domingo, noviembre 19, 2017
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Conspiraciones

Por Ignacio Lezica Cabrera

Las conspiraciones son una moda recurrente que nunca acaba de extinguirse. Por eso  Discovery Max o Canal Historia siempre encuentran una inversión segura en documentales sobre bases nazis en la Antártida, ayuda alienígena en la construcción de pirámides o Illuminati y masones detrás de todos los grandes acontecimientos de la historia. Es interesante reflexionar sobre qué tipos de programa emiten esta clase de canales. Creo que encontramos tres grandes grupos; primero, como hemos dicho, están los documentales de dudosa reputación sobre conspiraciones que han pasado increíblemente inadvertidas para miles de estudiosos reputados, pero no para los entrevistados que salen en ellos, graduados en universidades inexistentes. Segundo, documentales sobre cómo se construyen cosas con planos interminables de robots cortando moldes entre chispazos o prensas hidráulicas aplanando acero. Y tercero, documentales/reality shows en donde se nos ilustra la vida apasionante que viven emprendedores caricaturescos. Gracias a estos últimos, hemos descubierto que los empresarios nunca pierden dinero, que para ser exitoso hay que vestir de manera excéntrica, y que es una práctica habitual que el mismo experto que tasa el valor de un producto sobre el cual el vendedor no tiene ni puta idea, sea también el comprador tras la tasación.

 

Pienso que eso no es casual. Creo que los reality shows sobre subastas, mercaderes de antiguallas y otros emprendedores de poca monta ayudan a elaborar una ficción infantil sobre lo fácil que es hacerse rico siendo un pequeño empresario en el mundo neoliberal, ignorando los riesgos inasumibles que en ello corre la gente normal si decidiera abandonar su rutina laboral y lanzarse a la aventura, e ignorando también el peligroso efecto de dilución de comunidad que supone una sociedad de individuos compitiendo 24/7 entre sí. Creo que los documentales sobre la ingeniosa construcción de aparatos fabriles, combinada con la escasa calidad de los documentales dedicados a las humanidades o las ciencias sociales, tiene como efecto sociológico la glorificación tecnocrática de las ciencias, con el fin de encauzar la cualificación de la clase trabajadora hacia aquellos sectores más útiles para los propietarios del aparato productivo. Y creo, también, que las teorías de la conspiración, independientemente de su contenido específico, comparten una estructura formal común a todas ellas que contribuye a que el espectador tenga una visión simplista, y en última instancia conservadora, del conflicto social.

 

Todas las teorías de la conspiración parten de una concepción de la sociedad con un explícito contenido político, en tanto que dividen el conjunto del cuerpo social en sujetos con intereses enfrentados: una élite conspiradora oculta (judíos, masones, Illuminati, reptilianos, anunnaki…) que opera en la sombra sin ser descubierta jamás, para perpetuarse en su posición de poder sobre una enorme masa de borregos que viven su cotidianidad dentro de la caverna platónica, sin llegar siquiera intuir que son objetos del poder de dominación de los conspiradores. El dominio de estos conspiradores es monopólico e indisputable, gracias al control absoluto que tienen sobre todos los resortes de poder: los conspiradores dictan a la población qué es lo que debe pensar gracias a su control sobre los medios de comunicación, lavan el cerebro a nuestras niñas y niños porque redactan los programas del sistema educativo y poseen todos las grandes corporaciones que someten a unos Estados cuya voluntad, además, está comprada con maletines llenos de dinero o con agentes públicos que tienen relaciones de vasallaje con la élite oculta. Tal explicación de la distribución social del poder sólo nos puede llevar a una concepción de la sociedad que, como decía, es fundamentalmente conservadora: la de un orden social cerrado por la desmesurada diferencia de poder entre la mayoría inconsciente y la élite conspiradora; por el dominio férreo y sin brechas de todos los mecanismos de control social; y por la imposibilidad de subversión de este orden ante la incapacidad de transformar la conciencia de ciudadanos que ni siquiera pueden advertir que están sometidos. No obstante, creo que quienes acuden a elementos formales de la teoría de la conspiración para explicar nuestras sociedades no son sólo esas personas que se ponen coladores de metal en la cabeza para protegerse de las señales de los satélites de la CIA.

 

Pienso que buena parte del pensamiento izquierdista ha interpretado su derrota histórica en términos de conspiración: una vez eliminado el bloque socialista como alternativa real de ordenación la sociedad, el dominio absoluto de la élite capitalista es explicado como un monopolio del poder, ejercido sobre una población idiotizada por la televisión basura y sujeta al consumismo vacío, ya ni siquiera capaz de concebir una forma diferente al mercado para pensar la organización social. Creo que la principal consecuencia de este relato es la esterilidad para transformar la sociedad bajo la apariencia de radicalidad que otorga señalar el dominio de unos pocos sobre la mayoría. Esta esterilidad radica, primero, en que la concepción del poder conspirador como un conjunto de relaciones sin brechas ni contradicciones internas vuelve imposible la movilización social subversiva: ¿para qué rebelarse, si la capacidad que tienen para convencer y dominar a la población es abrumadoramente superior a la nuestra y se perpetuará siempre en el tiempo? Segundo, toda subversión democrático-popular requiere de un espíritu de época comunitario, que tienda a fortalecer los lazos entre los individuos y que les empuje a dotar de sentido sus propias vidas en función del proyecto de sociedad que comparten con sus pares. Esto no puede pensarse desde una perspectiva conspiranoica, porque su concepción de la sociedad no se limita a señalar el sometimiento de la mayoría, sino que además lo juzga moralmente desde perspectivas elitistas; para la teoría de la conspiración, la gente no sólo está sometida, sino que además se regocija en su sometimiento viviendo cómoda en la ignorancia de las fuerzas que conducen sus vidas. Para quien se adhiere a las teorías de la conspiración, el dominio monopólico de la élite sólo es posible porque se alimenta de la esencial voluntad de las masas para ser sometidas, de la natural estupidez que tiene el vulgo que le lleva a preferir la seguridad de su celda mental a la libertad real. Es indignante percibir cómo este relato sitúa en una posición de especial comodidad a los iluminados que señalan desde la superioridad moral e intelectual a los dominados, autoasignándose un rol de suma sagacidad y perspicacia, y excluyéndose del rebaño ya que ellos son conscientes de que todo es una mentira. De esta forma no sólo se consideran parte de una pequeña élite que sabe de qué va la cosa, sino que además se liberan de la responsabilidad de utilizar su especial lucidez para subvertir el orden, ya que esto una tarea imposible de antemano. Es la comodidad, extensamente comentada, que tiene la izquierda para reclamarse conocedora de la esencia de la realidad sin que ese conocimiento pueda utilizarse de formas productivas para acabar con las injusticias.

 

Más allá de la inconveniencia práctica del relato de la conspiración para quienes aspiramos a transformar la sociedad, cabe decir que se trata de un discurso con serias dificultades para explicar la historia humana. Resulta innegable la importancia de las élites como catalizadores de los grandes momentos, pero estas élites nunca están escindidas de su sociedad, nunca alcanzan un monopolio absoluto sobre los de abajo y nunca se libran del problema crucial de sus contradicciones internas. Por eso los órdenes sociales nunca están cerrados y estáticos, sino precisamente lo contrario, sujetos a renovación y cambio constante. Todas las teorías que postulan el fin de la historia parecen condenadas a fracasar por estas razones. La tarea histórica que tenemos por delante avanza en un sentido opuesto al del elitismo conspiranoico: debemos parir nuevas formas de pensarnos en común desde la horizontalidad, el cuidado y la empatía, no desde el egocentrismo que busca el confort de saberse poseedor de verdades cuya aparente falta de brechas no es más que dogmatismo, autorreferencialidad y pensamiento circular.

                                     

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