Miércoles, Agosto 23, 2017

El hoyo

El hoyo

Esa noche empecé a llorar en la cama cuando escuché que mis padres discutían con mi hermano que acababa de llegar. Yo tenía once años y mi hermano diecisiete. Yo no sabía por qué mis padres discutían con mi hermano, pero creo que ellos sí sabían por qué se discutían. Eso era importante, hay quien se discute y no sabe por qué lo hace. La cuestión es que mi padre gritaba mucho y repetía constantemente: ¿esto es lo que te hemos enseñado? ¿Es así cómo nos das las gracias por todo lo que a diario en esta casa se hace por ti? Mi hermano no era un mimado, aunque por las sentencias que repetía mi padre alguien lo pudiese pensar. Mi familia era una familia muy corriente. Padre trabajador y madre trabajadora que vivían con sus dos hijitos. Al quedar viudo mi abuelo materno, este se vino a vivir con nosotros y entregaba su vida por la familia.

Mi padre siempre decía que en casa cada uno tenía sus obligaciones, que cumplirlas era demostrar que queríamos a la familia. Decía que los adultos tenían la obligación de encargarse de que los hijos comiésemos bien, de que estuviésemos sanos, de que no nos faltase nada de material para ir al colegio, de conseguir algunos caprichos a los hijos  pero no todos. Ya se sabe, más o menos como todas las familias. La obligación de los hijos era hacer lo que nos apeteciese para que de mayores tuviésemos una vida en la que nos sintiésemos a gusto.

Pero mi hermano había hecho algo que cuestionaba los valores morales de lo que mi padre entendía como correcto y por eso no se cansaba de repetir una y otra vez: ¿esto es lo que te hemos enseñado? ¿Es así cómo nos das las gracias por todo lo que a diario en esta casa se hace por ti? Yo no sabía qué había hecho mi hermano, pero la bronca tenía una melodía tan estridentemente violenta que no pude no empezar a llorar. Cuando mi hermano contestaba, yo no entendía lo que decía. Cuando mi madre lo regañaba también, tampoco la entendía. Inexplicablemente de entre todo lo que se llegaron a decir, pude escuchar con precisión muy pocas frases completas. Fueron precisamente las que consiguieron hacerme dudar, mientras lloraba asustado en la cama.

De repente escuché a mi padre: ¡Ya estoy hasta los huevos de esta mierda, joder! Escuché el ruido de un cajón abrirse y cerrarse. Después mi madre intervino, por primera vez entendí lo que dijo: ¡¿Pero qué haces con una pistola en casa?! Escuché un disparo y vino el silencio. Escuché la puerta abrirse y dos personas bajar precipitadamente por las escaleras. Salieron fuera. Miré por la ventana, ya que desde mi habitación podía verlos. Mi madre lloraba mucho. Mi padre también y llevaba una pala. Empezó a cavar un hoyo al lado del olivo. Mi madre lloraba. Mi padre también, pero además cavaba. Yo empecé a llorar como nunca lo hice entre berrido y berrido que soltaba cada vez que me ahogaba cuando me costaba respirar. El hoyo cada vez era más grande. En el interior cabía una persona por lo menos. Luego ambos entraron a casa y los perdí de vista.

De repente escuché ruidos en el pasillo de casa, alguien venía a mi habitación. Me puse en la cama, pero no pude evitar acabar con mis lloros. Cuando mi hermano entró en la habitación me preguntó: ¿por qué lloras? Y yo le dije: porque gritáis mucho, yo no quiero que os gritéis. Mi hermano me dijo que me tranquilizara que se había discutido con papá y mamá, pero que ya se habían perdonado. Que él se iba ahora a dormir y que lo hiciese yo también.

¡Joder! Creía que mi padre había asesinado a mi hermano cuando el chaval acababa de entrar a mi habitación a decirme que me tranquilizase y que me durmiese. Por supuesto cuando se fue de la habitación me levanté y volví a mirar por la ventana. Mi padre había puesto toda la tierra del hoyo en un saco. Había ligado el saco con una cuerda, la cuerda la había hecho pasar por encima de una rama del árbol y había clavado el extremo de la cuerda al suelo. El saco lleno de tierra pendía justo encima del agujero. Mi padre le dio un beso a mi madre. Mi madre lloraba. Mi padre ya no. Papá se puso en el interior del agujero y disparó en el saco cuatro o cinco veces hasta que toda la arena le cayó encima. Mi madre se deshizo en gritos y lloros encima de allí donde había caído la arena. Yo me quedé tan perplejo que si me vinieron ganas de llorar, esa vez pasaron de largo. No entendía nada. Ni a qué había disparado mi padre antes, ni por qué mi madre le dejaba suicidarse o enterrarse vivo, que no sé que es peor, ni por qué mi hermano no se había dado cuenta de nada y ahora dormía tranquilo en su habitación. Mi padre siempre fue alguien de valores morales muy claros. Quizás no eran del todo correctos, quizás un poquito más católicos de lo que me gustaría admitir. Pero fuese lo que fuese lo que decepcionó a mi padre, fuese lo que fuese lo que traicionó a sus valores, le costó la vida. Prefirió el suicidio antes que abrir un poquito la mente.

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