Reseñas – La Trivial http://latrivial.org Wed, 16 Mar 2022 12:04:19 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.9.20 https://i0.wp.com/latrivial.org/wp-content/uploads/2021/10/cropped-NcLZkDsF_400x400-1.jpg?fit=32%2C32 Reseñas – La Trivial http://latrivial.org 32 32 108976849 Ir con todo. Reseña de «Con todo», de Íñigo Errejón http://latrivial.org/ir-con-todo-resena-de-con-todo-de-inigo-errejon/ http://latrivial.org/ir-con-todo-resena-de-con-todo-de-inigo-errejon/#respond Fri, 22 Oct 2021 08:06:33 +0000 http://latrivial.org/?p=8895

La Puerta del Sol durante la Marcha del Cambio convocada por Podemos el 31 de enero de 2015. Foto: Chema Moya (EFE)

Por Tomás Rodríguez Hisado

Con todo. Al decir «con todo», en español podemos estarnos refiriendo (al menos) a dos cosas. Por un lado, «con todo» puede equivaler a «a pesar de todo» o a «aun así» y puede servir para expresar un sentimiento de pena y abatimiento ante un objetivo frustrado: «Con todo, no pudimos». En segundo lugar, «con todo» también puede significar haber puesto todo nuestro empeño y dedicación en un proyecto: «fuimos con todo» como sinónimo de «fuimos a por todas» o «fuimos a full». Creo que estas dos acepciones de la expresión que da título al libro que acaba de publicar Íñigo Errejón conviven en una tensión que da sentido al texto y de la cual podemos extraer algunas lecciones para hacer política en 2021.

Con todo, no se pudo

En un primer polo tenemos el pesar por no haber logrado los objetivos que se plantearon en la fundación de Podemos allá por 2014, que eran, básicamente, llevar más allá de sí mismas las demandas del 15M para refundar la comunidad política española en términos más democráticos, soberanos y plurinacionales. El fracaso en este sentido es claro: 10 años después del 15M y siete tras la fundación de Podemos no se ha acabado de forma definitiva con los desahucios sin alternativa habitacional, no se han derogado las reformas laborales, no se ha logrado (ni de lejos) poner fin a las condiciones de precariedad vital de la juventud, no se ha logrado una plasmación jurídica satisfactoria de la plurinacionalidad de nuestro país, no hemos acabado con la corrupción de las élites políticas, empresariales y judiciales, no hemos fortalecido los servicios públicos, no hemos hecho una reforma fiscal que haga pagar por fin a los privilegiados lo que deben, ni mucho menos se ha puesto en marcha un proceso constituyente. Y lo que es más importante y condición de posibilidad de todo lo anterior: no imaginamos como posibles en el corto plazo esas cosas que hace no tantos años parecíamos rozar con la punta de los dedos. Ahora, en cambio, bajo «el gobierno más progresista de la historia» aspiramos a limitar tímidamente los beneficios que el oligopolio eléctrico está obteniendo de la subida del precio del gas mediante un sistema de fijación de precios absurdo, a que el CGPJ refleje una mayoría parlamentaria distinta a la mayoría absoluta del PP de 2011, a que salga adelante una muy limitada regulación del mercado del alquiler que no impedirá que los jóvenes nos podamos emancipar y, en definitiva, a que de las elecciones de 2023 no salga un gobierno del PP apoyado por Vox que inicie una etapa de regresión de derechos sin precedentes desde la recuperación de la democracia.

La dolorosa distancia en términos de progreso democrático entre aquello a lo que se aspiraba hace menos de 10 años y lo que aspiramos ahora es el reflejo del fracaso del proyecto político que puso en marcha Íñigo Errejón junto a otros. No sería justo decir que no ha habido avances en este ciclo político, pero los pocos que ha habido o bien se han desarrollado de forma autónoma, sin vinculación directa con los partidos —(trans)feminismo, ecologismo—, o bien se deben a la excepcionalidad de la coyuntura económica que ha introducido la crisis del COVID-19 —ERTEs, IMV, expansión del gasto público, mutualización europea de la deuda, etc.

En este sentido, Errejón es capaz de entonar un mea culpa y reconocer su parte de responsabilidad en la frustración de las posibilidades políticas que el 15M albergaba. La pérdida de posiciones en el terreno cultural va de la mano del declive electoral de Podemos. Ésta a su vez que coincide temporalmente con la pérdida de peso de la hipótesis a la que se adhiere Errejón y sus afines —cuyas bases trataremos de explicar en el siguiente apartado— en el partido, lo cual se debió, en parte, a una particular —y probadamente errónea— manera de entender la relación de los partidos con la política.

Hubo un tiempo en el que la política era concebida como una actividad confinada en el interior del Estado, separada de la vida económica, social y cultural, y en la que, por tanto, sólo se podía intervenir a través de los partidos. A medida que los movimientos sociales se abrieron paso, esta concepción de la política fue decayendo en favor de una que la consideraba como una lucha por el sentido de las cosas, una tensión que impregna cada una de las esferas de la vida: lo personal era político. Por ello, se podía intervenir en ella de manera mucho más horizontal y directa, sin necesidad de la mediación de estructuras burocráticas de partido. Errejón, que se inició en política desde el anarquismo, viene de ésta última concepción de la política que ve los partidos como algo prescindible para la transformación social. Esta idea fue la que hizo que, en la época en que Podemos se estaba desplegando organizativamente, él y su círculo descuidaron afianzar sus posiciones dentro del partido porque confiaban tanto en su hipótesis que no dudaban de su éxito y pensaban que los triunfos que ésta cosecharía les darían la razón y compensarían su debilidad interna. «Si nos está yendo bien fuera del partido nos irá bien dentro» (Errejón, 2021: 154), confiesa que pensaban. Finalmente, y pese a que los resultados que consiguió Podemos en el momento de mayor influjo de las tesis errejonistas —2014 y 2015— se mantienen aún imbatidos, ello no fue así, sino que los partidarios de Errejón se vieron progresivamente arrinconados dentro de la organización hasta ser expulsados de ella entre finales de 2018 y comienzos de 2019.

La lección que creo que cabe sacar de esta parte de la experiencia del ciclo político 2011-2021 es que, si bien circunscribir la actividad política a los partidos es un error, éstos son condición de posibilidad de la transformación social: no bastan, pero hacen falta. No podemos ignorarlos y fiar todo a la capacidad de avanzar posiciones fuera, tal y como hicieron los errejonistas. Los partidos son un instrumento para el ejercicio del poder, esto es, no son un fin en sí mismo; pero como instrumentos tienen entidad propia, por lo que resulta preciso saber manejarse en ellos y defender nuestras posiciones también en su interior.

Ir con todo

Ahora bien, ¿cuál era, pues, la hipótesis que agrupaba a los llamados errejonistas? Ésta partía de la idea de que, en política, o se va con todo o no se va. Esto es, o se desafía el universo simbólico construido por el adversario en el que las posiciones políticas quedan repartidas en unos términos favorables a la perpetuación del orden o cualquier intervención política resultará estéril: la pistola (leáse: política) cuando se saca es pa disparar, el que la saca pa enseñarla es un parguela.  De otra manera no se estará haciendo nada para evitar quedar encasillada en una posición preestablecida que sólo puede conducir a la derrota, por haber sido expresamente construida para permanecer confinada en el margen del ejercicio del poder. Esto era lo que implicaba «patear el tablero» de los primeros tiempos de Podemos, impugnar ese reparto de posiciones y negarse a regirse por él a la vez que se trataba de dibujar un reparto distinto en unos términos más favorables para la transformación del orden.

Esta operación, claro, no es posible en todos los momentos, sino sólo en aquellos en los que el grupo dirigente se ve con dificultades para encarnar un proyecto capaz de dibujar un horizonte de certezas para una mayoría social suficiente; viéndose incapaz de fijar como antes un rumbo aceptado incluso por aquellos menos beneficiados por él pero que quedaban convencidos de tener más que ganar dentro que fuera del mismo. En ese momento en el que se abren grietas en las bases culturales y materiales que sustentan el orden las fuerzas transformadoras deben colarse por ellas para disputar el horizonte de lo imaginable y ensancharlo. Pero como las condiciones en las que se da esta disputa no las elije quien desafía el orden, sino que han sido fijadas por el adversario, que ha construido un tablero de juego sesgado a su favor, las fuerzas transformadoras deben habitar la tensión de no dejarse arrastrar del todo por el sentido común dominante, pero tampoco permanecer en una exterioridad radical, asumiendo como inevitable mancharse de la realidad política construida por el adversario para lograr cambiarla.

La transversalidad es precisamente esa forma de hacer política que asume que el terreno en el que se da la lucha política ha sido construido por el adversario en condiciones desfavorables para quien lo desafíe, por lo que no merece la pena emplear esfuerzos en impugnar los sesgos que contiene, sino aprovechar sus huecos para interpelar a una mayoría nueva. Superar las defensas del adversario no embistiéndolas frontalmente sino esquivándolas, poniéndolas en su contra. Jugar parcialmente en los términos del adversario para llevar sus principios más allá de sí mismos: esa es la fórmula para ser mayoritarios o, lo que es lo mismo, radicales, puesto que una minoría —por muy convencida o auténtica que se considere— muy raras veces tiene capacidad para transformar algo. La única radicalidad es aquella que incide en la realidad, no la que se enuncia con palabras duras. Por eso «seducir es más radical que embestir» (Errejón, 2021: 150).

Esta forma de hacer política laica y desacomplejada no deja que —parafraseando a Marx en El dieciocho de Brumario— la tradición de las generaciones muertas oprima como una pesadilla el cerebro de los vivos. Al contrario, subordinando la coherencia a la efectividad, evita que acabemos haciendo política para nosotras mismas o para quienes nos antecedieron, para quienes ya estamos convencidos, orientándola hacia quienes más necesitan la política para transformar sus condiciones de vida y que no necesariamente están de acuerdo con nosotros en todo. Esta es, creo, la mejor herencia que nos ha dejado el ciclo político iniciado en 2011 y la más potente herramienta para avanzar desde donde estamos.

Referencias

Errejón, I. (2021): Con todo. De los años veloces al futuro, Madrid, Planeta.

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Existir, resistir, ¿trabajar? Reseña de “Working Dead. Escenarios del postrabajo” http://latrivial.org/existir-resistir-trabajar-resena-de-working-dead-escenarios-del-postrabajo/ http://latrivial.org/existir-resistir-trabajar-resena-de-working-dead-escenarios-del-postrabajo/#respond Wed, 03 Feb 2021 10:35:38 +0000 http://latrivial.org/?p=8754

Javier López Alós

Marta Echaves, Antonio Gómez Villar y María Ruido (eds.), Working Dead. Escenarios del postrabajo. Institut de Cultura, Centre Cultural La Virreina-Ajuntament de Barcelona, Barcelona, 2019. 413 pp.

Acaso el empleo hoy se caracterice por la ambigua condición de seguir caminando sin propósito alguno, sin ser siquiera conscientes de si ya pasó a otra vida que difícilmente puede llamarse mejor. Esta confusión e indefinición del presente se halla implícita ya en el juego de palabras propuesto en título, Working Dead.

Los procesos de cuestionamiento o impugnación de la injusticia no se resuelven en un único frente. La obra aquí comentada es un buen reflejo de que tales frentes tampoco son espacios completamente compactos y homogéneos: la teoría y el activismo social, el campo académico, las prácticas organizativas de resistencia y las políticas públicas de transformación cultural se hibridan para intentar comprender mejor en qué consisten unos “nuevos escenarios del postrabajo” a los que no podemos (ni debemos) acostumbrarnos. La centralidad del empleo en las sociedades  en las que el trabajismo se ha convertido en coartada ideológica para la justificación de cualquier tipo de desmán aconseja pensar temas tristemente viejos (como la explotación, la desposesión, la desigualdad…) desde otras perspectivas. Sin duda, ello no supone abandonar como inservibles análisis previos, algunos incluso ya clásicos, pero tampoco la aplicación mecánica y grosera de ninguna suerte de escolástica sobre el particular. En este sentido, pensar hoy lo que de modo genérico llamamos “el mundo del trabajo” parece requerir también una reflexión metodológica. Este volumen es el resultado de un seminario celebrado en el Centro Cultural la Virreina en Barcelona en 2017. Lo primero que llama la atención es el modo en que se disponen los contenidos y la heterogeneidad de los perfiles invitados a participar en él. A mi modo de ver, estas decisiones de método son uno de los aspectos más destacables del proyecto de Working Dead. Escenarios del postrabajo, a partir del abordaje del empeoramiento de las condiciones laborales en relación con el resto de ámbitos de nuestra existencia. No en vano, esa aludida centralidad del empleo resulta fundamental en la conformación de la subjetividad contemporánea y en nuestra autopercepción como sujetos. De ahí también que sea tan importante la participación de colectivos que, por su carácter marginal o de extrema precariedad, suelen quedar conminados a permanecer invisibles o en silencio.

La centralidad del empleo en las sociedades  en las que el trabajismo se ha convertido en coartada ideológica para la justificación de cualquier tipo de desmán aconseja pensar temas tristemente viejos (como la explotación, la desposesión, la desigualdad…) desde otras perspectivas.

En un conjunto que logra mantener la cohesión y puede leerse de continuo con bastante facilidad, nos encontramos intervenciones de figuras consagradas internacionalmente junto a otras con una apreciable trayectoria menos conocidas, investigadores y profesores pertenecientes a generaciones con los que la precariedad se está cebando, así como miembros de colectivos laborales cuyas luchas expresan contradicciones fundamentales del orden social vigente y respuestas posibles. De esta forma, siguiendo la introducción a cargo de las tres personas responsables de la iniciativa y una entrevista a Franco Berardi “Bifo”, nos encontramos con textos de Antonio Gómez Villar, Remedios Zafra, Guillermo Fernández Vázquez, Antón Fernández de Rota, Nick Srnicek y Alex Williams, Mark Fisher, Marta Echaves, Marina Vishmidt y María Ruido. Tras estos nombres, se transcriben los encuentros con representantes de trabajadoras sexuales, Kellys, empleados de Amazon, riders y de la SEAT.

La propuesta invita al replanteamiento de muchas cuestiones inscritas en lo que podríamos llamar el sentido común de nuestra época. Por ejemplo, la división entre trabajo material y trabajo inmaterial suele comprenderse, incluso por parte del cognitariado, como a costa de ignorar el factor material de todo trabajo, por invisible que éste sea. Como si se confundiesen proceso y resultado, como si cualquier individuo que trabajo no fuese, antes que nada, un cuerpo. Más aún: un cuerpo entre otros cuerpos, todos ellos sometidos a una vulnerabilidad insuperable, aunque no todos igual de protegidos a acompañados. Por eso, no es un dato menor de la vuelta de tuerca neoliberal la desagregación y atomización extrema desde la que cada individuo debe vérselas con el mundo y problemas que se confinan a lo propio.

No en vano, la experiencia humana del trabajo ha sufrido una transformación particularmente radical durante las últimas cuatro décadas. A la merma de condiciones laborales de carácter más objetivo, como salario, duración de contratos y organización horaria, se ha sumado la intervención neoliberal en la propia subjetividad individual de quienes tienen o aspiran a tener un empleo. Así, el capitalismo tardío ha podido acompasar los cambios en el conjunto de las relaciones laborales con una decidida intervención cultural en pos de la naturalización de un sistema en el que cada cual tiende a autoinculparse por su incapacidad para adaptarse a exigencias imposibles de cumplir. Todo esto, que podemos designar con el nombre de precarización, se ve complementado por la conclusión lógica de que, horadados los vínculos sociales y en un escenario donde lo importante es seguir adelante y sobrevivir –como en una ficción postapocalíptica–, el prójimo es más bien amenaza y competencia que posible ayuda o cuidado mutuo.

A la merma de condiciones laborales de carácter más objetivo, como salario, duración de contratos y organización horaria, se ha sumado la intervención neoliberal en la propia subjetividad individual de quienes tienen o aspiran a tener un empleo.

Este panorama general puede servirnos para transitar por las diversas escenas que plantea el libro. Por una parte, se persigue una suerte de rastro histórico sobre los procesos que nos han conducido hasta la situación presente a partir de preguntarse por la evolución misma de la reflexión teórica sobre el trabajo y la organización obrera en este período. Cómo se conjugan lo viejo y lo nuevo, cómo hacerse cargo de toda este bagaje de un modo útil y esperanzador para el presente, son ejes que atraviesan de modo muy marcado la conversación con Bifo y las contribuciones de Antonio Gómez Villar y Antón Fernández de Rota, pero también los testimonios de los trabajadores de la histórica factoría SEAT de Martorell. Todas estas voces nos recuerdan que las respuestas de las clases populares ante la explotación no cabe darlas por supuestas y que admiten declinaciones muy diversas. Así, por ejemplo, las páginas de Guillermo Fernández Vázquez presentan una reconstrucción histórica y discursiva muy precisa de las estrategias con que la extrema derecha francesa ha crecido politizando de modo reactivo todo ese malestar que relacionamos con lo laboral.

Por su parte, los capítulos de Remedios Zafra y el desaparecido Mark Fisher son reelaboración y reedición respectivamente de capítulos de El entusiasmo y Realismo capitalista. Ambos, se detienen en el análisis de la deriva patológica y sufriente de nuestras respuestas individuales frente a las exigencias insaciables del productivismo capitalista. Para ello, expectativa y culpa son dos ejes clave. Sin duda, la dimensión social del dolor y el malestar  son temas que van atravesando todo el libro. Marta Echaves lo acomete mediante un ensayo en torno a la juventud y el ocio, particularmente el consumo de drogas recreativas, como una especie de reverso de las relaciones laborales en estas últimas décadas. Su interés por las formas de representación de esa realidad y su evolución es afín a la propuesta de María Ruido. En ella, a través de tres fotografías correspondientes a distintos momentos del último medio siglo, da cuenta de múltiples implicaciones de las relaciones entre el sistema salarial y la organización sexual del trabajo operadas en el seno del capitalismo. A su vez, también el capítulo de Marina Vishmidt desarrolla una perspectiva de género en su abordaje de la cuestión, que en este caso se centra en los modos de articulación de una respuesta colectiva. Aquí, la Huelga Internacional de las Mujeres del 8 de marzo como fenómeno feminista global es examinada como ocasión donde la cuestión política del género se entrevera con el conjunto de luchas laborales de nuestra época. La pertinencia de este tipo de articulaciones creo que puede entenderse muy bien en el seminario con el colectivo de trabajadoras sexuales AFEMTRAS y las Kellys.

Sin duda, uno de los factores centrales de la nueva sociedad del postrabajo tiene que ver con la innovación tecnológica. La automatización de tareas ha modificado tanto lo que hacemos como el modo en que lo hacemos, y las relaciones laborales no parecen querer disponerse en trasladar las ventajas productivas de la tecnología a quienes más directamente se relacionan con ellas. Nick Srnicek y Alex Williams plantean la cuestión del temor a la sustitución por robots y distinguen el contexto actual de momentos históricos previos en los que también tuvo lugar la ansiedad ante la automatización. Al hablar sobre el futuro, alertan sobre ciertas mistificaciones ideológicas, pero también sobre los pronósticos precipitados. Cabría interrogarse, más bien, sobre qué tipo de empleo es el que preferimos que nos quiten, cómo reorganizar nuestra carga laboral y desplegar programas como la renta básica universal. Cuestiones de este tipo tienen un correlato visible en toda la constelación de anomalías y abusos que el llamado “capitalismo de plataforma” está produciendo. De ahí también el interés que tiene el relato de los trabajadores de Amazon y la cooperativa de riders La Pájara: no sólo por el testimonio de las injusticias sufridas, sino también de resistencia ante ellas.

Podemos pensar los escenarios del postrabajo como espacios cuya significatividad excede lo meramente laboral y se extiende a ámbitos centrales de la experiencia del sujeto contemporáneo.

En suma, en Working Dead se ofrecen importantes claves para comprender los modos en que se articulan e interrelacionan procesos de subjetivación con otros cambios de índole social, cultural y tecnológica relativos al trabajo. Lejos de tentaciones de atomización o ilusiones de reducción, el conjunto de intervenciones permite abordar la complejidad de estos escenarios más allá de la economía política. De alguna manera, se trataría no sólo de comprender los efectos, modalidades, razones y discursos legitimadores de una serie de transformaciones profundas en nuestras formas de producción económica. Lo que se nos muestra aquí es la necesidad de comprender todo esto en lo que va más allá de la producción económica, justo cuando la vida parece confinarse en los criterios de maximización del beneficio. En otras palabras, podemos pensar los escenarios del postrabajo como espacios cuya significatividad excede lo meramente laboral y se extiende a ámbitos centrales de la experiencia del sujeto contemporáneo, cuya comprensión, a la postre, resulta fundamental para cualquier política en clave emancipadora.

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La escritura silenciosa de las mujeres. Reseña de “Anónimas” de Raquel Presumido http://latrivial.org/la-escritura-silenciosa-de-las-mujeres-resena-de-anonimas-de-raquel-presumido/ http://latrivial.org/la-escritura-silenciosa-de-las-mujeres-resena-de-anonimas-de-raquel-presumido/#respond Tue, 15 Dec 2020 10:47:50 +0000 http://latrivial.org/?p=8628

Por Iván Álvarez (@Petrovich_OVD)

Anónimas. La escritura silenciosa de las mujeres es el primer libro publicado por Raquel Presumido, comunicadora audiovisual, guionista y militante feminista asturiana. Publicado por la editorial independiente ANTIPERSONA, y prologado por la escritora Silvia Nanclares, estamos ante una obra que, en apenas 100 páginas, nos presenta cuatro figuras destacadas: la mujer eclipsada por el genio literario masculino, la secretaria cosificada, la autora anónima y la autora censurada. La obra pone el foco de interés en las desconocidas, las autoras ocultas y las mujeres que quedan en los márgenes de un marco sociocultural androcéntrico y un canon literario eminentemente masculino. La denuncia y la reivindicación se integran en este ensayo corto pero a la vez extensivo, dada la cantidad de cuestiones que aborda.

La obra pone el foco de interés en las desconocidas, las autoras ocultas y las mujeres que quedan en los márgenes de un marco sociocultural androcéntrico y un canon literario eminentemente masculino.

A lo largo de la obra discurre el hilo fundamental de la importancia de la representación, no solo cuantitativa, sino también cualitativa, de las mujeres en el cine, la literatura y la educación. La autora nos recuerda que «esta representación es decisiva a la hora de formar los comportamientos de las mujeres, que se han visto abocadas a cumplir con los estereotipos de género que se les ha impuesto para no ser marginadas». Estereotipos en el cine, en la literatura, en las series o en el imaginario popular. Se nos presentan ejemplos claros, como el de las secretarias, convertidas en objeto de deseo sexual y cosificadas como mera decoración de oficina. Figuras profesionales de gran relevancia que, sin embargo, continúan subestimadas e infravaloradas. Se nos recuerda, aprovechando la ocasión, que no es en absoluto difícil hoy día encontrar ofertas de empleo dirigidas a trabajadoras que deben cumplir con ciertos requisitos, como tener «buena presencia». Representación también analizada en las series y el cine, donde las mujeres a menudo aparecen como complemento o fastidio para los protagonistas varones: la suegra, la novia, la vecina cotilla, la bruja, la madre cargante o la chica trofeo del protagonista.

Pero el núcleo del libro se encuentra en la escritura. Como decíamos inicialmente, la autora nos presenta la historia de las mujeres eclipsadas por un genio reconocible. Mujeres casadas y ligadas a los grandes literatos, como Juan Ramón Jiménez o Lev Tolstói; mujeres para las que «la etiqueta de “musa” se queda tremendamente corta», pues ejercían como secretarias, correctoras o traductoras para los hombres con los que convivían. Mujeres cuyo drama no es solo vivir relegadas a ese papel, sino también la renuncia a desarrollar el propio talento o una vida más satisfactoria en pos de sostener, a veces económicamente, al genio masculino que acaba ocupando los libros de historia y los hitos de la Literatura Universal. Raquel Presumido no solo nos muestra a la figura, nos da nombres y apellidos. Las vidas de Sofía Behrs, Zenobia Camprubí o Vera Slónim son recuperadas para quien lee, y sintetizadas en un esfuerzo en absoluto sencillo, lo que también da mérito al texto.

Mujeres cuyo drama es también la renuncia a desarrollar el propio talento o una vida más satisfactoria en pos de sostener, a veces económicamente, al genio masculino que acaba ocupando los libros de historia y los hitos de la Literatura Universal.

Son también recuperadas las vidas de aquellas mujeres que, en un contexto intelectual aún más androcéntrico que el actual, debían escribir bajo seudónimo u ocultando su nombre completo. Desde el anonimato escribieron Aurore Dupin, Concepción Arenal, Louisa May Alcott o, por decir un caso más reciente, Joanne Rowling. Centenares de mujeres que fueron objeto del sempiterno «desprecio hacia las cualidades intelectuales en la mujer y la consideración de que no tenía nada interesante que contar». El capítulo final estaría dedicado a las María Lejárraga, Sidonie-Gabrielle Colette, Violette Leduc o Sylvia Plath, ejemplos de mujeres «amordazadas», censuradas u obligadas a abandonar la escritura, cuyos méritos durante largo tiempo en ocasiones se atribuyeron a sus maridos y amantes.

Como veníamos diciendo, la obra manifiesta una denuncia, y nos brinda una breve exposición de las causas que edifican la situación recusada; a saber, causas históricas, económicas y culturales. Pero también tiene su lado reivindicativo; Anónimas es un libro feminista para alimentar e instruir una conciencia feminista, podría decirse inspirador, donde se pone nombre y apellido a mujeres desconocidas, a la par que se reflotan otras más reconocibles, pero contextualizándolas en un entorno intelectual y social cuanto menos escabroso para ellas.

La obra de Raquel Presumido es una excelente invitación a conocer a esa mitad de la humanidad que, como en otros ámbitos, está invisibilizada y silenciada.

La principal nota negativa, quizás la única reseñable para este libro, es su brevedad y la poca profundidad a la hora de abordar ciertas cuestiones. Algunos capítulos se cierran antes de empezar siquiera a saborearlos. Sea como sea, la obra de Raquel Presumido es una buena aproximación a todas las cuestiones que aborda, una excelente invitación a conocer a esa mitad de la humanidad que, como en otros ámbitos, está invisibilizada y silenciada. Una pequeña joya en el maremágnum editorial, lean Anónimas. La escritura silenciosa de las mujeres.

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Repensar la identidad. Reseña de “Las mentiras que nos unen” de K. A. Appiah http://latrivial.org/repensar-la-identidad-resena-de-las-mentiras-que-nos-unen-de-k-a-appiah/ http://latrivial.org/repensar-la-identidad-resena-de-las-mentiras-que-nos-unen-de-k-a-appiah/#respond Mon, 10 Aug 2020 08:30:30 +0000 http://latrivial.org/?p=8454

César Alonso Porras (@Chedar92)

En pleno ecuador de mis estudios de Grado (quizás demasiado tarde), Almudena fue de las primeras personas que me hizo plantearme seriamente la relación que existe entre nuestros pequeños hábitos cotidianos y nuestras posiciones y roles sociales. ¿Su manera de hacerlo? Sugerentemente, como profesora que era en ese momento, se refería al conjunto de la clase con un “todas”, en vez de “todos”. El mero cambio de una vocal producía un efecto singular; algunas se irritaban por la injuria a nuestras costumbres lingüísticas, otras se veían identificadas en tal gesto político, y a mí, en particular, me produjo una grata curiosidad saber de qué trataba este asunto que estaba a punto de marcar mi futuro como estudiante. El asunto en sí, en abstracto, no tenía que ver sólo con el género: era la puerta hacia el mundo de las identidades. Como muchos otros hombres blancos que nacen en la periferia madrileña, mi forma de aproximarme a la identidad tenía más que ver con el equipo de fútbol al que me adhiriese que con mi género, mi cultura o mis creencias religiosas. Estas últimas cuestiones funcionaban en mí como parte de un conjunto de verdades psicológicas (Appiah). A día de hoy, no tengo duda alguna de que estas verdades, categorías o etiquetas toman el nombre de identidades y que su funcionamiento (tanto psicológico como social), tan naturalizado en nuestra vida cotidiana y en nuestro sentido común, vuelve mucho más compleja la tarea de hablar de lo político.

Kwame Anthony Appiah, en Las mentiras que nos unen, propone una sencilla pero elegante “teoría de la identidad” justificada a partir de tres descubrimientos académicos. Primero, y a partir de la sociología de Pierre Bourdieu, Appiah considera que las identidades no son solo las expresiones reflexivas de nuestras filiaciones políticas o estéticas. La identidad, en palabras del autor, tiene que ver con “el modo en que usamos nuestro cuerpo”. Los hábitos, ya sea el acento, nuestra expresión o hexis corporal, el vocabulario con el que nos expresamos tanto en público como en privado… importan y mucho, si lo que queremos es hablar de identidades. El acento que uno hereda de su cultura, país o clase social es una especie de marcador o identificador que le permite a uno moverse mejor o peor en nuevos contextos sociales, el gusto estético (ya sea en el ámbito de la moda, la gastronomía o la música) que uno tenga suele ser, en algunas ocasiones, un filtro importante para generar lazos o antagonismos. Pero, ¿por qué es esto importante? Cada uno de los capítulos de este libro trabaja sobre una identidad concreta: la creencia, el género, la nación, la raza, la clase y la cultura. Pues bien, gran parte del éxito de este corto trabajo es mostrar de una manera elocuente que cada una de estas formas de identificarse lleva siempre consigo una serie de códigos que no son solo dogmáticos sino que también son ingenuos y banales, recogidos y expresados en nuestros hábitos. Yo nunca me había planteado que mi masculinidad se expresa a partir de mis andares, de mi tono de voz y las palabras con las que me expreso. Tampoco me había planteado (y esto ha sido hace muy poco tiempo) que, aún siendo ateo por elección, sigo siendo igual de católico que gran parte de mi familia al compartir con ellos un código ético y moral que guía y estructura muchas de mis decisiones cotidianas. El hecho de jugar al baloncesto en las pistas del barrio con los dominicanos, acentuaba, pese a nuestra buena relación y fraternidad, que éramos dos grupos representados perfectamente en dos equipos: dominicanos y “nosotros”.

Cada uno de los capítulos trabaja sobre una identidad concreta: la creencia, el género, la nación, la raza, la clase y la cultura. Cada una de estas formas de identificarse lleva siempre consigo una serie de códigos que no son solo dogmáticos sino también ingenuos y banales.

Y este “nosotros” es fundamental para entender la segunda de las verdades que guían la narrativa de Appiah: que las identidades son las mentiras que nos unen, y paradójicamente, esta unión se realiza gracias a la distinción. Distinción entre un nosotros y un ellos, dentro y fuera, bueno y malo, etcétera. Este “sentimiento de tribu” es fundamental, es una cuasi verdad antropológica, parece inevitable en sus rasgos más negativos, pero a la vez, es esencialmente humano. En mi último año de universidad, como parte de ese camino que tomé en relación a mis estudios, elegí por recomendación de Almudena la asignatura “Identidad y territorio”. Creo que fue en ambas asignaturas donde nuestro sentimiento de tribu salió más a la luz, se reveló como algo parecido a la fuerza de la gravedad: la clase se dividió en dos partes desde la primera sesión, la izquierda del aula y la derecha del aula. Sin conocerse apenas, los que hasta ese momento formaban parte del grupo de tarde se sentaron en el ala izquierda. Nosotros hicimos lo propio sentándonos a la derecha. Pero también se reprodujeron otros agrupamientos. Recuerdo que en la segunda sesión también decidimos aplicar un filtro ideológico para esta división del aula. Lo que podemos llamar el eje ideológico izquierdas-derechas, que implicaba posicionamientos políticos y morales en relación a la clase, el género, la nación o la cultura, reprodujo aún más nuestro comportamiento tribal. Y eso que se trataba de una clase que precisamente se debía dedicar al estudio (crítico) de las identidades. Y es que justamente este tipo de comportamientos paradójicos son los que hacen atractivo, diría bello, el mundo y el estudio de las identidades. Aceptar que nuestro comportamiento distintivo es el centro de las paradojas que plantea el estudio de las identidades es altamente frustrante y estimulante a partes iguales. Porque en pleno siglo XXI quizás tratamos de juntarnos con gente a partir de nuestras similitudes de una manera positiva, es decir, identificamos en otras personas una serie de valores que nos parecen buenos para poder desarrollar una vida en común. Pero, y aquí la parte de frustración, también construimos estas relaciones a partir de la diferencia, que podemos identificar en lugares como el color de la piel, la vestimenta, las creencias religiosas e incluso en descubrimientos de carácter científico.

De hecho, a partir del siglo XIX, el cientificismo ha sido un gran aliado del carácter naturalizador de las identidades (aunque últimamente solo aparezca en la crítica del marxismo ortodoxo). Uno de las cosas que más me gustan de Appiah es que, gracias a su narrativa histórica, es capaz de convencerte de que los términos y las identidades no siempre han sido como las pensamos y como funcionan en la actualidad: las cosas cambian, tanto en significado como en su funcionamiento dentro de los grupos. El esencialismo de las identidades (nuestra tercera verdad psicológica), es un modo de justificar el carácter ahistórico de nuestras ideas, es decir, de convencernos de que las cosas no cambian, que siempre han sido así. María, profesora de mi asignatura de “Identidad y territorio”, sacó la varita mágica y dibujó en la pizarra un eje, esencialismo-constructivismo, que vendría a representar el espectro académico sobre el que íbamos a trabajar en ese curso. En contraposición al constructivismo, que explica la realidad social a partir de su carácter dinámico y cambiante, el esencialismo asocia a algunas ideas y categorías una especie de naturaleza verdadera, algo interno e inamovible. Pero el estilo de Appiah no se caracteriza por ser parcial explicativamente; creo que la sociología de Bourdieu en la que se apoya el autor tiene un remanente materialista que complica la empresa constructivista. Por ello, y lejos de comenzar un debate entre una u otra perspectiva, Appiah aborda la cuestión del esencialismo de las identidades no solo desmintiendo viejos mitos e ideas. Su principal cometido es trazar genealogías que muestran cómo la raza, la nación, la cultura occidental… se han construido y justificado históricamente a partir de ciertas “esencias” naturales. Por ejemplo, en el capítulo dedicado a la Cultura, es capaz de trazar una genealogía entre cristianismo, europeísmo y occidentalismo. Lo que permite identificar a una persona como Occidental radica en los valores de la igualdad y libertad, esencia del ideal democrático. Pero, sin embargo, esta asociación de ideas contemporánea tuvo sus predecesores históricos: la identidad moderna de europeidad cuya esencia (de corte hegeliana) era la herencia cultural y artística de las sociedades griegas y romanas y la identidad medieval cristiana, que surgió del conflicto político con aquellos que vivían en el “hogar del islam”, antes que por similitud en costumbres, lengua y tradiciones entre los diferentes Estados de la Europa del medievo.

El esencialismo de las identidades es un modo de justificar el carácter ahistórico de nuestras ideas, es decir, de convencernos de que las cosas no cambian, que siempre han sido así.

Esencia, habitus y distinción, son las tres herramientas que nos ofrece Appiah para hablar de las identidades. La elegancia del modo en que él aborda la causa quizás la encontremos en tres aspectos. El primero es que las tres herramientas funcionan a la perfección para comprender cada una de las categorías del libro. Desde el género a la nación o la distinción racial, cada una expresa sus formas de esencialismo, su hexis corporal, o su constitución antagónica. En segundo lugar, encontraríamos su exposición histórica y causal. Más que centrarse en dinamitar otras posturas teóricas y políticas, Appiah las encaja en el proceso que llamamos historia y con ello, las esencias se diluyen por sí mismas, los habitus se revelan y las distinciones se vuelven comprensibles. Pero sobre todo hay un elemento, y este es el tercer aspecto, que le da a este libro un toque mágico. Appiah aborda cada una de las identidades a partir de biografías individuales. El autor nos presenta cada una de estas categorías o identidades desde la cercanía y realidad de la vida y la historia de personas: desde su familia (un mix curioso de ghaneses e ingleses), a Svevo, un cosmopolita singular y sin lugar (más que en las calles de su barrio y ciudad natal, Trieste) en la Europa nacionalista de finales del XIX y principios del XX, o Amo, un niño que, gracias a la empresa ilustrada, fue partícipe (sin voz ni voto) de un experimento para demostrar que los negros también podían estudiar filosofía y gozar de los mismos derechos que un europeo blanco. Es este detalle, la narrativa a través de casos biográficos, el que ofrece argumentos para pensar una identidad que parece importante para el siglo XXI: la humanidad. La empatía que despiertan las personas a través de sus historias, genera algo que trasciende otras formas de identificación y no por ello hay que acabar con éstas otras. Reconocernos como humanos y encontrar valores e ideales que nos unan como tales puede ser una manera coherente de seguir siendo hombres, judíos, ingleses, occidentales, lesbianas o Ashanti: “soy humano, nada de lo humano me es extraño”. Quizás, necesitemos una mentira (más grande aún) que nos una. Quizás la tribu, a estas alturas, se nos haya quedado pequeña.

Referencias

Appiah, K. A. Las mentiras que nos unen. Barcelona: Penguin Random House, 2019. ISBN 978-84-306-2226-9.

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Una economía política del populismo. Reseña de “For the People” de Jorge Tamames http://latrivial.org/una-economia-politica-del-populismo-resena-de-for-the-people-de-jorge-tamames/ http://latrivial.org/una-economia-politica-del-populismo-resena-de-for-the-people-de-jorge-tamames/#respond Sun, 02 Aug 2020 16:55:10 +0000 http://latrivial.org/?p=8401

David Sánchez Piñeiro (@sanchezp_david)

Es conocida la anécdota de un juez del Tribunal Supremo de Justicia de los Estados Unidos que, refiriéndose al porno, dijo que aunque sea difícil definirlo todo el mundo lo reconoce cuando lo tiene delante. Según Jorge Tamames, doctorando en el University College de Dublín y jefe de redacción de la revista Política Exterior, algo similar ocurre con el populismo, que lleva siendo durante los últimos cincuenta años “una fuente permanente de angustia en los círculos académicos”, cuyos análisis sobre el populismo combinan habitualmente la “falta de claridad” con una indisimulada “hostilidad normativa”. En cualquier caso, su libro For the People (Lawrence & Wishart, 2020) no pretende ser una tesis académica (ni tampoco un mero artefacto de intervención política), sino más bien “un intento de ofrecer pistas a los teóricos y practicantes del populismo de izquierdas y a cualquiera que esté interesado en la situación actual de la política progresista”.

En el libro de diálogos Construir pueblo (Icaria, 2015), una de las cuestiones en disputa entre Íñigo Errejón y Chantal Mouffe, autora del prólogo del libro de Tamames, era la categoría de “populismo de izquierdas”. Mientras que Mouffe apostaba por reapropiarse de su significado -hasta el punto de que su último libro lleva por título For a Left Populism (Verso, 2018)-, Errejón era más partidario de evitar su utilización política (que no teórica o intelectual) por dos razones: por un lado, porque “populismo” es un término que “el uso mediático ha convertido en maldito”; por otro, porque no deja de ser una forma de reintroducir el eje tradicional izquierda-derecha que la hipótesis nacional-popular pretende superar. Tamames no entra a debatir esta cuestión, asume la categoría “populismo de izquierdas” y la aplica a Podemos en España y a Bernie Sanders en Estados Unidos, que son los dos objetos principales de su análisis. Él mismo explica el por qué de esta definición:

Me refiero a Podemos y al movimiento de Sanders como “populistas de izquierdas” porque su agenda, a pesar de ser más ambiciosa que la de los partidos de centro-izquierda contemporáneos, es pese a todo reformista y no muy diferente de la de los partidos europeos socialdemócratas de principios de los 70. Siguiendo a Mouffe, veo la “socialdemocracia radical” como una forma adecuada de describir su orientación, a pesar de que el comportamiento de los partidos socialdemócratas actualmente existentes pueda hacer que el término parezca un oxímoron.

Polanyi feat Laclau

La principal originalidad teórica del libro de Tamames consiste en su voluntad de desarrollar una “economía política” del populismo, es decir, combinar y mostrar la conexión entre el concepto de “doble movimiento” teorizado por Karl Polanyi y la teoría del populismo de Ernesto Laclau. Polanyi acuñó el término “doble movimiento” para referise a la interacción que viene produciéndose al menos desde el siglo XIX entre los mercados y la sociedad. De acuerdo con su teoría, los sucesivos avances de la financiarización y de las dinámicas mercantilizadoras, producen (o al menos crean las condiciones para) un contramovimiento a través del cual la sociedad se defiende de un mercado que no es capaz de regular o garantizar de manera satisfactoria una serie de necesidades sociales básicas. En este sentido, las protestas de 2011, que fueron consecuencia de la crisis financiera de 2008 y tuvieron dos de sus epicentros en España con el 15M y en Estados Unidos con Occupy Wall Street, son interpretadas por Tamames como “ejemplos de manual de un contramovimiento polanyiano”. Las consecuencias de este segundo movimiento descrito por Polanyi, sin embargo, están abiertas y no son necesariamente emancipatorias, ya que “el fascismo tanto como el socialismo tienen sus raíces en sociedades de mercado que han dejado de funcionar”. 

La principal originalidad teórica del libro consiste en su voluntad de desarrollar una “economía política” del populismo, es decir, mostrar la conexión entre el concepto de “doble movimiento” teorizado por Karl Polanyi y la teoría del populismo de Ernesto Laclau.

El populismo no es para Tamames un fenómeno de corto plazo, sino que refleja una respuesta social más profunda a las desigualdades económicas y a las políticas de austeridad, que tienen su origen en la década de los 70. Laclau teorizó el populismo como una lógica política que establece una frontera adversarial entre el pueblo y las élites políticas y económicas. Según Tamames, esta definición ofrece precisamente “alternativas atractivas a los procesos y las políticas que han conducido a la desigualdad económica, la inestabilidad política y el crecimiento de la derecha radical”. Es aquí donde se produce la convergencia entre la hipótesis populista laclausiana y el doble movimiento polanyiano.

El populismo se parece más a un terremoto que a un tornado

La tesis principal de For the People es que a pesar de que el populismo haya surgido recientemente en España y en Estados Unidos su origen se remonta varias décadas atrás. Tamames analiza algunas de las principales reflexiones académicas sobre el populismo, realizadas por autores como Cass Mudde, Jan-Werner Müller, Yascha Mounk o Levitsky & Ziblatt, y llega a la conclusión de que, más allá de sus diferencias, todas ellas comparten una visión general del populismo como una patología o un simple producto de la demagogia, que “sale de la nada y con suerte desaparecerá dentro de unos pocos años”. Siguiendo las categorías meteorológicas acuñadas por Paul Pierson en su libro Politics in Time, el populismo sería para estos autores un fenómeno comparable a un tornado, que tiene tanto causas inmediatas como resultados inmediatos. Frente a esta visión, Tamames propone entender el populismo utilizando la metáfora del terremoto, que también tiene un efecto inmediato pero cuyo origen está relacionado con movimientos de grandes placas tectónicas prolongados en el tiempo. Las políticas neoliberales implementadas en los países occidentales durante las últimas cuatro décadas representarían estos desplazamientos tectónicos dentro de cuyas grietas ha terminado produciéndose el terremoto populista.

Los capítulos 4 (‘From Consensus to Crisis: Spain, 1978-2013’) y 5 (‘From New Deal to No Deal: America, 1977-2014’) están dedicados a analizar la implementación y el desarrollo del neoliberalismo -una “ideología con alcance global pero empuje local”, según Cornel Ban- en los dos países que son objeto de estudio del libro. En el caso de España, Tamames utiliza el concepto de neoliberalismo “integrado” (embedded) o “compensatorio” para referirse al modelo macroeconómico construido desde la Transición que se caracterizó por incorporar medidas sociales y de bienestar para “compensar a la ciudadanía por los efectos dislocadores del mercado”. La firma del Tratado de Maastricht en 1992 perfiló la austeridad como única respuesta posible frente a cualquier recesión económica y la crisis de 2008 puso en evidencia algunos problemas de la economía española que se habían empezado a gestar en los años 80 y se agravaron con la gestión austeritaria de la misma. 

Tamames utiliza el concepto de neoliberalismo “integrado” para referirse al modelo macroeconómico construido desde la Transición que se caracterizó por incorporar medidas sociales para “compensar los efectos dislocadores del mercado”.

La UE, como no podía ser de otra manera, tuvo un rol fundamental a la hora de condicionar la política económica de España durante este periodo. De acuerdo con el análisis de Wolfgang Streeck, la UE “ha experimentado una involución desde un liberalismo integrado y la producción de planes sociales de largo alcance hacia una visión del mundo mucho menos ambiciosa y adaptada a los términos del mercado”. En cualquier caso, Tamames señala que condenar a la UE por ser naturalmente defectuosa y haber contribuido a consolidar el neoliberalismo sería equivalente a demandar el desmantelamiento de los Estados-nación, que al fin y al cabo han realizado la misma función desde los años 70. También sostiene que la izquierda debería defender el proyecto de integración europeo y tratar de reconducir su rumbo neoliberal. Según Pablo Bustinduy (con quien Tamames trabajó en la Secretaría de Internacional de Podemos), el acuerdo alcanzado en el último Consejo Europeo sobre el fondo de reconstrucción post-pandemia expresa precisamente “una transformación objetiva, una extensión de la capacidad política sobre el mercado” y “una ampliación del campo de batalla”.

En el caso de Estados Unidos, Tamames explica que su versión del neoliberalismo ha generado durante las últimas décadas incluso más desigualdad y ha requerido mayores niveles de coerción estatal para ser implementada. A diferencia de España u otros países europeos, los ciudadanos estadounidenses se vieron obligados a encarar la última crisis sin contar con un Estado del bienestar que pudiese absorber al menos una parte del shock económico generado por la misma. Tamames traza una genealogía del neoliberalismo estadounidense que se origina incluso antes de la llegada al poder de Reagan y que mantiene su hegemonía al menos hasta el mandato de Obama, cuya administración Tamames define como “hipocrática” por haberse centrado en evitar daños mayores y en alcanzar a toda costa consensos con la oposición antes que en “presentar una visión alternativa, más inspiradora de la sociedad” (un rumbo desaconsejable y poco transformador con el que, por otra parte, está coqueteando peligrosamente el gobierno de Pedro Sánchez en España).

Entre la Escila del consensualismo y el Caribdis del antagonismo

Tamames dedica los tres últimos capítulos a evaluar las experiencias recientes de populismo de izquierdas en Estados Unidos y en España, protagonizadas por Bernie Sanders y Podemos. En su análisis de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, identifica a cada uno de los candidatos con tres formas diferentes de entender la política, tal y como fueron definidas por Mouffe. En primer lugar, Hillary Clinton representa la posición consensualista, no tanto porque se negara a promover divisiones artificiales donde antes había amistad y entendimiento, reproduciendo así la retórica que muchos liberales gustan de regalarse a sí mismos, sino porque optó por “ocultar la existencia de divisiones sociales profundas, en lugar de canalizarlas en una dirección progresista”. En segundo lugar, Donald Trump, un populista de derechas que entiende la política como una lucha antagónica violenta y excluyente, que “representa una amenaza para las libertades civiles y el pluralismo y en última instancia es incompatible con la democracia pluralista”. En tercer lugar, Bernie Sanders, que más allá del antagonismo violento de Trump y del consensualismo sin conflicto de Clinton, buscaba “canalizar la rabia popular hacia políticas progresistas y democráticas”. Tamames insiste en la idea de que “el populismo radical de derechas supone una amenaza para el pluralismo y las libertades civiles, pero el populismo de izquierdas ha surgido como respuesta a un orden neoliberal que fragmenta y desempodera a una mayoría de ciudadanos”. 

Tamames insiste en la idea de que “el populismo radical de derechas supone una amenaza para el pluralismo y las libertades civiles, pero el populismo de izquierdas ha surgido como respuesta a un orden neoliberal que desempodera a una mayoría de ciudadanos”. 

A pesar de los dos “fracasos” consecutivos de 2016 y 2020 en los que Sanders no consiguió la nominación presidencial en las primarias demócratas, Tamames resalta positivamente su capacidad para involucrar de forma militante a muchísimas personas en su movimiento y construir estructuras organizativas relativamente sólidas con capacidad para perdurar y afianzarse más allá de los ciclos electorales y los apoyos populares (masivos pero volátiles) asociados a ellos.

La carencia de un músculo organizativo y militante comparable al de Sanders en Estados Unidos es, según Tamames, uno de los problemas más destacables de Podemos, un partido que en la actualidad cuenta con un modelo “altamente mediatizado, con un pequeño liderazgo que puentea a los miembros y estructuras intermedias y con vínculos orgánicos débiles con otros actores sociales o institucionales”. Más allá de lo anterior, Tamames dibuja un retrato rico en matices de la trayectoria reciente de Podemos (que él mismo vivió en parte desde dentro como miembro del partido) e identifica una serie de causas de su declive, que tienen que ver con errores cometidos tras las elecciones de 2015, cambios bruscos de estrategia discursiva, incapacidad para manejar el disenso interno o la crisis catalana de 2017, entre otras.

La conclusión final del libro es que hay razones para un “optimismo prudente”. El  neoliberalismo está debilitado desde la crisis de 2008 y ni los liberales ni los socialdemócratas de centro-izquierda están dispuestos a ser el motor que impulse el cambio de paradigma económico y ecológico que nuestras sociedades necesitan. Como señala Mouffe en el prólogo del libro, una cosa es aceptar que el populismo de izquierdas no ha cumplido los (ambiciosos) objetivos que se había propuesto y otra muy diferente anunciar su muerte prematura. Al fin y al cabo, los defensores del populismo de izquierdas deben “aceptar e integrar en su estrategia” que, como dijo Max Weber: “la política es un enérgico y lento perforar de duras tablas”.

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Poner el cuerpo. Reseña de “A la conquista del cuerpo equivocado” de Miquel Missé http://latrivial.org/poner-el-cuerpo-resena-de-a-la-conquista-del-cuerpo-equivocado-de-miquel-misse/ http://latrivial.org/poner-el-cuerpo-resena-de-a-la-conquista-del-cuerpo-equivocado-de-miquel-misse/#respond Fri, 10 Jul 2020 09:29:38 +0000 http://latrivial.org/?p=8260

Merlina del Giudice (@Mdlgiudice)

‘‘Nos sentaríamos alrededor de la mesa y charlaríamos de achaques, de enfermedades, de nuestros pies, de nuestras espaldas, de las diferentes clases de travesuras que nuestros cuerpos – como criaturas ingobernables – son capaces de cometer’’

Margaret Atwood, El cuento de la criada

Nota de la autora: Acostumbro a escribir utilizando lenguaje inclusivo pero no suelo utilizar símbolos como el @ o la x. Por ello veo la necesidad de aclarar que en el siguiente texto, como forma de respeto al libro reseñado y al activismo trans, utilizaré símbolos para las expresiones que sea necesario, entendiendo además que el lenguaje es también una forma de expresión política.

De pequeña quería ser un niño. No había una reflexión profunda tras ese anhelo, ni siquiera era algo que me produjera malestar, solo era una idea loca, ya que yo sentía que de algún modo los niños se lo pasaban mejor, eran más libres y estaban mejor. Un día se lo comente a mis dos mejores amigos y ellos, en esa inocencia de los nueve años que compartíamos todxs, como se acercaba mi cumpleaños me dijeron en broma que entonces me regalarían un pene de plástico. Nunca olvidaré lo que sentí en aquel momento, porque yo no había asociado nunca ser niño con tener pene, quería ser un niño porque me gustaban las cosas que se suponían de niños y porque sentía que ellos lo tenían más fácil para hacerlas. Siempre fui una chica muy masculina; lo curioso, y lo que ha encajado en mi cabeza después de leer A la conquista del cuerpo equivocado (Egales, 2018) de Miquel Missé, es que el ser una “marimacho” (como me describía a mi misma con orgullo) duró hasta que empecé a querer gustarle a los chicos. 

Missé nos escribe desde su experiencia como persona y activista trans y a lo largo del libro recorremos junto a él la aventura de rescatar un cuerpo robado. Si antes el sexo era poco más que una categoría estética, más allá de los fines reproductivos, hay un momento en el cual el desarrollo de la biología y demás ciencias que sirven para cuantificar y medir con exactitud se ponen al servicio de determinar qué sería el sexo verdadero. Así, cuando nacemos se nos asigna un sexo -incluso si somos intersex- y se nos hace adoptar el género que le corresponde. 

Si algo falla en esta identificación, si no nos sentimos representadxs por ese género asignado y la expresión de este que se espera de nosotrxs, es muy probable que se acabe sufriendo un robo del cuerpo, debido a que el discurso más extendido en este momento sobre cómo aliviar el malestar que sufren las personas transexuales implica una alienación con el propio cuerpo. 

En primer lugar, Missé critica que el camino por el que se te empuja de manera urgente es el de deshacerte y transformar aquel cuerpo equivocado, un relato individualista que sitúa el problema en ti, en tu cuerpo que es defectuoso. Con esto no crítica a aquellas personas que han decidido operarse u hormonarse (algo totalmente legítimo y para lo cual han de recibir todo el apoyo social que sea posible), sino a aquellos discursos que lo plantean como única posibilidad de alivio. 

El discurso médico y el jurídico imponen un modus operandi similar al que se les imponía a loslocos” antaño: se exige una confesión que no implica un paso del no saber al saber, ni para el sujeto ni para el otro [1]. Me explico: para poder acceder a una operación o a hormonas es necesario demostrar que se sufre disforia de género. Se pide a esas personas que tengan la experiencia, como verdad, de que tienen el cuerpo equivocado. No pueden, por ejemplo, admitir tener una vida sexual plena y saludable. 

Para poder acceder a una operación o a hormonas es necesario demostrar que se sufre disforia de género. Se pide a esas personas que tengan la experiencia de que tienen el cuerpo equivocado.

Al confesar te comprometes con una verdad acerca de ti mismx, ahí se pierde algo, por que te están pidiendo que renuncies a aquello que no sea del orden de lo binario. El coste a pagar, ese goce y síntoma perdidos, es lo que Missé al final puede volver a sintomatizar. 

Denuncia que la única forma que tienen las personas transexuales de interpretarse a sí mismas es a través del discurso médico y jurídico, y estos a su vez sostienen el campo del Otro fálico, es decir, sostienen lo binario como única posibilidad de ser en el cuerpo. Esto quizás no sería tan problemático si el proceso de la operación u hormonación aliviaran de verdad el malestar de esas personas. El problema es que, según nos cuenta el autor, esto no pasa. Y es que nunca será posible entrar completamente en el rígido molde de hombre o mujer cis, ya que incluso para aquellas personas que se consideran cisgénero es complicado. Esta imposibilidad -que se nos dice que es culpa de unx mismx porque es un problema individual- genera mucha frustración. 

Además, si la única solución aceptable cuando te sientes disconforme con el género asignado es una transformación completa para pasar a ser del otro género, y (importante) que no se te note, se impone la necesidad de eliminar todo aquello que sea de textura subjetiva, esto es, las dudas y los malestares.

En este pasar a ser mujer u hombre encontramos algo de la negación del síntoma [2]: tienes un cuerpo, este te molesta y lo niegas con la operación (algo similar a lo que pasa cuando alguien tiene depresión y para solucionarlo tan solo se le dan pastillas). Cuando se busca eliminar la palabra trans o decimos que el cuerpo está equivocado estamos intentando borrar el síntoma de forma simbólica. Y eso es un error, porque el cuerpo es el lugar en el que se expresa, pero no es la fuente del malestar trans. 

Lo que Missé realiza, en contraposición, es una re-subjetivación de ese cuerpo que era otro. Propone un relato alternativo que permita a las personas trans – y a todas en realidad – pensar y vivir de forma más relajada su identidad, sin la prisa que supone tener que encajar rápidamente en alguno de los dos moldes. Este nuevo relato es decisivo para poder hacer frente al discurso clásico binarista y para crear nuevos imaginarios para la comunidad. 

Con todo, el libro no gira en torno a la demanda de la abolición de las categorías de género de manera tajante, como hacen otrxs autorxs por todas conocidos, sino que aboga por una relativización, es decir, que pierdan importancia. Así la categoría de género encontraría el mismo destino que la del estado civil (casada, viuda…) o la de la raza, categorías que en su momento eran clave para nuestras relaciones en sociedad, llegando incluso a figurar en el DNI, y a las que hoy en día damos apenas importancia.  

El libro no gira en torno a la demanda de la abolición de las categorías de género de manera tajante, sino que aboga por una relativización, es decir, que pierdan importancia.

El recorrido aquí rápidamente esbozado es trazado por el autor a lo largo del libro, aportando desde la experiencia argumentos e historias sobre los que sostiene su tesis. Visibilizando constantemente las redes de conocimiento que le han llevado a estas reflexiones, realizando un recorrido por su historia militante (algo clave para toda buena teoría o crítica) y con una gran capacidad comunicativa consigue que en ningún momento se pierda el hilo de las reflexiones. Sin duda, un libro recomendado para todas aquellas personas que quieran introducirse de lleno en los debates más actuales sobre lo trans y el cuerpo y para aquellas que ya están dentro de ellos y quieran reflexionar desde la calma. 

Missé desde lo cis

A lo largo de la lectura el autor propone pensar la cuestión trans desde un marco más amplio, entendiendo que las normas rígidas de género nos provocan malestar a todxs, e interpelando así a las personas cis. Por ello me resultaba interesante añadir, pasada una breve reseña sobre el libro, un momento de reflexión desde esta posición. 

Como señala Missé, la norma es fracasar en el cumplimiento de las normas de género ya que todo intento de capturar al cuerpo en la representación es inútil, debido a que hay una grieta constitutiva y el cuerpo se erige como frontera.  Esto no solo hace referencia a las personas trans, para todas lo normal es fracasar. Como ejemplo, ahora con la crisis de la masculinidad es normal oír aquello de ya no saber cómo ser hombre. Si no se sabe cómo ser hombre es porque el ideal de hombre ha sido puesto en duda por el feminismo y ese no saber en el que nos encontramos ahora da la posibilidad de poner en duda la rigidez de ciertas categorías. La verdad es que siempre hemos vivido en tensión con ellas, pero ahora podemos problematizar desde lo común, y en eso la lucha trans desde lo crítico con el binarismo es fundamental.

Si no se sabe cómo ser hombre es porque el ideal de hombre ha sido puesto en duda por el feminismo y ese no saber en el que nos encontramos ahora da la posibilidad de poner en duda la rigidez de ciertas categorías.

Propongo en primer lugar realizar un ejercicio de extrañación con respecto a nuestro cuerpo. Me refiero a ese ejercicio por el cual lo pensamos y nos extrañamos de él entendiendo que hay una distancia entre él y nosotrxs. Siempre estamos separadxs, porque solo sabemos que tenemos nuestro cuerpo por la mirada del Otro. Las personas trans realizan de forma involuntaria este ejercicio de extrañación constantemente, pero las cis muchas veces también, por ejemplo cuando nos viene la regla en un momento inesperado o cuando estamos enfermas. 

Una vez conscientes de nuestro cuerpo como un extraño, debemos pensar en cómo aquellos cánones contra los que se enfrenta la gente trans los atravesamos nosotras también, muchas veces sin tanto dolor, pero sí que pueden generar un malestar activo. Pensar en cómo todos somos travestis porque cada vez que nos vestimos escondemos algo (del orden de la falta) o en cómo todos los cuerpos sexuados son vulnerables a sufrir transfobia, ya que esta se cimienta sobre preceptos de expresión de género clásicos y arcaicos con los que cada vez nos identificamos menos. 

Recojo aquí también el mensaje que lanza Missé al feminismo en el capítulo titulado “Caballos de Troya para una revolución trans”, donde nos tiende la mano a pensar la cuestión trans desde lo crítico, desde el respeto pero sin miedo a dudar y reflexionar. Ya que asumir acríticamente los discursos que se intentan establecer desde lo binario para tratar lo trans también afecta al movimiento feminista, un frente que podría ser común (incluso con todos sus debates y contradicciones orgánicas) se divide y nos deja más débiles y desprotegidas frente a los ladrones de cuerpos. 

Porque ese robo del cuerpo también nos sucede a todxs las demás, las estructuras fijas de hombre y mujer son las causantes de todos aquellos problemas relacionados con el peso y el aspecto físico y de todas esas operaciones y cirugías estéticas. Hay todo un mercado que se lucra de nuestro odio al cuerpo, ofreciéndonos soluciones que siempre serán fracasadas porque el hombre y la mujer perfectas que queremos llegar a ser son imposibles. Con esta reflexión no quiero echar en cara nada a aquellas personas trans que se operan e intentan realizar un passing [3] perfecto, es más que comprensible no querer pasar por la discriminación que supone visibilizar que no te ajustas al molde. Busco señalar que es un problema que nos afecta a todxs en parte (aunque claro está, no con la misma intensidad) porque es también es una cuestión de deseo. 

Hay todo un mercado que se lucra de nuestro odio al cuerpo, ofreciéndonos soluciones que siempre serán fracasadas porque el hombre y la mujer perfectas que queremos llegar a ser son imposibles.

Tanto las operaciones estéticas, que se realizan para ser más hombre o más mujer, como las operaciones de cambio de sexo son en parte causadas por la estigmatización que sufren los cuerpos no normativos y en ellas están implicados tanto el deseo como el reconocimiento del Otro. ¿Cómo no te vas a operar si es condición para poder ligar e intimar con alguien? 

Hay ahí un trabajo colectivo entre las personas trans y las cis, entre las normativas y las que no, siempre desde una perspectiva feminista, para incorporar esos cuerpos a las comunidades de deseo. Es todo parte de asumir cómo estamos sugeridas por este y no determinadas por el instinto.

Notas

[1] En la obra de Foucault Obrar mal, decir la verdad. Función de la confesión en la justicia. (1981) se nos expone el ejemplo de cómo el loco es obligado por el discurso médico y el jurídico a realizar una confesión de su locura.

[2] En este sentido hago referencia a la definición lacaniana de síntoma:‘El síntoma sólo puede definirse como el modo en que cada sujeto goza del inconsciente, en la medida en que el inconsciente lo determina’’ (Lacan 1954-5, seminario del 18 de febrero de 1975).

[3] Argot trans que se utiliza para referirse al hecho de pasar totalmente desapercibido como persona trans y ser percibida con el género que se desea presentar.

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El peronismo eternamente inacabado. Reseña de “El Parnaso Argentino” de Ricardo Strafacce http://latrivial.org/el-peronismo-eternamente-inacabado-resena-de-el-parnaso-argentino-de-ricardo-strafacce/ http://latrivial.org/el-peronismo-eternamente-inacabado-resena-de-el-parnaso-argentino-de-ricardo-strafacce/#respond Wed, 08 Jul 2020 09:09:52 +0000 http://latrivial.org/?p=8275

Ana Paolini (@Analini79) y Juan von Zeschau (@Juanvonz)

El argumento de la novela es sencillo: Juan Marcelo López Gavérgola, un presidente peronista corrupto, decadente y vicioso de una Argentina igual de corrupta, decadente y viciosa, es secuestrado en el megaprostíbulo de diez pisos llamado el “Parnaso Argentino”, que él mismo mandó a construir en plena costanera porteña para su goce y disfrute. Quienes lo secuestran son sus trabajadores (“putas, efebos y travestis”); es decir, los propios empleados del presidente, quienes desean utilizar al mandatario como rehén y moneda de cambio para mejorar sus salarios miserables.

Hasta aquí, el primer acto de la novela podría haber sido escrito por la mano de cualquier antiperonista foráneo. Porque López Gavérgola es, justamente, un peronista deshonesto y corrupto, cualidades que, para los críticos acérrimos de ese movimiento político, son comunes a todos los peronistas. Sin embargo, Strafacce, con sutileza lúdica y talento, retuerce la trama hasta convertir los blancos y negros en tonalidades opacas. Todos sus personajes (los ladrones, los cínicos, los comprometidos, los heroicos, los ingenuos) juran y perjuran ser peronistas. Y, en verdad, a su manera, realmente todos lo son. En un devenir caleidoscópico ellos construyen, a través de las devorables páginas de El Parnaso Argentino, un peronismo coral, incómodo, contradictorio, hecho de miserias, pero también de virtudes destacables y gestas heroicas. Más o menos, como el peronismo de siempre.

Todos sus personajes juran y perjuran ser peronistas. Y, en verdad, a su manera, realmente todos lo son. En un devenir caleidoscópico ellos construyen un peronismo coral, incómodo, contradictorio, hecho de miserias, pero también de virtudes destacables y gestas heroicas.

Pero mejor, vayamos por partes.

¿Toda política es show?

Podríamos decir que, desde hace ya algunas décadas, una parte de “lo político”, al menos en Argentina, adquirió la capacidad de devenir en show. El show, entendido como una espectacularización de la política, implica sobreactuar posiciones, simplificar las opciones y, sobre todo, significa desplazar a los políticos tradicionales (“los de antes”) para darle lugar a los outsiders, los eslóganes y los hashtags. Porque el prime time no se lleva bien con debates profundos, “más aburridos”; el show busca construir consumidores, no ciudadanos, un mercado de consumidores ávido de sucesos espectaculares. Desde luego, el show no ocupa todo el debate político, pero cuando lo hace, las consecuencias son bien concretas. En el 2016, pocos se tomaban en serio la posibilidad de que Trump llegara a la Casa Blanca.

Quizás lo más peculiar de El Parnaso Argentino es que el disparate de sus páginas funcione ―al mismo tiempo―como entretenimiento del lector y como metáfora de la realidad. En la historia, el presidente López Gavérgola, responsable de haber llevado al país hacia una profundísima crisis económica, es raptado en el Parnaso Argentino. A partir de ahí, el secuestro del mandatario y el descabezamiento del máximo poder institucional de la Argentina se convierte en show. Y solo en show. Porque, en el fondo, nadie desea liberar a López Gavérgola. Ni siquiera sus propios ministros, que poco y nada hacen para rescatar a su líder. El show mediático ocupa, llena y rebalsa el vacío de poder. El silencio oficial es cubierto por los videos televisivos que muestran hasta el cansancio “las perturbadoras imágenes de los glúteos de un López Gavérgola amarrado a un camastro del burdel”. Hasta que, enterados del hecho a través de los medios (oh, casualidad) y frente a la pasividad del Estado, una facción diminuta del peronismo―crítica de la línea oficial y de las condiciones de precariedad de los empleados del Parnaso Argentino―, conducida por el heroico imprentero Marinardi, organiza un grupo comando clandestino para liberara Gavérgola.

Literatura y peronismo. O la “gran pregunta”.

Una obsesión ―que adopta la forma de un interrogante preciso― parece atravesar a gran parte de los escritores argentinos después del 45: ¿qué es el peronismo? ¡Como si definir el fenómeno con exactitud diera a Borges, Bioy, Cortázar y compañía la clave para erradicarlo de las pampas! Aunque con otro objetivo, esa misma pregunta ―retórica y solapada, casi como un cebo―es la que desliza El Parnaso Argentino. Y como lectores, entonces, caemos en la trampa del autor y nos preguntamos junto a él: ¿qué es el peronismo? ¿Lo que decía Perón? ¿Lo que hacía? ¿La derecha peronista? ¿Su izquierda? ¿Montoneros? ¿La Triple A? ¿El libidinoso presidente López Gavérgola? ¿El imprentero Marinardi, convencido y abnegado? ¿Todo eso junto?

Una obsesión parece atravesar a gran parte de los escritores argentinos después del 45: ¿qué es el peronismo? Aunque con otro objetivo, esa misma pregunta es la que desliza El Parnaso Argentino.

No obstante, como dijo Miguel Bonasso, escritor y exguerrillero peronista, la literatura muestra, pero nunca interpreta. La literatura no disecciona el cuerpo vivo. Las definiciones totalizadoras quedan como tarea para la academia, por eso la obra de Strafacce se contenta con exhibirlas múltiples escisiones internas del peronismo. Pero El Parnaso Argentino, sin embargo, dialoga con textos académicos. Alfredo Pucciarelli, autor de Los años de Menem, decía que los argentinos nos acostumbramos al fraccionamiento visible, creciente y cíclico dentro del peronismo. En el mismo sentido, Carlos Altamirano, en Peronismo y cultura de izquierda, argumenta que la imagen del peronismo es doble: por un lado, dice, existe un peronismo autodenominado “verdadero”, que funciona como soporte moral y que remite a expectativas ideales; y, por el otro, un “peronismo empírico”, privado de esencia, aunque no de mando. Es decir, el diálogo clásico y tenso entre el peronismo cultural (el de fuerte contenido ideológico) y la institucionalidad partidaria (los alcaldes, los gobernadores, etc.). En otras palabras, “alma y músculo”, dos elementos ineludibles de cualquier proyecto político con vocación transformadora.

Esta característica bipolar (o multipolar) del peronismo lo convierte casi en un sistema partidario en sí mismo y define uno de sus atributos centrales: la contradicción interna. Y Strafacce se regodea en este aspecto. Primero exhibe la figura de López Gavérgola, el presidente corrupto y fiestero. Pero después nos presenta a Marinardi, el dirigente territorial sacrificado y creyente en la fe peronista. Lo fabuloso quizás sea que, en última instancia ―nos muestra el autor―, el creyente salva al corrupto y (alerta: spoilers), con el rescate épico de Gavérgola del Parnaso Argentino, Marinardi salva también a todo el peronismo de su extinción segura, le limpia el nombre, lo dignifica a través de su acto heroico. En la novela, la renovación del peronismo ―casi en términos de “expiación”cristiana del movimiento―es llevada adelante no por cualquiera, sino por un dirigente territorial que profesa la coherencia ideológica y la honestidad: a Marinardi y su agrupación se los conoce como “La Liga de los Castos” en el peronismo de la ciudad de Buenos Aires, porque militan de sol a sol, no piden dinero al partido ni para tomarse el bus, y andan con los zapatos descosidos.

El peronismo que salva al peronismo es, en la obra de Strafacce, el de los pobres, los marginales, los periféricos. El autor, tal vez sin desearlo, plantea esa salida para el peronismo grotesco de su ficción. Es el “Movimiento Circunscripcional de Liberación Peronista – MCLP” (compuesto por treinta militantes y un solo local partidario en el barrio de Caballito) la agrupación que permite al peronismo sobrevivir y alzarse con la victoria electoral, luego de desplazar a Gavérgola. Los desclasados son el eje conceptual y político de la renovación, en contra de la mirada pactista del establishment peronista y de cuño institucional conducido bajo un yugo pragmático.

El peronismo que salva al peronismo es el de los pobres, los marginales, los periféricos. Los desclasados son el eje conceptual y político de la renovación, en contra de la mirada pactista del establishment peronista y de cuño institucional conducido bajo un yugo pragmático.

Pero Strafacce, dual, no ahorra en acidez y también se burla de los militantes que pretenden darle a su tarea un halo de epopeya. Galín, el “número 2” de la diminuta agrupación MCLP, discute permanentemente el liderazgo de Marinardi por izquierda, encarnando en sí mismo, como pose vacía, la mística revolucionaria de la agrupación Montoneros, la guerrilla peronista más importante de los años setenta. Fundamentalmente, Galín critica a Marinardi por no querer hacer la revolución. Pero, ¿de qué revolución está hablando Galín? De una revolución imaginaria, parece decirnos Strafacce, conducida por guerrilleros virtuales, de Twitter, aquellos que, al igual que Galín, antagonista del héroe Marinardi, viven la resistencia contra el establishment como pose y coquetean con una pertenencia fingida a la trayectoria histórica del peronismo revolucionario, simulando riesgos pasados (la dictadura, la muerte, la desaparición) que, en la actualidad, ostensiblemente no existen.

Entonces: ¿qué es el peronismo?

Antes del triunfo de Macri, y luego de 12 años ininterrumpidos de peronismo, algunos analistas mencionaban que aquel movimiento exhibía características propias de lo que Otto Kirchheimer denominaba catch all party, un tipo de organización partidaria que “dirige su atención hacia todo el electorado”. Sabemos, por los resultados de 2015 y 2017, que esa capacidad electoral no es imbatible, más aún, cuando el peronismo se presenta dividido en diferentes sellos partidarios. Ahora bien, ¿se puede entonces seguir hablando de un solo partido? ¿O debemos referirnos a varios?

Desde luego, no hay un solo partido peronista, hay muchos. ¿Pero hay también muchos peronismos? Strafacce, conocedor del paño y de manera jocosa, menciona este enredo continuo y cataloga de “democracia anárquica” sus disputas internas. Para el novelista, el abanico que va desde la izquierda a la derecha (clivaje típicamente europeo), al peronismo le queda chico. Hay peronismo de derecha (el presidente Gavérgola) y de izquierda (el pseudo guerrillero Galín), por supuesto. Pero hay también un peronismo sindical y un peronismo de los trabajadores desclasados. Hay un peronismo de liberación nacional y hay un peronismo queer. El surgimiento de líneas internas, nos dicen los personajes de Strafacce, es de creación espontánea, de abajo hacia arriba, con líderes difusos y sin estructura partidaria. El Parnaso Argentino acierta en narrar al peronismo siempre en movimiento, bajo la lógica de una película, nunca como una foto quieta; la identidad de sus personajes (y sus colectivos) se construye sobre la marcha, en el tránsito de un camino lleno de bifurcaciones y desvíos hacia un horizonte siempre incompleto.

El abanico que va desde la izquierda a la derecha al peronismo le queda chico. También hay un peronismo sindical y un peronismo de los trabajadores desclasados. Hay un peronismo de liberación nacional y hay un peronismo queer.

Muchos caracterizan al peronismo como un fenómeno político “nacional y popular”, y quizá podemos estar de acuerdo. Un nacionalismo, desde luego, nunca esencialista (es decir, a la búsqueda del “verdadero espíritu nacional”), ni supremacista (jamás se planteó una “Argentina über alles”), sino entendido como la difícil construcción de una identidad colectiva heterogénea y en permanente cambio. Y también es un movimiento popular, en el sentido de su continua vocación por los sectores postergados de la sociedad y además por su afán de construir grandes mayorías que permitan alcanzar el poder estatal. La cuestión es que el peronismo es nacional y popular, y también es muchas otras cosas más. Siempre hay un “y”, o un “pero”, o un “además”. Cuando el peronismo sea algo fácilmente clasificable, seguramente será un movimiento político muerto. Eso es, quizá, lo que nos muestra la novela de Strafacce: un cuerpo vivo y, como todo ser vivo, contradictorio, con una identidad en flujo, siempre inacabada, rica en debates nunca clausurados, y capaz, justamente por todo eso, de albergar y aglutinar tantas particularidades. En suma, un movimiento cultural y político que ―tiránico y caprichoso― pudo colocar en lo alto del poder a un López Gavérgola, para luego desplazarlo, en un plumazo, por un desconocido y audaz imprentero llamado Marinardi.

Sobre el autor

Ricardo Strafacce (Argentina, 1958) es escritor y abogado. Publicó Osvaldo Lamborghini, una biografía (Mansalva 2008). Entre sus novelas más conocidas se encuentran La boliviana (Mansalva 2008), Crímenes perfectos (Mansalva 2011), Frío de Rusia (Blatt & Ríos, 2013), Gerardo y Mercedes (Wu Wei, 2013) y La escuela neolacaniana de Buenos Aires (Blatt & Ríos, 2017).  En poesía, Bula de lomo (Spiral Jetty, 2011) y De los boludos no tenemos la culpa (Pánico el pánico, 2012). Tuvo a su cargo la antología Nuestro iglú en el Ártico, relatos escogidos de Mario Levrero (Criatura Editora, 2012). En 2014 recibió el premio Kónex.

[En este enlace puedes leer la reseña que publicamos de Fuego Amigo, la última novela de Juan von Zeschau]

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Liderazgos políticos para una época posthegemónica http://latrivial.org/liderazgos-politicos-para-una-epoca-posthegemonica/ http://latrivial.org/liderazgos-politicos-para-una-epoca-posthegemonica/#respond Thu, 23 Apr 2020 10:37:39 +0000 http://latrivial.org/?p=8007 Mira como corren – Juan Genovés

Reseña de “Qué Horizonte: Hegemonía, Estado y revolución democrática” (Lengua de Trapo, 2020)

Por Gerardo Muñoz

Qué Horizonte: Hegemonía, Estado y Revolución Democrática (Lengua de Trapo, 2020) es una larga conversación entre dos de los líderes progresistas más importantes de la política hispana contemporánea: Álvaro García Linera, ex vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, e Íñigo Errejón, cofundador de Podemos, y ahora diputado del incipiente partido verde Más País. Estas dos personalidades comparten un horizonte de pensamiento político a la vez que han demostrado un pragmatismo político y un sentido de carisma que les ha permitido elevarse a los niveles más altos de sus respectivas realidades nacionales. El lector entra y sale en un diálogo entre dos estadistas que creen en el poder transformador del Estado y sus instituciones, y que han dejado atrás la cultura comunista del siglo XX que pensaba en el pluralismo, la sociedad civil y las instituciones como meros artificios de “dominación burguesa”. Tanto García Linera como Errejón encarnan el cambio democrático y la reversibilidad en sus propios recorridos políticos: el primero, fue un joven guerrillero militante del grupo guerrillero boliviano Túpac Katari que escribió bajo el nombre de Qhananchiri (“el iluminado”) durante los años 90 para convertirse más tarde en vicepresidente electo democráticamente del gobierno de Evo Morales; y, el segundo, un estudiante de Ciencias Políticas que escribió su Tesis sobre el acceso al poder del MAS (Movimiento al Socialismo) y que más tarde se convirtió en la enérgica tercera opción progresista española que se ubicó frente al populismo cesarista de Pablo Iglesias y al liberalismo centrista del PSOE.[i] Mientras que Errejón está en el inicio de su carrera política, García Linera es un intelectual de Estado, una especie de ‘Soberano-escribiente’ que en última década dibujó las rutas teóricas más importantes del proyecto modernizador del Estado Plurinacional de Boliva. [ii] Es un acto de autenticidad política que el vórtice de la conversación de Qué Horizonte gire en torno al papel del liderazgo político en nuestro tiempo, y más concretamente, en las realidades políticas (España y la región latinoamericana) donde las fronteras entre Estado y sociedad civil son promiscuas o abigarradas, por decirlo con el concepto propuesto por el pensador político boliviano Rene Zavaleta Mercado [iii], que denota la naturaleza inestable y volátil en las realidades americanas. La noción de sociedad abigarrada describe los entramados gelatinosos de las dinámicas institución-sociedad que caracterizan a las “naciones modernas tardías” que fracasaron en la creación de un marco colindante entre el Estado y la nación, fallando así en la inclusión de sectores grandes de la población y permitiendo un proceso continuo de subalternación. En otras palabras, en realidades políticas que han experimentado procesos de subalternación, la cuestión de la legitimidad sigue siendo controvertida, lo que ha dado lugar a un ejercicio pleno del uso de la violencia al interior de regímenes políticos abiertamente excepcionalistas (dictadura, cesarismo, o mando oligárquico).

En cierto modo, esta naturaleza abigarrada de lo social ha sido el elemento invariable en la historia de la política latinoamericana moderna, que es también la historia sobre el fracaso de la modernización de sus instituciones y la construcción de un proceso de una autoridad política dotada de legitimidad. Este es el punto de partida en la discusión entre García Linera y Errejón: ¿hasta qué punto es un cambio transformador ya no subscribir los postulados de la vieja guerrilla o del paradigma soviético de tomar el poder por la fuerza de una “vanguardia política Iluminada”, sino afirmar la forma de una revolución pasiva que pueda convencer a las clases subalternas de que esta forma de dominación es mejor a la hora de representar sus luchas? A lo largo de la primera parte de la conversación, este argumento es expuesto por una gramática compartida tanto por García Linera como por Errejón, y que les permite establecer una diferencia entre dominación y liderazgo (conducción) en la confección de una horizonte nacional-popular. Esto se encuentra mejor expresado por Errejón en un punto que vale la pena citar aquí. 

“Las dominaciones se sostienen sobre una economía de tolerancias y aceptaciones morales entre un grupo de personas hacia otro grupo. Gramsci resumía todo esto con la idea de una “conducción intelectual y moral”. Un segundo elemento, que tú has mencionado también, está ligado a este momento revelador: una dominación se construye cuando un sector de la sociedad integra parte de las expectativas, de otro sector social y aparecer, así, como el que es capaz de entenderlos, recogerlos y proyectarlos” [iv].

Estar en condición de forjar un liderazgo de consenso tiene que ver en última instancia con la construcción de hegemonía; es decir, con el dominio discursivo de la representación que puede trascender a un ideal de “Nosotros, el Pueblo”, en el que la nación existencial se convierta en una con el Estado. Este ha sido siempre el objetivo recurrente -un objetivo fallido- de la política latinoamericana en los últimos dos siglos. Por supuesto, podemos decir que en la historia política de la región latinoamericana esta estrategia tomaba con frecuencia la forma técnica de populismo cesarista, que identificaba el “pueblo” con un liderazgo personalista concreto, y que generó el movimiento pendular entre los polos de la revolución y la reacción, la conservación de la élite y el levantamiento popular. Por supuesto, la única manera de avanzar en la creación de un estado integral es inscribir el ascenso del Pueblo en un momento constituyente que pueda crear irreversibilidad dentro del Estado de derecho. [v] Como sostiene Errejón, la verdadera prueba de un proceso revolucionario se mide con el acontecimiento del ‘día después’, es decir, cuando el liderazgo que ha ocupado el Estado demuestra que puede transformar las estructuras institucionales para generaciones posteriores.[vi] Del mismo modo, para García Linera, ocupar el Estado de manera eficiente implica naturalizar la dominación, es decir, convertir al Estado en un conjunto administrativo de aparatos que puedan canalizar las demandas de los sectores populares a lo largo del tiempo. [vii] La función del liderazgo político, entonces, se vuelve homóloga a la cuestión de la dirección concreta y la toma de decisiones de un Estado soberano. Tomemos este momento de la concepción errejonista sobre el liderazgo político:

“La dirección es la institución de un reparto de papeles, de posiciones y de visión del mundo, pero eso no es un combate literario, no se da en un combate retorico. Eso es un hecho, en mi opinión discurso producido mediante intervenciones claramente materiales. La dirección lo es porque es capaz de decirle legítimamente a resto quienes son, a qué pertenecen, a qué tienen derecho, a qué no, y cómo se relaciona, cual es su lugar en a la sociedad y hacia dónde va esta.” [viii]

No hace falta recordar que el liderazgo aquí se entiende como la capacidad de garantizar un sentido de orden. En otros momentos del libro, los autores también lo hacen de forma colindante con la creación de una percepción de ‘normalidad’. Estamos lejos del espíritu revolucionario que buscaba destruir algo preexistente para establecer algo radicalmente diferente; en sentido contrario, muy bien podría suceder que el concepto de hegemonía sea un avatar para un orden secundario, que, según García Linera, equivale a “es una forma de administrar la economía de bienes y de valores que cada individuo y cada colectivo posee y desea poseer”[ix]. Pero, ¿no es esta la misma lógica de la gubernamentalidad del Estado post-soberano (ya sea pro-regulador o desregulador) que se ha visto subsumido en la lógica coste-beneficio propia de la administración y de la gestión dispensadas por las política del liberalismo? [x]. Es una cuestión que nunca se confronta directamente en el intercambio entre los dos estadistas. Pero nos queda pensar sobre si la “administración de los bienes” es todo lo que el leninismo puede significar hoy en la política, lo que no equivaldría a un gran “cambio radical”, sino a un ajuste en la adjudicación dentro de la forma de Estado liberal tardío atravesada por la acumulación capitalista y las fuerzas financieras transnacionales.

Está claro que, para Errejón, el liderazgo se basa en una concepción peronista de “conducción” para generar un proceso de irreversibilidad. Este fue el gran aporte teórico del peronismo de izquierda de John William Cooke. Para García Linera, más leninista en su aproximación, el liderazgo político es la capacidad de hacer cumplir una voluntad de poder en nombre de un nuevo universal. Como argumenta García Linera: “[El liderazgo político] no es un algoritmo – ahora que se habla de los algoritmos de Facebook – el que te conduce, es una permanente capacidad táctica, reflexiva, un buen manejo de las incertidumbres, mucha voluntad de poder mucha voluntad de igualarte, de no quebrarte, y de esta al tanto de que viste un paso, te equivocaste, retrocedes, vuelves a cambiar, vuelves a dar el paso y te no te rindes.”[xi] Puede que no sea una estrategia tecnológicamente programada, pero la forma en que García Linera define el liderazgo aquí está más cerca de la primacía de la legitimación burocrática que una política de la “virtud”, tal y como surge en la historia del republicanismo moderno. [xii]

Esta es la cuestión latente del libro, como se vuelve explícita cuando Errejón habla de su noción de “relativa irreversibilidad” y Linera lo traduce como « lógica burocrática del Estado». [xiii] De hecho, uno muy bien podría argumentar que la práctica material de García Linera al frente del Estado boliviano – que está totalmente ausente en estas páginas y que se hace invisible por el teórico de la revolución, una especie de leninismo tecnificado que reduce la política al objetivo de ocupar el Estado – fue un administrador magistral tanto del conflicto como de la geo-economía como principal estrategia para construir un Estado integral moderno. De ahí que sea tan importante releer el tratado Geopolítica de la Amazonia (2013) a la luz de los debates ecológicos del presente. Al decir esto no estoy socavando el papel tan importante de García Linera en un intento de modernizar la composición abigarrada de Bolivia, pero uno no puede dejar de lado la maniobra específica de la administración técnico-económica como compensatoria por la ausencia de una fase verdaderamente “revolucionaria” del Estado [xiv].

Supongo que el nombre que se repite en el libro como “revolución” significa algo completamente diferente a cómo se entiende en nuestro léxico político moderno, que ahora pareciera incapaz de hacer frente a las fuerzas transnacional de los procesos generales de acumulación. El uso de revolución deambula sobre esta condición, algo que también se puede decir de las tácticas leninistas. En este sentido, “habitar la paradoja del Estado”, argumento central de la posición teórica de García Linera en este libro- puede significar una mayor redistribución igualitaria de la renta, en línea con los patrones económicos de acumulación y los índices del consumo para así mantener niveles adecuados de apoyo popular. Por supuesto, esto está lejos de transformar la naturaleza de la forma del Estado contemporáneo, lo cual sería una cuestión totalmente diferente. Puede ser que esto sea lo mejor que la forma Estado puede ofrecer en una época en la que las fuerzas de la soberanía estatal ya no satisfacen a la estructuración moderna del ius publicum europeum. Uno de los límites de la paideia política de García Linera en toda la conversación es que no reconoce mutación en la naturaleza de la autonomía de la política y de la forma del Estado en los últimos cincuenta años.

Esto nos trae a la cuestión del concepto de hegemonía, que es la estrategia suplementaria para el liderazgo político tanto para Errejón como para García Linera. En efecto, la lógica de la hegemonía es lo que diferencia su capacidad administrativa con cualquier otro orden impuesto gubernamental impuesto por la clase dominante. Es la hegemonía lo que ahora forma parte del suelo sobre el que nace su legitimidad; una legitimidad que se elabora como traducción metonímica de la parte que universalice a la Sociedad en su conjunto. Esta es una operación precaria que no es tratada con profundidad en el debate. Errejón afirma que “la hegemonía es la capacidad de un grupo de generalizar una visión del mundo particular haciéndola general, en el extremo la única razonable, e integrar en ella al resto de la sociedad en una posición subordinada” [xv]. Donde hay un cierre hegemónico, entonces, hay también una voluntad de poder de una parte que la sostiene y subjetiviza a otros hacia su régimen de representación para que se conviertan en los “representados”.

Por lo tanto, toda hegemonía para ser un sujeto político presupone la sujeción a la representación que se vuelva en un nueva “totalidad”. Y sin embargo, como dice Errejón en la última parte de libro: “Anudando pueblo y nación son la parte y son el todo…es la reclamación para sí de la legitimidad” [xvi]. Al mismo tiempo, Errejón admite que la única definición deseable del socialismo es aquella que se entienda como “democracia sin fin” [xvii]. ¿Pero no es esta totalidad, frente a la hegemonía, lo que limita la naturaleza necesariamente abierta de la “democracia infinita” o sin fin? ¿No se vuelve la hegemonía otro nombre para el tapón de la continua expansión de la des-subalternación de la democracia? Aquí pareciera que nos topamos con una incoherencia: si articular una parte de la hegemonía se vuelve un todo, entonces uno niega la infinitud y la estructura abierta de la forma democrática. Precisamente porque la democracia siempre está abierta e incompleta, el lugar de la construcción política tiene que recordar la parte perdida o fisurada para permitir la fuerza de lo infinito y del no-todo. Este salto entre la articulación hegemónica y la democracia infinita es a lo que yo llamo posthegemonía. Por postehegemonía, no quiero expresar un momento temporal que va “después” de que se ha logrado la hegemonía, sino más bien para cualquier articulación hegemónica que de cuenta de la apertura de la contingencia democrática, que nunca debe finalizar en el nuevo cierre hegemónico. La posthegemonía nombra una separación abismal e irreductible entre dominación y democracia a favor de la expansión de esta última, y de la minimización de la primera.

Al avanzar hacia el diseño postehegemónico, no quiero invalidar las tesis de Errejón acerca de que “una fuerza revolucionaria debería gobernar con un pie en el consenso realmente existente y el otro en aquel que quiere generar, siendo muy consciente de hasta donde llega el mandato popular recibido” [xviii]. En línea con esto, la posthegemonía solo busca renunciar a la idea de que el fin de la política termina con la construcción hegemónica, como Ernesto Laclau argumentó a lo largo de su operación teórica. En segundo lugar, la posthegemonía no niega la existencia real de las fuerzas hegemónicas en la práctica política, pero intenta mantener abierta una fisura para hacerse cargo, por un lado, del conflicto contra la tendencia de la hegemonía a cerrarse y, por otro lado, de la infinitud de la producción social de identidades. En este sentido, un diseño posthegemónico del liderazgo político, contrario al hegemónico, no fantasearía con un providencialismo, a veces asociado con los defensores de los progresistas gobiernos populistas de América Latina, que ven en sus repetidos fracasos las garantías de un inminente triunfo [xix]. Es hora de dar por muerta toda filosofía de la historia en la reflexión política transformadora.

La posthegemonía vive bien con las derrotas, en tanto en cuanto prioriza el antagonismo democrático como plural e infinito contra un diseño político cuya finalidad puede ser la guerra. Mientras la hegemonía siga siendo equivalente a la promesa de una democracia infinita, la naturaleza conflictiva del demos conducirá irremediablemente a la aniquilación que convierte el desacuerdo en enemistad absoluta. No obstante, si el diseño político debe apuntar a la radicalización de la democracia, entonces me parece que colocar la hegemonía como su límite conceptual termina actuando como una restricción reguladora, en lugar de como facilitador de una relación dinámica sin fin [xx]. En otras palabras, el conflicto que forma parte de la democracia está mejor optimizado si es separado de sus ambiciones hegemónicas que dan lugar a los efectos opuestos a los que se inicialmente aspira. Por lo tanto, la relación entre hegemonía y democracia solo debería ser una relación excepcional capaz de alentar el dinamismo de la naturaleza conflictiva de la democracia.

Me gustaría concluir trayendo esta discusión al presente; al momento después del golpe que ha tenido lugar en Bolivia contra el gobierno democráticamente elegido de Evo Morales (los editores del libro nos recuerdan que la conversación empezó en 2018 antes de este golpe). En una entrevista que tuvo lugar en México inmediatamente después de su huida de Bolivia, para mi sorpresa, García Linera admitió que después de todos estos años en el Estado, resultó imposible establecer una “hegemonía real” que hubiera evitado “las grietas que comenzaban a verse en un vaso roto” [xxi]. Plantea la cuestión de que si más de una década “ocupando” las instituciones estatales no ha consolidado la “hegemonía” es bastante probable que nada lo haga, y no hay ninguna razón para pensar que las cosas fueran a ser diferentes si la historia hubiera tomado otro camino. Así, el pensamiento de García Linera acerca de que no hubo “hegemonía” sirve como invitación para pensar en el diseño posthegemónico. En otras palabras, nos permite asumir desde el principio que el antagonismo siempre toma parte, que la fragmentación es el estado natural del conflicto político, que la esencia infinita de la democracia implica una creciente conflictividad, y que las “grietas en el golpe” aparecerán tarde o temprano. Por lo tanto, en lugar de forzar las cosas para que el conflicto no escale hasta el punto de no retorno, un diseño postehegemónico optimizará sus riesgos para evitar confrontaciones catastróficas que impliquen la reversibilidad de lo conquistado a nivel de la forma estatal y de los avances codificados en el derecho. La hegemonía no sirve bien del todo a las aspiraciones democráticas, y es el momento de enmendar unos presupuestos teóricos con la finalidad de comprender mejor la facticidad de la fragmentación social contemporánea.

Esto implica también que uno debe prestar atención al paisaje y no solo al horizonte, en tanto en cuanto la percepción de la fragmentación es tan importante como el objetivo deseado. A veces, mirar al horizonte podría volvernos ciegos a lo que ya está abierto en la superficie en la que se decanta el conflicto. En otras palabras, atender al paisaje como antesala al horizonte (elemento central del libro, recogido ya desde el título) es también una invitación para poner al centro la cuestión de los medios antes que la de los fines. En última instancia, esto no significa que el liderazgo político desaparezca, todo lo contrario. Por eso, nuestra tarea actual es pensar una forma de poder ejecutivo y conducción que pueda trascender las taras unidad y consenso hegemónico que han demostrado repetidamente sus debilidades no sólo en su compenetración institucional, sino más importante aún, en su cuartada contra la energía del conflicto que yace en el vórtice de todo demos político [xxii].

 

Notas y referencias

[i] Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, introdujeron los debates políticos en torno al caso boliviano en España en los volúmenes editados Ahora es cuándo, carajo! Del asalto a la transformación del Estado en Bolivia (El Viejo Topo, 2011) y Bolivia en Movimiento: movimientos sociales, subalternidades, hegemonías (Vicepresidencia del estado, 2014).

[ii] La página web de la Vicepresidencia de Bolivia sitio web (https://www.vicepresidencia.gob.bo) como escritorio de Yo El Supremo, la conocida novela de Augusto Roa Bastos, se lo debo a John Kraniauskas en una conversación hace unos años. Sobre García Linera y su política de administración estatal, véase también el ensayo de Kraniauskas, “Universalizing the ayllu” (2015): https://www.radicalphilosophy.com/reviews/individual-reviews/universalizing-the-ayllu

[iii] Para la noción sociológica de ‘abigarramiento’, véase Lo Nacional-Popular en Bolivia (Siglo XXI, 1986), de René Zavaleta Mercado.

[iv] Ibid., pp.41

[v] Para una comprensión de los cambios de los momentos constitucionales de Bruce Ackerman, ver su We The People I: Fundamentos de la historia constitucional estadounidense (Traficantes de sueño, 2015).

[vi] Qué Horizonte. pp.47

[vii] Ibid., pp.65

[viii] Ibid., pp.71

[ix] Ibid., pp.74

[x] Según el constitucionalista liberal Cass Sunstein, la revolución silenciosa del liberalismo durante la segunda mitad del siglo XX fue el triunfo del modelo “costo y beneficio” en las prácticas de gobierno y administración burocrática. Véase su The Cost-Benefit Revolution (MIT, 2018).

[xi] Qué horizonte, pp.95-96

[xii] Véase James Hankins, Virtue Politics: Soulcraft y Statecraft en la Italia renacentista (Harvard U Press, 2019).

[xiii] Qué Horizonte, pp.116

[xiv] En la gestión del Estado boliviano como proceso de regulación del patrón de acumulación y forma de estado, véase el informativo de Gareth Williams “Desarticulación social y forma de Estado en Álvaro García Linera”, Cultura, Teoría y Crítica, Vol.56, 2015, pp.297-312.

[xv] Qué horizonte, pp.123

[xvi] Ibid., pp.132

[xvii] Ibid., pp.135

[xviii] Ibid., pp.144

[xix] Esta la postura defendida por John Beverley, uno de los teóricos de la postura subalternista hegemónica de los Estudios Culturales Latinoamericanos. En su más reciente libro, The Failure of Latin America (U Pittsburgh Press, 2019) defiende una visión escatológica providencialista, donde el “fracaso” de un concepto político conduce a un movimiento de transformación futuro: “Latin American modernity may have failed, but in its failure (because of its failure?) it retains the possibility of an alternative modernity, not so bound to the domination of global capitalism as Chine and India. Latin America’s failure is Latin America’s difference”, pp.xviii.

[xx] En efecto, como ha visto Gareth Williams, la hegemonía constituye el limite de contención de lo político, muy similar a la manera en que la frontera contiene a la “soberanía”. Véase su ensayo, “Decontainment: the collapse of the Katechon and the end of hegemony”, in The Anomie of the Earth (Duke U Press, 2015), pp.159-173. Sobre la lógica del vacío como lógica informe sin instrumentalización, remito al interesante trabajo de Adrià Porta Caballe, “El vacío de Podemos: meontología política del cambio en España”, escrituras americanas, de próxima aparición, primavera 2020.

[xxi] Véase, “Entrevista a Álvaro García Linera”, Telesur, 16 de noviembre, 2019: https://www.youtube.com/watch?v=CfAAiBIQIVw

[xxii] Sobre el poder ejecutivo y la dinámica del conflicto en el diseño constitucional, ver “The Publius Paradox”, de Adrian Vermeule, Modern Law Review, Vol.82, 2019, pp.1-16.

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De Javier a Txabi: un análisis de “La línea invisible” http://latrivial.org/de-javier-a-txabi-un-analisis-de-la-linea-invisible/ http://latrivial.org/de-javier-a-txabi-un-analisis-de-la-linea-invisible/#respond Sat, 18 Apr 2020 14:04:20 +0000 http://latrivial.org/?p=7993 (Se ha publicado una versión en catalán de este artículo en Debats pel Demà. Ver en: https://debatspeldema.org/de-javier-a-txabi/)

Por Blai Burgaya Balaguer

Con La línea invisible nos encontramos enfrente de una serie técnicamente muy bien hecha, con personajes bien construidos, una fotografía espectacular y un equipo de actores que roza la perfección – como opinión personal, creo que hay que destacar la espléndida actuación de Enric Auquer como José Antonio Etxebarrieta. Asimismo, hay que tener muy en cuenta también que la serie explica un episodio muy concreto de la historia de ETA, y que es imposible comprender la complejidad del conflicto vasco solo a partir de la serie, aunque sí que facilita la comprensión de algunas cosas.

Así, los seis capítulos que conforman la serie abordan la fase de la V Asamblea durante la década de los sesenta que dividió a los líderes de la organización y se saldó con el primer asesinato, siguiendo la vida del líder Txabi Etxebarrieta. Y es justo en ese punto en el que creo que habría que haber contextualizado un poco mejor para explicar la situación de la que venía ETA y lo que significó la V Asamblea, que lo cambió todo. Porque la V Asamblea no fue una sola reunión clave como se ve en la serie. Sino que fue algo mucho más complejo que un cónclave para elegir un líder, y provocó muchas tensiones internas en la organización por las distintas corrientes que confluyeron en ese momento. Como decía, la V Asamblea no fue una reunión, sino que fue un proceso que duró varios años, el resultado del cual sí que fue bastante parecido al que se ve en la serie, esto es, la ruptura entre el sector más obrerista y el que apostaba por unos principios basados en la lengua y la etnia vasca. 

Del mismo modo que considero que le falta un poco de contexto a algunas partes de la historia, también considero que se hace poco hincapié en el rol represivo de la policía franquista. Es decir, he echado un poco en falta que se explicara de algún modo que a partir de ese primer asesinato, en Euskadi la policía empezó a militarizarse (más aún) y a utilizar nuevas formas de tortura de forma sistemática. 

He echado un poco en falta que se explicara de algún modo que a partir de ese primer asesinato, en Euskadi la policía empezó a militarizarse (más aún) y a utilizar nuevas formas de tortura de forma sistemática. 

Hay que aclarar que, tal vez, he encontrado estas carencias en la serie porque son lo que yo esperaría de una serie sobre ETA. Y creo que, en el fondo, esa también es una de sus virtudes, no darnos lo que esperábamos. Y es que por algunas de las entrevistas que he leído a su director, Mariano Barroso, su objetivo era retratar la historia personal de los personajes, y no tanto una historia de ETA o sobre ETA. Pero, justamente por eso, creo que es un poco extraño que ninguno de los actores que representa a los personajes protagonistas sea vasco, y seguramente no sea una crítica muy relevante, pero me pareció curioso.

Y en este sentido, es sumamente interesante, porque la historia que se cuenta nos demuestra que la política tiene que ver con las emociones, que no son esferas que se puedan separar. Porque, al final, la serie va sobre las motivaciones personales que mueven a unos y a otros y lo que pone en marcha esa guerra que, como todas, nace de las motivaciones más ocultas, más patéticas y más mezquinas. Y a eso me refería al principio con la complejidad de los personajes, y es que todos ellos están construidos de muchas capas: la humana, la moral, la social… Y nos encontramos con que un torturador implacable puede ser un padre entrañable, y un chaval brillante y especialista en informática puede empuñar una pistola y matar a otro ser humano. Y aunque a los que ven el mundo de forma maniquea esto no les va a convencer, es así y no se trata de humanizar. Del mismo modo que, el hecho de que Etxebarrieta no hablara euskera o que el policía Melitón Manzanas sí y se considerase un vasco de “pura cepa” nos habla de las contradicciones de los personajes; y sirve para entender que, tal vez, si uno se hubiera dedicado a aprender euskera para defender la identidad nacional y el otro se hubiera dedicado a entender a los que eran vascos como él, nos hubiéramos ahorrado mucho dolor y sufrimiento.

Y nos encontramos con que un torturador implacable puede ser un padre entrañable y un chaval brillante y especialista en informática puede empuñar una pistola y matar a otro ser humano. Aunque a los que ven el mundo de forma maniquea no les va a convencer, es así y no se trata de humanizar

Y es justamente por esto que una serie como esta es ahora más necesaria que nunca, porque la única manera de “olvidar” es recordar de dónde venimos y conocer una parte de nuestra historia reciente que está bastante oculta. Pero siempre teniendo en cuenta que no es posible ver el dolor y la muerte con una objetividad científica. Porque la interacción de la sensación física, la emoción psicológica y el compromiso político hacen que la distinción filosófica entre “mente” y “cuerpo” sea indefendible. De hecho, la maraña de dolencias físicas, rencores y temores que envolvió a la política en ese momento nos sugiere que esta tentativa de mantener separadas la anatomía y la política no ha funcionado nunca. Así, la historia que cuenta La línea invisible nos enseña que, a veces, la sensación de la propia fragilidad puede desviarse hacia una política agresiva. De la misma forma que también demuestra que la mortalidad y la vulnerabilidad son cualidades intrínsecas de la condición humana que, además de miedo y sospecha, también pueden provocar solidaridad y una experiencia compartida. De hecho, La línea invisible nos enseña y nos recuerda que todos estamos expuestos a la lógica del resentimiento en nuestras vidas, incluso quienes pretenden adoptar una serena objetividad científica ante las vidas de los demás.

La maraña de dolencias físicas, rencores y temores que envolvió a la política en ese momento nos sugiere que esta tentativa de mantener separadas la anatomía y la política no ha funcionado nunca

Finalmente, me gustaría remarcar que series como esta nos ayudan a poder construir un imaginario colectivo mediante productos de entretenimiento cultural de masas que son muy necesarios en nuestro país para que esa parte de nuestro pasado que fue el tardofranquismo sea entendida en su complejidad. Así, aprovecho la ocasión para recomendar de nuevo la otra gran serie de Mariano Barroso, El día de mañana, ambientada en la Barcelona de los años 70, para observar todos los matices de la resistencia franquista y de la lucha de clases en aquella época. 

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Los retos de construir un feminismo del 99% http://latrivial.org/los-retos-de-construir-un-feminismo-del-99/ http://latrivial.org/los-retos-de-construir-un-feminismo-del-99/#respond Tue, 03 Mar 2020 11:42:09 +0000 http://latrivial.org/?p=7797 Reseña de “Un feminismo del 99%” (Lengua de Trapo, 2018)

Por Beatriz Moreno (@beatmoreno)

En la semana del 8M y con un escenario de incansables pugnas alrededor del movimiento feminista, es necesario volver a textos que nos ayuden a re-enfocar y re-pensar por qué tipo de feminismo estamos poniendo el cuerpo. Acostumbrado a vivir en los márgenes e históricamente supeditado a otras luchas, este movimiento está viviendo, desde hace ya algún tiempo, un resurgimiento que lo ubica no sólo como una cuestión central, sino también ineludible. Como elemento coyuntural, el feminismo se ha convertido en aquello capaz de articular nuevas —y no tan nuevas— mayorías sociales, y por tanto, de disputar hegemonía, que no es otra cosa que poder.

Las autoras de Un feminismo del 99% (Lengua de Trapo, 2018) reflexionan acerca de los retos y límites que este inédito lugar de privilegio y disputa comporta para el movimiento feminista. Influenciadas por el manifiesto homónimo firmado por Nancy Fraser, Angela Davis, Cinzia Arruzza y otras pensadoras clave de los feminismos contemporáneos, apuestan por seguir construyendo un feminismo emancipador y de mayorías frente al feminismo neoliberal, individualista y excluyente.

En ese sentido, Clara Serra plantea que el feminismo hay que entenderlo como algo ya hegemónico: sólo así podemos interpretar la enorme permeación que sus prácticas, lógicas y discursos han tenido y tienen. Por lo tanto, tal y como afirma María Castejón, podríamos asumir que el feminismo es un sentido común ya establecido, una batalla discursiva ganada. Los límites de esta victoria los encontramos en que éste se ha tornado un significante vacío hegemonizado, esto es, un concepto tan hueco y maleable como potente: ¿qué es y qué no es el feminismo? Esta indeterminación plantea infinitas posibilidades de reapropiación y resignificación, o lo que es lo mismo, un campo de significantes en constante disputa, como enuncia Nuria Alabao. Esta indeterminación da cuenta no sólo de su capacidad como elemento articulador, sino de su carácter absolutamente político.

¿Qué es y qué no es el feminismo? Esta indeterminación plantea infinitas posibilidades de reapropiación y resignificación, o lo que es lo mismo, un campo de significantes en constante disputa

Ante este significante vacío hegemonizado, es tarea y reto de los feminismos definirlo, constituirlo parcialmente porque por mucho que lo fijemos hoy, la contingencia nos dice que nunca hay que dar ninguna batalla por ganada y determinar a qué demandas, luchas y subjetividades responde esta hegemonía. La propuesta de Fraser se basa en aprovechar esta ventana de oportunidad para construir una alternativa progresista al neoliberalismo, en un campo que, según Serra, es uno de los más fértiles sino el que más  para erigir un nuevo proyecto que nos distancie de la amenaza de las derechas.

¿Cómo podemos llenar ese significante vacío y a la vez, construir un feminismo del 99% emancipador  e inclusivo, que sea una alternativa al neoliberalismo? Las autoras nos proporcionan ciertas claves para trazar una línea entre la particularidad de nuestro contexto y el resultado de disputas de sentido previas. Así, Fefa Vila propone que, si por un lado se plantea lo queer como aquello que cuestiona al sujeto político del feminismo como algo dado, y por el otro, se pone a la vez el foco en la necesidad de una transversalidad interseccional entre distintas luchas al interior de los feminismos, podemos iniciar la tarea de llenar de sentido este significante.

La primera cuestión responde a las inacabables pugnas internas por la ampliación o no del sujeto político del feminismo, o lo que es lo mismo, asumir lo queer como parte indisociable del feminismo contemporáneo que nos lleve a desterrar la idea de que sólo hay una forma legítima de ser mujer. Ante esto, cabe argumentar que si asumimos la contingencia y leemos el feminismo según lo que plantea de Luciana Cadahia, es decir, a través de las propuestas del populismo, asumimos la imposibilidad de que existan subjetividades que constituyan identidades o den pie a procesos identitarios previamente constituidos. Por lo tanto, debemos huir de los esencialismos categorizantes y optar por una construcción amplia del sujeto feminista, que asuma la diversidad absoluta desde la interseccionalidad. Para ello, Cadahia propone releer el antagonismo mouffiano en términos de amor: el adversario en este caso, lo que queda fuera del imaginario feminista, lo simbólicamente machuno no debe ser entendido como lo que debe ser eliminado, sino como aquello que también constituye al sujeto feminista en sus diferentes tensiones, en tanto un no-ser, una definición por oposición.

Debemos huir de los esencialismos categorizantes y optar por una construcción amplia del sujeto feminista, que asuma la diversidad absoluta desde la interseccionalidad

En lo referente al segundo punto, que tiene que ver con transversalizar las demandas, Tatiana Llaguno propone la construcción de un sujeto-en-común relacional. Si el feminismo del 99% tal y como lo entendemos plantea una ampliación de derechos, es necesario partir de la representación y del reconocimiento de los distintos sujetos de esos derechos. Una vez en ese punto, es indispensable tejer alianzas al interior del movimiento feminista entre las distintas diversidades. La pluralidad y lo común, nos avisa la autora, deben ser ejes vehiculares de la politización de las identificaciones subjetivas. En otras palabras, en esa heterogeneidad de identidades entrecruzadas se encuentra la clave de la inclusión.

A pesar de todo, no podemos obviar las dificultades y resistencias que subyacen a la masividad del movimiento feminista. Según las autoras, una de las cuestiones a las que debemos prestar especial atención es a la cooptación discursiva de prácticas y lógicas. En ese sentido, cabe asumir que el hecho de que el feminismo esté de moda comporta el fin de la “ghetización” del movimiento y sus demandas. Según Serra, es una oportunidad que debemos aprovechar para explotar sus contradicciones y brechas, de tal  forma que nos permita seguir avanzando. Si hay conflicto, avisa Justa Montero, es porque hay una pugna por el sentido del feminismo: una lucha por ponerle nombre y apellidos, por definirlo y acotarlo. Así, nuestra capacidad de agencia mientras se da la disputa política determinará en qué términos se da la fijación de sentidos. A todo aquello que nos bloquea luchas estériles, posiciones internas irreconciliables y líneas rojashay que dejarlo formar parte, ubicándolo, eso sí, en posiciones subalternas.

La voz colectiva y articulada recogida en estas páginas presenta ciertas herramientas para la construcción y defensa de un feminismo de mayorías, y plantea muchas más preguntas que respuestas cerradas. Así, su aporte principal son las claves que nos empujan a seguir repensándonos mientras somos capaces de aprovechar este momento de conquista hegemónica y lo conducimos, en común, hacia la construcción de un feminismo plural, incluyente y una alternativa al neoliberalismo como parte de un proceso emancipador. 

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