domingo, noviembre 19, 2017
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Víctor Lenore: Bajo su apariencia de rebeldía, la cultura hípster es un reflejo del capitalismo contemporáneo

Por Miguel A. Ortuño [Fotografía Clara Martínez Lázaro en El Confidencial].

Víctor Lenore lleva veinte años como periodista musical, ha publicado en El País, La Razón, Playground, Rolling Stone, El Confidencial y La Circular. También ha sido guionista de Mapa sonoro para RTVE y fue miembro del grupo promotor de la publicación cultural de izquierda Ladinamo.

Su primer libro “Indies, Hispters y Gafapastas: crónica de una dominación cultural” fue un éxito y se encuentra ya por su cuarta edición. Lenore declaró la guerra al mundo hispter poniendo en el punto de mira a todo lo que se considera “cool”, que a lo largo de estos últimos meses ha generado mucho debate. Asimismo deja a ver en su libro que tras la puesta en escena del 15-M y el surgimiento de los movimientos sociales con más fuerza que nunca se abre la brecha entre lo individual y lo colectivo, entre el yo y el nosotros.

MO: En “Indies, Hipsters y Gafapastas” se ponen de manifiesto ejemplos como el de la Reina Letizia escapando de la Zarzuela para asistir a conciertos de grupos indies como Eels, Los Planetas y Supersubmarina; el magnate Rupert Murdoch invirtiendo cincuenta millones en Vice, considerado un grupo de referencia para los hipsters de todo el globo; y figuras del nuevo laborismo como la de Tony Blair codeándose con iconos del britpop. ¿Hasta qué punto la cultura se ha visto contaminada por las élites? ¿Podríamos decir que la subcultura ‘hipster’ es el fetiche por antonomasia de la clase dominante?

VL: En los años noventa la clase alta ya está cansada de sus relaciones sociales formalistas, envaradas y ostentosas. Les seducen ciertos ingredientes de la esfera bohemia y contracultural. Si lo pensamos bien, ¿qué cosa puede resultar más gratificante que ser un bohemio con dinero? Los cachorros de las élites quieren la seguridad económica de sus padres y la vida de experiencias extremas de la generación beat, los punks, los ravers y las estrellas de rock. Además se pueden identificar con esa cultura de “yo no no respeto las normas y hago lo que quiero”. De hecho, el sector financiero se ha comportado de manera bastante punk y nihilista desde los años de Reagan y Thatcher, sin pensar en otra cosa que su propio placer y beneficio. El problema es que lo pagamos todos los demás. También es importante señalar que el sector de la publicidad aprendió muy pronto a aprovechar las ansias de liberación de la contracultura, despojándolas de cualquier sustancia política. Es algo que se explica muy bien en el libro “La conquista de lo cool” del periodista Thomas Frank. Lo que une la mentalidad de la clase dominante con los hipsters es el rechazo a lo que ellos consideran “masa”. Para entendernos: la gente normal y corriente. Por eso suelo decir que la cultura hipster es el elitismo al alcance de todos.

MO: El neoliberalismo es un monstruo que ha ido devorando a su paso elementos esenciales del estado de derecho. La sanidad, la educación, la soberanía nacional, la democracia… La ola del neoliberalismo ha hecho tambalear todo lo que ha encontrado a su paso. ¿En qué medida han afectado estas políticas de recorte al mundo de la música? ¿Está la música en un momento combativo?

VL: La música occidental está en una fase bastante, bastante adocenada. Es la retromanía de la que habla el crítico Simon Reynolds. La industria no tiene nada que decir sobre lo que ocurre ahora y nos vende un nuevo revival cada tres meses. También me suena blanda la parte más comercial de la música latina. Me hizo mucha gracia un tuit del sociólogo César Rendueles que decía que “Ella se vuelve loca” de Juan Magán es el nuevo “Grandola Vila Morena”. Parece que hayamos cambiado las aspiraciones igualitarias por aprovechar a tope los fines de semana gracias a las pastillas y la música a todo volumen. Yo no tengo nada contra la diversión, al contrario, creo que esta forma de ocio intensivo es una respuesta lógica y razonable a la forma tan brutal en la que nos explotan en las oficinas. El problema es que un proyecto emancipador tiene que abarcar también lo que ocurre de lunes a jueves. Me gusta mucho una frase de Walter Benjamin que dice que “hay que ganar las fuerzas de la ebriedad para la revolución”. Eso es algo que ocurrió en cierta fase de la explosión de las raves, por ejemplo los movimientos de protesta contra la Criminal Justice Bill en Inglaterra. La negativa de los tories a permitir estas fiestas electrónicas que duraban varios días politizaron a parte de una generación. Si te fijas en los años ochenta, verás que hubo en el estado español una escena muy politizada y muy exitosa que fue el rock radikal vasco (Kortatu, La Polla Recors, Eskorbuto…). Eso no hay que interpretarlo como un una victoria política, sino como un síntoma de que la izquierda y los movimientos emancipadores eran tan débiles que sus reivindicaciones y propuestas solo circulaban por los centros sociales ocupados y los ambientes punk. El escenario ideal sería que tuvieramos presidentes como Ada Colau, Pablo Iglesias, Yanis Varoufakis, Jeremy Corbyn, Diego Cañamero y Bernie Sanders y que los músicos pudieran dedicarse a cantar sobre los campos de margaritas. La cultura hípster, en cambio, es pasarse las vida cantando sobre lo hipersensible que eres mientras aplican sus políticas Tony Blair, Felipe González, el BBVA, David Cameron y Bankia. Justamente lo contrario de lo deseable.

MO: ¿Puede la dominación cultural ‘hipster’ acabar sustituyendo a otras manifestaciones cultura- les locales y/o populares, o es tan solo la materialización del modelo cultural de las élites?

VL: Ninguna estética ocupa nunca el cien por cien del del espectro cultural. Dicho esto, la sensibilidad hípster ha triunfado bastante. Es la penúltima fase del arrase de la cultura popular en favor de unos productos comerciales rebosantes de valores clasistas, individualistas y consumistas. Bajo su apariencia de rebeldía, la cultura hípster es un reflejo del capitalismo contemporáneo. Surge sobre todo de hijos de las élites y ha conseguido que mucha gente de clase obrera o trabajadora acabe asumiendo sus valores. Lo sé porque fui uno de ellos durante muchos años.

MO: Independencia, creatividad, innovación… ¿Son acaso el intento de una máscara de simpatía que entraña el espíritu del individualismo?

VL: Totalmente. Una pregunta que me surge es ¿porque tiene que ser la “independencia” mejor que la “colaboración”? De esto se ha dado cuenta hasta el propio capitalismo, que te ofrece proyectos colaborativos donde lo único en que no se colabora es en la recogida de beneficios. Pienso en Facebook, Youtube o Google, por ejemplo. Respecto a la “creatividad” diría que es una palabra coja: ¿Creatividad para qué? Un ejecutivo de Wall Street puede ser muy creativo a la hora de diseñar productos financieros de alto riesgo y alto beneficio. Eso nos ha llevado al crack de 2008. También se puede ser creativo a la hora de diseñar y mantener un proyecto social como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Lo que necesitamos ahora es una creatividad emancipadora y no una creatividad depredadora. Respecto a la innovación, hemos tenido mucha en los últimos años, pero no tenemos un nivel de vida mejor que en los años sesenta. Es mejor conservar aquellas cosas que nos hacen felices (la seguridad social, educación pública gratuita) y dejar la innovación para las cosas con las que no estemos satisfechos. Por ejemplo, librarnos de las cadenas del trabajo asalariado con mecanismos como la renta básica universal.

MO: Autores como Owen Jones, en su famoso “Chavs: La demonización de la clase obrera”, nos muestran que palabras como ‘choni’ o ‘cani’ son partes fundamentales de un modelo clasista que se va perpetuando. En Gran Bretaña la clase trabajadora se ha convertido en objeto de miedo y escarnio; en España el estereotipo “nini” es utilizado socialmente como pantalla para evitar comprometerse de verdad con los problemas económicos y sociales y así justificar la creciente desigualdad. La izquierda tradicional ha errado en temáticas afines a las clases populares, como el desuso de géneros musicales como el reggaeton. Autores como Calle 13 o Tego Calderón han probado este estilo con buenos resultados. ¿Deberían los movimientos transformadores disputar también estos estilos musicales?

VL: No creo que la música haya sido nunca un campo de batalla político sustancial. Quiero decir que no sirve mucho para liberarnos. Sí que es eficaz para lo contrario: fomentar el individualismo. Se me ocurre el ejemplo de todos esos chicos de los guetos de EEUU que crecen admirando a una legión de raperos cuyo único discurso es presumir de sus coches, sus chicas y sus armas. La situación es que las élites tienen casi todos los medios de producción y comunicación y hacen circular, de manera constante y machacona, los mensajes que más les convienen. No hablo de una conspiración, sino de un filtrado natural de lo que les interesa. Frente a eso, el mensaje de cuatro cantautores rojos es algo muy débil. Mi conclusión es que esto no se cambia convenciendo a más músicos de que hagan canciones sociales o de que monten conciertos baratos y horizontales. Se cambia tomando el poder y dando la vuelta a cómo funciona la radio, la televisión, la universidad y el sistema en general. El libro de Owen Jones me parece valioso porque nos muestra muy bien el clasismo que todos llevamos dentro. También explica el grado de descaro al que han llegado quienes manejan los medios. Descaro y eficacia porque programas como “Gran Hermano”, “Callejeros”, “Princesas de Barrio”, “Gandía Shore” y “Hermano Mayor” tienen mucha influencia. Cuento en el panfleto que el rapero El Langui se quejaba de que ese tipo de espacios han cambiado mucho el horizonte vital de muchos jóvenes de barrios humildes como Pan Bendito en Madrid. Él tiene allí una asociación cultural y sabe cuál es el impacto.

MO: Desde los inicios de Podemos la necesidad de una banda sonora para el cambio se ha mostrado como una tarea compleja. ¿Por qué está costando tanto dar musicalmente una respuesta al momento político convulso en el que vivimos?

VL: Cuesta porque tenemos el individualismo y el clasismo metido en los huesos. Para mí el problema no es tanto encontrar una banda sonora del cambio, sino cómo detener la fábrica de himnos prosistema que vomita cada día la industria musical, los medios de comunicación y la industria de la publicidad… Que, por cierto, ya andan cada vez más integradas y están cerca de ser la misma cosa.

MO: En numerosas ocasiones Podemos ha recurrido a viejas canciones de la izquierda como “L’Estaca” de Lluis Llach, “El Pueblo Unido Jamás Será Vencido” de Quilapayun o “A Galopar” de Paco Ibáñez. Este intento de rescatar antiguas expresiones musicales ha sido profundamente criticado en diversas ocasiones. ¿Estamos ante la necesidad de encontrar la banda sonora del cambio ante el agotamiento de los clásicos?

VL: El primer error que cometemos, yo el primero, a la hora de hablar de música y política es centrarnos demasiado en las letras. Hay otros factores cruciales, casi todos relacionados con el dinero y el acceso cultural. El mayor avance demócratico de la música popular en el siglo XX fue la cultura del soundsystem, que nace en Jamaica en los los años cincuenta. Me refiero a esas pilas de altavoces que se sacan a la calle y con las que disfruta la gente que no tienen dinero para acceder a una discoteca o para comprar discos. De ahí han salido las mayores innovaciones musicales: dub, dancehall, hip hop, techno, house, drum & bass, gripe, etc. Son la base de un reclamación del espacio público, la diversión para todos y el acceso cultural.

Respecto a los músicos que citas, que Podemos recurra a ellos tiene que ver con que la inmensa mayoría de la música popular entre 1975 y el 15M de 2011 ha sido terriblemente individualista, anglófila, narcisista, ensimismada, clasista y aburrida. Para encontrar algún himno colectivo han tenido que irse muy atrás, a las luchas contra los dictadores como Franco o Pinochet, que unieron a los estudiantes y las clases populares. Que esos himnos sigan teniendo sentido para Podemos significa que no han sido satisfechas las demandas de igualdad de aquellos años.

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