lunes, diciembre 18, 2017
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Sobre lobos y bárbaros

Mercedes Martínez Modroño

El antagonismo rural/urbano necesita también de la deconstrucción de relatos que lo sitúan en el exterior de la esfera política. Indago, pues, direcciones para identificar las cadenas de equivalencias que pueden articular un discurso hegemónico en el que la idea de la soberanía alimentaria deja de ser una cuestión periférica.

Vivir del campo está difícil. Como también está difícil la cosa para los artistas, para los licenciados con máster, para los que trabajaban en la construcción y para los que contaban con poder pagar la hipoteca. Entender la precariedad como un síntoma para entender que no hay historias de fracaso personal, sino una crisis de régimen. Parto de una situación concreta, y la leo incorporando (y todavía digiriendo) los aportes teóricos de la Universidad de Verano: en mi comarca,  este año, el lobo ha aumentado y los ganaderos ya no pueden más. Quieren organizarse, no quieren lobos. Suena familiar, ¿verdad?  Los ganaderos inmovilistas y conservadores frente al discurso progre de la conservación del medio ambiente.

La subjetividad política del ganadero, en general de campesinos y campesinas, se construye con un “nosotros” rural frente a un “ellos” urbano. “Ellos” tienen el poder y articulan un relato hegemónico y opresor que cada vez menos necesita de la estigmatización como estrategia represiva (el desarrollismo franquista y su necesidad de mano de obra urbana con Paco Martínez Soria como icono). Una vez completada con éxito esa fase, hoy es suficiente con invisibilizar la realidad de la economía campesina. No es cierto que las agriculturas de autoconsumo ya no existan y no tengan una aportación económica fundamental en economías familiares en el rural, pero ocurre un poco lo mismo que con el trabajo doméstico: no se contabiliza y por lo tanto no existe. El nombre separador (paisano, paleto, pueblerino, maruja) sirve para señalar a su portador como sospechoso como señaló Alain Badiou, y así, somos sospechosos de contaminar con agrotóxicos, de quemar, de atentar contra la seguridad alimentaria, de deforestar, etc. Somos sospechosos de barbarie. No sólo ante el orden institucional, y aquí está el síntoma, sino también ante el discurso progresista. Para la izquierda más radical, además de ignorantes somos avaros, porque trabajamos sin salario y hay veces que tenemos que trabajar mucho.

Creo que hay que contextualizar en una perspectiva histórica la construcción de esa identidad campesina en confrontación con la identidad urbana para evitar juzgarla como un error que justifica la supuesta falta de conciencia política. Y tal vez, aventuro, puede explicar en parte el éxito de redes clientelistas que aprovechan esa identificación para que la casta se presente como formando parte de ese “nosotros”.

En Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Silvia Federici ha explicitado los procedimientos violentos por los que se impuso a las sociedades rurales en Europa la transición que necesitaba el proceso de acumulación originaria desde el campesinado a la mano de obra asalariada urbana, y de cómo se impusieron la identidad trabajo=salario y la dicotomía trabajo productivo/trabajo reproductivo.

El marxismo y el pensamiento de la izquierda no han incluido a las lógicas económicas propias de lo rural. El economista ruso A.V. Chayanov, publica en la década de los años veinte su Teoría de la economía campesina por encargo del gobierno de los bolcheviques. Mercece la pena citarlo: «In modern theory of the national economy, it has become customary to think about all economic phenomena exclusively in terms of a capitalist economy. All the principles of our theory -rent, capital, price, and other categories- have been formed in the framework of an economy based on wage labor and seeking to maximize profits (…).All other (noncapitalist) types of economic life are regarded as insignificant or dying out;(…)We shall be unable to carry on in economic thought with merely capitalist categories, because a very wide area of economic life (that is, the largest part of the agrarian production sphere) is based, not on a capitalist form, but on the completely different form of a nonwage family economic unit.”»[1]. Y para aclarar conceptos, considera “unidad familiar campesina” aquella en que no se emplea trabajo asalariado. El trabajo de Chayanov se basa en estudios de campo y sus conclusiones son muy inspiradoras, pero lo que quisiera resaltar aquí es que Chayanov avisa a las autoridades rusas de que «todos los demás (no-capitalistas) tipos de economía son considerados insignificantes o en desaparición». En este punto el discurso marxista de hace cien años coincide con el discurso de los programas de desarrollo rural que dicta, o sugiere, o examina, o impone, la Comisión Europea. El último, 2014-2020, ha incorporado una novedad metodológica que ha dejado fuera la consideración de los agricultores “muy pequeños”, precisamente porque considera que ya no tienen importancia. Es esa consideración técnica de que estas economías no merecen la pena la que inspira todo el relato de invisibilidad de la ficción neoliberal. La ficción socialdemócrata, por su parte, ha incidido más en la consideración del rural como poco demócrata,  bárbaro y avaricioso, siempre sospechoso de contaminar el medio ambiente y destruir el patrimonio. Con respecto a la supuesta avaricia, Chayanov descubrió que los campesinos y campesinas rusas solo trabajaban por un salario cuando estaban muy necesitados: la famosa paradoja en la que cuando subía el pan bajaban los salarios y viceversa.

El “nosotros” campesino construye así una identidad que se sabe no reconocida ni por la derecha ni por la izquierda, y quizá por ello, no lo sé, vota a su vecino, que forma parte de su “nosotros”.

El relato neoliberal asegura que es necesario «mantener y ampliar la base económica del medio rural mediante la preservación de actividades competitivas y multifuncionales, y la diversificación de su economía con la incorporación de nuevas actividades compatibles con el desarrollo sostenible» (Artículo 1, apartado a) de la ley 45/2007 de desarrollo rural, sobre los objetivos generales de la ley). Lo traduzco: es necesario aumentar la competitividad, hermosa palabra, a base de erradicar la agricultura de pequeña escala y conseguir que nos dediquemos todos al turismo, sobre la cuestión del turismo como panacea volveré más tarde. En cuanto al concepto de desarrollo sostenible, me limito a subrayarlo. Lo que es cierto es que la Política Agraria Común (PAC) se ha revelado eficaz en sus objetivos de aumentar la competitividad: las pequeñas explotaciones están siendo aniquiladas.

Está claro el discurso neoliberal: hay que superar el atraso del campo mediante la transformación en empresas capitalistas que aumentan el gasto en inputs (semillas en el mejor de los casos híbridas y en el peor transgénicas, suministradas bajo patente por multinacionales, agroquímicos, es decir, más multinacionales, mecanización (lo mismo), combustibles fósiles, forrajes y piensos procedentes del mercado internacional, (y más de lo mismo), etc) y mejoran la comercialización de los outputs, de manera que la comida viaja por todo el mundo y las rentas agrarias no dejan de bajar: este mes de Agosto salen a la calle los tractores del sector lechero. Y la segunda parte del discurso neoliberal, la del desarrollo rural, que desde 1999 es el segundo pilar de la PAC (el primer pilar son las ayudas directas a agricultores, y recordemos que las “explotaciones” continúan aumentando su tamaño y reduciendo su número), aboga por la “diversificación de la economía agraria”. En el último plan, el del 2014, ya aparece más explícito. Dice: “diversificación económica: turismo”.  Y aquí convergen el discurso neoliberal y el discurso socialdemócrata, o dicho de otra manera, también en las políticas agrarias van consumando su matrimonio los miembros de la casta. Así que ahora me voy al relato que sobre lo rural hace la socialdemocracia, y terminamos con la cuestión del desarrollo sostenible y el turismo.

El discurso socialdemócrata se ha articulado sobre el concepto de desarrollo sostenible, y ha edificado un paquete de normas de preservación del medio que consisten en considerarlo como un bien común que todos tenemos derecho a disfrutar. Ese “todos se refiere a “ellos”, a lo urbano. De manera que el medio ambiente es un concepto que sirve para considerar el campo una especie de “campo de recreo”. Pero no hay neutralidad, es un campo de recreo que “ellos” disfrutan y “nosotros” mantenemos en condiciones óptimas para que pueda ser disfrutado. El antagonismo cristaliza en una relación de poder. Los costes son nuestros, tanto en términos monetarios (no se cobran indemnizaciones) como en términos de restricciones a nuestros movimientos, al uso que podemos darle a las tierras, etc. No es por barbarie ni ignorancia, sino por estos mecanismos, que en el campo se oye el “me cago en el medio ambiente”.

En cuanto a la otra pata del desarrollo sostenible, la agricultura ecológica y la agricultura integrada, se ha solidificado en un corpus normativo técnico y aparentemente neutral que consigue con asepsia, otra vez, aumentar el sesgo capitalista de la producción para concentrar las empresas agroalimentarias y aumentar su dependencia de inputs externos (aunque con certificado ecológico). El análisis de Van der Ploeg en Nuevos Campesinos. Campesinos e imperios alimentarios documenta esta cuestión.

En el imaginario socialdemócrata, el “paisano” es el enemigo. El nombre separador funciona como justificación del ejercicio del poder, y se nos hace sospechosos. Nos han prohibido casi todo. Y las prohibiciones o restricciones en forma de trámites obligatorios siguen aumentando. Tenemos que pedir permiso para cortar leña. Tenemos que declarar cuantas ovejas tenemos y no podemos transportarlas. No podemos tener el gallinero cerca de casa. No podemos sacrificar animales en casa, aunque sepamos que si los llevamos al matadero van a sufrir mucho en el transporte y en las horas que van a permanecer allí, y en casa ni se enteran, no voy a hacer una lista exhaustiva, un anecdotario del esperpento. El discurso socialdemócrata también hace recaer sobre agricultoras y ganaderas la responsabilidad por la contaminación que producen los agrotóxicos, obviando que fueron los propios técnicos de la administración mediante las oficinas de extensión agraria los que los introdujeron en el sistema productivo en el desarrollismo, después de las “Hojas divulgadoras de enseñanza rural” que distribuía el franquismo en las escuelas en la posguerra, y obviando también los enormes beneficios que generan en las multinacionales. De nuevo un discurso culpabilizador que traslada la responsabilidad a lo individual.

El buenrollismo socialdemócrata, hibridando el beatus ille  con el “merecido descanso” que señala Rafael Sánchez Ferlosio[2], ha inventado las escapadas de turismo rural. Que se diferencian del turismo normal en que es turismo “de calidad”. Para que un territorio sea susceptible de constituirse en un “destino de turismo rural” se pone en marcha el mecanismo de la “puesta en valor”, que viene a ser explicarnos, a nosotros los bárbaros, lo que vale y no vale en nuestro territorio, y la creación de una “marca”, que define espacios, y siempre espacios de poder. Y un proceso de gentrificación por el que el aumento de segundas residencias sube el precio de la vivienda,  contribuyendo a la despoblación. Y gracias a la puesta en valor y la construcción de una marca, la identidad de un lugar se ve modelada por el relato turístico sobre ese lugar. En La Horda Dorada, Louis Turner y John Ash describen muy bien todos los procesos por los que el turismo suplanta el relato propio de los lugares que invade, y de como la relación entre el visitante y la población receptora es siempre una relación asimétrica en el ejercicio del poder. El libro explora también la idea del botín del turista y del sueño edénico latente en la idea de la escapada al campo. Es verdad, los turistas vienen al campo en busca de la Arcadia feliz, y lo peor es que cuando se van siguen pensando que han estado en ella.

Quizá la imagen más poderosa de esta apropiación del espacio propio por parte de las elites lo constituyan las emotivas estampas de la familia Obama o de nuestra admirada Frau Merkel cultivando sus huertos para relajarse de sus atareadas vidas y recuperar el contacto con las cosas sencillas y el sosiego del campo y la satisfacción de cocinar lo que una misma ha cultivado. ¿Quién se imagina a Franco con semejante discurso? La apropiación es posible porque se cuenta con que la especie originaria se ha extinguido por fin, y se abre la vía de la nostalgia del paraíso.

Hay todo un kistch turismorural que produce literatura y cine, incluso cine documental, entonando un réquiem prematuro ante la desaparición de los “modos de vida tradicionales”. Un réquiem algo obsceno si tenemos en cuenta que se hace delante del enfermo que está agonizando pero todavía vivo. Esta musealización de la vida campesina es otra estrategia de invisibilización. A veces esta musealización se realiza en vivo, de manera que la actividad tradicional se hace delante de los turistas, que pueden “participar”, se entiende que sacando fotos. No es muy difícil aventurar de qué lado querrán estar los jóvenes rurales: si del que actúa para la estampa pintoresca o del que empuña la cámara. Otra vez, el discurso del poder utiliza los instrumentos de la cultura para dejar bien claro cuál es la cultura canónica y cuál es la deficitaria.

En cuanto a las supuestas ventajas de los circuitos cortos de comercialización, la producción de calidad en ecológico, consumo consciente y demás fantasías emancipadoras que forman parte  del imaginario “alternativo”, constituyen un relato en el que  los lugareños, y las lugareñas con nuestros hijos e hijas al lado,  acudimos con una cestita con los excedentes de nuestra huerta, que por supuesto cultivamos con alegría y relajadamente, a los mercados locales y con eso pagamos la conexión a internet, el gasóleo, los libros de los niños, el seguro del coche, y la reforma de la casa. La viabilidad de estas empresas yo la compararía con la posibilidad de vivir de escribir poesía o novelas,  o de una compañía de teatro, o de la pintura, o la música. Claro que es posible. Para la mayoría supone aceptar jornadas de trabajo que llevan a sus límites el concepto full-time y la precariedad como estado financiero permanente, y a unos pocos les va bien. La cultura del emprendedor, otra vez.

Empecé este artículo queriendo interpretar el conflicto entre ganaderos y lobos, y ya hay algunos elementos para el análisis. Los ganaderos a los que me refiero no le interesan a nadie, son esos bárbaros que, presos de un error histórico, de no saber que ahora ya no existen las economías campesinas, pretenden (pretendemos) mantener un paisaje de prados porque si no el bosque va a llegar hasta la puerta de casa y el bosque puede arder, cosa que no pasa en el prado que está siendo pastado por el ganado: el lobo ataca a las ganaderías extensivas, no al ganado estabulado alimentado con pienso. Son los que están alimentando el ganado con muy pocos inputs externos, es decir, con pocos o ningún aporte de transgénicos, y que están viviendo de manera muy precaria porque aún así prefieren hacer lo que les gusta y no irse a trabajar a una ciudad. Que les gusta comer bien, y por eso producen para el autoconsumo. Que no echan de menos la Arcadia ni mucho menos la miseria en la que vivieron sus abuelas, pero que aún así no tragan con el rollo de trabajar para pagarse el “merecido descanso”.

Y de otro lado, está la administración, que decide que la presencia del lobo es un indicador de la conservación del medio ambiente (criterio técnico, neutral) y además decide que es importante para la puesta en valor del territorio, ya que es un recurso turístico y va a generar riqueza (más neutralidad técnica). Y explica a las ganaderas, a los bárbaros e ignorantes ganaderos, que aunque existan es mejor que dejen de existir, y dejar paso a nuevas formas de economía acordes con el siglo XXI. A criterio de los técnicos de medio ambiente y de los técnicos de turismo se considera que es una buena noticia  el aumento en el censo de lobos, pero la Administración no paga indemnizaciones, porque, aparte de que para solicitarlas hay que ser agricultor profesional (recordemos que si tienes que recurrir al trabajo asalariado ya no lo eres) los trámites son, por supuesto, engorrosos: en la práctica no se pagan indemnizaciones.

La indignación y la lucha de los ganaderos no son contra el medio ambiente, son contra el régimen neoliberal-socialdemócrata, son un síntoma de una crisis de régimen. Y la tarea pendiente de quienes vivimos en el medio rural es construir una subjetividad política que nos incluya en el “nosotros” transversalmente, y que redefina el “ellos” como los representantes del poder neoliberal.  Un proceso deconstructor de discursos que permita descubrir los gazapos del clientelismo, y un proceso  constructor de un relato diferente sobre el rural, que sea capaz de superar el imaginario franquista-neoliberal del atraso secular del campo español tanto como el imaginario socialdemócrata de la vida alternativa en el campo, y construir una hegemonía desde la diferencia, desde una lógica económica que el siglo XX no pudo extinguir, y que no se rige por la separación de trabajo y ocio, que no traduce el trabajo en salario ni el ocio en gasto. Que traiga al centro del discurso hegemónico la necesidad de recuperar o conservar la soberanía alimentaria. La gente del campo no es ni ignorante ni avariciosa, somos gente que vamos sufriendo de otra manera los dislates de la casta, que estamos delante de otros síntomas de la misma realidad, pero que también somos gente, no bárbaros.

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[1]A.V.Chayanov: The Theory of Peasant Economy. The Universitiy of Wisconsin Press, 1986., Pág. 1.

[2] Ixen Paraules, publicado en El País, 21/12/2013

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