viernes, octubre 20, 2017
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El poder de un nombre cualquiera

El poder de un nombre cualquiera

No hay duda de que un mundo globalizado permite una reflexión propia de una mayor cantidad de temas. Gracias a la información, la cual llega ahora a nosotros de una manera más cercana, rápida, y con diferentes enfoques, podemos dedicar más horas a nuestros intereses, a conocer, a reflexionar más acerca de política, economía, o el show de moda en televisión.

Respecto a este último, supongo que no tendrá gran relevancia en nuestra vida a largo plazo, pero no hay duda de que las preocupaciones tanto políticas como económicas van en aumento alrededor del globo. Se habla de corrupción, crisis, pactos de gobierno, elecciones. Acuerdos para un conflicto migratorio que parece no tener fin, enfrentamientos que mientras lees estas líneas no encuentran un punto final para su texto. Injusticias donde en países la mano de obra no vale nada. Una maraña que, sin duda, podría estar definida por grandes disputas que pese a haber sido iniciadas por unos pocos, o estar siendo mediadas por otros cuantos, su punto más importante es cómo revierte socialmente.

Porque sí, podría hablar de Papeles de Panamá y una lista de nombres, de acuerdos europeos con Turquía o hacer un análisis de la situación política española y sus posibles diferentes salidas. Podría también explicar cómo alguien con dinero puede llegar a convencer con ideas extremistas y cierta pragmática social a cientos de personas para convertirse en presidente de Estados Unidos, relatar cómo España se ha convertido en uno de los países europeos con una mayor tasa universitaria o comentar cómo afectará el TTIP a nuestros derechos laborales si finalmente logra salir adelante.

Pero donde al final son reflejados todos estos hechos directamente, además de con un mayor perjuicio, es en la sociedad. En esos problemas de los que se conoce la causa, pero no todas las consecuencias que suponen para una gran cantidad de población anónima que no tuvo ni voz, ni voto, ni culpa de que dichas situaciones tuvieran lugar. Personas sin nombre que de verdad viven la realidad del día a día, familias que cada mañana se levantan para buscar un trabajo, pensiones compartidas sin las que muchos jóvenes se habrían visto en la calle, o estudiantes con voluntad de formarse, pero que no pueden. El niño que sufre “bullying” en la escuela por no llevar ropa nueva o aquella persona que huyó dejando atrás todo porque si no, literalmente, moría.

Y ante esto, lo obvio es preguntarse si algo va mal. ¿Economías que dejan a gente sin casa mientras otros poseen millones? ¿Educación a la cual personas no tiene acceso por algo tan banal como el dinero? ¿Mayores compartiendo una pensión? ¿Refugiados que por cuestiones que ellos no deciden se ven obligados a emigrar sin ningún tipo de seguridad?

Como se observa hay dos extremos. El que tiene y el que se conforma como puede con lo que hay, pese a que en la relación entre ambos, el bloque en el poder no ejerce completamente la dirección ético-política de la población, pero ésta no cuestiona la legitimidad de su dominio y se adapta día a día en toda una serie de compromisos pragmáticos. Con esto pretendo explicar que sí, no cabe duda de que hay algo que no va bien si poco a poco nos dirigimos hacia una mayor cantidad de enfrentamientos, abusos económicos o falta de ayuda, aunque quizá es que no hay otra manera, y, como se ha visto reflejado a lo largo de la historia, siempre habrá alguien arriba y otros más abajo.

Pero si nos situamos en el primero de los casos y damos por hecho que el problema reside en esa falta de “no adaptación” a los hechos o decisiones padres de las injusticias que finalmente tienen mayores consecuencias sociales, el siguiente punto sería preguntarnos el por qué esta adaptación pragmática no encuentra ningún impedimento para seguir conviviendo entre nosotros.

Esto tiene fácil respuesta, pues básicamente para el bien de unos y el mal de otros, el sistema en el que vivimos es así. O quizá no sea así, pero invita a moldearse según su parecer con el bombardeo a través de todos los medios de un tipo de felicidad en la que la imagen, la posesión material y el hedonismo son los  protagonistas. Sí, algo va mal, pero si no se deja de lado no podemos avanzar individualmente en este sistema donde ser conocido, la fama fácil, muchos “likes” y ser alguien por encima del resto son las claves del éxito. Y es así, continuamente. Todos lo aceptamos y una mayoría pretende acercarse a este ideal sin importar los medios, situándose a ellos mismos los primeros en una lista de falsa felicidad que muchas veces parte de la falta de individualismo o de la falta de empatía hacia el mundo que nos rodea. Este hecho a la vez auto alimenta esta “adaptación a la injusticia” nombrada antes, por lo que al final la sociedad puede acabar moldeándose de la manera en la que se busque.

Y como un ejemplo de todo lo planteado, me sitúo en la crisis de refugiados bien conocida por todos. Desde el punto de vista nombrado antes, habría una serie de personas que ni pertenecen ni viven en el territorio en cuestión, pero que tienen el poder de decidir sobre el futuro de miles de personas. Ante esta situación, existen dos caminos: no ayudar y ayudar.

Debido al miedo, creado en parte por los medios y en parte por hechos aislados que erróneamente nos han hecho tomar el todo por la parte, junto con unos prejuicios que sólo se argumentan debido a la diferencia entre las culturas, se ha decidido tomar un camino más precavido que, por desgracia, implica también menos ayuda y más escenas, fotografías y hechos que estoy segura nadie querría para una misma. Y todo simplemente por ser de allí y no de aquí, pues apuesto que ante la llegada de personas estadounidenses o de de una cultura parecida a la nuestra no pondríamos impedimento.

Ahora bien, tomando el segundo camino, partiendo de la ayuda y la empatía, ¿qué pasaría si fuéramos nosotros los que nos vemos en un conflicto de tales dimensiones? ¿Qué ocurriría si ahora te dicen que has perdido todo, absolutamente todo y tu única salida es arriesgar tu vida? ¿No irías al lugar más seguro conocido? ¿Te gustaría que te juzgasen como terrorista cuando durante toda tu vida te has limitado a trabajar honradamente? No son tan diferentes como te piensas. Ellas y ellos también tenían sus estudios, su tiempo de ocio, sus sonrisas, sus lágrimas.

Sí, son también personas. Y si siguen pensando que la mayoría son terroristas, que vigilen sus acciones con el mismo esfuerzo que vigilan cada una de sus historias para obtener el asilo legal, que en Alemania, donde resido, implica un mínimo de dos años de acá para allá relatando cómo y por qué estás allí sin posibilidad de trabajo debido a esa falta de papeles, que obviamente implica la necesidad de una subvención. O si el argumento es que no habrá oportunidades laborales para otros, decidme, ¿creéis que alguien que debe aprender un idioma, conseguir papeles legales y rehacer su vida tendrá opción a las mismas oportunidades laborales? No y aunque sea duro, ese rechazo creado simplemente por falta de relativismo cultural y el bombardeo mediático que moldea a la sociedad sin que ésta acabe conociendo la realidad de las situaciones, les perseguirá en gran parte de su camino.

Y al final, frente a este tipo de situaciones como tantas otras, se acaba planteando la existencia de mejores leyes o la denuncia de injusticias, pero más que eso, es cuestión de empatía. Pensar en el otro, escuchar y poder cambiar lo que no va bien, incluso si está fuera de nuestros intereses. Dejar de un lado esa falsa felicidad y buscar una más verdadera, comenzando por pensar más por uno mismo y acabar pensando también en los demás. En el mundo que te rodea. No situarse ni más arriba, ni más abajo que nada ni nadie y desde ahí, empatizar. Ser el otro con nuestras opciones, pues es ahí donde reside la esencia de mejorar una sociedad, de olvidar cómo nos moldean y empezar a tomar nuestra forma por nosotros mismos. Y pese a que cada día los medios de comunicación remarquen todas esas tristes historias, o mientras una compañía pretenda decirnos qué talla llevar, o el mundo continúe con defectos, puedo decir con admiración que pese a los problemas a los que el día a día se enfrenta o pese a ese intento de modelarnos según unos intereses, hay mucha gente por ahí fuera llena de empatía, llena de ganas de ayudar. Personas que sin traje y sin dinero cambian este mundo, o pelean porque sobreviva. Y es por lo que escribo este artículo, para recordarlos. Para recordar la empatía de La Nuit Debout, el 15M. Las manifestaciones en contra del TTIP y todos esos voluntarios que a las puertas de Europa luchan por un ‘Bienvenidos, personas’ menos amargo. Trabajadores que se niegan a los desahucios. Todos ellos nombres anónimos que sin palabra al tomar grandes decisiones hacen sonreír un poquito a este mundo. Nombres anónimos que seguro tú también conoces. Personas que tienen realmente el poder de cambiar las cosas a través de pequeñas acciones. Que se niegan a ser moldeados. Que tienen el poder más grande, aquel que reside en un nombre cualquiera.

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