domingo, noviembre 19, 2017

REFLEJOS

REFLEJOS

Por Marta Alarcón Morillas

Una preciosa y bella joven vivía en un rico arrecife cristalino. El agua conformaba todo su mundo y aguardaba toda su alma. Con esta ella no escuchaba y se alejaba del mundo externo cautivado por el viento audaz de la noche que crepitaba la mar. ¡Océanos, mares! Sólo un color azul al viento y un corazón muy denso. Porque ella nunca veía asomar los cálidos rayos de sol cuando la luna se escondía. Ella apenas sentía la musicalidad del viento en las copas de los árboles, lúcidos y animados. Ella tampoco sentía el contacto de la tierra húmeda en sus pies cuando el cielo lloraba; ella no vivía en tierra, no vivía en suelo, no vivía en ella. Vivía en mar y en mar vivía el agua, apacible y solitaria.

Contemplaba cada día las burbujas de aire elevándose deseando estallar en la superficie, anhelando ser libres, libres y en aire, libres sin agua. Pero la joven no las dejaba marchar. Ellas mostraban su reflejo aguado: su cuerpo, su rostro, su cabello… y esa era su perdición.

Porque ella dejó de ver amaneceres, prados y vientos para refugiarse allá abajo donde la luz tiende a ser abominada ante la inmensa oscuridad andante. Y recibe cada día un dulce rechazo, un negro color al viento y una rosa.

Un tulipán amarillo que desea ser una rosa deja de ser una flor. Porque dejó de querer y de quererse y porque dejó de ser feliz. Porque un día despertó, abrió los ojos y amaneció entre océanos.

Hoy es hoy y estoy con ella. La veo a distancia y la conozco. Lleva un tiempo imaginando cómo sería el llover sin mojarse, sentir la sensación de estar seca y sin agua. Llora y no puede esconderlas sus lágrimas de cristal que van rompiendo poco a poco todo el océano. Quiere salirse del agua y empieza a aletear lentamente. ¡Vamos niña! Se va acercando a la superficie. ¡Sigue adelante y no mires atrás, bella y linda flor! ¡que no tienes motivo para seguir allá abajo, princesa! Sólo le falta un aleteo para alcanzar la superficie y se detiene. Se detiene y me pregunta:

– ¿Qué soy?

– Eres una criatura, humana y hermosa – respondí.

Su cola se queda inmóvil. Se encoge mientras todo el mar vuelve a ocupar su mundo y su ser.

– ¿Por qué, niña? ¿Por qué? ¡Dime!

– Porque soy humana, sirena y tiburón. Porque soy diferente y porque no le gusto.

FIN

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