Domingo, Agosto 20, 2017
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Tiempos posdemocráticos

 

Tiempos posdemocráticos

Por César Fuster

 

Ha transcurrido más de una década desde que Crouch (2004) advirtiera de la deriva posdemocrática en la que se había sumido la mayoría de las democracias occidentales. Con el término posdemocracia, el autor inglés pretendía describir el fenómeno contemporáneo según el cual la conservación de los elementos formales de la democracia no viene acompañada por una preservación paralela del poder de la ciudadanía. Crouch resaltaba la tendencia de las democracias representativas occidentales a engendrar en las últimas décadas una realidad marcada por la concentración tanto del poder político como del económico en las manos de unos pocos. Una realidad que, a ojos de Crouch, no puede ser calificada como democrática.

Antes de adentrarnos en el análisis de los síntomas de este contexto posdemocrático, es necesario introducir un matiz teórico. No se puede hablar de posdemocracia sin antes analizar qué se entiende por democracia. El concepto de democracia es un concepto, como todo concepto político, sin un significado fijo, cuya significación es siempre fruto de una batalla de intereses y de poder. Es un concepto en disputa que, en la actualidad, se halla sustancialmente imbuido de la ideología liberal. La concepción liberal de la democracia, que es hegemónica en nuestros días, se caracteriza por subrayar la separación de poderes, la celebración de elecciones y el reconocimiento de los derechos individuales. Desde esta óptica liberal, la acumulación del poder político y económico en las manos de una minoría no supone necesariamente una fricción con los elementos definitorios de la democracia. Así pues, la realidad descrita por Crouch no podría ser considerada como posdemocrática. Para hablar de posdemocracia es preciso, por lo tanto, alejarse de la concepción liberal de la democracia, cuestionarla y señalar algunos de sus puntos débiles, tales como el entender las elecciones como el único modelo de participación ciudadana, el concebir la sociedad de una manera individualista y el tender a mantener las desigualdades económicas y sociales.

Volviendo a Crouch, la realidad posdemocrático se plasma principalmente en dos esferas: en los procesos políticos y en la economía. El analista más brillante de la primera esfera ha sido Peter Mair, quien en su magnífico libro, Gobernando el vacío, desentrañó la lógica de la posdemocracia. Aunque en ningún momento mencionó explícitamente el término acuñado por Crouch, Mair se afanó en mostrar cómo las democracias contemporáneas se caracterizan por relegar a un segundo plano el elemento popular, desincentivando la participación ciudadana. Las democracias occidentales se están resquebrajando, en opinión de Mair, debido a la creciente brecha entre los partidos políticos y los votantes: “Aunque los partidos permanecen, se han desconectado tanto de la sociedad […] que ya no parecen capaces de sostener la democracia en su forma presente” (2013: 1). Los partidos políticos han experimentado un proceso de cartelización, esto es, un proceso de gradual incrustación en el aparato del Estado en aras de garantizar su supervivencia, a expensas de la participación de la ciudadanía. En lugar de mirar, como en tiempos de los mass party, a la sociedad civil, los partidos se aferran al Estado, que se ha convertido en una fuente fundamental de financiación.

La ciudadanía ha pasado a convertirse en espectadora del proceso político. Tanto es así que el proceso político, a ojos de Mair, se ha convertido “en parte de un mundo externo que la gente observa desde fuera” (Ibid: 43). Es interesante introducir en este punto el análisis de Manin, quien ha incorporado en el debate el concepto de “democracia de audiencia” para señalar cómo las democracias contemporáneas fomentan mayormente una actitud pasiva en el votante. El electorado actúa como “una audiencia que responde a los términos que han sido presentados en el escenario político” (1997: 233). La participación de la ciudadanía se limita, por tanto, a reaccionar frente a las elecciones establecidas previamente por la clase política.

La desconexión entre los partidos políticos y los votantes ha desencadenado una crisis de representación que se puede apreciar analizando diversos indicadores. En primer lugar, la participación electoral ha descendido en Europa occidental desde 1980. De hecho, el 80% de las tres elecciones con menor participación electoral desde la Segunda Guerra Mundial ha tenido lugar desde los años noventa. En segundo lugar, los patrones de voto de los votantes también han sufrido una erosión en los últimos años, aumentando notablemente la volatilidad electoral. En tercer lugar, la identificación de los votantes con los partidos políticos también se ha reducido considerablemente en las dos últimas décadas. Por último, la afiliación a los partidos políticos  ha descendido sustancialmente desde los años ochenta, tanto en términos porcentuales como absolutos. En Reino Unido, por ejemplo, el número de afiliados a partidos políticos ha disminuido un 66.05% en términos absolutos.

Otro síntoma de nuestros tiempos posdemocráticos es el aumento del poder de lo que Mair llama “instituciones no mayoritarias”. Éstas son instituciones que carecen de legitimidad democrática directa y sobre las cuales se ha vertido poder sin ningún acto explícito de delegación que provenga de la ciudadanía. La fuerza de las instituciones no mayoritarias es resultado del trasvase arbitrario de poder desde políticos elegidos democráticamente a autoridades que no se han expuesto al escrutinio electoral. Ejemplos ilustrativos de instituciones no mayoritarias son la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. En el auge de estas instituciones subyace una transformación en la legitimidad del poder político. Es posible apreciar un cambio desde la legitimad democrática a la legitimidad no popular que caracteriza a la posdemocracia.

La legitimidad que informa la realidad posdemocrática se basa en términos de eficiencia. Es el resultado del empuje de las ideas tecnocráticas abrazadas en la academia por autores como Zakaria, quien explícitamente declaró que “lo que necesitamos en política hoy en día no es más sino menos democracia” (citado en Wolin, 2010: 177). El proceso democrático es juzgado, desde esta perspectiva, como inherentemente ineficiente, pues requiere siempre de deliberaciones largas y se centra inevitablemente en el coste a corto plazo de las medidas políticas. Este predominio de una legitimidad de cariz tecnocrático ha conducido a un escenario donde se ha despojado a la democracia de su componente popular, convirtiendo gradualmente a la ciudadanía en no soberana.

En cuanto al campo de la economía, la realidad posdemocrática se plasma en las desbocadas desigualdades que atraviesan las democracias contemporáneas y en el consiguiente fortalecimiento de las élites económicas. Desde los setenta, la desigualdad ha aumentado de una forma implacable, tanto en lo tocante a los ingresos como a la riqueza. Piketty y Saez (2014) han evidenciado cómo en Europa el 10% más alto en el umbral de ingresos, acumula el 35% de los ingresos de todo el continente; mientras que en Estados Unidos esta cifra se eleva hasta el 50%. En lo referente a la riqueza, el 10% de las personas más ricas concentra un 65% de la riqueza total en Europa; mientras que en Estados Unidos este valor aumenta hasta el 70%. 

Si se pone el foco en las élites dentro de las élites, se observa, siguiendo el Global World Report de 2015, que el 0.7% más acaudalado de la población mundial posee el 45.7% de la riqueza del mundo; mientras que el 8.1% pasa ya a atesorar el 84.6% (Ariño; Romero, 2016). Todo apunta a que la globalización también ha resultado ser beneficiosa para las súper élites. El 1% con los ingresos más altos de la población mundial ha pasado de representar el 11.5% de los ingresos globales que representaba en 1988, al 15% que representaba en 2008. Asimismo, del aumento real de ingresos que se produjo durante ese período de tiempo, el 60% fue a parar al 5% de la población mundial con los ingresos más elevados (Milanovic, 2013).

Estas sangrantes desigualdades tienen un impacto pernicioso sobre las democracias occidentales, ya que las salvajes diferencias existentes en ingresos y en riqueza distorsionan gravemente los pilares de la democracia. La desigualdad económica muta rápidamente en desigualdad política; y el poder económico, por lo tanto, se convierte fácilmente en poder político. Esta es la razón por la que algunos autores hablan de plutocracia para describir el sistema político estadounidense. Bartels (2008), por ejemplo, ha demostrado cómo los senadores en Estados Unidos a la hora de legislar están notablemente más condicionados por los pareceres de sus votantes más acaudalados. Stiglitz (2015) viene insistiendo en describir el cambio de las premisas de la democracia estadounidense como la transformación del clásico eslogan “Una persona, un voto” al más realista “Un dólar, un voto”. La desigualdad económica acalla a los sectores más necesitados y multiplica la voz de los más privilegiados.

En lugar de reproducirse la rebelión de las masas que Ortega denunció hace casi un siglo, lo que avistamos hoy en día, como explicó con lucidez Christopher Lasch (1996), es la rebelión de las élites. Unas élites que, al ver engrosar incesantemente su capacidad adquisitiva, se han desgajado de la sociedad, exonerándose a sí mismas de cualquier responsabilidad para con la comunidad. Se conciben como autosuficientes y como merecedoras de sus éxitos económicos, distanciándose así cada vez más de los ciudadanos ordinarios y sustrayéndose a las reglas mínimas de convivencia que rigen cualquier grupo humano.

En conclusión, la erosión tecnocrática del proceso político, la cartelización de los partidos políticos y las ingentes desigualdades económicas han moldeado una realidad caracterizada por relegar a un papel testimonial a una vasta parta de la población. No puede calificarse como totalmente democrático un presente jalonado por el debilitamiento continuo de la dimensión activa de la ciudadanía, donde una minoría ha pasado a acumular inmensas cuotas de poder tanto político como económico. Hemos asistido en las últimas décadas a un vaciamiento evidente de la democracia. Vivimos, pues, en tiempos posdemocráticos.

 

 

 

 

Bibliography

Ariño. A; Romero, J.; (2016), La secesión de los ricos, Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Bartels, L. M. (2008), Unequal democracy, Woodstock, Princeton University Press.

Crouch, C. (2004), Post-Democracy, Cambridge: Polity Press.

Lasch, C. (1996), The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy, New York: W. W. Norton & Company.

Manin, B. (1997), The principles of representative government, Cambridge: Cambridge University Press.

Mair, Peter (2013), Ruling The Void: The Hollowing-out of Western Democracy, London: Verso.

Milanovic, B. (2013), Global Income Inequality in Numbers: in History and Now, Global Policy, Volume 4, Issue 2, May.

Piketty, T.; Saez, E. (2014):  Inequality in the long run , Science, vol.344, no.6186, 2014, p.838-844.

Stiglitz, J.E. (2015), La gran brecha, Madrid: Taurus.

Wolin, S.S. (2010), Democracy incorporated managed democracy and the spectre of inverted totalitarianism, Oxford: Princeton University Press.

 

 

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