Manifestaciones en el aeropuerto de El Prat (Barcelona) de octubre de 2019 / EFE

Por Jordi Mariné

Esto es, para ser claros, una introducción a una nota. Puede parecer -y quizás es- excesivo, o hasta narcisista. Sin embargo, lo que me empuja a contextualizar algo que escribí yo mismo no es tanto un afán de tomarme muy en serio, como de adelantarme a ciertos malentendidos. Escribí esta nota cerca de los comicios electorales del 28 de abril del 2019, en plena campaña. Mi idea era, en ese momento, intentar salir de una idea de militancia golpeada por los constantes tiempos cortos, de una militancia técnica y de mirada corta que reducía lo político a unos momentos muy concretos. Al mandarla, la recepción por la mayoría de mis compañeras y compañeros fue similar: es buena, pero invita a la desmovilización. Era verdad y, de hecho, lo sigue siendo. Me pesa más ahí el pesimismo de la inteligencia que no el optimismo de la voluntad.

¿Por qué publicarlo, pues, a semanas de los nuevos comicios electorales? Hace unos pocos días, una amiga me recordó de la existencia de esta misma nota. Rebusqué entre mis toneladas de apuntes estériles (tengo una memoria horrible, por lo que tomo nota de prácticamente cualquier documento escrito que llega a mis manos), y la encontré. Al releerla, creo firmemente que ha ganado vigencia. Si algo criticaba, de forma general, fue el subsumir una lectura extensa y con perspectiva por el pragmatismo y tacticismo. Si algo nos ha llevado al 10N, es eso mismo. Si algo nos ha llevado a la horrible gestión (especialmente por todo el espacio progresista) de la crisis catalana, ha sido lo mismo. El grado de abstracción en el que inicialmente me moví hace que estas lecturas sean parcialmente compatibles. Quiero explicitar que esta fue y es la intención. Sin más delirios, os dejo con ello.

«Saber leer el momento histórico es complicado: este se vuelve, desde el hoy, algo confuso. Los juicios vuelan, toman preguntas ya hechas, surfean los 3 días más calientes de la agenda y se deshacen en un pilón de informes sin relato. Se buscan tesis, hipótesis, datos, gráficos, afirmaciones y bulos en el aire, lugar donde, claro está, ‘todo se desvanece’. El ‘momento histórico’ es aquí ya el día a día, es decir, precisamente, su antítesis: todo es el ‘momento histórico’. Todo es nuevo, todo suma, todo aporta, todo se ‘mueve’. Esto es, probablemente, una cierta victoria del movimiento de eso que se ha ido llamando ‘neoliberalismo’. De forma lo suficientemente interesante, la tendencia de esta marea (con la misión de intentar presentar, de cualquier manera, la cuestión de la ‘verdad’) actúa en contra de cualquier cosa similar a una ‘política de la verdad’: se construye una red inabarcable de afirmaciones factuales que se reparten de modo desigual e irreflexivo entre la opinión pública. La tarea de ‘construir una épica’ se la lleva el viento. La figura del ‘analista’ se vuelve esta que ahora, con cierta ironía y sarcasmo frente a su objeto de análisis, produce un tipo de outcome informativo. En este mismo tono, Marina Garcés remarcaba en el inicio de Nueva Ilustración Radical que la educación, el saber y la ciencia se hunden hoy en el “solucionismo”, que representa “la coartada de un saber que ha perdido la atribución de hacernos mejores, como personas y como sociedad”.

En cierto sentido, esto es hasta reconfortante: ¡Ya no hay por qué apostar por una lectura histórica, no hay que apostar por el compromiso! ¡Hoy podemos, tranquilamente, solo producir el conocimiento científico! La fantasía subyacente a esto no puede ser otra que la idea de que, eventualmente, estos pequeños ‘átomos’ de información sin más relación entre sí que la lógica nos van a dar un marco desde el que, al menos, entender. Solo hay que ver, en esta tónica, el funcionamiento corporativo de las universidades, donde el trabajo es estratificado y cuantificado mediante criterios de eficiencia, los estudiantes son ya solo clientes, el gobierno colegiado responde solo a los stakeholders, y los docentes son ya solamente ‘trabajadores contratados’.

En España, los ahora frecuentes períodos electorales pasan y van solidificando este modo de actuar: ¿y ahora, cómo se cocinan las encuestas? ¿Y cuál es el perfil del votante de este nuevo partido? ¿Y dónde hay un ‘trasvasamiento’ de votos? ¿Quién va a ganar? Son preguntas ya constantes desde nuestro día a día. No cabe duda de lo sintomático que es esto de un problema mayor, esto es, del modo en que nuestro país organiza los vínculos entre la esfera política más reducida (es decir, la institucional) y la propia sociedad civil. En esta estructura se encuentra, en parte, la cuestión ya mencionada de la universidad, pero también la de los canales mediáticos e informativos institucionales. De forma aún más profunda, se puede hasta apelar a falta de una perspectiva patrimonial en la política española, que pueda reconocer y abordar la complejidad de la historia de España.

En cualquier caso, actualmente, a raíz de este nuevo período electoral, este problema se ha acentuado: la cuestión se nos presenta, ahora mismo, como si estas últimas semanas fueran la clave para comprender y salvaguardar prácticamente la ‘totalidad’ de nuestra situación política. La política se concentra en sí misma, presentando el resultado de los comicios como un, efectivamente, ‘momento histórico’. Desde aquí se explica fantásticamente la lógica reactiva que estamos viviendo: los ‘cordones sanitarios’, el ‘ve a votar para parar a la extrema derecha’, el constante bombardeo de ‘datos’. Poco hay que hacer desde ese campo y, de hecho, poco hay que hacer con estas campañas electorales. El problema, sin embargo, no es tanto este. El problema está en, entre tanto caos, perder el norte. Hace ya un tiempo, Jorge Moruno narraba (en una charla que montamos para la presentación del anterior número de La Trivial) lo interesante del movimiento de Lenin, cuando éste, después de la revolución de 1905 y en su exilio a Suiza, se puso a leer La Ciencia de la Lógica de Hegel. En este interesante paso (que han comentado en un sentido muy similar también otros autores, como Manuel Sacristán o hasta Slavoj Žižek) se encuentra un ejercicio que recuerda la tensa posición de las aportaciones más aparentemente teóricas: el distanciarse y ponerse a pensar (y a pensar, precisamente, lo complejo) cuando ‘todo se viene abajo’. Este paso no es un lujo intelectualista para cuando nuestros esquemas no cuadran (¡quién podría, seriamente, culpar a Lenin de eso!) sino, precisamente, un intento de tomarse en serio el análisis de los movimientos tectónicos que se están viviendo: tomar distancia y comprometerse con una visión determinada de algo tan grande como ‘tu propio momento histórico’ es probablemente un ejercicio mucho más cercano a una ‘política de la verdad’ que cualquier ejercicio de presentación de ‘datos’ y ‘resultados’ irreflexivos.

Aunque lo tengo que citar desde una prudente distancia, el controversial ensayista y ex-financiero escéptico y conservador Nassim Nicholas Taleb describe con bastante precisión el hoyo en el que han caído los “expertos” de las ciencias sociales, obsesionados con el establecimiento constante de leyes y causalidades e infravalorando el poder de las cosas “impredecibles” – y el peligro que eso supone, especialmente desde las posiciones de poder que se otorgan actualmente a, por ejemplo, los economistas. El preciso discurso político que emerge en estos momentos se dice desde el mismo lugar, desde la misma intención no de intentar pensar a pesar de lo impredecible (lo político) sino en intentar reducir esta dimensión a sus mínimos, a un margen de error. El salir de esto requiere de un modo de pensar la práctica política atravesado por una cierta humildad, una perspectiva que no tenga miedo de buscar las certezas en los pensadores y textos de mirada amplia, aunque esto requiera de una inversión de tiempo y esfuerzo con muchas menos garantías que la rápida gestión de los datos que se presentan en las encuestas.

La distancia y evolución de las originales crisis del sistema político español han desestructurado la frágil red de intelectuales que tejieron en su momento algo parecido a una perspectiva de estos calibres. Ahora, efectivamente, estamos en un momento de reacción. Volver a tomar pulso de la situación histórica con compromiso militante empieza ya a ser una cuestión urgente y necesitamos, para ello, también el salir del hoyo de la comunicación política para decir lo obvio: lo que no se ha arreglado en años no se arregla con ninguna campaña; lo que no se ha movido en años no se moverá con buena propaganda. Hay que gestar, en ése sentido, algo mucho más amplio, algo mucho más grande, algo mucho más ambicioso. La guerra para las posiciones decisivas del Estado, como decía Gramsci, pasa por una «guerra de cerco, comprimida, difícil, en la cual se requieren cualidades excepcionales de paciencia y espíritu de invención». En esta situación el rol central no lo pueden ocupar solo las redes sociales o la cobertura mediática, sino que también se tiene que construir un tejido cultural de mayor calibre: redes porosas de asociaciones, cursos y actividades que empiecen la dura tarea de gobernar antes de tener el propio gobierno, de aprovechar el momento de dislocación de lo político frente a las tesituras de la política. Con esta voluntad empezamos este propio lugar de reflexión, y mentiría si dijese que esto no es un recordatorio interno de nuestra propia labor. Además, esto pretende ser un recordatorio general de la propia necesidad de estructurar y planear este propio camino: no valen ya solo las menciones a que necesitamos un “carril largo”, solo puede valer empezar a impulsarlo y construirlo, en planear cómo, más allá de ciertos lugares puntuales, podemos “dirigir antes de gobernar”. Desde ahí, y siguiendo el hilo argumentativo que Marina Garcés propone en el breve libro ya mencionado, podemos plantear que, quizás, para eso es mejor empezar admitiendo humildemente que no sabemos, y que poco podemos sacar del saber que se nos presenta como ya dado: en definitiva, quizás es el momento de volver a retomar la tarea de construir una perspectiva crítica desde lo complejo. Ahí, lo común será precisamente el no saber, y la tarea será el construir un espacio amplio y plural donde se dé la reflexión sobre nuestros tiempos.»