miércoles, noviembre 22, 2017
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El sistema perfecto

Tiempo de elecciones, tiempo de propuestas, tiempo de juramentos. Alegatos con palabras revueltas que perturban la vida del pueblo. Ilusiones, miedos e incertezas. Homilías que guían el comportamiento de la gente; época del marketing, de la sugestión, del engaño.

Digo esto cansado de que al final todo quede igual. Dos lunas llenas después de los comicios persisten los mismos problemas pero ahora los píxeles de su dibujan nuevos rostros. Pluralidad, multipartidismo, nueva política, inestabilidad… no lo crea.

Ya no hay cambios reales, no hay líderes, ni siquiera opiniones fundadas; todo está manufacturado. Economía y mass media: redil cerrado.

¿Será que nos aburrimos de pelear o será que lograron su victoria absoluta?; ¿cómo?, ¿que a quienes me refiero? Me refiero a ellos, los que han hecho que me atreva a escribir este catálogo de bases para una sociedad, no solo mejor, si no definitiva; damas y caballeros, les presento:

EL SISTEMA PERFECTO

En el presente sistema político español, los grupos políticos gastan la mayor parte de su tiempo practicando la retórica con ninguna intención más allá de desvestir públicamente al rival político para llegar al poder; cuando éste es alcanzado, las tácticas discursivas pasan a una actitud defensiva y demagógica. Carece de sentido común que tras el brevísimo período de 4 años, el partido político sucesor deshaga gran parte de las medidas tomadas por su predecesor, generando las mismas controversias que en el pasado.

Asimismo este hecho reviste incongruencia, dado que la mayoría de estos partidos políticos han venido aplicando medidas no tan distintas entre ellos si lo comparamos con la división mediática y popular que generan, en la que parecen estar a extremos opuestos del tablero político.

En materia económica ya no es posible aplicar nuevas políticas puesto que el mundo está estructurado en torno al férreo sistema capitalista. Las únicas opciones factibles de cambio son las posiciones desde las que se afrontan ciertos cambios del mercado pero, desde luego, ya no se puede cambiar la estructura de este ni su funcionamiento, pues es algo global. Los nuevos marcos legales supranacionales se han encargado de cerrar los grilletes. Es en la cuestión social en la que quizá se planteen más problemas.

El sistema electoral de tipo mayoritario debe cambiar hacia una forma de representación proporcional que pueda escenificar la pluralidad social de este país. El sistema actual crea condiciones de viabilidad esperpénticas para los partidos pequeños nacionales y aumenta las sensibilidades regionales, duplicando inútilmente la funcionalidad del Parlamento, que pasa a asumir las funciones representativas territoriales del Senado. Para más inri, la Constitución requiere que el régimen electoral general sea regulado por ley orgánica, exigiendo mayorías absolutas (inalcanzables con el bloqueo de los partidos que se nutren de los votantes transicionistas) y, recordemos que la rigidez para cambiar la Constitución en este ámbito aumenta, exigiéndose una mayoría de 2/3 en cada cámara. ¿Cómo cambiar entonces?

Se detecta un gran obstáculo para el cambio en la igualación de los votos, el del ignorante con el del sabio. Los votos de identidad, clientelismo, personalistas, o aleatorios, cuentan lo mismo que el voto de opinión, empírico y motivado. Además, existe alrededor un 25% de la población con derecho a voto que no lo ejerce y un superior porcentaje de votantes desinteresados en los temas políticos del día a día.

Y, al fin y al cabo, ¿no quiere la inmensa mayoría de la gente lo mismo? Un lugar digno dónde vivir, comida suficiente todos los días en su casa, medios de transporte, una educación de calidad para sus hijos, igualdad de oportunidades, un sistema sanitario eficaz y gratuito, una sociedad en la que no se sientan amenazados (interior ni exteriormente) y tiempo de descanso y ocio. Es decir, Estado de Bienestar.

Y, ¿por qué no nos unimos en su búsqueda, dando a cada persona plenos derechos sobre sí misma y dejamos a un lado la fragmentación y rivalidad de los grupos sociales?

Desde aquí, propongo un sistema sin partidos, sin el voto de la mayoría, pero que garantice el Estado de Bienestar y las libertades y derechos sociales: el fin de la política y el triunfo de la sociedad.

La educación pública gratuita es esencial para que la población aumente su grado de emancipación. Hay que lograr que los que busquen continuar sus estudios lo hagan en base al interés particular, intelectual y no al económico.

Los servicios básicos han de ser monopolios controlados por el Estado. La energía, el agua, la sanidad y la educación son cuestiones que nunca han de ser llevadas a cabo por organizaciones privadas para evitar la desigualdad y el conflicto social. Se admitirá el modelo de consorcio para otro tipo de sectores, como el transporte aunque las empresas serán dependientes del Estado que exigirá contratos con cláusulas resolutivas en base a criterios de calidad y eficiencia.

Es necesaria también una Banca Pública, transparente, con márgenes de beneficio controlados por el Estado, para evitar acciones arriesgadas y deshonestas.

La competitividad de las empresas estará más regulada y controlada para evitar el brutal empobrecimiento de los pequeños negocios debido a cuestiones administrativas, productivas o a tácticas deshonestas.

La cuestión social es, de simple lógica; para acabar con tanta división social deberá otorgarse cualquier derecho social basado en la libertad de acción en cuanto a uno mismo. Cada ser humano tiene derecho a decidir qué hará con su vida, qué estudiará, en qué trabajará, con quién se casará… El “papá estado” debe morir. La moralidad propia es el único camino posible en este campo para cada individuo.

El problema viene de lejos: la mezcla de religión y Estado. El sistema perfecto ha de ser laico en su totalidad, no otorgar preferencia a ninguna confesión, no dar bienes, tierras, excepciones fiscales, privilegios a ninguna organización eclesiástica, se ha de controlar sus demostraciones públicas para luchar contra el adoctrinamiento ideológico y prohibir sus secciones más fanáticas. La laicidad ha de ser impuesta y asegurada por un estado fuerte y siempre firme en su compromiso con la libertad individual de su pueblo.

Una vez garantizada la libertad personal y los servicios públicos, la tarea del Gobierno no será más que la toma de decisiones en materia económica, la administración interestatal y la política exterior (defensa y relaciones internacionales, diplomáticas y comerciales).

La innovación será entonces un pilar del nuevo sistema y se desarrollará un gran programa de ciencia, que pondrá al país en la vanguardia del progreso, promoviendo a las nuevas ideas e investigaciones.

Los sueldos seguirán siendo meritorios, pero mucho menos desiguales que los actuales, para evitar así que la persona que no quiere continuar sus estudios sea pobre y que el científico que quiere investigar no caiga en la ruina por no encontrar trabajo.

Habrá que poner un límite, unos sueldos máximos en todas las profesiones para evitar la excesiva opulencia y el lujo en la vida de algunas personas, que resulta una ofensa y una falta de respeto para el grueso de la gente y crea mayor división, envidia y conflictividad social.

Sin embargo, los sueldos de todos los cargos gubernamentales habr incrementados en gran manera, para así evitar las medidas clientelistas al verse atraídos por el sector privado mediante promesas de cargos futuros.

En este sistema, se exigirá poseer un título académico para poder participar en exámenes básicos que traten sobre las propuestas, las hojas de ruta de las personas que se ofrecerán a gobernar en cada materia; estas personas, tendrán que tener estudios universitarios y conocimientos avanzados acordes con la materia a la que se presenten candidatos. Así, estos propondrán medidas que serán debatidas con los siguientes más votados en un congreso renovado. Finalmente, la medida será aprobada si los siguientes más votados o la suma del voto popular fuesen favorables a la medida propuesta; con los 2 en contra no se podría.

Por supuesto los gobernantes promocionarán más rápido ateniéndose a su capacidad y podrán descender en base a su ineficiencia, en un sistema organizacional profesionalizado, especializado, el tipo de burocracia maquinal con algún tinte de adhocracia.

Este será un sistema gobernado por profesionales en sus respectivas materias, tecnócratas; pues es ridículo que un químico o un filólogo dispongan sobre las decisiones económicas, organizacionales o militares del país.

El problema de los nacionalismos regionales desaparecerá con este sistema al reducirse las diferencias económicas territoriales y aumentar la inclusividad de los nuevos gobiernos: con un país enriquecido, la distribución podrá ser equitativa; será el fin de los nacionalismos, y de las banderas: todos unidos por el estado del bienestar.

Queda explicar el cómo conseguirlo:

La transición al sistema perfecto no se puede lograr convenciendo a los ricos y poderosos para que lo apoyen, no contaremos con el apoyo de grandes empresas, grandes medios de comunicación ni grandes partidos políticos.

Debemos centrarnos en explicar el nuevo sistema a la gente joven, y que ellos empiecen difundir estas ideas en la universidad y en sus primeros trabajos en la medida en que puedan (mediante la redacción de artículos en pequeños medios, la contratación de gente afín…), es clave que consigamos el apoyo de trabajadores autónomos, y vital que contemos con ciertas personas reconocidas partidarias de este sistema como artistas o intelectuales (catedráticos, viejos políticos reconvertidos) y todo tipo de personas influyentes reconocidas por un cierto grado de intelectualidad. Acabaremos con los símbolos, pero resurgirán los héroes.

Cuando haya un importante sector de la población proclive al cambio, habremos de ganar unas elecciones para, una vez en el poder, poner este sistema en marcha rompiendo las cadenas legales que tenían preso al pueblo. La historia ha de avanzar, por tanto, toda oposición deberá ser borrada en pos del sistema perfecto. La violencia siempre será justificada si es para conseguir un futuro más justo y eficiente. Los que se nieguen a entender el futuro, serán parte del pasado.

Es hora de un cambio verdadero. ¡UNIDOS, CAMBIAREMOS!

***

En tiempos de elecciones los mítines proliferan, los discursos se escurren de las bocas de los candidatos y las promesas de cambio nos envuelven. Todo se va difuminando pasado el escrutinio, cuando los principales actores cambian su previa fuente de interés, los votantes, por el resto de partidos en busca de formar un gobierno. Mientras tanto, la UE advierte que ya se habían tomado compromisos para continuar las reformas, que hay objetivos que cumplir. Hace poco eliminaron, con demasiado estruendo al dúo Tsipras-Varoufakis. Menos concesión mediática darán aún a los españoles, sobre todo ahora que está presente como excusa la amenaza del califato islámico y la intromisión de Putin en el este del Mediterráneo.

Muchos nostálgicos pensarán que hemos llegado a una época decepcionante, donde casi todo viene ya escrito por el sistema (económico, social o legal) o por los poderosos. Una época sin manifiestos, sin pasión política, sin épica y con los pocos héroes que surgen, caídos; pero también deberíamos añadir que es una época sin los peligros que todo lo anterior puede acarrear.

Usted, lector, con el anterior texto sobre un sistema futuro, en clave de mitin/manifiesto, probablemente ha ido progresando de una lectura indiferente o quizá incluso empática a aterrorizarse con cada párrafo que leía; normal, se trataba en el fondo de un ejercicio para hacerle reflexionar sobre dos cosas:

Primero, la facilidad que entraña la creación de discursos lógicos: resulta muy fácil escribir propuestas, y da miedo que se pueda convencer tan fácilmente, que todo parezca lógico con una retórica decente, y que todo el mundo se crea en posesión de la verdad. Así lo hemos visto esta campaña electoral, donde cada medio de prensa, y cada red social se llenaban de certezas (siempre obvias para el redactor) sobre cómo ganar las elecciones o cómo dirigir el país.

Segundo, para apreciar un poco más esta época política (y en concreto electoral) que vivimos: a pesar del circo que supone, el miedo, decepción o vergüenza ajena que nos pueda transmitir, piense que en política, casi todo tiempo pasado fue peor.

Estemos atentos, pero también contentos.

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