Jueves, Julio 20, 2017
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Teoría crítica contra el pensamiento único. La industria cultural

Por Alejandro Fernández Monasor

En 1947 Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, pertenecientes a la escuela de Frankfurt, publican “Dialéctica de la Ilustración” donde aparece uno de los conceptos más importantes de la Teoría Crítica: Industria Cultural. Así llamaron al sistema de producción masiva de bienes culturales con el fin de controlar a las masas.

Este concepto pretende evitar las confusiones que conlleva la noción de cultura de masas,

se podría afirmar que “cultura de las masas” es la cultura que hace la gente, la verdadera cultura popular que “asciende espontáneamente desde las masas”, mientras que “cultura de masas” es la producida por el sistema para manipular a la gente, en función de los intereses de los propietarios de los medios de producción, es decir “industria cultural”. Se hablaría de una pseudocultura, caracterizada por la uniformidad de mensajes, selección de valores según su rentabilidad y una moral del éxito.

Adorno y Horkheimer describieron cómo los hechos culturales, al convertirse en mercancías, empiezan a producirse en serie, de la misma manera en que se fabrican coches. Todo se hace para vender, para ser consumido, canciones, películas, libros, noticias… El concepto de manipulación supone controlar la voluntad de otras personas a través del uso de ciertos instrumentos tales como los medios de comunicación. El individuo es visto como consumidor antes que como ser humano, como objeto antes que como sujeto, como un ser cosificado, integrante de la estructura consumista, dominada por la rentabilidad económica. Gracias a las industrias culturales el ser humano actúa como un consumidor antes que como un ser humano libre y autónomo.

Para entender la función de los medios de comunicación en la creación de un nuevo modelo cultural es necesaria la síntesis, llevada a cabo por los autores de la Teoría Crítica, de las obras de Marx y Freud. Los medios de comunicación de masas dedican especial atención al estudio de los consumidores utilizando una psicología social pervertida, bien llamada psicoanálisis al revés. Freud proporciona un marco explicativo para llegar al ser a partir de las apariencias, nos ayudará a entender las relaciones entre líderes y multitudes al igual que se entienden las relaciones entre productores y consumidores.

Otro aspecto que la teoría crítica destaca es que la industria cultural invade el tiempo de ocio, de recreación del individuo y lo asimila a las formas propias del mundo del trabajo. En un contexto de urbanización, la civilización de masas convierte a la gente en productores y consumidores, trabajan y se divierten. Existe una fabricación mecanizada de bienes de entretenimiento pero a través de ella también se controla y manipula. Se ha impuesto la idea de que divertirse significa no pensar y olvidar el dolor y los problemas y la forma de conseguirlo es consumiendo.

La técnica de la industria cultural es la producción en serie y la igualación, Adorno y Horkheiner afirman que cada vez es más difícil diferenciar un producto de otro, las diferencias son solo aparentes. “Las distinciones entre films de tipo a y b o entre semanarios de distinto precio, no están fundadas en la realidad, sino que sirve más bien para clasificar y organizar los consumidores, para adueñarse de ellos sin desperdicio. Para todos hay algo previsto, a fin de que nadie pueda escapar, las diferencias son acuñadas y difundidas artificialmente, la industria cultural debe tener productos para todos los consumidores”.

La utilización del cliché es otra de las características fundamentales de la industria cultural, es decir, la inclusión de elementos repetitivos en la producción cultural, lugares comunes, roles, actitudes, comportamientos, como así lo explican Adorno y Horkheiner. “La breve sucesión de intervalos que ha resultado eficaz en un tema, el fracaso temporario del héroe, que este acepta deportivamente, los saludables golpes que la hermosa dama recibe de las robustas manos de galán, los modales rudos de este con la heredera pervertida; son, como todos los detalles, clichés para emplear a gusto aquí y allá, enteramente definidos cada vez por el papel que desempeñan en el esquema. Confirmar el esquema, mientras lo componen, constituye toda la realidad de los detalles”.

Se ha llegado a la universalización de lo particular y novedoso que termina incorporándose y repitiéndose, todos los productos terminan pareciéndose unos a otros, consiguen hasta que lo anti-sistema se incluya en el sistema “la industria cultural absolutiza la imitación”.

Por su parte, el filósofo Walter Benjamin, muy cercano a la Escuela de Frankfurt, comprende que la forma en que el arte se convierte en mercancía ocurre gracias a la capacidad industrial de repetirlo, de hacer copias. La repetición de la obra significa trivializarla y lo mismo ocurre con la descontextualización. Estos dos aspectos son necesarios para convertir algo en mercancía porque sólo si se puede repetir y vender en cualquier contexto entonces se convierte en tal.

A pesar de todo, Benjamin fue en dirección distinta de la de Adorno y Horkheimer y consideró que la fotografía y el cine, el jazz y la música popular, podrían servir para modificar la conciencia de la masa, precisamente por su posibilidad de difusión masiva; veía en ellos una oportunidad de usurparle al capitalismo la herramienta de control social para contribuir a dar conciencia a las masas.

Pero Adorno no solo critica el carácter mercantilista de la industria cultural sino, fundamentalmente, el mecanismo social por el que “libremente” se acepta la imposición, generando un proceso de conformismo y de subordinación de las masas hacia el régimen establecido, el opio del pueblo ya no es la religión sino la cultura.

Vende mercancías que satisfacen las necesidades del consumidor produciendo agrado, pero estas necesidades han sido planificadas y estandarizadas por un proceso de socialización totalmente manipulado. La absorción de la industria cultural estaría asegurada por la debilidad del yo ante la propia organización en masa de los individuos.

Estos productos logran disfrazar y ocultar las injusticias y desajustes sociales mediante la ilusión del goce momentáneo de la posesión de bienes materiales y culturales. De este modo, transmiten la ideología dominante, reforzando y consolidando la sociedad de clases y el sistema capitalista. Legitiman y normalizan la desigualdad mediante la aparente normalidad. Se trata de una huida de la realidad, superando el estrés mediante la posesión de productos de consumo. Adorno en su texto “La televisión como ideología” (1953), analiza la importancia de este medio de comunicación para conseguir estos objetivos desde los grupos dominantes social y económicamente.

“Mediante la televisión, la industria cultural se acerca a la meta de tener todo el mundo sensorial en una copia que alcanza a todos los órganos, el sueño sin necesidad de soñar y, al mismo tiempo, introduce de tapadillo en el duplicado del mundo lo que considera provechoso para el mundo real”.

En este texto Adorno muestra el resultado del análisis de 34 obras de la televisión estadounidense de diversos tipos y niveles. El contenido y la forma de presentación de estos productos se encuentran tan ligados entre sí, que el uno puede aparecer por la otra y viceversa. Están en gran medida previstas para el inconsciente, su poder sobre el espectador justamente se acrecienta con la forma de percepción, que impide rápidamente el control por el yo consciente. Incansablemente se lanzan contra el espectador “mensajes” abiertos o encubiertos.

La heroína de una farsa de televisión perteneciente a una serie premiada por una organización de maestros es una joven maestra. No solo está mal pagada, sino que permanentemente tiene que sufrir las sanciones convencionales que le impone, conforme a los reglamentos, un director de escuela ridículamente inflado y autoritario. No tiene, pues, dinero y debe pasar hambre. La supuesta comicidad de la situación radica en que, mediante pequeñas argucias, consigue ser invitada a comer por todo tipo de conocidos, aunque siempre sin éxito final. Pareciera, por lo demás, que la mera mención del acto de comer fuera algo cómico para la industria de la cultura. En este humorismo y el pequeño sadismo de las situaciones penosas en que se encuentra la muchacha, radica todo el ingenio de la farsa; no intenta nada más ni trata de vender una idea. El mensaje oculto se encuentra en la visión que el libreto da de personas, seduciendo al público para que también las vea del mismo modo, sin advertirlo. La heroína conserva un ánimo feliz y tanta resistencia espiritual que ésas, sus buenas propiedades, aparecen como compensación de su destino desgraciado: se fomenta la identificación con ella. Todo lo que dice es siempre una broma. La farsa deja entender al espectador que, si conserva el humor, si mantiene el buen carácter, si es pronto de espíritu y encantador en el trato, no es necesario preocuparse demasiado por el salario de hambre que se cobra: ¡al fin, siempre serás lo que ya eres!

Una obra trataba de un dictador, en el momento de su caída. Que la misma provenga de un levantamiento popular o de un golpe militar es cosa que el argumento no menciona, así como ninguna otra situación social o política. Todo es asunto privado; el dictador no pasa de ser un torpe rufián y maltrata a su secretario y a su mujer, idealizada toscamente; su contrario, un general, es el anterior amante de la mujer, que, pese a todo, se mantiene fiel a su marido. Finalmente ocurre que la brutalidad del dictador la obliga a huir, salvándola el general. El momento más rico de este drama de terror se da cuando la guardia, que el dictador tiene en el palacio, lo abandona tan pronto la hermosa mujer resuelve dejarlo. Nada puede verse de la dinámica objetiva de las dictaduras. Más bien se suscita la impresión de que los estados totalitarios no son otra cosa que la consecuencia de defectos de carácter de políticos ambiciosos, debiéndose atribuir su destrucción a la nobleza de aquellos personajes con los cuales el público se identifica. Se intenta así una personalización infantil de la política.

De ninguna manera es exagerada la interpretación psicoanalítica de los estereotipos culturales, es muy corriente el estereotipo del artista como un débil anormal, incapaz de ganarse la vida y algo ridículo, una especie de lisiado espiritual. El arte popular más agresivo de hoy se ha apropiado del estereotipo; adora al hombre fuerte, al hombre de acción y sugiere que los artistas son homosexuales. También se agrede a todo aquel que, en cuanto se le permite, postula ambiciones superiores y pretende ser decente.

En “Cultura y Administración” (1960) Adorno reconoce que la administración puede incorporar incluso la crítica de la propia Administración de esta forma controla esa crítica y hace creer a la persona que lo acepta libremente. Lo antisistema es estigmatizado y descontextualizado, un ejemplo actual de ello podría ser la imagen del Che Guevara.

Alienación y manipulación son dos conceptos fundamentales en la Teoría Crítica. Un individuo está alienado cuando deja de pensar por sí mismo, en sus propios intereses, no actúa con juicio racional, es decir “pierde la conciencia”.

Solo se puede hablar de ideología cuando surge del proceso social como algo autónomo, sustancial y dotado de legitimidad. La conciencia solo puede sobrevivir en la medida que asume en sí la crítica de la ideología.

Pero hoy la conciencia de los hombres aparece llena de objetos confeccionados para atraer a las masas en su condición de consumidores. Es una falsa conciencia porque está condicionada y modelada a voluntad de unos intereses, ya no existe un espíritu objetivo que evoluciona autónomamente sobre la base del proceso social sino que se encuentra científicamente adaptado, dando como resultado una ideología uniforme.

La propia ideología impide que el sujeto perciba que el producto ofrecido es un producto premeditado con fines de control social. El hombre se ha convertido así en un ser sin conciencia, lo que más tarde Marcuse llamaría un hombre unidimensional.

Jürgen Habermas de la misma escuela, siguiendo la crítica de Adorno y Horkheimer, en “El espacio público” examina la publicidad y su contribución a la difusión de las opiniones públicas. En sus orígenes poseía una dimensión democrática servía para constituir una opinión pública racional que extendía el debate, la confrontación de ideas, la argumentación dialéctica, muy vinculado a la ilustración. Pero el desarrollo de las leyes del mercado pone al servicio de los más influyentes un conjunto de instrumentos divulgadores con fines particulares. Poco a poco se va produciendo una instrumentalización del discurso a favor de ciertos intereses. El modelo comercial “fabrica opiniones” con intereses determinados. La fabricación de opiniones con vistas a unos intereses determinados sienta las bases de la manipulación, la estandarización y masificación del público. El ciudadano se ve convertido en consumidor de emociones y comportamientos, dando pie a la propagación de conductas con el fin de manipular su racionalidad.

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