miércoles, noviembre 22, 2017
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20D: Una desintegración cualitativa

Jordi Romano Cases                                                                                                                 

Despedimos el 2015 sufriendo un extraño calor de invierno que me la suda. Un año que pasará a la historia como el más trascendental de la política española desde el 82. La sensación de las élites tradicionales es de fin de fiesta, la contundencia y la rapidez de los acontecimientos están haciendo que una buena parte de la ciudadanía, y del sentido común instituido, despierte de golpe ante una realidad desconocida e insegura. Es cierto quizás, a nivel cuantitativo, que el cambio político no se materializa de manera rotunda y que el Régimen del 78 no se hunde tan rápidamente como podía parecer. Pero es indudable que los partidos tradicionales viven en una catástrofe agónica, y parece que no encuentran un suelo mínimo. En el ciclo electoral acelerado que ha sido el 2015, cada vez que las urnas se han abierto, el bipartidismo ha sufrido duros golpes, con un resultado final del 50,7% de los votos.

 

El proyecto de país, el relato y los equilibrios que resultaron de la Transición y fueron destituidos por el 15M empiezan a desvanecerse, se abre paso a una situación inédita: el mecanicismo “turnista” según el cual el partido más votado podrá formar gobierno parece que ya no es posible. Vemos cada día que buena parte de los poderes dominantes, la troica, Ibex 35, creadores de opinión, and so on, and so on, piden que elPartido Popular y el Partido Socialista Obrero Español lleguen a un acuerdo de Estado, en forma de Gran Coalición, que permita cerrar desde arriba el régimen y perpetuar unos años más las relaciones de poder tradicionales. Esta fórmula pone en una situación realmente complicada a un Partido Socialista que se erosiona por momentos y que vive en sus horas mas bajas. No son pocos los problemas internos del partido, y el liderazgo de Pedro Sánchez cada vez está más cuestionado. El PSOE se encuentra en un momento muy delicado y difícil de gestionar. Se ha convertido en un partido que no genera sensación de alternativa al PP, y por primera vez se ve amenazado de que un partido, Podemos, lo adelante por la izquierda. A pesar de que un sector del partido es favorable a permitir la investidura de Rajoy, buena parte de los dirigentes saben perfectamente que a medio plazo ésta maniobra sería un suicidio que costaría demasiado caro.

 

La solución portuguesa, en forma de coalición de izquierdas liderada por los socialistas para expulsar a la derecha del poder, tampoco parece viable. A diferencia del país luso la hipotética suma de PSOE, Podemos e IU-UP no consigue mayoría absoluta. El problema no es simplemente numérico, también hay que destacar que la formación dirigida por Pablo Iglesias entiende que la necesidad de echar a Rajoy no puede traducirse en legitimar y dar carta blanca al PSOE, hecho que estratégicamente podría ser contraproducente para Podemos. El partido morado pone sobre la mesa una serie de medidas que sabe que los sectores duros del Partido Socialista nunca aceptarían, de tal manera que una buena parte de los sectores populares cada vez ven más clara la incapacidad del PSOE para seguir representando una alternativa. Si añadimos el descrédito de los dos partidos tradicionales, que no seducen a la gente joven, y el anhelo de abrir un proceso constituyente y de ampliación democrática, es Podemos quien pasa a ocupar la posición central del proyecto de país, al menos cualitativamente, de tal manera que es el único partido que asume la tarea de construir una nueva subjetividad colectiva.

 

El resultado de las elecciones muestra definitivamente la quiebra del modelo de integración territorial y el único actor que puede articular un frente desde las periferias, donde las fórmulas de confluencia han sido un éxito, y encarnar una idea de plurinacional-popular, que permita visualizar un horizonte de país compartido, es Podemos y sus aliados. El modelo de estado es la institución del régimen que está más deteriorada y parece imposible que los partidos tradicionales puedan recuperarse en las naciones subalternas.

 

Un vaso es un vaso. Un plato es un plato. Una puerta es una puerta, solamente bajo determinadas condiciones está abierta. En tanto que puerta abierta, permite que la gente entre y salga con normalidad. Cuando está cerrada, impide el movimiento entre los compartimientos e impone un inmovilismo cavernario. En las condiciones “normales” de un régimen constituido las puertas del orden están cerradas, el actor hegemónico que ha construido el marco político y el cuerpo social siempre juega la batalla en su terreno y, por lo tanto, con ventaja. Pero hay ciertos momentos históricos, que duran poco tiempo y son fugaces, en los que la incapacidad del poder tradicional y la voluntad, capacidad y disposición, de un nuevo actor contrahegemónico se pueden medir en condiciones que permiten alterar sustantivamente la correlación de fuerzas anclada en el régimen. La puerta está abierta durante poco tiempo y siempre tendrá tendencia a cerrarse, podríamos hablar de un momento de hegemonía mínima o decadente, período de descomposición orgánica del relato cultural y del sentido común establecido, donde la función hegemónica de integrar los sectores subalternos se debilita. Es un momento populista.

 

Podemos entendió perfectamente ésta situación y se fundó sobre la tesis de funcionar cómo una máquina electoral capaz de aprovechar la oportunidad histórica de afrontar las elecciones con la convicción real de poder ganar. En esto se basa la lógica del ciclo o carril corto. Es decir, dar la disputa en los términos, ritmos y terrenos marcados por el régimen. Y aceptar estas condiciones implica necesariamente aceptar una parte del sentido común ya existente, entender que hay debates que no son centrales en la partida, saber diferenciar las cuestiones fundamentales sobre las que hay que enfatizar. El tiempo corre siempre a favor de los poderosos y Podemos, a pesar de no conseguir unos resultados excelentes, ha enfocado el duro ciclo electoral desde una tesis casi leninista, con la idea clara de conformar una alianza que les ha permitido lograr una de las prioridades que se marcaron, impedir que los dos grandes partidos del régimen puedan conformar gobierno con la ayuda del señor Albert Rivera. Es decir, Podemos ha conseguido ser una cuña que evite que la puerta se cierre con normalidad, de tal manera que el horizonte de ruptura del régimen sigue aún abierta. Los equilibrios viejos ya no se pueden restaurar, ya no se puede reconstruir el régimen ignorando la voz alternativa que exige cambios profundos en el sistema. Es una gran victoria cualitativa para Podemos. Pero no es suficiente, no han conseguido conformar un bloque capaz de tener posibilidad de vetar cualquier reforma de la Constitución, de tal manera que existe la posibilidad de que el bipartidismo y sus aliados naranjas pongan en marcha una reforma constitucional con el objetivo de evitar un proceso constituyente.

 

Nos encontramos en un principio de año extraño, la ingobernabilidad puede abocarnos a otras elecciones generales. Podemos afronta el futuro con una estrategia distinta. Una vez logrado que el régimen no se pueda cerrar por arriba, se entra en una etapa de carril largo, de enfoque más gramsciano. Ya no se trata de una guerra electoral, de una guerra de movimientos rápida, ya no se trata de pensar en lo inmediato, de conformar una mayoría en los términos y en la cultura vigente, sino de abrir un proceso de transformación paulatina de los horizontes colectivos de país, de la forma en que el país se mira a sí mismo, una guerra de posiciones. Un proceso que Gramsci llamaría reforma intelectual y moral. Una batalla cultural, una construcción de los símbolos, las canciones, la estética, el horizonte de país, el tejido social, los cuadros políticos, en definitiva, un relato que articule un bloque histórico que encarne la figura de lo plurinacional-popular frente a la restauración inmovilista. Podemos deja de ser un instrumento electoral para convertirse en un movimiento, en una herramienta que profundice la implantación territorial, que unifique las luchas populares, que no sólo agrupe las demandas dispersas sino que les de forma para convertir la suma en un sujeto nuevo. O de la inversión teórica de Linera: Lenin + Gramsci + Lenin.

 

Ahora hay que ver si en la dialéctica restauración-reforma es el elemento de ruptura o es el elemento restaurador el que prevalece. La cuestión central es que el consenso ya no sigue siendo base de la función hegemónica, es decir, ya no hay relación orgánica que permita integrar el anhelo de cambio al orden tradicional. La clase política tradicional quizás seguirá gobernando, pero ya no podrá dominar. El partido de Pablo Iglesias puede caer en un error histórico parecido a la pésima forma eurocomunista del “compromesso storico” que se convertiría en elemento de revolución pasiva y restauración del régimen. Cada vez tiene más sentido la famosa frase de Gramsci: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

 

La contracción que vive el conjunto el Estado hoy en día la encontramos exponencialmente ampliada en Cataluña, que vive un proceso que recuerda a El Gatopardo, como apunta César Rendueles. Cataluña representa dos caras de un mismo momento: es la caracterización de la crisis del Régimen del 78 y, a su vez, es la restauración y perpetuación del Régimen. El “procés” es un claro ejercicio de revolución pasiva, una manera de afrontar la profundísima crisis de legitimidad que vive el partido que simboliza a la perfección qué cosa sea el Régimen del 78, Convergència Democràtica de Catalunya. Una organización que se parece más a un clan mafioso que a un partido político, un actor que ha construido todo el país bajo los intereses de una familia que parece los Corleone. Yo entiendo el proceso independentista como una suerte de huida hacia delante de una élite que estaba destinada a morir, una transformación de un partido con las horas contadas. Una reafirmación del Régimen del 78 en forma más pequeña y hablando en catalán.  

@jordiromanoicas

Jordi Romano

Un bon nano

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