las que se han nombrado lugares. En mis notas todos y cada uno de ellos está documentado si alguien tiene la curiosidad, pero me he abstenido de su escritura porque ¿qué sentido tendría? Todos, todos somos países. Todos somos personas. Personas con vidas, con sentimientos, con sueños y miedos. Personas que luchan por su felicidad, por su seguridad o la de los suyos. ¿Qué diferencia hay entre que esto ocurra hoy en un determinado lugar del mundo o que tenga lugar, como ya se vio en la Segunda Guerra Mundial, en otro? Dime, ¿quién te dice a ti que mañana no puedas tener una historia parecida a la relatada? ¿Has sentido, mientras leías, que fuera sólo la historia de un “refugiado”, como los llaman ahora?¿O podría ser la de un exiliado, expatriado o vete tú a saber qué palabreja inventan para la próxima? Este es el primer error. Las personas olvidan a veces que todos somos personas por igual. Que todos podemos necesitar ayuda alguna vez y ésta está sólo en manos de otras personas.

El segundo error reside en el tan hablado etnocentrismo. ¡Y es que hay que ver lo que nos gusta a cada cultura creer que nuestras ideas son las mejores! Y esto, claro, lleva a los estereotipos. A que un africano por costumbre ya suena a menos que un europeo. A que a un musulmán se le adhiere a la misma familia de palabras que ‘Bomba’, ‘Terrorismo’ o ‘Violencia’. Y que, por supuesto, para un musulmán un estadounidense es símbolo de guerra.

Ante esto, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¿No invadió Europa África? ¿No es cierto que las mujeres en los países orientales deberían tener más derechos? ¿No utilizó Estados Unidos la bomba atómica? ¿Pero no hay heroínas afganas ahora en Oriente medio luchando por sus derechos? ¿No es África uno de los continentes más ricos en culturas?¿No tuvo Estados Unidos la primera Constitución?¿No tiene Europa una de las mejores coberturas sanitarias?

Con esto quiero decir, lector, que ninguna cultura es más que ninguna otra. Todos tenemos nuestros más y nuestros menos, y, en vez de pelearnos cada siglo, salvaría muchas vidas y ahorraría mucho sufrimiento respetarnos. Respetarnos como somos, ayudarnos en nuestras carencias, compartir y no crear prejuicios que nos hagan cerrarnos a lo diferente antes de conocerlo. Puedes sentirte muy tuyo, pero no implica que lo del resto sea peor. No asumas prejuicios, te asombraría saber lo parecidos que somos entre todos nosotros. Sí, el resto de culturas también conoce Facebook, Skype y tienen Samsung Galaxy’s.

A esto se le añade el desconocimiento de las personas que deciden por todos ellos que lo están pasando mal. ¿Han estado escuchando cómo Haroon relata su historia en voz baja, con la mirada perdida y la foto de su padre en el teléfono? ¿Han estado los dirigentes de Turquía allí cuando se cerraban las fronteras viendo cómo se cerraba la posibilidad a muchas familias de algo de paz? ¿Ha estado allí Europa para escuchar cómo la mayoría de refugiados lo que quiere es rehacer su vida cuanto antes? Y no, no me vengáis con el argumento de que nos robarán el trabajo, porque imagínate lo que es llegar a un nuevo país, tratar de entender la lengua y luchar con los fantasmas de tu pasado. ¿Crees de verdad que alguien en esa situación tendrá las mismas oportunidades que aquél que estudió su carrera en casa, cuenta con familia, amigos y una vida tranquila sin miedo a la muerte? No quieren vivir de ayudas. Quieren ser gente normal. Dadles esa libertad, ese derecho.

Por último, y de lo que no se oye hablar demasiado, es el lenguaje. ¿Cómo pretendes la integración de un grupo de personas en una sociedad cuando de primera mano ya las estás etiquetando? No habrá integración total hasta que consigamos borrar de nuestro vocabulario esa horrenda palabra escuchada en todos los medios: “Refugiados”. Pues refugiados, ya connota, por defecto, un perfil de persona equivocada, al que se le añade unas características de individuo pobre, musulmán y que probablemente sólo traiga problemas. ¿O no he acertado de pleno? Cambia refugiados por personas, personas que han sufrido, que luchan, que como héroes y heroínas de la vida real solo intentan salvar su vida y la de los que les rodean. Todas con sus historias, al igual que tu persona, que tus miedos, que tus caídas, que tus momentos difíciles, que tus hazañas.

Que no, que como ves el problema no son las fronteras,  el problema es debido a qué ideas se han creado las mismas.

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