domingo, septiembre 24, 2017
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No te enamores de Oscar Wilde

Oscar Wilde era un ingenioso que casi siempre tenía razón” Jorge Luis Borges

Todo álbum musical tiene homenajes escondidos. Homenajes de los artistas a los maestros. Revelación del terreno de donde las raíces de los músicos sacan su savia. Publicación de la fuente por la que emana su propia alma. De este modo, el presente texto busca rendir pleitesía a un hombre sobresaliente que cuando era inglés, era un genio, y que cuando era irlandés, era un homosexual. Ese Oscar Wilde que cuando le preguntaban por su vida, respondía: “Los dioses me concedieron casi todo. Tuve genio, un nombre distinguido, alta posición social, brillantez, audacia intelectual; hice del arte una filosofía y de la filosofía un arte; cambié las ideas de los hombres y los colores de las cosas; ninguno de mis actos ni de mis palabras dejó de asombrar a la gente. Tomé el drama, la más objetiva de las formas conocidas del arte, y lo convertí en un modo de expresión tan personal como el poema lírico o el soneto; al mismo tiempo amplié sus dominios y enriquecí sus características. Drama, novela, poema en prosa, poema rimado, diálogo sutil o fantástico: todo lo que toqué se volvió bello con una nueva forma de belleza. A la verdad misma le di lo falso no menos que lo verdadero como su legítima esfera, y mostré que lo falso y lo verdadero son nada más formas de existencia intelectual. Traté el arte como la suprema realidad y la vida como una forma de ficción. Desperté la imaginación de mi siglo hasta hacerle crear mitos y leyendas en torno mío. Resumí todos los sistemas en una frase y toda la existencia en un epigrama”.

Oscar Wilde fue un universitario de primer orden. Pasó tres años en el Trinity College de su Dublín natal y de ahí, con veinte años, se fue al Magdalen College de Oxford en 1874, donde se graduó cuatro años después. Wilde fue un estudiante brillante y recibió durante esos años una muy sólida formación humanística. De esta formación da testimonio el hecho de que, entre los libros que Wilde leyó durante el tiempo que pasó en la cárcel estaban La Divina Comedia de Dante en el original italiano, y unos evangelios en griego clásico.

Wilde sentía profunda admiración por los escritores ingleses John Ruskin y Walter Pater, que defendían la importancia central del arte en la vida. El propio Wilde reflexionó irónicamente sobre este punto de vista cuando en El Retrato de Dorian Gray escribió que “Todo arte es más bien inútil”. Ni duda cabe de que Wilde con ese amor por la simulación anunciaba con mucho algunas de las tendencias más notables de la estética del siglo XX. El Retrato de Dorian Gray es la obra del esteticismo por excelencia, no en la exposición de la doctrina sino en la exhibición de sus peligros. La tragedia del esteticismo, en la que Wilde retrata su propia experiencia. Se identificaba con cada uno de los tres personajes de la novela: “Basil Hallward es lo que yo pienso que soy; lord Henry lo que el mundo piensa de mí, y Dorian lo que me gustaría ser, en otra época, quizá”. Juega con la moral hipócrita de la época victoriana: “Ser bueno es estar en armonía consigo mismo. Y no serlo es verse forzado a estar en armonía con los demás. Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabía, y que piensa demasiado para ser bella.”; “Cuando somos felices siempre somos buenos, pero cuando somos buenos no siempre somos felices”; “El único camino para deshacerse de la tentación es ceder a ella”.

En 1884, Wilde se casó con Constance Lloyd, de la que tuvo dos hijos: Cyril y Vyvyan. El escándalo que supuso todo el proceso de Wilde hizo que Constance se fuera a vivir a Italia con sus hijos y que se cambiaran el apellido: de Wilde pasaron a llamarse Holland. Cyril Holland fue voluntario a la Primera Guerra Mundial y murió en el frente. Vyvyan Holland vivió hasta los años sesenta. En 1966 prologó la edición de las obras completas de su padre. El hijo de Vyvyan, Merlin Holland, único nieto de Oscar Wilde, vive todavía, y ha dedicado buena parte de su vida a la edición de las obras y cartas de su abuelo y al estudio de cómo el caso de Wilde afectó a su familia. El cariño de Wilde por sus hijos queda de manifiesto en los recuerdos de Vyvyan, quien describe a su padre jugando con ellos echado en el suelo, en una sociedad y una época en la que no era frecuente ese tipo de relación de los padres con sus hijos. También es significativo el hecho de que Wilde empezara a publicar cuentos a partir de las historias que les relata a sus hijos.

En 1895, en la cima de su carrera, se convirtió en la figura central del más sonado proceso judicial del siglo, que consiguió escandalizar a la clase media de la Inglaterra victoriana luego de ser arrestado. Wilde, que había mantenido una íntima amistad con Lord Alfred Douglas, conocido como Bosie, fue acusado de sodomía por el padre de éste, el marqués de Queensberry, irónicamente el inventor de las reglas para el boxeo, un deporte “varonil”. Se le declaró culpable en el juicio, celebrado en mayo de 1895, y, condenado a dos años de trabajos forzados, salió de la prisión arruinado material y espiritualmente. Durante esos dos años fue cuando murió su mujer, quien a pesar de todo, no le había pedido el divorcio, aunque se lo aconsejara su abogado. Unos meses después de salir de la cárcel, Wilde visitaría la tumba de Constance en Génova; ese viaje renovaría sus sentimientos de hundimiento anímico.

Resulta que Oscar Wilde, su persona, sus ideas, sus emociones, sus gustos y hasta sus gestos no encajaban en el esquema moral de su época. Dos cosas entonces, parecen aflorar aquí con una fuerza particular, si algo queremos entender de la saña y la brutalidad con que se le reprimió, y finalmente se le aniquiló. Su homosexualidad por un lado, y sus ideas socialistas, recordemos su obra El alma del hombre bajo el socialismo, por otro, eran dos ingredientes definitivos para que todo el peso del canon disciplinario victoriano le cayera encima. Al lado de estos elementos, todo el dispositivo caricaturesco que Wilde montó con su dramaturgia sobre la moralidad burguesa, le representó en todo momento serios problemas éticos, políticos, estéticos y sociales.

“Podemos perdonar a un hombre por haber hecho una cosa útil mientras no la admire”. Cuando Wilde sostenía que el arte era inútil, se refería precisamente a su supuesta banalidad, predicada por años por una burguesía pragmática y estéril, que sólo confiaba en la industria para producir “cosas útiles”. ¿Y qué es trabajo útil? Su mundo reducía esa utilidad únicamente a la actividad convertida en trabajo capaz de ser productivo bajo un determinado baremo. La actualidad de algunas críticas a tiempos pasados es siempre sugerente. Como si el pasado le hablara al futuro porque el presente no quiere escuchar. Un dandy declarándole al futuro, en un susurro resignado, la absoluta modernidad en la belleza.

Utilizando la acepción de la palabra “Cita[1]” que se puede encontrar en El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, hay que decir que para Wilde el placer perfecto debía ser algo exquisito y que le dejara a uno insatisfecho. Esperemos que, como mínimo, este artículo cumpla la segunda condición.

[1] “Cita, s. Repetición errónea de palabras ajenas.”

Bibliografía

José Gabriel Rodríguez Pazos, Apología de Oscar Wilde, Revista Cálamo FASPE, 2013.

María Isabel Álvarez Baños, Un griego nacido en Irlanda: Oscar Wilde, Estudios clásicos, 1998.

Rodrigo Quesada Monge, Oscar Wilde (1854-1900): Del arte por el arte a una cena con panteras, Espéculo: Revista de Estudios Literarios, 2000.

Roc Solà
Història a la Autònoma de Barcelona. L'Enric Parellada em va obligar a crear un blog i des de llavors porto La Trivial al cor.
https://rocsola.wordpress.com

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