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Franco Morosoli Sevi

Dentro de una región plagada de conflictos sociales, políticos y económicos, muchas veces cuando se habla del Uruguay parece que en ese país nunca nada nuevo pasará. En el imaginario colectivo de las personas, el pequeño país progresista del sur del continente es el ejemplo de cómo debe funcionar una democracia sin grandes sobresaltos ni cambios bruscos. En parte, eso es verdad, pero tan sólo en parte. Está claro que el Uruguay no tiene los grandes problemas que aquejan a nuestros hermanos latinoamericanos, pero eso no es razón tampoco para idealizar a un país que como todos, también tiene sus evidentes problemas, y algunos de ellos a mi entender muy serios. Dicho esto, el objetivo de estas líneas es realizar un breve recorrido desde los orígenes del Frente Amplio hasta sus gobiernos, para de esta manera poder sacar por más mínimas que sean, algunas conclusiones sobre la coyuntura política uruguaya en medio de las elecciones, del cambio de gobierno tras quince años, y de una región en llamas.

La unión de la izquierda dispuesta a patear el tablero

A inicios de 1971, con un Uruguay sumergido en una profunda crisis social y económica, se producía un hecho que cambiaría radicalmente la historia del país. Tras un siglo XX en el cual los partidos “tradicionales” habían gobernado ininterrumpidamente frente a una izquierda minoritaria y fragmentada, se produjo la creación de la coalición de centro-izquierda denominada Frente Amplio (FA).

La nueva coalición política agrupó a diferentes grupos de izquierda minoritarios, así como también atrajo a los sectores y personalidades más progresistas de los partidos tradicionales Colorado y Nacional. El Frente Amplio pareció ponerle punto final a las largas discusiones y diferencias dentro de la izquierda, agrupando programáticamente a un amplio sector de centro-izquierda con marcadas diferencias ideológicas. A pesar de presentarse con un programa único, dentro del FA coexistían corrientes de tipo marxista ortodoxo, más de corte socialdemócrata, así como también sectores demócratas cristianos y liberales progresistas provenientes de ambos partidos tradicionales. El programa frenteamplista era profundamente democrático y de tinte reformador, pero a pesar de ello muchos de sus integrantes poseían una ideología revolucionaria, antiimperialista y anticapitalista.

La evolución política del partido, al igual que la del sistema político en general se vio truncada con el golpe de Estado civil-militar de 1973, el cual inauguró un período oscuro cargado de represión y torturas a dirigentes y militantes políticos y sociales. En la transición democrática, el Frente Amplio tuvo una participación clave,  ya que mediante pactos con los máximos jerarcas militares y otros dirigentes políticos aseguraron una transición pacífica, la cual en otras palabras significaba no ahondar en los delitos de lesa humanidad cometidos por los militares durante el período dictatorial.

Tras la reestructuración del partido, y acercándonos a final de siglo, la coalición fue alejándose cada vez más sus antiguos postulados revolucionarios y anticapitalistas, acercándose cada vez más hacia el centro del espectro político y transformándose en un partido moderno de estilo catch-all. A pesar de ello, el Frente Amplio se había convertido en el abanderado de una enorme masa social militante que todavía guardaba en sus mentes los antiguos ideales de revolución que no habían podido ser eliminados mediante palos y cárcel. En oposición a los partidos tradicionales que volvían a gobernar tras la dictadura, aplicando entre sí las mismas políticas neoliberales y conservadoras, las cuales años después llevarán al país a una enorme crisis, la coalición frenteamplista se presentaba como la única opción de cambio de un sistema profundamente corrupto, injusto y desigual.

El momento tan esperado para aquellas generaciones que anhelaban un golpe de timón brusco que cambiara la dirección del país llegó en 2004, cuando el Frente Amplio triunfó en las elecciones generales, enmarcadas en el contexto de crisis económica y social más grande en la historia del país.

¿La izquierda en el poder?

A pesar de que haberse alejado totalmente de los planteos revolucionarios, el nuevo partido político en el gobierno mantenía un discurso progresista que seguía identificándose con la izquierda frente a los partidos tradicionales neoliberales que habían llevado al país a la crisis. En su asunción, el electo presidente Tabaré Vázquez lanzó en su victorioso discurso que su gobierno irrumpía para “hacer temblar las raíces de los árboles”; en realidad, llegando a finalizar el tercer mandato frenteamplista, se podría afirmar que eso estuvo muy lejos de suceder.

En materia económica, en estos quince años el gobierno logró revertir el escandaloso panorama económico que el saliente gobierno colorado había dejado, equilibrando los valores macroeconómicos y haciendo crecer la economía a un buen nivel anual. La inversión pública en materia social y educativa aumentó exponencialmente, siendo además sumadas a un mayor apoyo a los sindicatos y la mejora de las condiciones laborales. Aunque pareciera una paradoja difícil de creer, en este sentido, año a año el gobierno recibe con los brazos abiertos los halagos de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo, por los “buenos” resultados económicos obtenidos, siendo el país con mejor redistribución del ingreso y con mayor PBI per cápita de América Latina.

Sería irracional no reconocer los buenos resultados en materia macroeconómica que ha tenido el gobierno frenteamplista, ahora sería interesante pensar ¿que ha pasado con aquel partido que en su nacimiento se posicionaba de manera clara e inquebrantable anticapitalista y antiimperialista? Está claro que no se puede caer en anacronismos y esperar de un partido que va a cumplir sus quince años de mandato ininterrumpido y en un pleno siglo XXI, unas posturas revolucionarias propias de un anterior contexto donde las palabras reforma y revolución todavía poseían un fuerte peso social e ideológico. Pero a pesar de ello, se podría afirmar con total seguridad que quienes no han cambiado sus medidas políticas y económicas, y mucho menos sus intereses, han sido los organismos internacionales mencionados. Claro está al ver los países latinoamericanos vecinos y las gravísimas consecuencias que han generado la implantación de políticas neoliberales en su máxima expresión. Entonces, ¿por qué un gobierno que ideológicamente se sigue posicionando a la izquierda del espectro político es digno de semejantes reconocimientos por parte de grupos ultraliberales tan rechazados por la masa popular de todos los países de la región? Paradójicamente, durante estos gobiernos de izquierda, implícitamente dentro de los buenos resultados macroeconómicos, se han llevado adelante una serie de leyes que proponen de manera ambigua la privatización del agua, siendo acompañadas por un enorme y vertiginoso proceso de extranjerización de la tierra, batiendo los récords históricos del país. Como si fuera poco, además de la extranjerización también se ha concentrado la tierra como nunca antes, cayendo la misma en usufructo de muy pocas manos, y todavía, como si no hubiera lugar a más contradicciones ideológicas, en manos ricas y extranjeras.

El gobierno ha recurrido a mantener intacto el modelo económico heredado por la derecha, e inclusive trepando año a año escalones en los rankings sobre libertad económica. Con la caída de la inversión extranjera a nivel regional y mundial, hoy en día la economía uruguaya ha generado una enorme dependencia por sobre las grandes inversiones de empresas papeleras, las cuales además de gozar en sus contratos con una enorme exoneración fiscal y beneficios en materia de libertad sindical, vienen a agudizar el enorme y muy preocupante problema medioambiental del país. La llegada de una nueva empresa papelera finlandesa parece venir a recordar aquellos tiempos en los que las multinacionales ponían de rodillas a los Estados poniendo condiciones propias del capitalismo más salvaje. En este sentido, a pesar del discurso del gobierno que alude a la defensa de la soberanía, al Estado presente y firme frente al capital, también podríamos plantearnos si en el Uruguay esto en realidad ocurrió en algún momento, aunque sea de manera ínfima.

Por otro lado, al igual que los partidos tradicionales, pero con el agravante de que aún a día de hoy dicen ser los abanderados de la lucha por la justicia y la memoria, los que antiguamente habían sido castigados por la dictadura y luego han estado 15 años en el gobierno, se han adueñado del derecho a decidir qué investigaciones se llevan adelante en materia de derechos humanos y cuáles no. Lo doblemente peligroso y repudiable de este punto no es sólo la negativa y el bloqueo a investigar el paradero de aquellos detenidos que aún hoy siguen desaparecidos, sino que es el constante abanderamiento discursivo con la causa, lo cual lleva a una falsa creencia de que los procesos de búsqueda se han estado intentando, y que únicamente los militares son quienes han planteado de manera firme el bloqueo. Como en muchos otros aspectos, una cosa no quita a la otra, está clara la existencia de un bloqueo militar a la búsqueda, pero no era de esperarse menos de quienes tras haber cometido aquellos aborrecibles crímenes aún a día de hoy no muestran el más mínimo arrepentimiento y siguen gozando de una libertad inmerecida. ¿Pero qué dejamos para aquellas víctimas que deben ver como sus antiguos compañeros de militancia les dan la espalda ante un deber moral insubsanable?

A diferencia de otras izquierdas latinoamericanas, el Frente Amplio ha logrado construir una hegemonía cultural y discursiva sumamente eficaz. En la actualidad la palabra “izquierda” en el común de la población no tiene otro sinónimo que no sea Frente Amplio. Pero además de apropiarse totalmente de la palabra en el sentido ideológico, han logrado eliminarle la mayoría de los calificativos negativos que posee la palabra a nivel regional y mundial. Esto podría ser envidiable para las izquierdas políticas latinoamericanas, pero como contrapartida, tiene el aspecto negativo de no permitir que existan otros sectores con peso que le exijan al frenteamplismo más izquierda y menos centro.

Una derrota de pie

Las dos elecciones llevadas a cabo recientemente en octubre y noviembre dejaron varios puntos a analizar para poder entender la coyuntura actual y los tiempos venideros. Por un lado, el triunfo del No a la reforma constitucional propuesta por un sector del Partido Nacional  (la cual proponía crear una Guardia Nacional con efectivos militares, instalar la cadena perpetua revisable, allanamientos nocturnos, entre otras cosas) dio la señal de la existencia de un pueblo que no quiere retroceder más en materia de derechos mediante el endurecimiento de las penas y la represión. A pesar de ello, el 47% de los votos a favor de la reforma evidencian también una de las mayores falencias de los gobiernos frenteamplistas, la seguridad. En esta vía, además de que la seguridad se convirtió en uno de los ejes de la campaña electoral, la discusión sobre la misma y el clásico discurso de “mano dura” carente de toda profundidad, se convirtió en uno de los puntos más redituables electoralmente.

El surgimiento del partido Cabildo Abierto da perfectamente cuenta de ello, siendo creado este mismo año y liderado por el otrora ex comandante de las Fuerzas Armadas durante el segundo y tercer gobierno frenteamplista. Su liderazgo se da gracias a sus continuas desobediencias ante el poder civil, en un marco de pésimas respuestas por parte de los permisivos gobiernos de Mujica y Vázquez que no tomaron las medidas certeras, ratificándolo en el cargo y dejando crecer a un personaje dudosamente democrático. Tras su definitiva e impostergable expulsión del cargo este año, en el medio de un escándalo que aún hoy en día sigue dando que hablar, Manini Ríos se transformó en menos de un año en el líder de la cuarta fuerza política del país, accediendo con muy buenos representantes a ambas cámaras legislativas. Con un discurso básico, carente de propuestas profundas, haciendo énfasis en el “orden” y en la “limpieza de la corrupción” (la clásica antipolítica desde la política propia de los partidos de derecha), reacio a las políticas de género y con intervenciones que llevan a más de uno a recordar los viejos tiempos militares, el partido logró captar preocupantemente más de un 11% de los votos. Sí, no tengo ningún tipo de reparo en decir preocupantemente, ya que el surgimiento de este tipo de partidos de inconfundible e inmatizable derecha, en un país con una profunda tradición democrática e institucional, lleva a poder pensar en un Uruguay que poco a poco comienza a entrar en la lógica regional y mundial en la cual los partidos de derecha y extrema derecha están resurgiendo (o en algunos casos como el Uruguay, surgiendo) con un discurso y políticas que no llevan hacia ningún otro lugar que no sea el retroceso.

En estas elecciones de octubre, además del mencionado surgimiento de Cabildo Abierto, el FA continuó siendo la fuerza política mayoritaria, pero cayó su apoyo electoral en relación a las pasadas elecciones. El Partido Nacional logró seguir siendo la segunda fuerza, mientras que el Partido Colorado no pudo todavía resurgir tras su enorme caída electoral a mitad de la década anterior. Otra peculiaridad es la entrada de nuevos partidos al Parlamento, lo que rompe de manera definitiva con el sistema de partidos en donde el Frente Amplio, el Partido Nacional y el Partido Colorado, manejaban sin ninguna traba los hilos políticos del país. En el próximo período gubernamental existirán siete partidos con representación parlamentaria, lo cual es algo inédito en la historia del país.

Por otro lado, las elecciones de noviembre dieron por un margen mínimo la victoria a la coalición formada tras los resultados de octubre. La unión de cinco partidos para vencer al Frente Amplio en el ballotage dio su resultado, pero por un número muy inferior al que se esperaba. La remontada contra todo pronóstico por parte del oficialismo deja un sabor no tan amargo como el que se preveía. A pesar de perder el gobierno, el Frente Amplio deja una base y apoyo popular muy grande, el cual moldea dos bloques muy marcados y casi igualitarios cuantitativamente. La coalición ha sido creada en base a una unión muy heterogénea ideológicamente que sólo comparte su rechazo al frenteamplismo y la búsqueda de un gobierno de cambio. A pesar de que la gran mayoría de las coaliciones políticas son muy heterogéneas y en general se cohesionan mediante la oposición o el rechazo a otro sector político (como por ejemplo el Frente de Todos y su antimacrismo), la coalición que triunfa en estas elecciones no posee ni siquiera acuerdos políticos entre todos sus participantes, sino que posee únicamente acuerdos unilaterales de cada sector con el líder de la misma, Luis Lacalle Pou del Partido Nacional. Es difícil pronosticar el futuro de la coalición multicolor, pero sin duda alguna la figura de Manini Ríos dentro de la misma va a ser un factor de constante discordia debido a sus intervenciones escandalosas que en la mayoría de los casos ni siquiera son compartidas por sus aliados.

Futuro incierto en medio de una convulsa región

La ya mencionada fortaleza de la trayectoria democrática e institucional uruguaya hace difícil pensar que el país pueda caer en las situaciones de conflicto social que hoy en día ocurren en la mayor parte de América Latina. El escenario de calma y paz ocurrido durante del pasado ballotage, a pesar que por momentos se mantuvo un empate técnico entre los candidatos, para luego darse una mínima ventaja de aproximadamente 30.000 votos que definen oficialmente cinco días después a nada más y nada menos que al presidente del país, es un escenario difícil de imaginar en otros países latinoamericanos.

La victoria de la heterogénea coalición de centro-derecha significa para el Uruguay la caída del mismo en la lógica de incertidumbre en la que se encuentra la región actualmente. Sin importar la postura política a favor o en contra de los gobiernos frenteamplistas, el país por quince años mantuvo una dirección definida, criticable o no, pero definida. Este golpe de timón sin duda abre nuevas expectativas para el país, con el liderazgo de un gobierno de coalición que ya antes de asumir presenta contradicciones las cuales nos permiten cuestionar su futura cohesión y duración a la hora de gobernar un país por cinco años. En el otro lado, una oposición frenteamplista que estará en minoría en el parlamento pero que todavía posee la fuerza para plantarse de manera firme ante el nuevo gobierno.

Por último, ante la incertidumbre del cambiante futuro latinoamericano y nacional, marcado por las viejas memorias de aquellos nefastos gobiernos de los que hoy en día vuelven a gobernar, será esencial e irrenunciable la presencia de un pueblo de pie y en guardia que esté dispuesto a no dar ni un paso atrás en los derechos sociales adquiridos en los últimos años, y exigiendo, como debe ser por esencia, una sociedad inclusiva, más justa e igualitaria.