Viernes, Junio 23, 2017
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Marx 133 años después de su muerte

Marx 133 años después de su muerte

 

“Los marxistas no enfrentamos al mundo en actitud doctrinaria con un nuevo principio: ¡Esta es la verdad, arrodíllense ante ella! Desarrollamos nuevos principios para el mundo sobre la base de los propios principios del mundo. No le decimos al mundo: «Termina con tus luchas, pues son estúpidas; te daremos la verdadera consigna de lucha”.

(Marx)

133 años después de la muerte de Marx, el impulso de sus ideas parece haberse convertido en un peso muerto; excusa para la ortodoxia, obstáculo para el pensamiento. Como un catecismo ilustrado, su presencia imborrable ha sido robada por una teología acrítica y manipuladora, replegada sobre sí misma y obstinada en no mirar más allá de sus propias fronteras. Nos lo avisó él mismo en el Brumario de Luis Bonaparte: el peso de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Por eso buscamos en Marx lo que no existe retorciendo sus palabras hasta hacerlas sangrar mentiras.

La versión oficial de Karl Marx se ha convertido en un evangelio monolítico e indiscutible, irresponsable de sus contradicciones y sus lagunas pero orgulloso de vivir sacralizado en su propia caricatura. Un Marx que vive en la papelera de los textos que nunca quiso publicar y en el inasumible impasse de querer mostrarse puro, entero y verdadero sin cambiar ni contradecir lo que en otro tiempo dijo. Un Marx enemigo de sí mismo – ¿por qué no decirlo? – al que la insistencia impertinente de unos pocos no deja convertirse en la tierra fértil de un pensamiento renovado. El Marx de la filosofía de la historia que solo existe en la papiroflexia enrevesada de los lectores interesados.

Que no entiendan los lectores que en mi crítica se encuentra de forma alguna una renuncia sepulturera, pues no pretendo con lo que digo desterrar sino desenterrar el valor de su trabajo. Marx se fue cuando se mentó en vano o de forma interesada, en las intenciones de quienes buscaron en el justificaciones y no respuestas. Su vuelta, gris en materia pero colorida y corrosiva en la crítica, es ahora más que nunca necesaria. No obstante, volviendo a parafrasear el Brumario hay algo que no podemos olvidar: la resurrección de los muertos ha de servir para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas; para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento en la realidad; para encontrar de nuevo el espíritu de la que anhelamos cambiar y no para hacer vagar otra vez a su espectro.

En palabras del viejo Marx, todo aquello que tenemos por delante “no puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado”. Entendámoslo, la vehemencia en construir desde esa fantasía enajenada de portar en sí una verdad escondida a la espera de su despliegue, desde la emergencia irrefrenable de un mundo nuevo abriéndose paso, jamás podrá vencer a la virtud de construir hundiendo las manos en la propia argamasa de la historia, construyendo con paso corto y la mirada larga. Resucitar a Marx en el pensamiento para batirse en duelo con sus ideas es una tarea difícil pero pendiente. Quizás a los viejos marxistas les conviene aprender del trap de Kinder Malo para entender que el pensamiento crítico ni aún siendo de oro quiere él cadenas (y si, he citado a Kinder Malo solo por provocar).

 

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