martes, noviembre 21, 2017
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Presente y futuro del Procés en clave crítica

Por Salvatore Nocerino

Catalunya acabará marchándose. Cuanto antes lo aceptemos, antes podremos empezar a trabajar para que las consecuencias de esa marcha sean lo menos traumáticas posible. Catalunya se marchará porque, a diferencia  de su adversario, el independentismo tiene visión estratégica, de futuro. Capacidad de pensar en el largo plazo. Mientras el Gobierno de la Nación se complace con las batallas ganadas -a medias- contra el ‘órdago independentista’, este mira con paciencia, casi con placer, cada movimiento de los altos poderes del Estado, sabiendo que su momento está aún por llegar.

            Hace pocos días, tras la detención de los ‘Jordis’, se difundió un vídeo del líder de Òmnium, Cuixart, grabado antes de su declaración en la AN. En apenas minuto y medio, el menor de los Jordis dejaba claro que esto solo era un capítulo en el largo proceso de ‘desconexión’ con España. Un proceso que se remonta a las luchas clandestinas durante la dictadura franquista.

Casi 200.000 personas salieron a la calle para pedir la libertat de los ‘Jordis’, la misma noche de su detención.

            En ese sentido, el independentismo es revolucionario. Conocen perfectamente la necesidad de un retroceso táctico para lograr avances estratégicos. Han entendido que los grandes procesos históricos no siguen una trayectoria lineal, que están llenos de idas y venidas, de derrotas y victorias parciales, que en su conjunto deciden el resultado final. Esto en la CUP lo saben mejor que nadie, y su revolución, además, es doble. Detrás de ese aparente arrojo irreflexivo, en la CUP hay una voluntad clara de no dar un solo paso en falso. Hay una estrategia. Hay un plan meticulosamente elaborado que, por el momento, se está cumpliendo -casi- a la perfección. Es innegable que, desde su irrupción en la política nacional -antes era una fuerza exclusivamente municipalista-, el avance del independentismo ha sido gigantesco. Tienen en sus manos, en estos momentos, el acelerador y el freno del proceso; pero saben también que la palanca de cambios la lleva el ‘processisme’ oficial, y que ir a 120km/h en tercera puede ser fatal para el motor. De esto son muy conscientes también en la cúpula ‘convergent’, y por eso temen, más que al Estado -de cuya superioridad en el largo plazo se sienten seguros-, a sus actuales compañeros de viaje. Como en aquella fábula del escorpión y la rana, uno de los dos acabará “picando” a su socio, solo que, a día de hoy, aún no queda claro quién es cada uno en esta historia.

            Decía Lenin, poco antes de la Revolución de Octubre, aquello de que “hay décadas en las que no pasa nada, y semanas en las que pasan décadas”. Pues bien, mientras el Gobierno mira a las próximas semanas, desde el independentismo se han decidido a pensar la próxima década. Y así, la cosa cambia. Puede que este asalto lo gane el Estado, y el siguiente, probablemente, también. Pero cuando se mira el fenómeno independentista con un poco de perspectiva, nos damos cuenta de que estamos ante un sujeto político tremendamente cohesionado, eficaz, decidido a lograr sus objetivos. Y, sobre todo, paciente. No debemos engañarnos por la aparente urgencia con la que se desarrollan los últimos acontecimientos: precisamente por estar en esas semanas decisivas, el independentismo mira con calma lo sucedido sabiendo que, pasada la tormenta, el viaje será mucho más tranquilo. O, al menos, más seguro. Lo que se está jugando estas semanas no es la independencia de Catalunya, sino su irreversibilidad.

¿En qué punto estamos ahora?

Asentada ya una base social suficientemente amplia como para mantener el pulso de manera indefinida, el siguiente paso es ganar apoyo exterior. En estos momentos, el ‘Procés’ mira a Europa, en busca de una legitimidad internacional que, por el momento, no tiene. La torpeza de un Estado miope que piensa haber ganado ya la batalla es de gran ayuda a esta causa. Pensando que la cuestión catalana no va a trascender nunca la frontera estatal para convertirse en un asunto europeo, el Estado español no tiene muchos reparos en aplicar la fuerza y todo el aparato judicial de que dispone para frenar -irreversiblemente, desde su óptica- el avance del ‘órdago’. De nuevo, se equivocan.

La aparición de la bandera de la UE junto a la ‘Senyera’, o el fragmento en inglés del discurso, son una llamada clara al apoyo europeo.

            Es cierto que, a día de hoy, la posibilidad de que grandes potencias europeas se posicionen claramente a favor de Catalunya es todavía muy remota. En primer lugar, porque no tienen nada que ganar intercediendo en lo que aún es un problema ‘doméstico’. En segundo, porque, de hecho, les perjudica: España no es el único país donde la cuestión territorial juega un papel central en la política estatal. En ese sentido, potenciar o apoyar un movimiento a favor de la independencia en otro Estado podría generar un efecto boomerang nada deseable -por ellos-.

 

            Sin embargo, la búsqueda de reconocimiento es, por ahora, más moral que legal. Ante la actuación desproporcionada del Estado, se presenta ante la opinión pública europea -si es que puede existir algo tal- la necesidad de defender el proceso catalán como una cuestión de principios democráticos. A esto se suma la ya difundida y asentada ‘leyenda negra’ española, que, en una mezcla de realidad e invención, termina de componer el cuadro general que se presenta a Europa, y al mundo, de la cuestión catalana. Ganada la opinión pública, es cuestión de tiempo: tarde o temprano, y si el independentismo juega bien las cartas, el reconocimiento internacional puede llegar como efecto colateral de un tercero; un conflicto diplomático, una crisis económica, un cambio en la correlación internacional de fuerzas…

 

Este es un paso que puede llevar años. Sin embargo, una vez conseguida, la legitimidad en el plano internacional hace irreversible la constitución de Catalunya como Estado independiente. En la definición ‘clásica’ del Estado moderno propuesta por Jellinek, encontramos tres elementos básicos: población, territorio y poder. A esta se añade, desde la óptica del derecho internacional, un cuarto elemento: las relaciones con otros Estados. No se equivocan quienes dicen que, a día de hoy, la independencia de Catalunya no es viable al carecer esta del tercer elemento, es decir, del poder necesario para hacerla efectiva. Un poder entendido, en el sentido weberiano, como orden coercitivo capaz de ordenar y de hacer cumplir sus órdenes. Conseguido el reconocimiento internacional, sin embargo, el poder del Estado español quedaría neutralizado, dando vía libre a Catalunya para constituirse como Estado independiente y comenzar a construir por sí misma esas estructuras de poder.

 

Y todo, ¿para qué?

 

            A riesgo de parecer pesimista, no veo, en este proceso, ningún potencial emancipatorio en todo este proceso: la ‘cuestión catalana’ ha vuelto a poner de manifiesto las contradicciones entre los ejes de nación y de clase, pero solo para consolidar el dominio de la segunda a través de la primera. Cada vez se hace más claro que las élites catalanas ven en la independencia la oportunidad perfecta para consolidar su dominio económico, político y social. Una visión que choca frontalmente con la concepción emancipatoria de la misma, una que ve en la construcción de un nuevo Estado el mejor escenario posible para conseguir la soberanía popular frente a esas mismas élites con las que ahora teje alianzas. Está muy extendida la idea, en estos círculos, de que, una vez conseguida la independencia del Estado español, llegará el momento de romper dichas alianzas y entonces se contará con las fuerzas suficientes para derrotar a esos antiguos aliados. Bien, podemos tomar la primera parte de esta tesis por cierta: las alianzas se romperán inevitablemente en el mismo momento en que el “enemigo común” haya sido derrotado, y entonces comenzará la lucha por la capitalización de la victoria. Se equivocan, sin embargo, quienes creen estar en condiciones de ganar la batalla a un adversario tan poderoso y dispuesto a todo por proteger su botín. El riesgo es demasiado grande, y en el camino se habrán roto definitivamente los lazos que pudieran unir las luchas emancipatorias del pueblo catalán con las del resto del país.

Las actuales alianzas entre fuerzas antagónicas tiene fecha de caducidad: la independencia.

 

            ¿Qué posibilidades reales existen en este proceso de lograr conquistas significativas, una vez conseguida, como es ya inevitable, la independencia? Siendo sinceros, pocas. O ninguna. Y no se trata, como a menudo se ha dicho, de “culpar” al contexto europeo o global, donde el neoliberalismo vamos a sus anchas y se reconstruye tras su última crisis: si algo nos ha enseñado la experiencia latinoamericana es que, con sus luces y sus sombras, es posible plantear un proyecto alternativo al orden capitalista global imperante. Es un camino difícil, tortuoso, peligroso, sí; pero posible. No se trata tampoco de una falta de voluntad, o una ausencia de proyecto. Las bases están más que asentadas, no faltan los análisis agudos que piensan el ‘Procés’ en clave emancipatoria, e incluso se ensayan algunas de esas tesis, por lo general con buenos resultados. Estas son dificultades reales, sí, pero superables.

 

            Pero hay un problema de fondo. Y es la convicción absoluta de la victoria. No existe, en los círculos independentistas de corte progresista, ninguna tesis de la derrota. Si en la teoría parece clara la idea de que no puede hacerse una revolución en continuo avance, en la práctica no hay ‘plan de acción’ para los distintos reveses que pueda atravesar el proceso. Si se ha asumido que esta es una ‘guerra de trincheras’, en su traducción en la arena política real se recurre más al sacrificio heroico que al repliegue táctico. si, como decía al principio, estas victorias parciales del Estado son observadas desde el independentismo con paciencia, conscientes de la victoria total en el largo plazo; no encuentro ahora mismo las condiciones necesarias, en la práctica, para frenar el arrojo que puede impulsar a una gran parte del mismo a evitar una DUI en falso, a un error táctico fatal. Todo esto me hace pensar que, si bien es seguro que veremos nacer un Estado catalán independiente de España, este no será, sin embargo, ni la sombra de lo que podríamos denominar como ‘soberano’.

A la postre, ni la Catalunya independiente, ni la España que quede después de su marcha, estarán en condiciones de conseguir avances significativos en materia de profundización democrática o de corrección de las desigualdades sociales y económicas. Nada peor que pensar que, a través del ‘Procés’, se superarán las carencias democráticas del Estado español, simplemente por el hecho de separarse de él. Lo único que conseguirán serán dos países oprimidos en lugar de uno…

 

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