viernes, noviembre 24, 2017
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¡Ahora es cuando hay que andar, carajo! Del asalto a la transformación del sangre horchata

Enric Parellada Rius

 HAY QUE ANDAR

Si intento imaginarme qué es lo que debería ser una supuesta narrativa para el cambio político, entiendo que sería una literatura crítica con la situación que está viviendo una mayoría social; aprensiva en todos aquellos sectores que se están viendo desfavorecidos por culpa de la precariedad, en el empleo y la vida, llevada a cabo con las medidas de austeridad de las instituciones gubernamentales y los poderes fácticos.

Por otro lado un autor comprometido a mi modo de ver es alguien que además de escribir algo que quiera leer un hipotético grupo de lectores, se presenta como un sujeto que cuando es hora de implicarse en los movimientos sociales aparezca. Éste, pues, debe ser el artífice de la narrativa para el cambio político, no otro. No solo haciendo acto de presencia en los acontecimientos públicos o populares, sino también reivindicándose contra las acciones desafortunadas que perjudican al grueso de la población. Un autor que además de contar al mundo a través de la ficción, por muy realista que quiera ser, lo que cree que está sucediendo en el país, también esté presente en el día a día de sus vecinos y compatriotas; que publique artículos en la prensa o manifieste abiertamente su descontento con lo que le toca padecer a las clases sociales no privilegiadas. Alguien que se le pueda leer por vía de otros medios que no sean sus obras, esto es poemas, novelas o bien cuentos, no ensayos puesto que estamos hablando de narrativa aplicando el acento en la literatura (no entraré en debate sobre qué es o no es literatura porque eso se lo dejo a Terry Eagleton). Alguien que sea un perfil interesante de seguir en Facebook y Twitter o el resto de redes sociales. Así es como creo que debería ser dicho autor comprometido, el que es capaz de narrar para el cambio político. Aunque si es reacio a las nuevas tecnologías como mínimo que sea un perfil público y que se dé a conocer.

Estamos hablando de narrativa para el cambio político y por eso creo que difícilmente se puede incentivar el cambio social y político si no se hace en cuerpo y alma, en persona. O dar la cara en los medios audiovisuales, esto es, tener un canal de YouTube, o quizás un blog, o estar presente en los diarios, periódicos y revistas, no necesariamente en televisión. Alguien comprometido es alguien que escucha, alguien que se emociona, alguien que siente y alguien que después de esto discute, expresa, escribe, comunica. Acto seguido deberá volver a escuchar, básicamente porque es un circuito circular. Primero escuchas, después hablas y después vuelves a escuchar. Primero lees, segundo escribes, tercero vuelves a leer. Como un ciclo. Un individuo jamás querría ser aprendiz de cocinero si no hubiera comido nunca. Comes, cocinas y vuelves a comer. Esto es lo que le hará aprender, el saber si ha cocinado bien el plato, o no, cuando lo compare con la muestra de la receta bien preparada la cual quiere emular. Lo interesante es que es más importante aprender que enseñar, porque una vez aprendes, tienes algo que enseñar y necesariamente este proceso implicará la necesidad de volver a aprender. Por tanto comer, cocinar y volver a comer.

Desde el aprendizaje, la enseñanza y la educación el mundo debe estar estructurado. No recuerdo quién me lo dijo, pero fue una maestra cuando cursaba primaria, de esto estoy seguro. Explicaba la maestra a sus alumnos que por primaria y por la ESO pasan desde el futuro presidente del gobierno y el médico que nos curará; al profesor que nos examinará, el paleta que nos construirá un hogar, el basurero que se encargará de mantener limpio y recogido lo que ensuciemos, el mecánico que nos reparará el coche en caso de avería. Por aquí pasa todo el país y por eso es necesario aprender para poder ayudar tanto en cuánto se pueda a nuestros vecinos. Por otro lado Nuccio Ordine contaba en una conferencia que dio el pasado curso en la Universidad Autónoma de Barcelona, referente a su manifiesto “La utilidad de lo inútil”, que aprender y enseñar es el intercambio más noble que hay. Si tú tienes una manzana – decía – y se la das a un amigo, tu amigo recibirá una manzana, pero tú te quedarás sin ella. Sin embargo si tú posees un conocimiento, o bien una idea, y se la transmites a tu amigo, tu amigo recibirá un nuevo conocimiento, mientras que tú lo conservarás.

Por eso es tan interesante el ciclo aprender-enseñar-aprender. En suma, y volviendo al leer, escribir, leer, esto no debe entenderse como desplazarse del punto A al punto B y posteriormente del B al A sin avanzar. Debe entenderse como una suerte de cuerpo con dos piernas que para andar primero efectúa un paso con una pierna, después uno con la otra y de nuevo uno más con la primera. Si se quieren hacer dos pasos seguidos con una misma pierna, se tropieza. Paso a paso para caminar y hacer camino. Hay que aprender a pasear con el tiempo. Esto es lo que creo que es un autor comprometido y a partir de aquí hay que empezar a tratar qué es lo que se debe narrar.

SANGRE HORCHATA

Émile Zola decía que a esta vida había venido para vivir en voz alta. Es lo que define un poco la anterior argumentación en cuanto al autor comprometido. A su vez también decía que la novela es la historia privada de las naciones. Por esta línea hay que seguir, pues. Mal acuñado está el término, pero la literatura literaria debe entenderse como antónimo de la literatura de mercado. ¿Esto, pues, debe entenderse que ningún relato ubicado en la categoría de literatura literaria no ha sido jamás literatura de mercado? De hacerlo caeríamos en un error brutal. Por tanto voy a dejar de lado esta distinción de literatura literaria frente a literatura de mercado, asimismo sí me gustaría incidir en lo que entendemos por literatura política y así fomentar la narrativa para el cambio social-político.

A mi modo de ver esta debe enseñar. Explicar lo que muchos están padeciendo y no se manifiesta en forma de discurso. Hay que enlazar en una cadena de equivalencias a todos los sectores de las clases sociales desfavorecidas, afectadas por decisiones egoístas del gobierno, en un relato que siga una línea discursiva en el papel capaz de que gran parte del público al que se dirija el autor pueda sentirse identificado con lo que en la obra se cuenta. Pero claro, ¿cómo se me ocurre intentar describir qué es lo que debería suceder para que una novela gustase o funcionara en cierto contexto? Es absurdo y banal hacerlo porque si algo bonito tiene la literatura, es que es tan emocionante como impredecible. Todo puede cambiar de la noche a la mañana. Así que más que buscar qué y cómo se debe contar, lo que se debe es saber a qué público hay que dirigirla, qué clase de sociedad es la que nos rodea y a su vez qué clase de sociedad es la que formamos unos y otros.

Partiendo de que una mayoría de los españoles consideran el hecho de leer una acción de esfuerzo demasiado costoso y, sin contemplaciones, inútil, para encontrar una narrativa del cambio primero tenemos que gozar de un público abierto, dispuesto a recibir la sugerencia del cambio político a través de una novela, un cuento o un poemario. Hay que acercar la lectura al pueblo; porque más que considerarla útil, hay que considerarla imprescindible. No es, pues, que un texto capaz de lograr el cambio político a través de lo que en él se narre no tenga la sensibilidad de conseguir dicho hito sino que de haber una mayoría social que no lee, no se va a efectuar ninguna alteración en pos de la lectura a favor de un cambio de perspectiva o mentalidad. Esto es, no es la capacidad, es la disposición.

La disposición se educa, pero no a la búsqueda de emprendedores, término del que estoy completamente en contra, sino a la búsqueda de ambiciosos del conocimiento, de la curiosidad, del aprendizaje. Si un universitario, estudiante de lengua y literatura, léase filología, le dice a un estudiante de otra rama que aproximadamente cada semestre lee cerca de 30 libros entre lecturas obligatorias y estudios recomendados, no puede ser que este otro estudiante lo considere un “tostón”, emprando de tal manera el argot universitario no lector. Tampoco puede ser, creo, que un estudiante de económicas crea que leer a el Manifiesto Comunista de Marx y Engels es algo que nunca hará porque lo considera innecesario.

Estamos lanzando hornadas y hornadas de graduados en la universidad sin ningún tipo de voluntad crítica ni reflexiva y esto no puede ocurrir. No puede ocurrir si queremos que la sociedad dé un giro, un cambio de perspectiva en cuanto al conocimiento. Creer que lo más importante en verano es ser el que se pone más morenito del grupo de amigotes y amigotas y el que se toma más mojitos en la terraza más cara de la costa, no es la clase de individuo que la universidad debe proporcionar a la sociedad. La universidad, como dice Juan Carlos Monedero, debe emocionar. Debe devolver a la sociedad todo aquello que esta le está entregando. Están pasando miles y miles de estudiantes por las universidades de España que consideran este ciclo como el último paso hacia la salida laboral, cuando no debería ser así. Hay que estudiar e investigar sobre el interés de los muchachos y muchachas que pasan por la universidad sin ningún fin de continuar aprendiendo y solo querer alcanzar cuanto antes un sitio laboral en el que se cobre mucho y se trabaje poco. Este no es el camino.

No obstante este conflicto ha de ser atacado en las raíces. Un niño de 10 añitos no puede considerar que ir al colegio no le gusta porque es una cárcel, así cuando tenga 14 tampoco lo pensará y mucho menos cuando supere la selectividad. Hay que proporcionar una mejor educación con gente más preparada para crear individuos con aspiraciones y aptitudes de progreso y desarrollo vital. De qué servirá aprender con 14 años qué es el complemento circunstancial de una oración, cuáles son los elementos de la tabla periódica o cómo se ha de conjugar el pluscuamperfecto de subjuntivo si a ese pobre chico o chica no se le ha enseñado el valor de una lectura interesante. Hay que ir a la búsqueda de voluntades lectoras, pero no como desesperados.

“El libro del Tao” de Lao Tse nos enseña que si buscas el Tao no lo encuentras, que se encuentra sin buscar. Hay que hacer lo que se debe hacer para encontrarlo sin ninguna voluntad de buscarlo, pero con toda la intención de poder encontrarlo. Esto es, hay que proporcionar una mejor educación que la actual y con más ambición para que un alumno no se cierre las puertas del conocimiento él solo. No se tiene que construir sujetos lectores, sino personas ambiciosas, abiertas a procesar lo que se ve, lo que se escucha, lo que se degusta, lo que se huele y lo que se toca. En suma, lo que se siente. Así se genera otra disposición en los jóvenes, con distinta mentalidad, con el saber hacer francés, hasta que llegue el día que los jóvenes por sí solos no se cierren a la lectura. Aquí radica el acento del conflicto.

Claro y conciso, creo que una maestra o una profesora que ha sido capaz de transmitir los valores de la lectura, orientada a la temática que le interese más a la alumna, ha sido una triunfadora y ha llevado la acción de la enseñanza al éxito. Todo lo demás a mi modo de ver es fracaso. Leer es vivir, leer es tener interés. Leer es conformarse con lo que uno tiene y querer más simultáneamente. Paralelamente creo que a pesar de la enseñanza tenemos más herramientas para incentivar al joven a leer y esta es el periodismo.

Por suerte o por desgracia vivimos en el mundo de la sobreinformación, que no comunicación. La explotación de esta tergiversa la verdad. Se mal entiende el periodismo en esencia. El periodismo podría ser clave y fundamental en la conquista de la lectura a nuevos adeptos. Lecturas breves, pero interesantes y de calidad. De temas que sean del interés de un chavalín de siete años, o un cabezón de 15. No nos pondremos a subrayar con bloque de notas y lápiz los titulares del periódico del día, tampoco a repasar la información de la jornada en la bolsa de acciones, o a leer a los corresponsales de guerra, esto debería de quedar claro. Pero sí podemos motivar la lectura de los jóvenes con revistas que cuenten relatos los cuales los niños son capaces de entender. Además si estos relatos, con esfuerzo por parte de los pequeños lectores, son susceptibles de ser relacionados con su particular actualidad, esto genera en el niño un interés por todo lo que le rodea.

Yo mismo aprendí a amar la lectura gracias una revista de baloncesto que mi madre decidió comprarme cada mes cuando era un crío. Cosa que difícilmente se consiga dejando jugar al niño cuatro horas al día a la videoconsola, además de ir al colegio y desarrollar sus necesidades vitales, esto es, comer, dormir, higiene personal. Después de colegio hará cinco extraescolares distintas cada tarde, puesto que hay padres que compiten a ver quién tiene el niño más ocupado después de salir del colegio. Jugar a la consola está bien, hacer extraescolares también. Sin embargo cuando en la rutina del niño desaparece su tiempo libre, es contraproducente. No se piensa que de este modo el niño no tiene tiempo para sus cosas, para pensar y reflexionar sobre lo que hace bien o lo que hace mal, para descansar, en suma.

Es un niño, esto es, una persona con pocos años de vida, por tanto piensa (quizás cuando sea mayor deje de hacerlo si sus padres le roban el tiempo libre apuntándole a miles de actividades pos horario escolar). Si además después de cenar se le deja antes de ir a dormir la tablet de mamá o papá, esto es robar tiempo, un cerebro a mi modo de ver. Me atrevo a decir desaprovecharlo. Así se despolitiza a la sociedad desde bien pequeños, aunque quizás por el hecho de la cotidianidad de los hechos nos pueda parecer que no.

No puede ser que una persona haya leído más mensajes de Whatsapp y de Messenger que textos de interés crítico, discusivo y reflexivo. En realidad no quiero decir académico, porque no hay que relacionar la lectura estrictamente con la vida escolar. Lo que todavía me parece más incongruente e inverosímil es que un joven diga: no me gusta leer, y sin embargo se pasa pegado al móvil todo el día con la aplicación de servicio de mensajería instantánea abierta, leyendo, por supuesto. Porque leer no le emociona, pero le gusta cuando su pareja le manda un pequeño texto cariñoso y bonito, acaramelado para todo aquel ajeno a la relación y seguramente lleno de faltas de ortografía. Pero claro, no me gusta leer. Te vas a volver loco de tanto leer. ELLOS SE HAN VUELTO ZOMBIS DE LEER TANTOS WHATSAPPS.

Es por eso que muy difícilmente puede haber una narrativa para el cambio si no disponemos de un público al que dirigirnos. Que se me entienda, esto es, sí puede haber una narrativa para el cambio político, sí hay público, no hay interacción entrambos. No hay ese canal que nos contaba Roman Jakobson entre emisor y receptor. Por tanto si el mensaje se emite, pero no se recibe ¿hay mensaje? Xavi Pascual, entrenador de baloncesto del F. C. Barcelona, decía que no existe un mal pase si existe una buena recepción. Comprendo pues el éxito de la telebasura, comprendo que la hipotética narrativa para el cambio político puede ser una excelente asistencia, pero al aire. No está James Worthy detrás de Magic Johnson para recibir un pase de espaldas desde la línea de fondo y acabar machacando el aro segundos después de palpar el balón.

Si a España se tuviera que producir el cambio político a través de la narrativa, directamente no habría cambio porque el público lector no es mayoría. La gente que lee es un colectivo muy interesante que se ha encargado de cultivar su mente a base de esfuerzo. Sin embargo no es una mayoría social. En suma, si se quiere confeccionar una revolución ideológica, aunque esta sea una construcción como nos explica Marx y otros muchos pensadores, si no hay disposición, de nada servirá la capacidad. Abrir un libro y empezarlo a leer pasando página por página, devorando cada una de las líneas, entiendo que puede ser una tarea que requiera esfuerzo, pero la recompensa es tan superior al esfuerzo que no tan solo compensa, sino que anima a volver a leer. Leer, escribir, leer. Andar, pues.

En un fragmento de “La fábrica del emprendedor” de Jorge Moruno se reproduce la siguiente reflexión: “La comunidad es lo contrario a la inmunidad, pues implica y afecta a sus componentes, mientras que la inmunidad es un estado ajeno al resto que le deja fuera del alcance de las normas, escritas o no, que la comunidad comporta. Pero para que haya comunidad tiene que haber una cultura compartida y para que exista una cultura es necesario que esta pueda comunicarse”.

Como dice el mismo autor, no es de extrañar ver que comunidad y comunicación parten de una misma base etimológica que es lo común. Creo que la lectura debe formar parte de cada una de las personas que tengan sangre en el cuerpo en vez de horchata. La horchata es en realidad la culpable de la dificultad en la aparición de una novela que implique el cambio político, una narrativa que anticipe o camine de la mano del cambio político. La falta de lectura es, pues, el principal enemigo que se debe combatir para llegar a la ansiada narrativa para el cambio político. Creo que no es tan difícil enseñar a encontrar temas de interés en la lectura porque en realidad no se encuentran en cualquier otro tipo de adquisición de conocimiento. No me creo que la gente no tenga interés en nada de esta vida, por tanto la lectura e interés deberían actuar simultáneamente.

El conflicto es que a cierto público dicha práctica no le produce interés, ni mucho menos placer. Me viene a la cabeza esa muletilla de mis abuelos cuando me negaba a comer algún plato de verdura porque decía que estaba malo. Ellos respondían certeramente: ¿Cómo vas a saber si está malo o no si ni siquiera lo has probado? Pasa lo mismo con la lectura. Cuando era pequeño no me gustaba cuando mis abuelos me repetían esta frase. Supongo que debe pasar lo mismo a la gente que hoy no lee, sin embargo el problema al no haber surgido hoy sino en la juventud de cada individuo, no debemos parar más atención al porqué la gente hoy no lee.

Hay que regar bien las raíces. De modo que si se debe hacer que una clase de alumnos se enamore de la lectura cuando no se está en un entorno propicio es muy complicado, pero no imposible. Hay que gozar en vez de poseer aquello que nos hace felices, cuenta Montaigne en sus ensayos. En una sociedad en la que se prefiere una tablet a un libro; en una sociedad en la que si no tienes algo que tu amigo no tenga, no eres nadie; las cosas ya no se adquieren por el uso que en sí un producto pueda servir, sino para demostrar que tal cosa, si la puedo tener y tú no, yo la tendré. La lectura va más allá de esto porque el saber es gratificante, porque fomenta distintos estímulos a los sentidos, mientras que no lo hará la camiseta nueva que te compraste ayer y que dentro de seis meses no te volverás a poner porque ha pasado de moda.

Una narrativa para el cambio político requiere gente con disposición a leer sobre lo que es el cambio, para después entenderlo y compartirlo o discrepar de este. Fíjate que en la frase anterior he usado el verbo leer, que no saber, que es muy distinto. Claro que la gente quiere que las cosas vayan a mejor, claro que tienen interés sobre lo que puede pasar o pasará en el futuro más próximo, pero al hablar de literatura, de narrativa para el cambio político, es fundamental leer. El acento está aquí. Esto es, tenemos público, pero que no lee.

Un profesor de la universidad me enseñó que cuando tienes alguna cosa que va acompañada de un “pero”, esta cosa en realidad tenemos que cuestionarla. Mientras que el camino hacia la narrativa para el cambio político pase antes por el cambio político que en la producción de una narrativa influyente, en España no se sustentan las condiciones apropiadas para conseguir el cambio político a través de la literatura. Por suerte, digo yo, tenemos otras herramientas para conseguir el ansiado cambio. ¿Pero qué es el cambio? Un significante vacío que la gente no lectora se aferra a este como argumento de su voluntad política. Hay que leer, en serio.

Insisto, en España debe haber primero cambio político, es decir cambiar el sistema de educación y periodismo, después al construir un público lector se podrá intervenir con la narrativa para el cambio político. Sin que la gente lea, difícilmente en España pueda aparecer un relato que incentive al lector a querer cambiar su gobierno. Ya lo sabían Jovellanos, Ignacio de Luzán, Moratín y compañía cuando intentaron hacer una reforma política cultural al estilo de Kant, todo para el pueblo pero sin el pueblo. Repito, hay que gozar en vez de poseer aquello que nos hace felices.

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