Por Antxon Arizaleta (@ArizaletaAntxon)

El Partido Demócrata de los Estados Unidos es, a día de hoy, el mejor aliado de Donald Trump para que en noviembre sea reelegido presidente. Así lo avalan los dos últimos meses de despropósitos del establishment demócrata con el fallido impeachment a Trump y lo ocurrido en los Caucus de Iowa como guinda del pastel. Parece complicado hacer las cosas tan mal, especialmente en el caso de Iowa, al ser el pistoletazo de salida de lo que tiene que ser el encumbramiento de un candidato capaz de plantar cara al Presidente. Porque pareciera que los demócratas decidieron, como mejor manera de comenzar sus primarias presidenciales, montar un fraude electoral lamentable que mostrase a la ciudadanía norteamericana que son una alternativa fiable al hombre que ocupa el Despacho Oval. Nótese la ironía.

La carrera hacia la Casa Blanca ha empezado convulsa y, aunque todavía los resultados en Iowa no son definitivos −Associated Press, habitualmente fuente de referencia fidedigna, no ha declarado todavía ningún ganador a la espera de que se produzca un nuevo recuento−, vamos a intentar profundizar un poco más en lo que ha ocurrido tanto en el Estado del Ojo de halcón, como en New Hampshire y en Nevada para entender cuál es la situación actual de las primarias y como se presentan las próxima cita electoral antes del esperado Supermartes del 3 de marzo, Carolina del Sur.

Iowa, el inicio desastroso

Eran más o menos las 10 de la noche en Des Moines, capital de Iowa, cuando los diferentes candidatos a la nominación demócrata empezaron a desfilar en sus respectivos cuarteles electorales para valorar los resultados. Aunque en realidad, resultados no es que hubiera demasiados. El conteo llevaba varias horas detenido por, según el Partido Demócrata de Iowa, problemas informáticos en la app utilizada para el recuento, y así seguiría durante días en medio de sospechas de amaño, oficiales demócratas que contradecían públicamente y con pruebas los resultados oficiales transmitidos por el partido y un ambiente general de vergüenza ajena que se iba extendiendo por todo el país ante el patético espectáculo.

El supervisor de uno de los condados publica el recuento real frente al publicado por el partido.

 

En medio del revuelo, Pete Buttigieg decidió proclamarse ganador y aunque Sanders liderase con claridad en número de votos, esto no fue un inconveniente para los medios que se apresuraron a glorificar la “sorpresiva” victoria del alcalde de South End. Pero −y más allá del evidente intento de pucherazo−, ¿era una sorpresa el resultado de Mayor Pete? No realmente. Ya en el mes de noviembre, Buttigieg comenzó a surgir como líder destacado en las encuestas para Iowa, aunque a nivel nacional continuaba sin despegar con fuerza. ¿Qué tiene Iowa que no tenga el resto del país? Pues principalmente que es un estado con mayoría abrumadora de blancos, alrededor de un 90%, y es que el joven candidato tiene una base electoral en la que la división racial es evidente −hay encuestas que le dan un 0% entre votantes afroamericanos.

Ante el crecimiento de Bernie Sanders en las encuestas durante el mes de enero, el aparato del partido tenía una decisión que tomar, con dos primeros estados de mayoría aplastantemente blanca, Joe Biden resultaba un mal contendiente contra Sanders por la diversidad racial de sus apoyos, pero Buttigieg era perfecto. Así, con un virtual empate en el número de delegados asignados y con una clara victoria de Sanders en votos totales, en lugar de esperar a tener datos fiables, asistimos a una campaña de masajeo mediático a la figura Buttigieg que sirvió para decelerar el momentum de Bernie y colocarle en una posición más ventajosa de cara al segundo Estado, New Hampshire.

New Hampshire confirma las tendencias

El martes 11 de febrero Sanders ganó en New Hampshire con un margen algo menor que el que predecían las encuestadoras y de nuevo con un empate en el número de delegados con Buttigieg, pero ganó. Una victoria que requiere prestar atención a varios factores para ser comprendida. El primero de ellos es que la ansiedad del aparato del partido por derrotar a Bernie en todas y cada una de las batallas les está haciendo perder la guerra. En lugar de aupar una candidatura con los cimientos suficientes como para hacer frente al huracán Sanders, las prisas y la falta de planificación estratégica los ha llevado a dividir el voto moderado en, por lo menos, tres fuertes candidaturas: Biden, Buttigieg y Klobuchar. La falta de unidad juega a favor de Sanders quien ve cómo el voto progresista se concentra a su alrededor a la vez que la Senadora Warren pierde terreno. Además, el multimillonario Bloomberg ha entrado en escena para incidir aun más en la partición del voto más conservador entre los Demócratas.

El segundo factor es el desborde popular que lleva meses extendiéndose en torno a la campaña de Bernie. Hay una escena en la serie italiana Gomorra, basada en la aclamada novela de Roberto Saviano, en la que un “capo” de la Camorra en su intento de colocar a una marioneta en la alcaldía de la ciudad de Giugliano con el objetivo de obtener trato preferente en las concesiones del ayuntamiento, agarra al hombre de paja por las solapas y le dice que no es suficiente con reunirse con los prohombres locales, que tiene que conseguir los votos uno a uno, puerta a puerta. No conozco si las calles napolitanas y su frenético movimiento estarán entre las pasiones de Bernie Sanders, pero parece que la política de cercanía, la de convencer vecino a vecino, aunque sea con métodos bien diferentes a los de la mafia, sí que está en el abc de la construcción política de su movimiento.

En el último mes, los voluntarios que están trabajando en su campaña, han realizado más de 13 millones de llamadas de teléfono, tienen más de 12.000 activistas mandando miles de mensajes de texto a diario y van camino de haber llamado a un millón de puertas. Miles de ciudadanos dispuestos a viajar entre estados para hacer campaña es una fuerza difícil de combatir, y va a requerir que el establishment actúe con una inteligencia que, por ahora, está brillando por su ausencia. New Hampshire fue una victoria esperada para Sanders, sí, pero no por ello menos importante.

Nevada marca el camino

Hace menos de un mes Joe Biden lideraba los sondeos en la tercera y cuarta elección de estas primarias. Sin embargo, el pasado sábado Sanders arrasó en Nevada superando incluso las expectativas más optimistas, doblando en votos a Biden y Buttigieg; y dejando la sensación de que comienza a ser inalcanzable para el resto. Y es que la capacidad de Bernie para formar un movimiento multiracial provoca que, mientras sus rivales son más o menos fuertes dependiendo de la conformación racial de cada Estado, el obtiene excelentes resultados independientemente de si hay una mayor presencia de blancos, afroamericanos o hispanos. Entre estos últimos logró más del 50% de los votos en Nevada.

Es la primera vez en la historia de las primarias presidenciales, Demócratas o Republicanas, que el mismo candidato gana en votos en los tres primeros estados y, mientras el resto de candidatos corren a celebrar lo bien que lo están haciendo −Amy Klobuchar alabando sus buenos resultados con menos del 5% de los votos es una de las situaciones que más vergüenza ajena me ha provocado en mucho tiempo−, Sanders no pierde el tiempo y celebró la victoria con un mitin en San Antonio, Texas, y prácticamente abriendo la campaña electoral de noviembre como si todo estuviese ya decidido, avisando a Trump de que le va a ganar en un Estado famoso por su conservadurismo. Y es que ahora mismo poca gente duda de que será el candidato con más delegados.

El mayor enemigo del Senador ahora mismo es no conseguir más de la mitad de los delegados, porque, como se pudo ver en el debate electoral del pasado día 19, ninguno de los otros candidatos ha confirmado si apoyaran a quien tenga más votos si no logra la mayoría absoluta. Esa puede ser la gran bala del establishment para parar a Sanders, pero sería la muerte de cualquier posibilidad de ganar la presidencia en noviembre.

¿Y si Sanders gana en Carolina del Sur?

A falta de menos de una semana para conocer los resultados en Carolina del Sur la victoria de Sanders parece plausible. El 1 de enero de este año las encuestas en este Estado le otorgaban a Joe Biden una ventaja de 24 puntos sobre Bernie, ahora la distancia es inferior a 5 puntos y con la amplísima victoria en Nevada esta diferencia se reducirá. Veremos si es suficiente para conseguir el póker de victorias en los cuatro primeros estados. La gran duda está entonces en ver hasta que punto puede aguantar Biden. Si no consigue ganar en Carolina, el Estado al que más tiempo y recursos ha dedicado por ahora,  quedaría de cara al Supermartes sin una sola victoria, con dificultades para recaudar financiación y ante un panorama cada día más negro. Si esto llegase a ocurrir, es evidente que se producirá un reordenamiento de las posiciones y que la dirección del aparato tendrá que apostar decididamente por uno de los otros candidatos moderados. Probablemente, y librándonos del espejismo que supusieron estos dos primeros comicios para Buttigieg y Klobuchar, como hemos podido ver en Nevada, el elegido sea Bloomberg. Ante un Sanders que, si obtuviese la victoria en los cuatro primeros estados, resultaría prácticamente imparable, no se atisba otra alternativa que no sea la del exalcalde de Nueva York, quien con su fortuna personal de más de 60.000 millones de dólares no tiene problema para mantenerse en la carrera hasta el final. Pero la inyección de cantidades masivas de dinero para auparse como alternativa puede no ser suficiente para “Mini Mike”, como ha bautizado Donald Trump al exalcalde por su baja estatura, viendo su pobre actuación en el debate del día 19 en el que fue el foco de todos los ataques y no consiguió aparecer como una opción factible.

Esto nos abre una serie de cuestiones sobre cuando comenzaran a abandonar los candidatos que vayan quedando rezagados. Quizás la mayor incógnita en este sentido es Elizabeth Warren que ha pasado de encandilar a los sectores progresistas no radicales y liderar durante meses la alternativa a Joe Biden, a quedar desdibujada y dejándose incluir en un frente anti-Sanders que no acabo de entender muy bien como estrategia. Por el bien de las posibilidades de que el proyecto transformador de Bernie salga adelante, comienza a ser urgente que de un paso a un lado. Aunque lo más probable es que hasta después del Supermartes, no veamos a ninguna candidatura relevante retirarse.

Si Sanders gana Carolina del Sur, parece complicado que no lo haga también en California o Texas el día 3, los dos estados que más delegados reparten, 415 y 228 respectivamente, en los que Sanders ya aparece el primero en las encuestas. Aunque hasta finales de abril −el 28 de abril se vota en Nueva York, 224 delegados− no se podrá empezar a asegurar con certezas quien se llevará la nominación, la sensación es que veremos a Bernie Sanders −que ha nombrado a la clase “billonaria” su antagonista− enfrentarse a un “billonario” como Bloomberg para decidir quién ira a la batalla contra otro como Trump en noviembre. Al final, como siempre, de combatir a los ricos va la cosa.