Domingo, Julio 23, 2017
La trivial > Sin categoría > We Need to Talk About Karlos o acerca de la necesidad de repensar las razones por las que no habría que sostener una monarquía constitucional

We Need to Talk About Karlos o acerca de la necesidad de repensar las razones por las que no habría que sostener una monarquía constitucional

Por Lucas Pardo

El pasado 12 de Octubre se celebró por segunda vez la Fiesta Nacional de España tras la abdicación del Augusto Señor Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias (en adelante JCI). Tras la muerte del Caudillo, quien dejó como heredero a JCI, nos hemos preguntado si el Augusto Señor Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia (en adelante FVI) marcará una nueva época o si lleva la antigua encima de su cabeza.

Se ha dicho que no fue ninguna casualidad que el primer gran acto público de FVI tuviese lugar en ese espectáculo apolítico de la derechura y logro de la humanidad que fueron las Olimpiadas del 92’ en Barcelona. Quizás tampoco sea casualidad la corrupción que rodea el desarrollo del espectáculo y la majestad del deporte en sí mismo. Tampoco el matrimonio con Letizia Ortiz, nuestra paisana, que es visto como un simple azar del amor. Está lejos de ser redundante el analizar el ojo político y la construcción simbólica que rodea a la corona real. ¿Pero nos lleva esto a penetrar la oscuridad de las cámaras del Palacio y sentir el miedo de ese vacío?

En estos tiempos también hemos contemplado el papel que JCI tuvo. Y también que quizás FVI se está preparando como administrador extraparlamentario, más que como representante de la nación. Cómo la monarquía funciona por un lado como pegamento que une las líneas profundas, que funciona como muro de contención frente a los ataques más directos contra el establishment. Por otro lado también debe ser un faro que dirija y una en una dirección determinada si otros lazos y símbolos de la élite se ven quebrados. JCI actuó sin duda, en lo bueno o en lo malo dependiendo a quien le preguntes, como un significado parachoques entre las fuerzas que se habían sostenido en Franco y las contrapuestas a estas. La oligarquía pudo unirse alrededor de ello, a pesar de sus diferencias, mientras que la izquierda solo pudo confirmar con ello que no iba a añadir un tercer color a la bandera. Todo esto sirvió como base a la Corona, a la que se añadió la joya del 23-F y así sublimado como una especie de mediador celeste.

Pero el tiempo pasa. La gente olvida y a veces ocurren unos cambios y escándalos que rompen con esta legitimación. Así, la legitimidad de la Corona también se ha cuestionado aunque los actos e imagen del nuevo rey lo intentan sostener. Por ejemplo con la bajada de los sueldos de la familia real un 20%, una pequeña apertura en cuanto a la transparencia de sus actos o la delimitación parcial de los puestos que pueden ostentar la familia real. Aun así, muchos siguen encontrando razones para deshacerse de la monarquía: la persistente corrupción (aunque la propaganda insista en lo “barata” que es la institución) porque lo cierto es que los ciudadanos tenemos que pagar por ella y que no hay nada moderno ni democrático en un sistema hereditario.

Lo propuesto son puntos importantes a contemplar mientras se está discutiendo sobre la necesidad de una monarquía parlamentaria. Pero el Rey tiene un significado que trasciende estos argumentos y que los atraviesa. Sin hablar de ello, los mencionados argumentos no bastan para liberarse de la monarquía. Para lograr esto, primero hay que escuchar a los argumentos monárquicos. Hay que pensar en el ser del Rey en sí mismo.

Se puede hablar de ello, aunque hay que tener en cuenta la separación de los dos cuerpos del rey, ya que ni en España existen juntos. El rey corpóreo es una persona que materializa la posición del Rey, que está por encima de lo terrenal. Aunque como los casos de corrupción enseñan, esta levitación no es total. Si bien la poca repercusión de los mismos también nos enseña acerca de su validez simbólica en el terreno político.

El Rey es el único actor que es visto que tenga el poder de elevarse sobre la política. Así, mientras asume esta posición, le es posible ver lo que es mejor para la nación en su conjunto. Esta posición especial le posibilita tomar decisiones que no estén impregnadas por ningún interés particular, sino solo con la visión objetiva que ejerce estando más allá del terreno político. De ello resulta que lo mejor para la nación, o el interés de la misma solo tiene un significado negativo; que la nación no se disuelva en una guerra civil o bajo una fuerza externa. Como símbolo de lo apolítico el Rey es visto como un totalizador, la frontera que posibilita que la política no sea destructiva. Desde sus alturas es el bote salvavidas que se puede usar cuando ya no hay otro y en el que todos caben dentro.

Para sostener este estado metafísico del Rey, el rey tiene que estar también por encima de lo mundano, porque si no estaría manchado por intereses privados. Esto requiere dinero, lujos, relaciones y una fuerte posición institucional, porque muerto Dios, no lo puede respaldar. Entonces las riquezas y excesos del rey son un mal necesario (en el caso de que esto sea visto como un mal). Un sacrificio a ese ente con el cual la sociedad garantiza su existencia y continuidad. Pero hablemos un poco más del argumento monárquico. Quizás el Rey no provoca solo un mal necesario sino también la raíz del mal.

Comparada a otras monarquías de Europa, no se encuentra una que tenga la misma relación entre el monarca y el pueblo. A una monarquía parlamentaria donde el rey es el jefe de las fuerzas armadas, que ejerce de capitán general y que además está escrito que la constitución está garantizada por las fuerzas armadas. A la vez tampoco en Europa es posible encontrar una imagen que una al pueblo y a la élite de que el pueblo sea estúpido, vago y corrupto, como ocurre en España.

El Rey se posiciona como un salvador pospuesto. Para poder actuar como un salvador se necesita a quien salvar y de que ser salvado. A quien se salva es a la nación y de quien se salva es de la política que la encubre y de la gente, más precisamente de los súbditos que la pueblan. Así porque el pueblo es capaz de desplomarse en la autodestrucción por su propia mano. A la vez esto quiere decir que la necesidad del Rey implica que el ser del súbdito en última instancia es ser lobo para el otro. La legitimación del Rey está basada en la lógica de la amenaza de la guerra civil. De que del pueblo no pueden emanar más que intereses privados. Es decir que en la política entendida como un sistema democrático no se puede confiar.

En la práctica los políticos pueden representar al pueblo, mientras que el Rey salvador tiene ese lado oscuro del miedo que se supone a todo lo nuevo, al cambio y a todo lo que no sea el statu quo donde la sociedad no esté en una guerra civil. Así se revela el Rey como un actor político que representa al miedo de un sistema viejo antidemocrático y que sostiene una determinada visión o mejor dicho una totalidad particular.

Cuando se habla de abolir la monarquía hay que tomar en serio el carácter del Rey, porque las fuerzas que tienen invertido parte de su poder en él, intentan actualizar al Rey como salvador. Este es el análisis que algunos hacen sobre los acontecimientos del 23-F. Mientras el Rey funciona como el pegamento simbólico que mantiene la tabla de juego en una posición preferente a ciertos intereses, donde estos puedan repartir o competir por el poder “cordialmente”, si esta estructura se ve amenazada realmente puede ser creado un inicio para que la partida empiece a escalarse “naturalmente” desde mecanismos del miedo hacia una situación donde el Rey empiece a representar la neutralidad y pueda tomar la posición de salvador, donde los partidarios necesitan a su Rey.

Parece como si en España no se hubiera evidenciado la decapitación del Rey. Por esto habría que pensar con cautela la estrategia de cómo luchar contra este poder casi deísta y arcaico. Quizás sería más eficaz no intentar enseñar los excesos y arbitrariedad del rey, porque como hemos demostrado este no es el problema en sí, sino una consecuencia de su ser. Quizás habría que destacar persistentemente el lado oscuro del Rey que relaciona a los pueblos como súbditos atrasados y malvados. Fortalecer la realidad de este lado del Rey y enseñar cómo este nos niega a sentir y pensarnos como una sociedad capaz de autogobernarnos y convivir democráticamente. Como la mera existencia del Rey se burla de la democracia y de los ciudadanos, que para él son súbditos no por su voluntad pero por la necesidad estructural, la monarquía no es democrática o no porque la mayoría o minoría de la gente la aplauda en las encuestas. El Rey es anti-democrático por su ser, igual que una dictadura siempre lo es.

La necesidad de hablar del Rey previene de esa oscuridad inmanente aunque escondida que se sostiene en él. Pero cuando se habla de su eliminación hay que recordar por qué se lucha. Si la meta no es solo sustituir al Rey y transferir ese poder celeste a otro actor pseudo-democrático defensor de la libertad sea así en este sistema el presidente del gobierno, sea la UE o el Mercado.

Si la meta es realmente democratizadora, hay que enfrentarse a la gente, a un pueblo, a las masas, y hay que tener el coraje de no temerlo, de realmente tener fe en ello. Pero tampoco hay que dejarse caer en ese colchón buenista, apartado de todas esas manchas significativas y categorizantes. Para que el pueblo pueda realmente autogobernarse democráticamente se necesita un sistema adecuado, que gestione las necesidades y voluntades y un pensamiento, unas narrativas y un saber que lo aporte. Y ante todo esto, recordemos cuando se habla de la monarquía, el Rey y el rey quien lo encarna son dos figuras separadas y decapitando al uno no se mata necesariamente al otro. Además en una democracia no podemos permitir que se decapite a ningún ciudadano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *