Sábado, Agosto 19, 2017
La trivial > Sin categoría > El rumbo monótono de un caminante sin destino

El rumbo monótono de un caminante sin destino

Unamuno rompió con el carácter que había ido forjando su poesía y, por eso, es conocido ese Unamuno de su etapa final, el que caía en contradicciones como por ejemplo la del uso y el no uso de la rima consonante. A pesar de ello Antonio Machado pronto reconoció la trascendencia de Miguel de Unamuno, considerándolo como uno de los mayores representantes de la lírica finisecular, tal y como también afirmó la influencia cuya poesía había marcado. Por ello, y como punto de enlace (a mi anterior artículo), funcionará dar relieve con la poética de Antonio Machado, teniendo en cuenta que ambos hermanos Machado vieron en Unamuno un referente literario y bebieron mucho de su obra.

Machado se sentía como un hombre acabado. En una mirada retrospectiva a su juventud, el poeta sentía que el hecho de estar solo y amargado definía a la perfección su vida. En sus versos consideraba el recuerdo y el soñar; el tiempo y la vida acabada, morir; afirmaba que su corazón estaba dormido y que su pensamiento no tenía la capacidad de reproducción asumida. Por ello, el poeta se veía a sí mismo sin escapatoria en este mundo. Veía su vida finalizada. Lo creía con sinceridad y esto es lo que le define más como un artista del modernismo, alguien que, como su hermano, también roza la tradición posmodernista. En España las corrientes artísticas llegan con cierto retraso en relación al resto de Europa, de manera que mientras aquí todavía se vivía en el modernismo, el posmodernismo ya había nacido en el resto del Antiguo Continente y estaba creciendo a su misma vez. Eso conlleva que autores cultos como por ejemplo los hermanos Machado con una ambición intelectual que va más allá de las fronteras de la Península Ibérica, leyeran por ejemplo los cuentos de Edgar Allan Poe, aunque sea romántico, traducidos por Charles Baudelaire etc. De la misma manera que Larra era realista modernista, pero educado en el París romántico y en la tradición anterior a él, a los Machado les ocurre algo parecido. Son modernistas, cercanos al posmodernismo, conscientes de una tradición realista muy reciente. Sin embargo, también recibieron influencia de los autores españoles como Unamuno.

En suma, Antonio sentía cansancio y se veía acabado, pero quería comprenderlo sabiendo que no hallaría escapatoria. En sus versos se cuestiona verdaderamente todo lo comentado. ¿Está su corazón verdaderamente dormido? Como respuesta, verifica que escribe soñando en sus penas, produce habiendo cambiado su visión de la sociedad. El mundo para él ha cambiado, o al menos su actitud frente a éste. Mientras que anteriormente veía su vida condenada al fracaso, ahora desde una perspectiva que confía más en la esperanza, intenta creer que llegará una respuesta que dé sentido a su vida, que le ayudará a comprender el porqué de vivir. Aún sabiendo que nunca lo llegará a comprender, él sigue con la intención de averiguarlo. Ser consciente  de que esto nunca estará a su alcance es lo que le coloca más con un pie en el modernismo y otro en el posmodernismo. El jugar con su propia paciencia, con su propia voluntad de comprender ese objetivo que nunca será conocido, es uno de los rasgos que más define el concepto de modernismo.

A finales de la segunda década del siglo XX, el poeta empieza a sentir interés por textos filosóficos. Tal cosa se constata en la modificación de su actitud versando poemas. Pasó de ser un amargado, de estar obsesionado en la carencia de amor, a tener interés en el origen de la existencia, otramente dicho, pasa a sentir interés por la metafísica y el existencialismo. Ese cambio de mentalidad nace de la soledad, de no sentirse acompañado. De aquí este sentimiento se bifurca en dos conceptos, los cuales se manifiestan como la falta de amor y la inquietud en el conocimiento del sentido del origen y la vida. En primer lugar, la falta de amor lleva en sí mismo integrada la soledad. Amor implica complicidad con alguien, entendimiento con otra persona, convergencia correspondida con otra vida, ambición de futuro compartido y Machado se siente apartado de esto hasta el punto de no conseguir el matrimonio. En segundo lugar, complementándose, en el origen de la soledad, posterior a la falta de amor, para mantener las ganas de vivir, como persona siente el deber de encontrar soporte anímico en algo.

Su vida se ve desmoronada, puesto que ve un sinsentido vivir en la soledad, de la cual intentará escapar, pero su mentalidad modernista se lo impedirá. Por ello ve un punto de apoyo en los que teorizan sobre el motivo de vivir. Estos son los que apuestan por comprender qué sentido tiene la existencia, porqué vale la pena seguir viviendo. Con estas lecturas alivia así su tensión, alivia las ganas de conocer la muerte, pero a la vez despierta entonces el miedo a la muerte. ¿Por qué todo lo que empieza acaba? ¿Por qué morimos? Comprende entonces que desde que era un niño se sintió perdido y deambulando solo por el planeta. Surge de aquí una angustia que querrá comprender pero es algo que no está a su alcance. Aquí quiere comprender la existencia de tal angustia y se asemeja al spleen baudeleriano. El hastío como razón de vivir. Baudelaire veía en las drogas, en la muerte, una escapatoria. La muerte no era sólo su destino sino su meta. Las drogas, en cambio, servían para evadirse del mundo. El vino, a quien le dedica una argumentada reflexión, le permite escaparse de la sociedad, alienarse como sujeto.

En el poeta francés nació una manera de vivir que rápidamente será comprendida por los autores posteriores a él, como por ejemplo Machado. El vino era algo que hacía desaparecer del mundo a Baudelaire, pero en ningún lugar cabía la posibilidad de igualarse esto a la muerte. La bebida sólo permitía alejarse de la vida, desaparecer por un momento. En la resaca, cuando pasan los efectos del alcohol, recuerda la amargura del vivir y que allí se sigue, vivo, en la tierra, rodeado de sociedad, absurdez, falsedad, hastío. Siguen las ganas de huir, de comprender una razón a todo este sufrimiento, pero se sigue condenado a la miseria, al fracaso.

Machado quiere comprender la angustia de hacerse mayor. Le atormenta y por eso se refleja en sus versos. Cuando parece ser que comprende su angustia, atribuye el motivo del origen de esta a la nostalgia de la vida buena, que inteligentemente no relaciona con la falta de amor, puesto que esa angustia nace en su niñez. Cada vez más va haciéndose mayor, su infancia y, más adelante, su juventud desaparecen. Queda incluso un recuerdo débil de aquella persona sin temor a la vida. Comprender, pues, su angustia, se ve reflejado en la nostalgia del vivir mejor, sin preocupaciones. Se da cuenta también de que allí es cuando aparece la soledad, esa que dio para tanto meditar, para tanta reflexión sobre el sentido de la vida. Más adelante se ve manifestado cuando despierta, en él, interés por la metafísica, por una verdad absoluta, por un ideal que jamás llegará a alcanzar porque no sabe ni si existe. No perderá la esperanza, seguirá insistiendo aún sabiendo que ese camino no le conduce a nada.

Mediante sus poemas, definitivamente, quiere comunicar que se siente perdido en el mundo, se siente alienado de la sociedad. Allí se despierta otra manera de ver su vida, aunque de nuevo contarlo de otra manera no implicará que halle la salvación a ese horror del vivir, a esa vida con sentencia de muerte. Vemos de nuevo otra perspectiva para la comprensión de lo que le atormenta. Uno es el camino sin camino y el otro es sentirse lleno de pena. La desorientación del camino sin camino, el sentirse perdido, el no saber a dónde se llegará, porque tampoco se sabe a dónde ir. Lleno de pena por ello, porque se va haciendo mayor, porque va conociendo cada vez más que dejará la vida sin preocupaciones, que jamás tendrá esa vida buena. Ambos términos, juntos, viajando solo, sin compañía, sin cariño, consciente de ello y por eso apenado, sin rumbo y sin destino. Su vida padece un símil a esa embarcación a la que entra agua y consiguientemente naufraga. Pero no acaba de suceder, puesto que sufre y  sufre y no hay fin en ese pozo, el desastre no llega, pero está latente.

Con ello apela a su carácter borracho, ese perdido que encuentra en la bebida un punto de escapatoria. Al fin su alma más parecida a Baudelaire. La soledad, la angustia, la falta de amor, la nostalgia de la vida buena, la desorientación que lo conduce a estar perdido, el rumbo que no lleva a ninguna parte. Encuentra, el poeta, al fin, la escapatoria en el alcohol, pero esta es efímera. Produce la huida, la salida de donde se siente alienado, pero sabe que es un viaje de ida y vuelta, contradictorio al de la vida que es un viaje condenado al fin, a la muerte. Una vida dedicada al fracaso.

Tras habitar en una vida sin sentido, sin rumbo, sin orientación, finalmente, la define como monótona. Encuentra la monotonía en tanta miseria, puesto que al fin y al cabo es consciente de que la insistencia de buscar la escapatoria no le permitirá hallar ese ideal inalcanzable. Eso le conduce y condena al fracaso. De la vida en sí deviene la monotonía. El concepto nace sin embargo en Verlaine, gran influyente para los dos hermanos. La monotonía de la vida, aquí, es donde se confirma lo que antes se comentaba: el autor, culto, con intriga por el conocimiento, por la ambición de querer saber, halla en la lectura de textos extranjeros una fuente de conocimiento insaciable, que a su misma vez es imposible de encontrar en España. Machado quiso alejarse de ser un poeta difusor de lo grotesco ya que él no quería seguir esa línea en su versificación. No obstante, sí detectó en la monotonía de todos los conceptos que describen el curso vital en su obra literaria un temor, pero no se adhieren a lo grotesco.

El recuerdo del que no escapa en ningún momento se encarga de hacerle ver el pasado. Esa vida en la niñez que fue mejor. Dicha temática, también tratada por Baudelaire y explotada hasta un sinfín de posibilidades por Lewis Carroll en Alicia, la heredó, pues, Antonio Machado. El recuerdo de ello no es otra manera de decir que su pena y sus ganas de pensar en algo ya sucedido, la vida que, cuando se produjo, fue mejor. Lo antiguo. Se sentía demasiado mayor, aunque también en el pasado había experimentado tal sensación.

No deja de ser de nuevo una monotonía. Lo ya experimentado consigue ser aquel inalcanzable. Cuando se alcanza la edad adulta se lleva más en uno mismo el joven que una vez se fue, que cuando se es joven el niño que uno había sido. Si en la juventud el poeta se refiere a su infancia como esa vida buena y la recuerda con nostalgia de algo que ya no volverá, en la adultez, ese sentimiento, se multiplica. La tristeza que la vida supone, todo el camino en el que se experimentan tantas sensaciones, lleva a Antonio Machado a ser el poeta que fue. Alguien que no vio escapatoria en la vida como tantos poetas modernistas, alguien que valoró la vida culta, pero que comportó un camino lleno de dificultades en tanto a la estabilidad existencial. El pasado como aquel destino inalcanzable, la vida buena que jamás volverá.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *