miércoles, noviembre 22, 2017
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Escribo lo que sueñas

Escribo lo que sueñas

Por Enric Parellada Rius

El señor E era el hombre que escribía los sueños de los demás; pero las cosas empezaron a cambiar cuando estos sueños se hicieron realidad.

Desde hacía un tiempo el señor E se había aficionado a escribir relatos breves. Lo hacía con mucha asiduidad, pero en y para su intimidad. No enseñaba sus textos a nadie. Un día un buen amigo le dijo que tenía algo que contarle: recientemente había perdido un familiar y tenía algo que confesar.

  • Verás, ¿te acuerdas de mi tía multimillonaria Ludivina? La que murió la semana pasada. No me lo puedo sacar de la cabeza. Yo soñé esa muerte. En el sueño Ludivina no dejaba la herencia a ningún familiar y es así como ha ocurrido. Yo soñé esto antes de que perdiese la vida.

El señor E pensó que era mucha casualidad haber escrito un relato exactamente idéntico al sueño que le describió su amigo y que todavía lo era más que ese sueño se hubiese hecho realidad. El señor E se hizo el asombrado y le dijo a su amigo que a veces estas cosas pasaban. No le contó que dicha historia también coincidía con uno de sus relatos, básicamente porque el amigo no sabía ni que el señor E escribía.

A los pocos días otro colega del señor E le había pedido salir a tomar unas cervezas. Le contaba su última movida con una chica. Por lo visto el colega se había acostado con tres mujeres en las dos últimas semanas, las cuales dos eran hermanas y una era la madre de ambas. Él no lo supo hasta haber intimado con todas.

  • Lo más fuerte, tío, es que una semana antes de acostarme con Julie, sin saber que Natalia era su hermana y Ana su madre, lo había soñado. Exactamente tal y como fue. Lo que pasa es que las relaciones de parentesco las atribuí a la irracionalidad del sueño, pero no. Había tenido un sueño premonitorio en toda regla.

¡Ostras! Le dijo el señor E entre cervezas. Aunque en realidad lo que pensara su amigo le daba completamente igual, puesto que en efecto antes de que su amigo tuviese el sueño, el señor E ya lo había escrito.

El señor E lo tenía decidido, al escribir el próximo relato sería autobiográfico, lo acabaría con un final feliz, con mucho dinero y con mucho amor.

Por supuesto que ese relato era una cagada. Por cosas de la vida el señor E jamás soñó lo allí contado y además en un despiste al dejarse el ordenador encendido, un compañero de piso pudo leer el texto. Hasta entonces jamás había dejado leer sus escritos a nadie pues nadie sabía que escribía. Al tanto del fracaso que supuso ese condenado relato, cuando de nuevo volvió a escribir sin ninguna pretenciosidad, a los pocos días uno de sus primos se quiso reunir con él.

  • No te lo vas a creer. ¡Me ha tocado la lotería! Es espectacular. Precisamente el día que compré el número fui a una entrevista de trabajo la cual rechacé. Justo al salir del edificio en el que estaba citado le compré el número a un ciego y resultó ser el número premiado. Pero es que lo que es más fuerte, más fuerte, más fuerte, más fuerte, es que lo había soñado la noche anterior.

Y el señor E respondió: y yo lo había escrito dos semanas antes.

El primo del señor E se puso a reír como un animal. Qué sentido del humor tienes, cabrón. Muy buena, muy buena.

El señor E no compartió nunca ese secreto con nadie. Entendió que solo conseguía escribir los sueños de los demás si se dejaba llevar por la inspiración y que si cocinaba sus relatos con el propósito de llegar a algún fin concreto, la energía o la magia de sus textos desaparecía. Él sabía que si escribía una desgracia, se iba a cumplir, que si escribía una alegría se iba a cumplir y que, no menos importante, antes de que sucediese, alguien lo soñaría. Al señor E le sentaba fatal cada vez que escribía sobre muertes o sobre cosas que afectasen negativamente a sus personajes, puesto que implicaba que pronto le sucedería a algún conocido. ¿Podría haber dejado de escribir y hubiera dejado de adelantarse a los acontecimientos? Sí. ¿Dejarían de suceder esas desgracias o esas alegrías? Quién sabía. ¿Podía realmente dejar de escribir? No.

Un día el señor E escribió un relato de un escritor que nunca había enseñado sus textos a nadie. Y esos textos eran buenos. Ese escritor se atrevió a enseñarlos a una editorial para saber si le querrían publicar un libro y en efecto la editorial aceptó. El libro fue publicado y fue un éxito en ventas y en lecturas.

Al acabar de escribir el relato, el señor E estaba en éxtasis. Pensó en imprimir todos sus textos y empezar a intentar reunirse con distintos editores hasta conocer a alguien que le quisiera publicar un libro. En dos semanas releyó y retocó todos sus escritos hasta que consideró que su trabajo era digno de entrega. Fue el día en el que iba a tocar al timbre de algunas editoriales con sus dosieres de cuentos bien encuadernados cuando, justo antes de salir de casa, recibió una llamada. Uno de sus mejores amigos le explicó que desde hacía unos años escribió relatos breves en secreto. Que hacía cosa de una semana y media se envalentonó a entregar sus textos a una editorial y esta le acababa de llamar para comunicarle que le publicarían un libro. Entonces pronunció la maldita frase: ¿sabes que es lo más fuerte? El día antes de tomar la decisión de imprimir los textos y entregarlos, lo soñé tal y como ha pasado.

El señor E lo felicitó y le dijo que se alegraba mucho por él. Cerró la puerta y no fue a entregar sus relatos. Entonces se dio cuenta de que nadie se creería que tenía tanta imaginación, pues todo lo que escribía en sus ficciones pasaba días después en la vida real. Ahora bien, tenía la convicción de que algún día conseguiría explicar a alguien por qué su afición era su don.

 

(Texto dedicado a Jordi Romano y Cases, consagradísimo freemasón, por ser quien me inspiró la idea y por ser este el cuento publicado número 33).

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