Jueves, Julio 20, 2017
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Réquiem por la juventud perdida

Rafa Campaña Hernández

París en los años 60, la melancolía de Modiano, esta realidad fulminantemente expresiva, la ufanidad de los “neobárbaros” y una ingente – y pérfida– serie de inspiraciones han sido la génesis de esta diatriba moral y cultural.

Cuando se liga la tauromaquia a la imagen preconcebida de España, en cierto modo, no nos situamos ante una afirmación muy errada. Es más, el patrón de esta sociedad no puede ser más ajustado a los valores de esta tradición. Cobardía, arcaísmos, salvajismos, escasez de humanismo no son más que conceptos inherentes a la propia naturaleza social castellana. Y por qué contradecir a la femme fatale española – sin ese toque frívolo–, la Thatcher contemporánea, la liberal de los liberales: Esperanza Aguirre. Es cierto, verídico, los antitaurinos son antiespañoles. No se niega. Y no se siente. Si defender la dignidad, esta exigua decencia, es rebelarse frente a la amada e intocable patria, que envíen a la lozana mocedad a otro cualquier país. Que sea nórdico, si no les es a ustedes mucho pedir. Bueno, en efecto, no lo obviemos: a los miles y miles de jóvenes que abandonan al año a la patria, al rojigualda orgullo, a este “arquetipo” de nación, no para buscar otra mejor – que también –, sino para encontrar otra alternativa plausible, ya perdida en el seno de nuestro país, tan bisoño en el buen apreciar, en el buen querer y mantener.

Poetas malditos, de los que hablaba Patrick Modiano, son a quienes ya extrañamos. Poetas formados, poetas preparados, poetas que hoy se reúnen en ese café de la juventud perdida llamado Alemania –inserte imagen mental de Merkel relamiéndose las comisuras–. Mientras tanto, conformémonos con los artistas de la exangüe tradición, con quienes confunden el odio con el amor, con quienes atemorizan a las cívicas mentes, con quienes a pulso de auxilio intimidan a la ecuanimidad –huérfana por tradición– y con quienes ahogaban a nuestro país en 40 años de opresión.

Irremediablemente, c’est la vie, mon amour. Qué más nos queda que llorar a la patria, abandonar la testarudez, resguardarnos bajo el amparo del conformismo-costumbrismo, sumirnos en este pozo de desengaños y, por qué no, hacer de oyentes pusilánimes de este réquiem por la juventud perdida.

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