Sábado, Agosto 19, 2017
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DESCONECTADOS EN EL SIGLO XXI

DESCONECTADOS EN EL SIGLO XXI

Por Oscar Port

 

Viernes, seis de la tarde, ciudad de Barcelona; un hombre de pelo canoso y barba de tres días carga una maleta North Face en su Volov XC 90. En el asiento del copiloto una mujer consulta la predicción meteorológica en su iPhone 7 Plus; detrás, dos niños juegan con una nintendo 3DS XL de color azul metálico, al mismo tiempo que se pelean para ver quien se sienta en el lado de papá. Se adivina cierta tensión en el rostro del hombre, quiere darse prisa por salir de la ciudad y llegar pronto a Esterri d’Áneu, donde pasarán el fin de semana. Quiere recorrer rápido los quilómetros que les separan del paraíso porque, como él, muchos otros piensan hacer lo mismo. Pasará a toda velocidad con su SUV por pueblos tranquilos, seguirá el curso del río ascendiendo metros hasta llegar a un collado desde donde la puesta de sol sobre el valle pintado de naranja estalla ante los ojos del viajero. Pero él quiere llegar, quiere vaciar el coche, deshacer las maletas, preparar la cena y estar en “el sitio”; bajar del coche y meterse en el apartamento alquilado, pasear un poco por las calles poco iluminadas y que le ‘dejan ver las estrellas’, com él dice. Parece que da igual donde estemos, montaña, playa, en la ciudad. La desconexión con la naturaleza es evidente.

 

Con total seguridad cada semana aparece un nuevo estudio sobre el cambio climático, la televisión nos muestra como el Ártico se derrite, las temperaturas suben, los veranos cada vez son más calurosos y secos y los inviernos… en fin, todo el mundo sabe de lo que hablo. Documentales son producidos y exhibidos en youtube, incluso DiCaprio, acérrimo defensor del medio ambiente ha producido su documental. Se dice que la mayor parte del mundo científico está de acuerdo en que el daño que se le ha hecho al planeta es irreversible. Hay campañas para favorecer el reciclaje, compartir coche, no usar sprays contaminantes, comprar productos de proximidad, gastar menos agua, usar la bicicleta, reducir el consumo eléctrico… No obstante cada año crecen las emisiones de CO2, las aguas de los ríos están más contaminadas y las carreteras más llenas. Por que a nadie parece importarle lo más mínimo lo que le pase al único mundo habitable que conocemos? La respuesta está en nuestra relación con el medio natural, del cual estamos totalmente desconectados. La insensibilidad hacia el mundo natural que yace en la mayoría de nosotros no es una elección consciente, sino la consecuencia de un largo proceso de desconexión.

 

Veni vidi vici.

Hay un monólogo de Louis.C.K en el que dice que parece que el ciudadano americano medio vive como si el mundo le debiera algo (tal afirmación se puede extender a la totalidad de la población del mundo occidental). Y es totalmente cierto, nos quejamos porque hay demasiados coches en la carretera, o porque internet va lento, o un tren llega con retraso; no parece que importe el hecho de que vivimos en un mundo con una tecnología que nos permite hacer cosas extraordinarias. Parece que si no superamos un cáncer o sobrevivimos a una catástrofe nuestra psique no es capaz de valorar la simple existencia. Vivimos infelices y con la perenne esquizofrenia de que el mundo nos debe algo: nuestro ego no cabe en nuestros iPhones, laptops o coches autopilotados. Sin embargo, empequeñeceríamos si viéramos el valle de Ordesa desde el Monte Perdido o contemplásemos el mar de amarillos y naranjas de la Fageda d’en Jordà en otoño. En lugar de disfrutar del paisaje, buscamos el sitio más “bonito”, nos hacemos un selfie para agrandar nuestro ego social y nos marchamos.

 

Productos cien por cien naturales, es que hay algo que no sea natural?

Un hecho curioso: andamos sobre asfalto, no sabemos qué se siente al andar por la hierba húmeda del amanecer, la áspera roca caliza o las desgarradas sendas de piedras y tierra, no tenemos contacto directo con el medio en el que vivimos. Natural, en teoría, tendría que ser todo; nuestro cuerpo, compuesto por miles de millones de átomos es parte de la naturaleza, de ella venimos, somos parte de un ciclo. Por mucho mundo virtual que creemos, nuestros huesos y músculos continúan manteniéndonos rectos, por muy HD que sea un monitor, nuestros ojos seguirán transmitiendo una realidad más nítida. Cuando percibimos el mundo a través de una interfaz, nuestra relación con la naturaleza, mucho más primaria y cruda, se ve modificada y el paradigma de relación con el medio natural en el que nos movíamos cambia.

 

 

 

Cuando puedes subir por las escaleras mecánicas.

En este nuevo paradigma de consumismo patológico y relaciones virtuales, el sudor de una caminata para llegar a la escuela o el frío de una mañana de invierno esperando el bus, pueden parecer anacronismos ciertamente evitables. El dominio del hombre sobre la naturaleza no es algo nuevo, hace siglos que ya no vivimos en ese entorno hostil en el cual los peligros amenazaban nuestra supervivencia. Hoy en día, ese entorno hostil ha sido totalmente transformado, ya no estamos en contacto directo con esa realidad, las megaciudades y las supercomunicaciones mueven el mundo. Si me apetece puedo pasar la noche buena en una playa del caribe y estar haciendo elioesquí en Whistler para fin de año; ya ni la barrera económica parece importar, por 400 euros puedes comprar un billete de ida y vuelta a Shanghai. El mundo se ha convertido en nuestro patio de juegos, las dificultades para llegar a un sitio relativamente alejado y de difícil acceso son historia antigua. La inmediatez y la facilidad, casi ridícula, con las que podemos movernos por todo el globo hacen que el valor del viaje haya desaparecido. Cuando puedes subir por las escaleras mecánicas, por que utilizar las convencionales, es que estas tonto? Ya solo importa llegar, sin vivir el camino, el fin último de todo viaje y toda acción del hombre contemporáneo es el resultado. No hacemos nada por placer si no hay una motivación ulterior detrás. Vivimos igual que los cerdos que viajan al matadero, puesto que solo cuando llegamos al final del viaje, nos damos cuenta de que no hay meta; después del increíble viaje que es la vida, lo que nos queda al final es solamente la muerte.

 

El hombre del siglo XXI

Una mujer que no necesita cortar madera para calentar su casa, un hombre que no tiene que andar ni un metro para tener todo lo que necesita para preparar una cena para veinte personas, unos niños que les recogen en coche al colegio para que no se cansen, mascotas obesas… como una sociedad así puede importarle lo más mínimo que los bosques de los Pirineos estén totalmente secos y el riesgo de incendio se mantenga todo el año (alguien había visto antes incendios en enero?). Cuando tenemos la, falaz, percepción de que no necesitamos para nada los bosques, mares, ríos para sobrevivir, por qué deberían importarnos? Cuando desde el móvil puedo comprar nueces de Brasil o ternera de Kobe, por qué debería molestarme si el hábitat del oso polar esta siendo eliminado? Puedo subirme a mi coche en Barcelona a las cuatro de la tarde y estar en Esterri d’Áneu a las seis, acaso debo cuestionar la necesidad de mi viaje? Moverse, consumir, comer, todo muy rápido, casi sin darme cuenta del paisaje, viajar a toda velocidad, yo solo quiero llegar pronto, por qué? Porque puedo. Las consecuencias de mis actos se las dejo a otros, yo soy un ciudadano moderno, a mí que no me vengan con tonterías, soy un triunfador y me merezco todo lo que tengo. El mundo me lo debe todo, que se aparten, soy el hombre del siglo XXI.

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