Jueves, Julio 20, 2017
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Santiago y Eliza.

 

Santiago y Eliza.

Por Ángel Urbizu

 

“Hay otros ríos metafísicos, ella los nada […] Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente”

J.Cortázar

 

Sí. Fuimos dos veces a Barcelona en autobús. Y una en coche. Pensaba Santiago mientras repostaba gasolina en una estación de servicio, tras pasar Huesca, y se preparaba para la titánica tarea de atravesar los Pirineos por segunda vez en un mismo día. Oscurecía rápidamente. ¿Cómo pude ser tan estúpido para olvidarlo? ¿Para no recordarlo? Negras y densas nubes cubrían los picos. Llevo doce horas conduciendo. Estoy cansado. Y encima la información de carreteras dice que se podrían necesitar cadenas para el puerto. Unas cadenas que no tiene. Rápido. No hay tiempo de pararse a comer, si no sube ahora, que todavía hay un poco de luz, quizá se forme hielo en la N420. De momento los trailers están bajando, eso significa que todavía no ha empezado a helar o nevar en la cima. Maldito invierno. El tráfico es denso. Podría conducir por la A-132 y así evitar Jaca y a todos los coches que van rumbo a las estaciones de esquí. Pero no, casi se matan esa mañana, ese camino de cabras se hiela abominablemente y el coche ya le había patinado un par de veces. Mejor subir. Subir y subir y rogar porque no comience a nevar.

Dos veces a Barcelona en autobús. Tres. La última en coche. En una de ellas se quedó dormido y perdió el autobús de vuelta. Golpeó la cama y salió corriendo a la estación de trenes. La primera se fueron a ver La Sagrada Familia, que él ya había visto pero ella no. Aún así la catedral inconclusa impresionó a los dos de forma que no pudieron hablar correctamente el uno con el otro durante toda la noche. Volvieron al amanecer. El amanecer en esa ciudad sólo se puede vivir de una forma. Con ardor en los ojos y deseo en el cuerpo. La catedral en la mirada como una llama que perdura.

Oscurece, finalmente, en la carretera, y todavía no llega a Jaca. Va calculando el tiempo que le falta. Y todavía es mucho. Pero no puede dejar de pensar. Y esos faros que lo atraen irremediablemente. Como el sol. El sol y el mar desde Montjuic. Esa tarde fría de principios de primavera. Cuando pasaron horas viendo el mar y recorriendo las murallas al atardecer y por la noche se fueron a cenar al puerto porque ya hacía hambre y necesitaban sentarse y tomar una cerveza fría, él sólo una porque conduce, pero necesitan hablar y sonreírse y pensar sobre lo que significó esa tarde en aquella fortaleza con aquel viento y sol y piedras y mar. Y adelántate tú y pídeme una hamburguesa y una caña por favor porque ya quiero llegar a casa y dejar el coche e irnos de bares. O tal vez no. Tal vez quedarnos en casa y tomar una ducha larga y ver películas en el sillón y cuando acaben tomar cerveza tranquilamente escuchando The Beatles hasta que otra vez amanezca en esta ciudad.

Esto es malo. Hay Patrols de la Guardia Civil apostados a lo largo de la carretera. Será por el mal tiempo. Había comenzado a nevar antes de llegar a Jaca. Pensaba conducir hasta Sallent de Gallego y de ahí cruzar la frontera con Francia. Había ido hacía algunos años con unos amigos y ése era un lugar prácticamente despoblado. Pero la Guardia Civil seguro que estaría deteniendo coches a pocos kilómetros de ahí debido a la estación de esquí. Piensa piensa. Esos malditos faros que lo deslumbran. Piensa. Sería mejor pasar Jaca. Ir hasta Roncesvalles. Habrá más nieve pero menos policía. Y es que hay tanto tráfico. Tantos camiones. Tanta luz. Tanta policía. Y esta nieve que cae densa y rápida.

Cuando volvió de Barcelona en coche, la última ocasión que fueron juntos, habían pasado calor. Un calor terrible porque no había arreglado el aire acondicionado y era finales del verano. Malhumorados uno con el otro se habían empezado a gritar llegando a Lleida para después llegar a frases entrecortadas e indirectas. Al final pasaron dos horas en silencio. Hasta el estéreo del coche se había jodido ese día. Y el aire denso y caliente que entraba por las ventanillas sólo había logrado llenarlos de más ira y rabia. Eso fue todo.

Sigue la línea de coches sin intentar siquiera adelantarlos. No le importa. Mejor estar siguiendo un camino recién pisado que ser el desgraciado que se despeña por intentar ganar cinco minutos. Había pasado Jaca hacía media hora y la carretera se estrechaba y ensanchaba por momentos. Quizás lo mejor sería virar por algún camino estrecho y tirar las bolsas del maletero ahí mismo. Pero no. Piensa Santiago piensa. Si el camino de Sallent era imposible aquí también. La nieve es demasiada. Podría quedarse atascado y eso sería un verdadero desastre. Ir hasta Roncesvalles. Tiene qué ir hasta Roncesvalles. No hay otra opción.

 

Esta historia se termina esta noche.

Esta noche de nieve y demonios en el maletero.

Esta noche de alcohol al volante.

Y de carreteras estrechas y sinuosas repletas de policía.

 

Cambió de memoria usb por una que contenía la discografía entera de The Beatles.  Había pasado los pirineos, le quedaba la última rotonda antes de enfilar hacia la autovía. Había un control de la Guardia Civil.

No habían estado bien desde entonces. Desde ese verano infame en que volvían de Barcelona de vaciar su piso de estudiante. ¿Dónde estuviste la semana pasada? Sabes dónde estuve. Tienes qué decirlo. No tengo qué hacer nada, yo no tengo qué hacer nada. Como si tuviera obligación alguna para contigo, mejor dime, tú qué hiciste, dónde estuviste. Sabes bien que tenías qué decírmelo. Ya sabes dónde estuve, por qué habría de contártelo si no quiero. Lo sabías muy bien, ¿por qué no fuiste a buscarme? ¿Por qué vienes ahora con esas preguntas? Si tanto te interesaba tenías qué haber ido a buscarme. Exacto, tú no tienes ninguna obligación conmigo. Y eso fue todo.

Sí, sabías muy bien en dónde estaba. Sabías que estaba en la ciudad eterna. Que, harta de todo y de todos, se había subido a un avión y había despegado rumbo a Roma, para verlo a él, con intenciones de no volver nunca. Lo sabías muy bien, Santiago, y no fuiste a buscarla.

Las torretas del control de la guardia civil están encendidas. Detienen a todos y cada uno de los coches que circulan en dirección a  los pirineos. Reduces la velocidad. Bajas de marcha. Ves que hay un par de coches en el arcén. Uno, un Seat León blanco, dos chicos malhumorados pasando frío viendo cómo se registra el vehículo. Otro, un todo terreno BMW negro. Con esquís y tablas de snowboard en el carga-equipaje. Pasas despacio. Muy despacio. Piensas en las bolsas de basura negras en el maletero. Ves a los ojos a los chicos en el arcén. Giras el volante. El guardia civil te ve. Esperas la señal. Lo ves. Sigues girando. La niña del todo terreno ve tu coche. Y dice algo. Te señala. El último guardia se gira y sigue revisando documentos. Enfilas a la autovía. Ves los coches. Los patrols. La gente. Ves todo por el retrovisor. Aceleras. Subes de marchas. Quieres salir de ahí sin llamar la atención. Piensas en el maletero. Ves la carretera negra. Ves el cielo negro. La nieve acumulada en el arcén. Le das un trago a tu cerveza. Y sonríes.

La segunda ocasión en Barcelona. Primavera. Habían comenzado a beber desde el principio. Todo era rápido. Todo era muy rápido. Ella estudiaba y él trabajaba. Tan hermosos y malditos como en la novela de Fitzgerald. Su violín nuevo había costado una fortuna. Pero estaban contentos. Tanto y tanto que seguían bebiendo por las ramblas. Esa noche había sido estupenda. Encontraron a más músicos. Y ella bellísima andando con un vestido negro, corto y ceñido. Ajustadísimo. Andando de la mano de Santiago en el amanecer de fuego que presagiaba que todo iría bien. Que nada podía ir mal. Santiago y Eliza enlazados en la cama hasta el mediodía.

Esta ocasión se quedó quince días, la semana santa era benigna y ella tenía descanso del master. Y había tanta gente. El piso en donde ella se quedaría hasta el final del semestre era viejo y se caía a pedazos pero no importaba. No importaba porque podían estar juntos en una habitación para ellos dos. Ella tocaba y él escribía. Ella veía series americanas por Internet y él escuchaba música. Ellos hablaban de cine. Ellos discutían de arte. Ellos se burlaban de la gente. Cocinaban juntos. Hacían planes. ¿Dónde viviremos? Llévame a la playa. A una que no conozca y esté lejos. A un hotel con piscina. Vámonos lejos de todo.

Y ella se quedaba porque tenía que acabar el master. En fin, ya volverás a casa en fin de semana. O cuando tengas otro descanso. Y él regresaba a casa para el trabajo porque las vacaciones se acaban y son pocas y cortas. Y se perdió el autobús de vuelta.

Un lugar indeterminado en la frontera con Francia. El cielo estaba lleno de estrellas. El monte nevado. Santiago apoyado en el maletero. Fumando. Con otra cerveza en la mano. Veía las estrellas. Veía al cielo. La carretera está desierta y limpia. Todo se había desmoronado a partir de entonces. Más y más vueltas a  la cabeza. Ése era un buen lugar. Un lugar tan bueno como cualquiera. Desierto. Sin tráfico. Nevado. Volvía a pensar en las bolsas negras dentro del maletero. Ella tenía qué irse. Ella tenía qué irse.

Lo repitió muchas veces. Tengo qué irme. No había acabado el master. Tenía el violín nuevo. Y cada palabra era un grito. Cada conversación una pelea. Cada cerveza una borrachera. Hacía entrevistas. Una detrás de otra. Una oficina detrás de otra. Y hacía tanto frío. La vida no es una película. La vida no es un texto. La vida no es el arte. Pero sí lo es y tú lo sabes y qué importa y vámonos y vámonos juntos. No. Tengo qué irme.

Abrió el maletero y se sentó. Hacía frío. Hacía mucho frío. Las bolsas negras detrás de él. Casi tocándolo. Casi rozándolo. Casi se matan esa mañana. Y ella no se dio cuenta. Iba dormida. El coche le había patinado un par de veces y se acercó al barranco. Esto se acaba esta noche. Esto tendría qué acabar esta noche.

Santiago saca las bolsas, por fin. Son pesadas. Las deja en el suelo. Coge una pala pequeña. Anda por la nieve unos cuantos metros. Éste es un buen sitio. Piensa. Tenía qué haberte ido a buscar ese día. Tenía qué haber ido a Roma. Ir a Roma es fácil. Sólo tienes qué subirte a un avión y en un par de horas estás ahí. Tenías razón. Tenía qué haberte ido a buscar. Cava y cava en la nieve. Sólo los faros de su coche le dan luz. Hace frío. Todos los errores que cometimos.  Ya nada importa porque Eliza era la protagonista de esta historia.

Libros. Discos. Ropa. Maquillaje. Un vestido negro. Echó un último vistazo al interior de aquellas bolsas. Todo aquello que sobrepasaba el exceso de equipaje permitido para un vuelo transatlántico. Tenía qué haberte matado. Y en lugar de eso nos besamos frente a la puerta de embarque.

A las dos de la tarde del viernes veintiséis de diciembre los miembros del personal de seguridad del aeropuerto El Prat de Llobregat vieron a una pareja joven besándose. Un beso de despedida. Mezclado con llanto y adiós. Entre todos aquellos que se disponían a salir de vacaciones o que volvían de lugares que les habían proporcionado recuerdos y alguna que otra baratija para adornar el piso se encontraban Santiago y Eliza.

 

Eran las dos de la tarde cuando se despidieron ese día. Frente a la puerta de embarque.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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