lunes, diciembre 18, 2017
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¿Debe darse una batalla por el significante de lo subversivo en los movimientos transformadores?

El significante de lo subversivo me llama específicamente la atención por su carácter bilateral: se presenta cómo un significante legítimo dentro de la esfera de los movimientos transformadores y, al contrario, se presenta como deslegitimador en la esfera política general. Esta bilateralidad añade complejidad a la lucha constante para unificar a los denominados “ya convencidos” (situados en la esfera de los movimientos transformadores) y para atraer a “los que faltan” (situados en la esfera política general), generando algunas cuestiones que intentaremos abordar, siendo éstas: ¿hace falta luchar por el significante de “lo radical”? y, si es así, ¿cómo se articula esta lucha, aparentemente contradictoria?

 

Partimos de la premisa establecida ya por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en la obra “Hegemonía y Estrategia Socialista”, así, entendemos que: “Si las demandas de un grupo subordinado se presentan como demandas puramente negativas y subversivas de un cierto orden, sin estar ligadas a ningún proyecto viable de reconstrucción de áreas sociales específicas, su capacidad de actuar hegemónicamente estará excluida desde un comienzo” (1). Así, los propios movimientos transformadores, para tener alguna posibilidad de construcción hegemónica, necesitan, a parte de entenderse a sí mismos cómo subversivos, presentar un proyecto alternativo. Partiendo de esto, pasamos al plano de lo discursivo, dónde nos preguntaremos primeramente si hace falta establecernos cómo subversivos (2) y, si esto es así, cómo articulamos la lucha por éste significante de forma transversal.

Así, ¿hace falta luchar para presentarnos cómo los más “radicales”? Parecería, de primeras, que no hay muchas razones para hacerlo: ganar la batalla por ésta significación nos marginalizaría dejándonos solo con los “ya convencidos”, normalmente no suficientes para articular mayorías, y resignificar éste significante en la esfera política general sería un arduo trabajo (los medios de masas parecen mantener bastante cerrada su significación) al que quizá no vale la pena centrar esfuerzos.

Por otra parte, dar una batalla por presentarse cómo lo más subversivo puede hacer caer en el movimiento en un bucle dónde el único valor positivo sea lo propiamente subversivo. Así, el movimiento caería en algo parecido a la paradoja modernista presentada por Gilles Lipovetsky en su obra “La era del vacío”, dónde “la fórmula paradójica del modernismo destruye y desprecia ineluctablemente lo que instituye, lo nuevo se vuelve inmediatamente viejo, ya no se afirma ningún contenido positivo, el único principio que rige al arte es la propia forma del cambio” (3). Me explico: definirse discursivamente cómo lo radical puede llevar a construir acciones solamente en pro de eso, afectando a la premisa establecida de la necesidad de presentar un proyecto alternativo de forma positiva. Así, pasaría algo parecido a lo planteado en relación a la “teoría del hámster o del hiperactivismo sin rumbo” (de Jordi Romano), el movimiento olvidaría el importante hecho de conjugar pensamiento y praxis y dejaría de pensar, moviéndose sólo por lo propiamente subversivo, y presentándose cómo un hámster en una rueda: “corriendo mucho kilometraje, pero sin avanzar ni un metro”.

Así, pasaría algo parecido a lo planteado en relación a la “teoría del hámster o del hiperactivismo sin rumbo”

Viendo éstas posibilidades, parecería peligroso el hecho de presentarse cómo lo radical o transformador, y, aún así, creo que es completamente necesario que se haga. Para entender esto debemos entrar en la perspectiva lacaniana, para entender primero la dimensión performativa del propio lenguaje, y después la conexión que se establece entre los gestos de simbolización y la praxis colectiva. Para explicar la noción de la dimensión performativa nos valdremos de Zizek, quién lo ilustra de forma clara utilizando la metáfora utilizada por el propio Lacan en su seminario “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”: el caballo de Troya. Así, el lenguaje representaría el propio caballo de Troya, ya que en el momento en que lo aceptamos – cómo en el momento en que lo aceptaron los troyanos -, nos coloniza. A partir de ahí, para entender cómo éste lenguaje que nos captura se entrelaza con la praxis, nos valdremos del denominado por Lacan “doble movimiento” de la función simbólica. Según ésta noción, el lazo del lenguaje con la praxis se podría resumir de forma breve en que en el momento de la declaración es cuándo ocurre una transformación subjetiva, no en el momento del propio acto (4). Así, y para bajar de la torre de marfil, cuándo el propio movimiento se declara cómo subversivo es cuándo ocurre la transformación subjetiva de los sujetos que lo forman, cambiando su realidad y actuando de forma diferente: en clave subversiva.

Según lo establecido entonces, y manteniendo las dificultades planteadas (el peligro de caer en el bucle mencionado puede mantenerse, pero podemos evitarlo siendo conscientes de su existencia y bajo el imperativo de plantear siempre una alternativa positiva) parece esencial identificarse cómo lo radical o lo transformador, para mantener una realidad en la praxis que permita llevar a cabo el proyecto transformador.

Afirmado esto, se nos presenta la dificultad de articulación: cómo presentarnos cómo radicales de forma transversal, recogiendo a los “ya convencidos” y a “los que faltan”. El imperativo determinado en relación a la necesidad de establecernos cómo radicales parece obligarnos a luchar por presentarnos cómo un movimiento realmente transformador entre los otros movimientos y por resignificar lo radical en la esfera general de la política, y eso se consigue – creo – de forma relativamente simple: presentando una capacidad real para construir una alternativa. Manteniendo una capacidad real para transformar el orden existente a través de la lucha política crearemos el terreno para resignificar a la vez el significante de lo radical, mostrándonos entre los movimientos transformadores cómo el que más entre éstos y presentándonos cómo una alternativa real en un momento en que las élites no puedan satisfacer las demandas particulares (es decir, en un momento de “ruptura populista”) siendo la alternativa, lo que verdaderamente lleva el cambio ante la desafección generada por éste momento. Así, la manera de resignificar lo radical de forma transversal se da de forma contigua con la lucha política que construye una mayoría enfrente a los poderes establecidos, es decir, la posibilidad del relato de lo radical surge con la misma praxis de ruptura de lo hegemónico, aumentando a su vez la posibilidad – si se aprovecha – de ser propiamente subversivos.

Cabe remarcar, pero, que este momento de resignificación es efímero y el relato se debe construir en momentos muy concretos y reducidos de tiempo. Cómo remarca Alán Barroso hablando de la instauración de la II República española: “Si algo permite un 14 de abril es que haya un 15 de abril. No se puede tomar el palacio de invierno cada día, no se puede pretender la existencia de una revolución permanente que nunca detenga su movilización”. Así, este relato, esta resignificación, sólo podrá darse en “momentos calientes”, en momentos particulares dónde exista ésta praxis de ruptura, pero es algo externo al final, es algo que puede darse hasta el 14 de abril, pero no después. Por esto, por la existencia de un 15 de abril, necesitamos, cómo mencionado al inicio, plantear siempre una alternativa en carácter positivo, para construir después de conquistar.

 

(1) Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe. 1987. “Hegemonia y estrategia socialista”. Madrid: letra e. – pp. 311

(2) Remarco que aquí sólo discutimos si debemos “presentarnos” cómo subversivos, ya que asumimos que si pertenecemos a un movimiento transformador somos siempre subversivos.

(3) Lipovetsky, Gilles. 2003. “La era del vacío”. Barcelona: Anagrama. – pp.82

(4) Zizek, Slavoj. 2008. “Cómo leer a Lacan”. Buenos Aires: Paidós – pp. 21-25

 

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